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FILOS PROSCRITOS

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Summary

En las sombras de Edo, la prosperidad es solo una fachada. Detrás de los templos majestuosos y los mercados ruidosos, los barrios bajos se desangran bajo el yugo de una guardia corrupta que sirve a sus propios intereses siniestros. Yuki, la última superviviente del noble clan Kinoshita, vaga por los callejones de fango buscando venganza tras ser traicionada por los suyos y ver a su familia masacrada. Sin embargo, cuando el implacable capitán Osamu la arrincona para borrar el último cabo suelto de su conspiración, la muerte parece inevitable. Hasta que el acero ruge desde la penumbra. Un enigmático guerrero oculto tras una fría máscara de demonio interviene en la disputa, demostrando una destreza con la katana que solo los samuráis de élite poseen. Él no busca gloria; es un ronin proscrito, un fantasma que arrastra las cenizas de un pueblo destruido y la pérdida de su señor. Obligados a cooperar para sobrevivir en una ciudad que los caza sin piedad, Yuki y el misterioso Sasurai deberán desenterrar una red de conspiraciones políticas, traiciones de sangre y secretos militares que amenazan con hacer arder los cimientos de todo el shogunato. En un mundo donde el honor ha muerto, solo los filos proscritos dictarán la justicia.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPÍTULO I: BAJO LA MÁSCARA

El campo se ahogaba en un silencio sepulcral. El viento soplaba con una timidez fúnebre, desprendiendo las últimas hojas de unos árboles raquíticos, mutilados por el paso de la guerra. A lo lejos, el aire transportaba el crujido constante de cientos de brasas que devoraban, sin prisa pero sin tregua, los restos de un pueblo arrasado. El fuego aún lambía los cuerpos de aquellos que, pocas horas antes, habían combatido sin cuartel por una victoria que ahora no le pertenecía a nadie.

Un pequeño grupo de campesinos regresaba al lugar. Caminaban con el pecho oprimido, ansiosos por reencontrarse con sus familias, sin sospechar la horripilante postal que les aguardaba. Al divisar las densas columnas de humo negro, el pánico los dominó. Tiraron sus pesadas cargas de grano y corrieron desesperados, con los pulmones ardiendo, esperando salvar algo, lo que fuera.

Pero llegaron tarde. El fuego lo había devorado todo.

Entre las cenizas y el lodo, lo único vivo que encontraron fue a un guerrero que apenas retenía el aliento.

—Ayuda... —susurró el hombre. Su voz era un eco imperceptible, un hilo de vida rompiéndose.

Los campesinos se quedaron estáticos, con la mente nublada por el espanto. ¿Quién era aquel hombre? ¿Qué hacía allí? ¿Había sido el verdugo de su hogar o su último y fracasado protector? El guerrero tenía una herida espantosa y sangrienta en el pecho. Su rostro estaba oculto tras una máscara rígida y, a su lado, descansaba una katana embadurnada con la sangre seca de sus enemigos. Los ojos del moribundo comenzaron a nublarse; lo último que alcanzó a distinguir fue el perfil silueteado de los aldeanos, atrapados en el dilema de salvarlo o abandonarlo a su suerte. Finalmente, la negrura lo reclamó. El frío de la tierra comenzó a apoderarse de su cuerpo y el silencio le otorgó una calma que se sintió eterna.

Mientras el destino de aquel guerrero se decidía en las cenizas, a muchos kilómetros de allí, la capital dictaba una realidad muy distinta.

En el corazón de la ciudad de Edo, el bullicio de la multitud era tan ensordecedor que apenas permitía escuchar los propios pensamientos. Todo allí vibraba con una alegría estridente y contagiosa: los niños correteaban entre las piernas de los transeúntes, las caravanas de carretas bloqueaban las avenidas principales y los mercaderes alzaban la voz para ofrecer las telas y extravagancias más exóticas del continente.

