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LA CARA OCULTA DE LA LUNA

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Summary

Cuando varios científicos vinculados a programas espaciales y de seguridad nacional empiezan a desaparecer en Estados Unidos, la periodista Mara Vance descubre que algunos cuerpos han sido encontrados enterrados en zonas relacionadas con antiguas instalaciones de seguimiento lunar. Todos participaron, directa o indirectamente, en el análisis de una señal captada desde la cara oculta de la Luna. Y todos murieron después de acceder al mismo archivo: Expediente Némesis.

Genre
Scifi/Mystery
Author
Mayra
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

EL CUERPO BAJO LA TIERRA

El primer cuerpo apareció en Virginia, enterrado a menos de medio metro de profundidad, junto a una antigua instalación de seguimiento lunar que llevaba décadas abandonada.

Lo encontró un cazador al amanecer.

Al principio pensó que era basura. Una lona negra asomando entre la tierra húmeda, medio cubierta por hojas secas y ramas partidas. Pero cuando se acercó vio una mano. Una mano humana, blanca, rígida, con los dedos ligeramente doblados como si hubiera intentado agarrarse al suelo antes de desaparecer bajo él.

La policía local llegó treinta minutos después.

El sheriff Daniel Price llevaba veinte años trabajando en aquella zona y había visto suficientes accidentes como para no impresionarse con facilidad. Pero aquello no parecía un accidente. Tampoco parecía un asesinato normal.

El cuerpo estaba colocado con cuidado.

No había señales de lucha alrededor. No había huellas claras. No había sangre. Solo tierra removida, una lona negra y aquel hombre enterrado mirando hacia arriba, como si alguien hubiera querido que su último gesto fuera observar el cielo.

—¿Tenemos identificación? —preguntó Price.

Uno de los agentes negó con la cabeza.

—Nada. Sin cartera, sin móvil, sin llaves.

Price se agachó junto al cadáver. El hombre tendría unos cincuenta años. Cabello gris, barba corta, ropa de montaña y una expresión extrañamente tranquila. En la parte izquierda del cuello tenía una pequeña marca circular, casi perfecta.

—¿Eso es una herida? —preguntó el agente.

Price acercó la linterna.

—No. Parece una cicatriz.

Detrás de ellos se levantaba la estructura oxidada de una antena vieja. Era enorme, silenciosa, cubierta de óxido y maleza. Durante años, los vecinos habían dicho que aquel lugar perteneció a un programa espacial antiguo. Otros hablaban de comunicaciones militares. La versión oficial era más simple: instalación cerrada, sin uso, sin interés.

Pero alguien había enterrado un cuerpo justo allí.

A las nueve y doce minutos, el sheriff recibió una llamada.

No era de su oficina. No era de la policía estatal. No era del FBI.

La voz al otro lado sonó limpia, fría, sin emoción.

—Sheriff Price, retire a sus hombres de la zona.

Price miró la pantalla del teléfono. Número desconocido.

—¿Quién habla?

—Este caso ya no está bajo su jurisdicción.

—Aquí ha aparecido un cadáver. Hasta que alguien me enseñe una orden, sigue siendo mi jurisdicción.

Hubo un silencio breve.

—La orden ya está en camino.

Price miró de nuevo al cuerpo.

—¿Quién es?

La voz tardó un segundo en responder.

—Nadie.

La llamada se cortó.

Veintidós minutos después, tres vehículos negros aparecieron por el camino de tierra. No llevaban matrícula visible. De ellos bajaron seis personas vestidas con trajes oscuros y botas de campo. No parecían policías. No parecían militares. O quizá parecían ambas cosas al mismo tiempo.

Una mujer alta, de cabello recogido y gafas negras, se acercó al sheriff con una carpeta en la mano.

—Sheriff Daniel Price.

No era una pregunta.

—Soy yo.

La mujer le enseñó una credencial durante menos de un segundo. Price solo alcanzó a leer dos palabras: Seguridad Nacional.

—Necesitamos que se aparte.

—Necesito saber qué está pasando.

—No, sheriff. Necesita obedecer.

Price sintió que sus hombres lo miraban esperando una reacción. Pero había algo en aquella mujer, en la seguridad con la que caminaba, en la forma en que los demás evitaban hablar, que le dijo que aquello era más grande que un cadáver en el bosque.

—¿Van a llevarse el cuerpo? —preguntó.

—Ya no hay cuerpo.

Price frunció el ceño.

—Lo estoy viendo.

La mujer bajó la voz.

—No oficialmente.

Dos técnicos abrieron una bolsa gris. Otro empezó a recoger muestras del terreno. Uno más fotografió la antena desde varios ángulos. Nadie preguntó nada. Nadie parecía sorprendido.

