Prologo
Los tacones resonaban con autoridad contra el suelo de mármol tallado. Vestía ropajes gitanos elegantes, de telas oscuras y bordados finos. Sus ojos escarlata, finos como navajas, recorrían con desprecio a cada persona que se cruzaba en su camino. Los artistas que presentaban sus obras para el Carnaval de las Sombras se tensaban visiblemente bajo aquella mirada.
Un aroma intenso la envolvía: rosas marchitas mezcladas con polvo viejo y maquillaje de circo. Era amenazante… y, de un modo perturbador, seductor.
Celia Domanti paseaba por el coliseo como quien inspecciona su reino. La ciudad de Carnivallium se preparaba para su evento anual más importante, y aquel día las calles permanecían casi vacías. Todos se concentraban en complacerla.
Debería haber sido un momento de alegría colectiva. Pero cuando Celia pasaba, se convertía en un juicio implacable. Si reprobabas, tu reputación —y a veces tu vida— se preparaba para una degradación humillante y magistral.
—Interesantes manualidades… Su esposo Loan es un artesano muy hábil. Lástima que usted no les llegue ni a los talones.
Al instante, dos guardias sacaron a la mujer y a sus dos hijas del coliseo.
Los violines sonaban con más fuerza. El trabajo se volvía frenético. Había que complacerla. A ella. A Celia Domanti.
La siguiente en recibir su veredicto fue una niña de cinco años. Liora tocaba el violín con una precisión quirúrgica y una vitalidad que parecía iluminar el aire a su alrededor. Aun así, la regente se acercó sin prisa.
—Hasta las moscas pueden hacer arte —dijo Celia, sujetando con dos dedos el delicado collar de la niña—. En su vuelo siguen al viento como ninguna otra criatura… pero tú…
Le acarició la mejilla con una ternura falsa que helaba la sangre.
—Hasta que sanes, seguirás siendo una mosca sin alas, pequeña. Y el arte sin alas… no tiene valor alguno aquí.
Liora bajó la mirada, pero no dejó de tocar. Sus deditos seguían moviéndose sobre las cuerdas con una determinación frágil y hermosa. Celia sonrió levemente, satisfecha con el dolor que acababa de sembrar.
A pesar de su presencia dominante, otro temor recorría la ciudad como una niebla baja. Rumores de figuras que aparecían por las noches. Zapateos en la oscuridad. Víctimas que lograban sobrevivir hablaban de tortura psicológica previa: ruidos extraños, chillidos de animales, huesos dispuestos deliberadamente en su camino, pasos que se detenían justo detrás… y al volverse, nada.
Cuando el miedo alcanzaba su punto máximo, ellos aparecían. Avanzaban con pasos de danza, riendo y zapateando, hasta que comenzaba la verdadera tortura. Artistas del horror en su máxima expresión.
Celia les daba poca importancia. Tenía a su alumno dorado bien protegido. Él debía estar perfecto para la gran presentación. Aunque la petición de incluir a su pareja en el acto la había tensado al principio, aquella jovencita se había ganado su lugar.
Aunque le hirviera la sangre, Celia reconocía el arte… incluso en sus enemigos.
El gran salón del coliseo estaba casi listo. El telón a punto de subir. Celia observaba con mirada fría y expectante, ansiosa por presenciar el mejor acto que la ciudad hubiera visto jamás "Laugh While it Lasts".
Pero el mejor acto siempre es aquel que ya ha empezado… sin previo aviso.
Y a veces, la sorpresa viene acompañada de horror.
Pero antes de continuar, retrocedamos un instante en el tiempo para narrar la historia de estas dos figuras: las razones de su actuar, la “locura” que otros les atribuían y cómo comenzó todo. Lo que se descubrirá no es simple maldad, sino un camino tortuoso que los llevó a convertirse en lo que eran hoy, y a preparar su acto más siniestro.