Sin embargo, Edo era una moneda de dos caras. Detrás de las avenidas principales, la pobreza se extendía como una plaga silenciosa que los más ricos preferían ignorar para no romper la fantasía de prosperidad. En los callejones de fango, la vida no valía nada. Allí, los guardias de la ciudad —esos mismos que bajo el sol eran el orgullo y la admiración del pueblo— se convertían al caer la noche en monstruos que cometían las peores atrocidades contra los desamparados.

Cuando la luna alcanzó lo alto del cielo, el bullicio de Edo se apagó. Los ciudadanos respetables se encerraron en sus hogares para descansar, ignorando que la verdadera jornada apenas comenzaba para los desgraciados. Los guardias de alto rango, aquellos cuyas armaduras y estatus los colocaban por encima de la ley, se adentraron en los barrios bajos para dar rienda suelta a sus deseos más oscuros, siempre bajo el amparo y la mirada cómplice de sus líderes.

El ambiente en la guarnición estaba tenso. Hacía pocos días se había perpetrado la masacre de los Kinoshita, una de las familias más nobles y fieles al Señor de Edo. El motivo del bocado de sangre seguía siendo un misterio absoluto, pero los rumores apuntaban a que uno de los miembros de la familia había sobrevivido y se ocultaba en los suburbios. Esa era la excusa perfecta que la guardia necesitaba para sitiar los callejones y aumentar el acoso a la población.

Esa noche, el acoso dio frutos.

Las calles de los barrios bajos estaban desiertas, envueltas en un silencio atrapante. Sin previo aviso, el filo metálico de dos espadas chocó, quebrando la paz nocturna. Las chispas saltaron en la oscuridad, iluminando por una fracción de segundo el rostro de los guardias y a una figura veloz que luchaba con la ferocidad de un animal acorralado para conseguir escapar. Sus movimientos eran rápidos, perfectamente coordinados, poniendo en serios aprietos a los oficiales.

—¡Den la alarma! ¡Está aquí! —bramó uno de los guardias.

El caos se extendió como la pólvora por los callejones. Las ventanas se entornaron y los pocos testigos observaban con asombro el enfrentamiento. El fugitivo llevaba una máscara que ocultaba su identidad, y su endiablada velocidad hacía imposible saber quién se ocultaba detrás. Las preguntas flotaban en el aire húmedo: ¿Quién es? ¿De quién se trata? ¿Será acaso...?

Los guardias, sorprendidos por la resistencia, pagaron caro su exceso de confianza. Vieron a sus compañeros ser derribados uno a uno, sus pechos abiertos por cortes limpios. En un abrir y cerrar de ojos, aprovechando el desorden de los caídos, el guerrero se coló por un callejón estrecho, utilizando las sombras y los recovecos de madera para sembrar a sus perseguidores.

Al estar cerca de lo que parecía su escondite seguro, la figura disminuyó la marcha. Apoyó la espalda contra una pared de madera podrida, tratando de recuperar el aire que le quemaba los pulmones.

—Lo he conseguido... —susurró una voz ahogada.

Sin embargo, el alivio duró un suspiro.

Una bota pesada impactó directamente en su pecho. El golpe, seco y cargado de una fuerza brutal, lo derribó contra el suelo enfangado. El impacto fue tan violento que la máscara salió despedida, rodando por el suelo.

La luz de la luna reveló la verdad: era el rostro de una mujer.

Antes de que pudiera reaccionar, unas manos rudas la despojaron de sus armas. Frente a ella se alzaba el mismísimo Capitán Osamu, flanqueado por los samuráis más fuertes y letales de la guardia de Edo; hombres entrenados para ejecutar cualquier tarea sucia bajo el pretexto de “proteger la paz de la ciudad”. Una mera excusa para exterminar a cualquiera que amenazara su posición de poder. Y Osamu no conocía la piedad.

Una sonrisa sádica y serena se dibujó en los labios del capitán. Su tono, peligrosamente pausado, goteaba malicia:

—Yuki... al fin te encontramos. Es hora de reunirte con tu familia.

Yuki, haciendo de tripas corazón, intentó ponerse en pie para huir, pero dos samuráis la arrastraron de vuelta al suelo, aprisionándole los brazos. A pesar del dolor, clavó sus ojos en el capitán y gritó con una firmeza que no flaqueó ante la muerte:

—¡Suéltame, bastardo, y acepta tu destino!

