Capítulo 1
Leah
—No debemos hacer eso —me advirtió Bree.
Sentía su respiración rozando mi rostro, cálida ... y, sobre todo, su dedo apoyado sobre mis labios, impidiéndome besarla. Ese pequeño contacto tenía más fuerza que cualquier muro.
—¿Por qué no? —pregunté con un puchero, arrastrando las palabras por mi ebriedad.
—Lee, eres mi amiga —me recordó.
—Pero estamos casadas —repliqué, aferrándome a esa absurda verdad que, en mi estado, parecía completamente lógica.
—Es un matrimonio de mutuo acuerdo —aclaró con firmeza.
—Solo será una vez... solo una vez quiero estar contigo —aseguré, sintiendo cómo mi voz se quebraba por el deseo.
—Estás ebria —insistió, intentando alejarse de mí.
Antes de que pudiera lograrlo, tomé su mano. La cercanía entre nuestros labios se volvió insoportable, como si el aire mismo se negara a separarnos.
—No lo recordaremos... las dos estamos ebrias —seguí intentando convencerla, aferrándome a cualquier excusa que me permitiera cruzar esa línea.
—Yo estoy sobria, y aquí se acabó la discusión —sentenció tajante.
Iba a protestar, a decir algo más, cualquier cosa... pero no me dio tiempo. Me tomó por la cintura con firmeza y me guio fuera de ese momento peligroso, llevándome a la cama. Sus manos eran seguras, decididas, casi demasiado cuidadosas.
Me depositó en la cama, y el mundo se apagó en cuestión de segundos.
Conocí a Bree en uno de mis conciertos.
Cualquiera hubiera pensado que era parte de mi staff, de seguridad o del equipo técnico. Pero no. La conocí de la forma más improbable: siendo una persona más entre el público, perdida en un mar de rostros que gritaban mi nombre.
Las probabilidades de encontrarla ese día eran ridículamente bajas... pero no imposibles.
Recuerdo que, desde el escenario, vi a un chico bastante atractivo a su lado. Cuando pregunté su nombre, mis fans asumieron que me refería a Bree. La confusión se expandió como fuego en papel seco, y no tuve el valor de corregirlos.
No quería romper la ilusión.
Así que seguí el juego.
Gracias a ese pequeño malentendido, mis fans ahora creen que tengo debilidad por chicas misteriosas, con mascarillas y gorras, como si fueran personajes de una historia secreta que solo yo puedo leer.
Esa misma noche salí con Bree.
Aunque ella ya sabía que, en realidad, a quien había querido invitar era a aquel chico.
Flashback
—Lee, ¿estás segura de que quieres salir con esa chica? —preguntó mi asistente, Jennifer, con incredulidad.
—Por supuesto —aseguré, mientras acomodaba mi cabello frente al espejo— Ahora debo irme. Debe estar esperándome. Le pedí a seguridad que la detuviera para poder irnos a la ¨cita¨.
—Bien, como desees —asintió Jennifer, aunque su expresión decía mucho más de lo que sus palabras admitían.
Salí de mi camerino directo hacia donde debía estar aquella chica.
Solo será una cena, nada más, me repetía mentalmente, como si necesitara convencerme.
A lo lejos la vi.
Ya no llevaba mascarilla. Su rostro quedó al descubierto, y su perfil tenía una calma inesperada. Estaba riendo con Joe, mi guardia de seguridad.
¿Acaso se conocen?, pensé.
Mientras me acercaba, noté que tenía mí misma altura.
—Buenas noches —saludé, haciendo que ambos se giraran hacia mí.
—Buenas noches, Lee —respondió Joe.
—Buenas noches —dijo ella con una sonrisa amable — Soy Bree.
—Y yo Leah —me presenté torpemente — pero eso ya debes saber.
Ella rió suavemente, como si mi torpeza fuera algo encantador y no incómodo.
—¿Nos vamos? —pedí.
—Sí, por supuesto —aceptó—. Y, Joe, un placer conocerte.
—Igualmente, Bree —sonrió él.
—Espero volverte a ver, porque ya sé dónde trabajas y la dirección —bromeó ella.
