Capítulo 1
Me encontraba en un cuarto oscuro, mi sombra era iluminada por la luz tenue del único foco que había, tres hombres enmascarados postrándose ante mí, sus ojos apenas se veían, me miraban con una intensidad voraz en una de sus manos sostenían un bate de beisbol, un tubo de acero y un calibre 50. Me declaraban ciertas palabras que no alcazaba a escuchar, aunque repetidamente soltaban carcajadas.
El hombre del bate se me acerca recitando ciertos versos, la verdad no sabía que realmente me estaban diciendo hasta que uno de ellos tomo el calibre me apunto mientras me miraba fijamente a los ojos y disparo.
Desperté, en un estado de shock y nervio mi cuerpo se sentía helado, me toque la cara cuando logre moverme y en efecto está sudando, observe por mi ventana y ante la clara nieve que había en el suelo, mi respiración se calmó…
<<Solo fue un sueño, un maldito sueño>>
Cerré la cortina al separarme del vidrio, miré el reloj anunciando las 5:30 am, tiempo perfecto para prepárame, mis alumnos me esperaban
Ordene mi cama, tal cual como si fuera mi último día.
El disparo aun resonaba en mi cabeza, mientras me prepare un café le juraría a cualquiera que podría sentir como el frio del cañón contra mi frente.
Eso me parecía ridículo siendo solamente un sueño, saliendo de mi departamento a las 6:50 am, noté a algunos estudiantes charlando, recordé a mi pandilla, esa pandilla entre familiares que uno tiene cuando era niño, como extraño mi hogar, mi pandilla, mi familia, mi país….
Sé que lo que hice me trajo hasta aquí, y la verdad no me arrepiento, adema siempre soñé en venir y vivir en este país tan frio como eterno, acepté ciertas cosas al llegar aquí, pero uno se acostumbra cuando su decisión lo lleva a cambiar su comodidad.
San Petersburgo, la Venecia de Europa occidental, una majestuosidad arquitectónica y cultural.
Para mí, la ciudad de la realeza y el cambio, pues se por mucho que aquí el imperio coexistió hasta que el pueblo quiso y cuando este se hartó la revolución nació.
Mientras llegaba al salón de maestros me tope con mi compañero de trabajo, el maestro de ciencias.
—¡Hey gunten tag Eliza! – Exclamo sonriéndome al notar mi presencia estando a mitad del pasillo escolar. Alekei era de esas personas que pareciesen incapaz de tener un mal día, su sonrisa siempre lo que más describía su personalidad, saludando a todos sin importarle quien se cruzara en su camino por eso era el maestro más querido.
—¡Guten morgen Alekei! – le respondí el saludo actuando con neutralidad expresiva ante su acercamiento.
—¿lista para otro día de clases maestra de literatura? – Me pregunto sosteniendo una leve sonrisa en su rostro realmente era un amigo de verdad siendo el, primero en hablarme cuando llegue a trabajar.
—Qué más puedo hacer, Alekei para eso trabajo wey. – le correspondí expresándome ciertamente burlista ante tal pregunta.
—Qué te he dicho sobre, las palabras informales Eliza. – Me recapacito Eldar, maestro de historia mientras nos observaba tal cual un lobo a su presa. El era lo contrario a Alekei, cuando caminaba por los pasillos, las conversaciones desparecían y los alumnos parecían desvanecerse entre el silencio.
—¿Las suficientes para comprarme un tanque, no lo crees Eldar? – Respondí de forma burlista, aunque su mirada solo se centraba en la ventana del salón típico de él, siendo el maestro mas temido puedo comprender por que no pasa a sus alumnos. No tiene corazón chales.
—En vez de solamente bromear por que no se ponen a prepararse en unas cuantas horas el timbre sonara y deben tener su clase lista, y mas tu Eliza, siendo la mas querida por hacer mas actividades fuera que dentro del salón – Aclaro mientras me miraba con esos ojos azul-grisáceos manteniendo su mandíbula firme con la misma expresión de un padre que regaña a su hija, aunque jamás lo admitiría, ni si quiera se molestaba en ocultarlo típico ruso malhumorado.
—La practica externa puede causar mas experiencias, por la amplitud del lugar logrando una visión mas abierta, Eldi. – Le conteste mientras lo miraba con cierta seriedad que siendo sincera parecía chiste mal contando, aun sabiendo que no le agradaba su sobre nombre minúsculo, “Eldi”. Pero así le puse cuando lo conocí y así se quedó.
—Muy graciosa señorita. – Expreso mientras se me acercaba hasta casi estar a milímetros de mi rostro su mirada fija en mi ojos, y su sonrisa se agrietaba con algo de estrés, al parecer el ruso se volvió a enojar. Mientras tanto Alekei se alejo de mi al ver cierta acción del ruso contra mi espacio personal.
—Fíjate que si ruso, ¿Por qué acaso te molesta? – le recalque mientras sonreía ante tal acercamiento. – O tal vez, ¿es algo más mm? – Le pregunte mientras me reincorporaba siendo ciertamente atrevida pues si quería intimidarme, no saldría gratis.
Eldar se alegó, colocando su mano encima de su frente, su expresión ya dejaba a plena luz su molestia, algo de todo los días si trabajas con él, lo único que lo hacia feliz eran los felinos.
—Tenías que ser latina, Eliza… - recalco como si fuera una razón para desconectar el asunto anterior típico hombre estresado buscando una razón para pensar en otro objetivo.
—A no, no, te recuerdo wey, que yo soy ciudadana rusa, mexicana para que peles el ojo a la otra que me intentes echar en cara lo de ser latina mamoncito. – Le recordé pues, el bien que lo sabía, pero nomás no acepta, nombre era como decirle a tu amiga que su ex ya no tiene ni para donde caer muerto, pero ahí anda pidiendo carne al pan.
Esto lo hizo enfadarme aún más, de pronto el timbre solo y Alekei aun sacado de onda se retiró como los demás maestros que estaban ahí dejándonos solos a los dos
—Hasta cuando, dejaras de llevarme la contraria, señorita Eliza. – me dijo con cierta frustración en su tono de voz.
—Perdón, pero ni que estuviéramos en una relación óigame, así que por mientras me aguanta varo, va, ¡nos vemos ruso! – dije al salirme del salón y casi correr a mi aula pues nomas podía llegar 3 minutos después del timbre si no le debía una bebida al alemán de mi amigo, quien me manda a aceptarle un reto de quien llegaba mas temprano a su clase.
Los alumnos hasta me aplaudieron al llegar, sacándome de onda, me percate que uno de ellos andaba en llamada con cierto alumno del aula donde mi amigo iba a dar clase. Al parecer se corrió el chisme del reto vaya hasta en las aulas el chisme ronda como en mi vario, nomás que en vez de vecinas son alumnos.
—¡Usted maestra, llego primero que el profesor Alekei! – Exclamo uno de mis mejores estudiantes con entusiasmo
—Ahuevo, digo, mhg que bien, ahora acomódense que la clase comenzara en cuanto estén ordenados, alumnos. – Aclare mi garganta para restaurar mi compostura mientras internamente festejaba a haber ganado esta vez