Osamu soltó una carcajada limpia, llena de arrogancia.

—Igual de desafiante que tu padre —se mofó, desenvainando su katana con un siseo metálico—. Pero, al igual que él, terminarás suplicando por tu vida.

El capitán alzó el arma. El acero reflejó la luz fría de la luna, listo para descender sobre el cuello de la joven. Pero justo en el instante en que el golpe iba a cerrarse, un grito agónico desgarró el callejón.

—¡Ahg...!

Osamu detuvo la trayectoria de su espada, desconcertado. Al mirar en dirección al ruido, sus ojos se abrieron con incredulidad. Uno de sus hombres de confianza yacía en el suelo, con el cuello quebrado. Sobre el cadáver, una misteriosa figura se erguía de entre las sombras. Llevaba ropas oscuras hechas jirones, desgastadas por los viajes, y su rostro estaba cubierto por una fría y amenazante máscara de demonio.

La tensión en el callejón se volvió tan densa que costaba respirar. El capitán, entornando los ojos y midiendo al recién llegado, preguntó:

—¿Quién eres tú?

El extraño no pronunció una sola palabra. El silencio fue su única respuesta. A pesar de la sorpresa, Osamu recuperó la compostura rápidamente. Apuntó con la punta de su katana ensangrentada hacia Yuki y luego hacia el enmascarado.

—No importa. Primero será ella, y luego te encargarás tú.

El extraño guerrero ni se inmutó. Reaccionando con la velocidad de un rayo, bloqueó el ataque de un guardia que intentaba sorprenderlo por la espalda y, con un movimiento fluido, le rebanó la garganta. Sin perder la inercia, se lanzó de frente contra Osamu y los dos samuráis que retenían a Yuki.

El callejón se convirtió en un infierno de acero. Las espadas chocaban con furia, desprendiendo chispas que morían en el barro. El capitán estaba genuinamente impactado; la técnica de aquel aparecido era formidable, agresiva y letal. El hombre de la máscara no estaba defendiéndose: buscaba activamente la cabeza de Osamu.

Al ver el torbellino de sangre y acero, Yuki comprendió que era su única oportunidad. Forzó su cuerpo, se zafó del agarre del guardia herido y se desvaneció en la absoluta oscuridad de los callejones, dejando a su improvisado salvador a su suerte.

La lucha se intensificó. Era un combate a muerte, sin espacio para el error. En menos de un minuto, Osamu vio con horror cómo sus hombres de élite caían uno tras otro, con las gargantas seccionadas o los pechos atravesados. De pronto, se encontró mano a mano contra el extraño. El enmascarado amagó un corte alto y, aprovechando la guardia levantada del capitán, le encajó un puñetazo brutal en la quijada.

Osamu cayó de espaldas al fango, completamente desconcertado, con la vista nadando en la penumbra. El guerrero alzó su espada para dar el golpe de gracia, pero el silbido de una flecha cortó el aire, impactando en su hombro. El dolor le hizo perder la concentración por una fracción de segundo.

Fue suficiente. Osamu, reaccionando por puro instinto de supervivencia, barrió las piernas del enmascarado con una patada, haciéndole perder la katana. En un parpadeo, el grupo de arqueros y refuerzos de la guardia rodeó al intruso, apuntándole con sus arcos tensados. No había escapatoria aparente.

El capitán se puso en pie con torpeza, limpiando la suciedad del fango de su costosa armadura. Una mueca macabra volvió a deformar sus facciones mientras miraba al guerrero desarmado.

—Impresionante. Eres realmente sorprendente —dijo Osamu, escupiendo un hilo de sangre y tratando de recuperar el aliento—. ¿Tienes idea de lo que has hecho? ¿De lo que me has costado? Llevamos días, semanas... ¡meses! tratando de cazar a esa perra, y tú apareces de la nada y lo echas todo a perder.

Osamu dio un paso al frente, saboreando el momento.