—Y yo sé que te llamas Bree —respondió Joe —Espero verte pronto. Que tengas una linda noche.
Nos despedimos, pero algo quedó flotando en el aire.
¿Acaso eso fue coqueteo?
Durante el trayecto al restaurante, el silencio se sentó entre nosotras como un tercer invitado incómodo. Miraba por la ventana, preguntándome en qué momento había asumido que Bree podía estar interesada en mí.
Sí, tenía muchas fans de la comunidad LGBTQ+, pero eso no significaba que todas lo fueran.
¿Y por qué había pensado que Bree sí?
No lo entendía.
No hablamos hasta que llegó el momento de ordenar. Ni siquiera entonces nuestras miradas se sostenían demasiado tiempo.
Después, el silencio volvió.
Pesado.
Persistente.
—Bree —la llamé finalmente.
Levantó la mirada, atenta.
—Lamento si te sientes incómoda en esta cita —me disculpé. Sentía que debía ser honesta, aunque fuera tarde —Verás... a quien estaba preguntando qué haría esa noche era al chico que estaba a tu lado.
Su reacción no fue la que esperaba.
Sonrió.
Ampliamente.
—Lo sé, Lee —asintió con naturalidad —Sé que tu pregunta era para él. Pero tanto tú como yo nos sentimos presionadas por la multitud... y créeme, no iba a corregir a cientos de personas y arriesgarme a que me lincharan ahí mismo —rió.
No pude evitar sonreír también.
Era verdad.
—Si lo hacía, probablemente no habría salido entera de ahí —continuó bromeando.
—Es muy posible que eso hubiera sucedido —respondí, sintiendo cómo la tensión se desvanecía poco a poco —En serio, me disculpo por el malentendido.
—Está bien, Lee —dijo con ligereza —Además, conseguí una cena gratis.
Su sonrisa tenía algo más. Algo que no supe descifrar en ese momento... pero que, de alguna forma, se quedó conmigo mucho después de esa noche.
Fin del flashback
Ese día conocí a Bree.
Era cálida, amable, gentil... y, sobre todo, una de esas personas que te envuelven en una sensación extraña y reconfortante, como si el mundo, por un instante, dejara de ser caótico. Era paz en forma de persona.
Creí que nunca más la volvería a ver después de esa cena.
Ni siquiera intercambiamos números.
Fue como si todo hubiera sido un pequeño paréntesis en mi vida... uno bonito, pero pasajero.
Un mes después, el destino decidió reescribir esa idea.
Volví a encontrarla en un museo.
Ese día había terminado con mi novio. Necesitaba estar sola... pero no quería sentirme tan sola en mi casa, así que decidí salir.
Para mí, pasar desapercibida es casi imposible, pero lo intenté de todas formas: gafas, gorra y mascarilla. Una versión de mí que caminaba entre sombras.
Y aun así... ella me encontró.
Flashback
El museo era silencioso... pero no tanto como la soledad de una casa vacía.
Las pinturas colgaban como ventanas a otras vidas, otras emociones. Me detuve frente a una de ellas, intentando perderme en sus colores, cuando noté a una mujer acercarse. Se colocó a mi lado, también observando la obra.
Llevaba mascarilla.
—Día difícil —preguntó, sin apartar la mirada del cuadro.
No volteé completamente hacia ella. No quería conversar. No quería nada.
—No es de tu incumbencia —respondí con brusquedad.
—Es verdad, no es de mi incumbencia —admitió con calma —pero deberías sacar todo lo que llevas dentro para poder liberarte. Estaré un tiempo por aquí, si quieres hablar.
Su voz no era invasiva. Era... abierta. Como una puerta que no te obliga a entrar.
Luego se alejó.
No pasó mucho tiempo antes de que algo dentro de mí cediera.
Caminé hacia donde estaba. Iba a disculparme por mi grosería. Cuando llegué, toqué su hombro.
Se giró.
Y entonces lo supe.
Aun con la mascarilla, reconocí sus ojos. Esos ojos que parecían leerte el alma sin pedir permiso.
—¿Bree? —mi voz salió entre incredulidad y desconcierto.