Price se quedó quieto mientras cubrían al muerto.

Entonces vio algo.

Una pequeña placa metálica sobresalía del bolsillo interior de la chaqueta del cadáver. Uno de los técnicos intentó ocultarla con rapidez, pero Price ya había leído la inscripción grabada en la superficie.

NÉMESIS / ACCESO LUNAR / S-7

La mujer de Seguridad Nacional también se dio cuenta de que lo había visto.

Durante un instante, sus ojos se encontraron.

—Sheriff —dijo ella—, por su bien, olvide esas palabras.

Price no respondió.

Cuando los vehículos se marcharon, se llevaron el cuerpo, las muestras, las fotografías y hasta la tierra que lo rodeaba. Dejaron el bosque casi igual que antes. Demasiado igual. Como si nada hubiera ocurrido.

Pero aquella noche, Price no pudo dormir.

A las dos y cuarenta y tres de la madrugada, sentado en la cocina de su casa, abrió su portátil y escribió en el buscador:

Némesis acceso lunar S-7

La pantalla tardó más de lo normal en cargar.

Después quedó en blanco.

Price pensó que se había caído la conexión, pero entonces apareció una única línea de texto en el centro de la pantalla.

NO CONTINÚE.

El sheriff se quedó inmóvil.

En ese mismo momento, las luces de su casa parpadearon.

Fuera, al otro lado de la ventana, un coche permanecía detenido junto a la acera con los faros apagados.

Price cerró el portátil despacio.

Por primera vez en veinte años, deseó no haber encontrado nada.

A la mañana siguiente, todos los archivos del caso habían desaparecido del sistema.

En el informe oficial solo quedó una frase:

Aviso falso. Sin cadáver localizado.

Pero el sheriff Daniel Price sabía lo que había visto.

A las once y media, Price volvió a la oficina del sheriff. El edificio era pequeño, de ladrillo rojo, con una bandera descolorida en la entrada y una cafetera que llevaba años haciendo el peor café de Virginia. Todo parecía igual que siempre. Janet, la secretaria, discutía por teléfono con un vecino sobre una denuncia de ruido. El agente Miller rellenaba un informe de tráfico. En la televisión de la esquina hablaban de una tormenta que llegaría por la noche.

Normalidad.

Demasiada normalidad.

—¿Estás bien, jefe? —preguntó Miller al verlo entrar.

Price no respondió enseguida. Caminó hasta su despacho, cerró la puerta y encendió el ordenador. Abrió el sistema interno y buscó el informe de la mañana.

Nada.

Buscó por fecha.Nada.

Buscó por ubicación.Nada.

Buscó por su propio nombre.

Durante un segundo, el archivo apareció en pantalla.

INCIDENTE 04-17 / ZONA NORTE / POSIBLE CADÁVER

Price se inclinó hacia el monitor.

Entonces el documento desapareció.

No se movió a otra carpeta. No salió un aviso de error. No pidió contraseña. Simplemente dejó de existir.

El sheriff sintió un golpe frío en el estómago.

Abrió el registro de llamadas. La llamada desconocida que había recibido en el bosque tampoco aparecía. Revisó el teléfono móvil. Nada. Como si nadie lo hubiera llamado. Como si la voz al otro lado nunca hubiera existido.

Price se quedó mirando la pantalla apagada de su móvil. En el reflejo vio su propio rostro cansado, los ojos hundidos, la barba mal afeitada. Parecía más viejo que por la mañana.

Alguien llamó a la puerta.

—Jefe.

Era Janet.

—Ha venido una mujer a verlo.

Price levantó la mirada.

—¿Qué mujer?

—No quiso dar nombre. Dice que es por lo de esta mañana.

El sheriff se puso de pie tan rápido que la silla golpeó la pared.

—¿Dónde está?

—En recepción.

Price salió del despacho. En la entrada había una mujer de unos sesenta años, abrigo gris, manos nerviosas y un bolso apretado contra el pecho. No parecía federal. No parecía periodista. Parecía una persona que había pasado demasiados días sin dormir.

Cuando lo vio, dio un paso hacia él.

—Sheriff Price.

—Soy yo.

La mujer miró alrededor, como si temiera que alguien más escuchara.

—Mi nombre es Evelyn Pierce.

Price sintió que algo dentro de él se tensaba.

Pierce.

El apellido de la placa que había visto junto al cadáver.

—¿En qué puedo ayudarla, señora Pierce?

La mujer abrió el bolso y sacó una fotografía doblada. Se la entregó con manos temblorosas. Price la miró.

Era el hombre del bosque.

Vivo.

