Prólogo.
Hay quienes creen que las estrellas permanecen intactas, que no se mueven y que siempre están ahí esperando que las miremos; aquellos que piensan que siempre han estado en el mismo lugar, brillando exactamente igual una noche tras otra. Pero nada de eso es cierto: las estrellas viajan. Algunas recorren millones de años antes de encontrar el lugar al que pertenecen mientras que otras desaparecen ante nuestros ojos sin que podamos hacer nada para evitarlo.
A veces la vida se parece demasiado a eso:
personas que aparecen un instante y luego se van, promesas que no llegan a cumplirse, corazones que se rompen e historias que terminan incluso antes de empezar.
Dicen que cada ser humano en el mundo nace bajo una estrella, como si esta fuera la guardiana de sus sueños y sus más profundos anhelos; una que lo acompaña desde el primer suspiro hasta el último aliento.
Mi estrella debió perderse hacía mucho tiempo, porque nada en mi vida parecía tener sentido. Nada parecía conducir a ninguna parte.
Sin saber cómo, aquella noche, mientras observaba el cielo sin imaginar lo que estaba a punto de ocurrir, el universo entero ya se encontraba en movimiento. Las piezas empezaban a encajar y los secretos despertaban; una historia que había permanecido dormida durante tanto tiempo estaba a punto de reclamar su lugar en el mundo, aunque nadie todavía lo supiera. Ni siquiera yo.