—Hola, Lee —susurró.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, aún sorprendida.
—Bueno... vine a ver las pinturas —respondió con obviedad.
—¿En serio? —insistí, todavía intentando procesarlo.
—Sí —asintió, y de pronto abrió los ojos con dramatismo —Oh no, no pienses que te estoy siguiendo o que soy una acosadora. Te prometo que no lo soy.
Solté una pequeña risa.
Era imposible no hacerlo con ella.
—Está bien, Bree. Te creo —aseguré.
Fin del flashback
Ese día, Bree me escuchó.
Me sostuvo sin tocarme demasiado, me entendió sin juzgarme... y me consoló por la ruptura que había tenido.
No sé por qué estoy recordando todos los momentos que he pasado con ella.
Pero ahora sé que significa algo.
Y también sé que cambiará todo en nuestras vidas.
Tiempo atrás
—¡Bree, estás aquí! —corrí emocionada al verla en mi camerino.
Bree se levantó de inmediato y abrió los brazos para recibirme.
—Hola, Lee —me abrazó con fuerza.
Ese abrazo... siempre era paz.
Me separé de ella y noté que estaba un poco bronceada.
—¿Dónde estabas? Te he dejado miles de mensajes y no has respondido ninguno —me quejé.
Alzó una ceja, divertida.
—No creo que eso sea cierto... ¿qué tal si miras tu celular? —pidió.
Fruncí el ceño, confundida. Tomé mi celular y, al desbloquearlo, me encontré con más de 300 mensajes suyos.
Mis ojos se abrieron enormemente.
—Eso no estaba ahí hace dos horas —me defendí.
Bree soltó su risa burlona. La de siempre. La que ya conocía demasiado bien.
—Lo sé, Lee, no te asustes. Lo que pasó es que no tenía señal, pero cada vez que me ocurría algo te enviaba un mensaje contándotelo.
—Pero estos mensajes debieron llegar cuando tenías señal... ¿por qué llegaron recién? —pregunté, aún confundida.
—Bueno... eso tiene una explicación —admitió —Dos días antes de volver olvidé cargar mi celular...
—¡Bree, otra vez! —la reprendí.
—Pero, pero esos dos días no me pasó nada —se defendió —así que no te pierdes nada de mis aventuras.
—No me refiero a eso, Bree —continué, intentando sonar seria, aunque ya estaba sonriendo.
Ella me observó por un segundo, evaluando su siguiente movimiento, como si estuviera negociando con una versión exigente de mí.
—¿Qué tal si te invito a una noche de chicas? —propuso —Incluye películas que tú elegirás, preguntas ilimitadas que me puedes hacer sobre mi viaje... y en la mañana yo preparo el desayuno.
Hizo una pequeña pausa y añadió, intentando imitar una voz exageradamente entusiasta:
—¡Todo incluido!
No pude evitar reír.
Era tentadora su propuesta... pero no por el viaje.
Siempre había tenido curiosidad por Bree.
Por su vida.
Por todo lo que no decía.
Porque, a diferencia de mí, ella era un libro cerrado... y yo ya2 le había entregado todas mis páginas.
—Aceptaré —dije finalmente —pero quiero añadir una pregunta general. Debes responderla. Y no puedes responder con otra pregunta, ni dejar la respuesta incompleta, ni usar acertijos o metáforas...
Bree se quedó pensativa unos segundos.
—Me parece justo. Está bien, acepto —asintió.
Era la primera vez que aceptaba algo así.
—Tampoco puedes mentir —advertí.
—Entiendo. No lo haré —volvió a asentir.
La miré fijamente. Hubo un pequeño silencio cargado de algo que no supe nombrar.
Después de unos segundos... sonrió.
Nos dirigimos hacia mi departamento.
En el camino, comencé a leer los mensajes que me había dejado.
Uno más interesante que el anterior.
Pequeños fragmentos de su vida, pensamientos sueltos, historias incompletas... como piezas de un rompecabezas que, sin darme cuenta, ya quería armar.
Cuando llegamos, mientras ella se duchaba, como ya era costumbre, en la otra habitación... yo me duchaba en la mía.