Sonriendo frente a una casa blanca, con una taza de café en la mano y un perro junto a las piernas.

—Es mi marido —dijo Evelyn—. Harlan Pierce. Desapareció hace seis días.

Price tragó saliva.

—¿Ha presentado denuncia?

—Tres veces. La primera me dijeron que esperara. La segunda, que probablemente se había marchado por voluntad propia. La tercera… —la voz se le quebró— la tercera me dijeron que no existía ningún Harlan Pierce con ese número de seguridad social.

Price no dijo nada.

Evelyn abrió una carpeta y sacó más documentos: una licencia de conducir, una tarjeta de seguro médico, una fotografía de boda, facturas, extractos bancarios impresos. Todo lo que una persona reúne cuando intenta demostrar que alguien ha existido.

—Mi marido trabajó durante años como ingeniero —continuó ella—. No hablaba mucho de su trabajo. Decía que eran contratos de comunicación, satélites, cosas técnicas. Hace unos meses empezó a cambiar. Miraba por la ventana por la noche. Apagaba el teléfono antes de dormir. Me pidió que no abriera correos extraños. Yo pensé que estaba deprimido.

Price observó la fotografía.

—¿Le dijo algo antes de desaparecer?

Evelyn asintió lentamente.

—La noche anterior. Se levantó a las tres de la mañana. Lo encontré en la cocina, sentado a oscuras, escuchando una grabación.

—¿Qué grabación?

—No lo sé. Sonaba como interferencia. Como cuando una radio no encuentra emisora. Pero había algo más.

—¿Una voz?

Evelyn palideció.

—Sí.

Price sintió que la oficina se quedaba sin aire.

—¿Qué decía?

La mujer cerró los ojos, intentando recordar con exactitud.

—No estoy segura. Era difícil de entender. Pero Harlan repetía una frase una y otra vez. Como si necesitara memorizarla.

—¿Qué frase?

Evelyn abrió los ojos.

—“La cara oculta ha respondido.”

Durante unos segundos, ninguno de los dos habló.

Al otro lado de la recepción, Janet había dejado de escribir. Miller también miraba hacia ellos.

Price bajó la voz.

—Señora Pierce, necesito que me escuche con atención. ¿Ha hablado de esto con alguien más?

—Ayer llamé a un número que encontré entre los papeles de mi marido. Nadie respondió. Después recibí un mensaje.

—¿Qué mensaje?

Evelyn sacó el móvil del bolso. Le mostró la pantalla.

Deje de buscarlo. Su marido nunca trabajó allí.

Price sintió que la mandíbula se le endurecía.

—¿Trabajó dónde?

Evelyn dudó.

Luego sacó otra fotografía de la carpeta.

En ella aparecía Harlan Pierce junto a un grupo de personas frente a una antena enorme. Algunos llevaban chaquetas con logotipos de empresas privadas. Otros vestían uniforme. Al fondo se veía una placa oxidada:

Centro de Seguimiento Lunar — Instalación 12

Price reconoció la antena.

Era la misma del bosque.

—Me dijo que esa foto no debía verla nadie —susurró Evelyn—. Pero si él está muerto, sheriff, necesito saber por qué.

Quiso mentirle. Quiso decirle que no sabía nada, que quizá su marido seguía vivo, que todo se resolvería con una investigación normal. Pero la imagen del cuerpo enterrado volvió a su mente: la lona negra, la tierra húmeda, los ojos abiertos hacia el cielo.

Y la placa metálica.

NÉMESIS / ACCESO LUNAR / S-7

Antes de que pudiera responder, las luces de la oficina parpadearon.

Una vez.

Dos veces.

Luego todos los teléfonos sonaron al mismo tiempo.

Janet dio un grito.

Price miró su móvil. La pantalla se había encendido sola. No había llamada entrante. Solo un mensaje sin remitente.

ENTREGUE A LA MUJER.

El sheriff levantó la vista hacia la cristalera de la entrada.

En la calle, frente a la oficina, había dos vehículos negros aparcados.

Los mismos del bosque.

Evelyn también los vio. Su rostro se descompuso.

—Han venido por mí.

Price cerró lentamente la carpeta con las fotografías,se quitó la placa del cinturón, la dejó sobre el escritorio de Janet y miró a Miller.

—Saca el coche por la puerta trasera.

—Jefe…

—Ahora.

Después miró a Evelyn Pierce.

—Venga conmigo.

—¿Me va a ayudar?

Price abrió el cajón de su mesa y sacó su pistola de servicio.

—No sé si puedo ayudarla, señora Pierce.

Se oyó el golpe seco de una puerta de coche cerrándose en la calle.

Price quitó el seguro del arma.

—Pero sé que no voy a entregarla.

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