—Bueno... al menos tu muerte justificará el fracaso ante el Señor de Edo. Pero antes de ejecutarte... quiero ver qué tipo de sabandija eres.

Cuando el capitán extendió la mano para arrancarle la máscara, el guerrero soltó un pequeño artefacto esférico que guardaba en su manga.

¡PUM!

Una detonación sorda sacudió el callejón. Una densa y cegadora nube de humo grisáceo se expandió al instante, quemando los ojos de los guardias y sumiendo el lugar en la ceguera total. Los arqueros dispararon a ciegas, pero el guerrero ya había aprovechado esos segundos de confusión para trepar una pared y desaparecer en el laberinto de tejados y sombras de Edo.

Cuando el humo se disipó, Osamu contempló el callejón vacío. Su rostro se transfiguró en una máscara de rabia pura.

—¡Encuéntrenlos! —rugió, y las venas de su cuello parecieron a punto de estallar—. ¡Traiganmelos con vida! ¡Les cortaré la garganta con mis propias manos y colgaré sus cuerpos en las murallas de la ciudad como muestra de disciplina! ¡Muévanse!

Lejos del alboroto, el guerrero de la máscara corría a trompicones por los tejados inferiores, presionando la herida de su hombro. De repente, una figura esbelta saltó desde un soportal, cayendo a su lado. Era Yuki.

—Sígueme —susurró ella con urgencia.

La joven lo guio con habilidad a través de pasadizos que solo los locales conocían, hasta llegar a las puertas de una vieja bodega abandonada, cubierta de polvo y redes de araña. Se deslizaron dentro y trancaron la pesada puerta de madera.

Afuera, la noche seguía viva con los gritos distantes y las antorchas de la guardia que peinaba la zona. Dentro de la bodega, el aire era espeso y frío. Ambos estaban exhaustos, cubiertos de moretones, barro y sangre, pero vivos.

El guerrero se dejó caer contra unas cajas, regulando su respiración. Luego, fijó sus ojos ocultos en la joven. Su voz brotó grave, rasgada y profundamente cansada:

—¿Quién eres? ¿Por qué te cazaban de esa manera?

Yuki guardó silencio unos instantes, tratando de calmar el temblor de sus manos. Cuando habló, su voz era un hilo tenso, pero cargado de un orgullo inquebrantable:

—Fui traicionada... por mi propio clan. Están tras de mí los mismos que asesinaron a mi familia y deshonraron nuestro nombre.

La chica tomó aire, llenando sus pulmones, y miró directamente a la fría máscara del hombre que le había salvado la vida.

—Mi nombre es Yuki Kinoshita.

Un sutil pero evidente cambio se produjo en la postura del guerrero. Aunque sus facciones seguían ocultas, sus hombros se tensaron y sus manos se cerraron en puños. Yuki captó el gesto de inmediato.

—¿Quién eres tú? —le reclamó ella, dando un paso al frente—. ¿Por qué arriesgaste tu vida por mí?

El hombre soltó un suspiro amargo, una mezcla de dolor y rabia contenida.

—Así que los rumores eran ciertos... Nos han traicionado a todos —comenzó a decir el guerrero, con una voz que parecía venir desde el fondo de una tumba—. Han asesinado a mi señor... Entonces lo que ocurrió en aquel pueblo del norte no fue una casualidad de la guerra.

Yuki abrió los ojos de par en par, dando un respingo hacia atrás.

—¿De qué hablas? ¿Conocías a mi padre? ¿Conocías a Daichi-sama?

El guerrero no respondió de inmediato. Afuera, el eco de las botas de los samuráis de Osamu rebotaba contra las paredes del callejón, recordando que la muerte seguía buscándolos. El silencio en la bodega se volvió solemne, casi sagrado. Yuki aguardaba, conteniendo el aliento, esperando una respuesta que explicara el misterio de su salvador.

Finalmente, el samurái maldito, ahora convertido en un ronin sin tierra ni señor, alzó las manos. Con un movimiento pausado, se desató las cuerdas tras la nuca y se quitó la máscara de demonio, revelando unos ojos cansados pero afilados como el acero.

—Me llamo Sasurai.

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