LO INCORRECTO SABE MEJOR
La diferencia entre ser mayor y menor no es de años, sino de minutos. Al menos eso es lo que repito cada vez que Anne me mira por encima de sus gafas y hace como si no me escuchara. Somos gemelas, ¿puedes creerlo? Y aunque la genética nos dio rostro igual, la vida nos hizo mundos distintos."
Ella es la nerd de siempre: libros hasta en la cama, notas perfectas y una sonrisa que solo sale cuando gana en ajedrez. Yo soy la que riega el polvo en el suelo de la casa de Fernando -nuestro papá, el hombre de los 40 años que nos crió solito desde que mamá desapareció de nuestro vidrio como humo. No la extrañamos. Con él estamos bien, aunque su protección a veces se siente como una jaula de cristal. Y yo ya estoy lista para volar.
Esa noche, deslicé por la ventana del cuarto sin hacer un solo ruido. El autobús de la madrugada esperaba en la esquina, llevándome hacia el trabajo que nadie necesitaba que hiciera -pero que yo necesitaba tener. La cafetería de comida rápida no era mucho, pero era mía.
Las horas se deslizaron como agua entre mis dedos hasta que el reloj marcó la hora de cerrar. Mientras barría la última mesa, una sombra familiar en la esquina más oscura me hizo detener los movimientos -y sonreír sin poder evitarlo. Era él.
-Hola, amor. ¿Cómo estás? -le dije, acercándome con los ojos brillantes y ese paso travieso que solo salía cuando él estaba cerca.
-Hola, Fernanda. ¿Cómo estuvo tu noche? -su voz era baja, calida, y su mirada intensa clavada en mí logró desarmarme como siempre.
-Pues igual que siempre... mucho café, pocos clientes y mucho tiempo para pensar en ti -contesté, inclinándome para besarlo, sintiendo su mano rozar mi mejilla antes de que nuestros labios se tocaran.
-Jajaja, tan directa como siempre -rió, abrazándome fuerte contra su pecho-. Vine por ti. Quiero llevarte a casa.
-Gracias, amor, pero sabes que puedo ir sola en el autobús... -mintió mi boca, porque por dentro me derretía cada vez que se preocupaba por mí así.
Me fui al cuarto de limpieza a cambiarme: quité el uniforme azul y el delantal manchado de mostaza, y me puse mi pantalón negro y la remera blanca que él decía que me quedaba genial. Al salir, lo vi apoyado en su moto -esa máquina negra que parecía sacada de una película- con esa mirada de chico malo que me hacía temblar de emoción. Me tendió un casco y, al subirme detrás, le envolví los brazos alrededor de la cintura, pegándome lo más fuerte que pude.
No fue hacia mi casa la dirección que tomó, sino hacia ese callejón de adoquines rotos donde solíamos refugiarnos. Nuestro lugar secreto, donde los ruidos de la ciudad se apagaban y solo existíamos nosotros dos.
Él me agarró del cabello con una firmeza dulce y me besó con urgencia, sus labios apretados contra los míos como si estuviera ahogándose y yo fuera su oxígeno. Yo le apreté el cuello y me pegué hasta sentir cada curva de su cuerpo contra el mío -todo lo demás desapareció, solo quedaba el calor que nos envolvía. Los besos se hicieron voraces, cargados de un deseo que había estado acumulándose durante semanas, que ardía en cada caricia. Su mano bajó con determinación hasta mi trasero, apretándome fuerte para llevarme aún más cerca, y yo respondí jalando su cabello con una sonrisa traviesa entre jadeos. El aire estaba tan cargado que parecía que se podría encender con un solo chispazo.
Desabroché su cinturón de un tirón, sintiendo cómo su cuerpo vibraba bajo mis manos. Él me agarró la muñeca por un instante, pero no para detenerme -sino para besar mi piel con una ferocidad contenida.
-No aguanto más... te deseo como nunca antes, Fernanda -gruñó cerca de mi oído, con esa voz ronca que me ponía los pelos de punta-. Pero si quieres parar, solo tienes que decirlo.
-No me detengas ahora -jadeé, presionándolo contra mí-. Quiero todo de tí
Nosotros jamás habíamos tenido sexo completo, solo besos, caricias y juegos leves, pero nunca habíamos llegado más allá. Lo cogí entre mis manos y empecé a masturbarlo, moviéndome desde la base hasta la punta. Me agaché hasta quedar a la altura y pasé mi lengua por toda su longitud, explorando cada centímetro. De a poco lo fui metiendo en mi boca, iniciando un vaivén lento mientras succionaba con cuidado. Aumenté el ritmo de mis movimientos mientras mi otra mano masajeaba sus bolas con suavidad. Pasé mi lengua por ellas y las chupaba una por una, continuando con la estimulación.
Me encantaba ver su expresión en esos momentos: rostro rojo y empapado en sudor, ojos cerrados y labio inferior mordido entre los dientes. Dejé de atender sus bolas para enfocarme nuevamente en su miembro, chupando la cabeza con cuidado antes de succionar y pasar mi lengua por toda la punta. En ese instante, me agarró el cabello con fuerza; sabía perfectamente que estaba a punto de llegar
-Hahhh... mmm, Fer, amor... ya no aguanto más, estoy por correrme... -jadeó, sus dedos apretando mi cabello con una firmeza que me calentaba por dentro-. Detente un segundo...
-No quiero detenerme -murmuré, acelerando el ritmo con precisión, sintiendo cómo respondía a cada movimiento-. Quiero que lo hagas en mi boca... te lo tragaré todo, no te preocupes.
-Ummm, dios mío, qué rico, mi amor... ¿estás realmente segura? -susurró, con la voz rota por la pasión-. No me he tocado desde hace días, va a ser mucho más de lo habitual...
No respondí con palabras: solo cerré los ojos por un instante, concentrándome en él, y aumenté la velocidad de mis movimientos, llevándolo al límite. Me encantaba esa conexión tan íntima entre nosotros, y sabía que para él era igual de especial. En ese momento, su agarre en mi cabello se hizo más fuerte y llegó al clímax; como había advertido, la cantidad era considerable, pero lo acepté todo sin vacilar.
-Hahaha, joder... qué rico, mi amor... te amo tanto -dijo entre jadeos, ayudándome a ponerme de pie con cuidado. Con su pulgar, limpió suavemente la comisura de mis labios, quitando cualquier rastro, y luego me tomó la cara entre sus manos para besarme con una pasión arrebatadora
-¿Amor, quieres que haga algo por ti? No quedaré tranquilo hasta saber que he calmado tus deseos -dijo, mirándome a los ojos con una intensidad que me hizo temblar ligeramente.
-No, mi amor, no te preocupes... ya estaré bien -respondí entre suspiros, mientras le dejaba un beso profundo en los labios-. Ahora déjame ir, ya es hora.