Era curioso cómo, sin haberlo planeado, habíamos creado pequeñas rutinas compartidas dentro de espacios separados. Como si nuestras vidas caminaran en paralelo, siempre cerca... pero nunca del todo juntas.
No me demoré mucho. Quería seguir leyendo los mensajes que me había dejado.
Había algo en ellos... algo íntimo. Como si cada palabra fuera una puerta que Bree abría solo un poco, lo suficiente para que yo me asomara, pero nunca para que entrara por completo.
Cuando salí, envuelta en una toalla y con el celular aún en la mano, Bree entró a la habitación con una botella de agua.
—Te enamoraste de una camarera —pregunté impactada, mirando primero la pantalla y luego a ella.
—Continúa leyendo —pidió, antes de beber un sorbo.
Obedecí.
—Oh... solo te ilusionaste por tres días —alcé una ceja, cuestionándola con la mirada.
Ella se encogió de hombros.
—Era muy linda, pero tenía novia... y me desilusioné. Ahí entendí que no era amor —respondió con un deje de desdén.
—Lo lamento —me compadecí.
—Ya llegará alguien —añadió, con la misma ligereza, como si hablara de algo que no le afectaba en absoluto.
Le di una pequeña sonrisa antes de volver a leer el último mensaje.
—Te dislocaste el hombro —leí alterada, acercándome a ella de inmediato— ¿Qué hombro te dislocaste?
Sin pensarlo, toqué ambos.
—Auch —se quejó —No lo toques bruscamente.
—¿Pero qué pasó? ¿Cómo te lo dislocaste?
—Un pequeño percance en el viaje —respondió, sin responder realmente.
Fruncí el ceño.
—Eso lo sé, Bree. Quiero saber cómo te lo hiciste... ¿en una caída?, ¿te atropellaron?
Bree soltó una media risa, esa que usaba cuando quería esquivar algo.
—¿Esa es la pregunta general? —preguntó con picardía.
—No, no lo es —negué —Bree... somos amigas, ¿verdad?
La miré directamente a los ojos. Esta vez no iba a esquivar nada.
—Sí, claro —afirmó.
—Entonces, ¿por qué no sé nada de ti? —las palabras salieron más rápido de lo que esperaba —Tú sabes todo de mí... pero yo no sé casi nada de ti. No sé dónde trabajas o si trabajas, no sé si tienes hermanos, padres... dónde estudiaste, cómo fue tu infancia... no sé nada. Por Dios, ni siquiera sé tú fecha de cumpleaños.
El silencio que siguió fue denso.
Pesado.
Llevaba mucho tiempo queriendo tener esa conversación. Porque, en el fondo, había una idea que me dolía más de lo que quería admitir: que tal vez Bree no me consideraba su amiga... al menos no de la misma forma.
—Tengo dos hermanas... y sí, tengo padres —respondió serenamente.
Su calma... a veces me desesperaba.
—Cuéntame de ti —insistí —Esa es mi pregunta general.
Bree se quedó en silencio. Su mirada se perdió por un instante, como si estuviera debatiendo entre hablar... o quedarse callada para siempre.
Después de unos segundos, suspiró.
—Tuve una infancia normal. Padres amorosos... y hermanas que me querían y protegían siempre —contó.
Esperé.
Esperé más.
Pero no hubo nada más.
—¿Y ya? ¿Eso es todo? —fruncí el ceño nuevamente.
—Así es —afirmó.
Sentí cómo algo dentro de mí se tensaba.
—Bree, ¿podrías contarme más cosas? Mi madre está empezando a creer que eres una amiga imaginaria porque no se nada de ti —dije, mezclando enojo con frustración.
Ella sonrió suavemente, como si intentara calmar una tormenta que no entendía del todo.
—Si quieres, puedo ir algún día contigo a visitar a tu mamá... y se dará cuenta de que soy real.
No era eso.
Nunca fue eso.
—No me dirás nada más, ¿verdad? —pregunté, y mi voz traicionó lo que realmente sentía.
Decepción.
—Lee...
—Será mejor que te vayas, Bree —la interrumpí.
Hubo un segundo en el que pensé que diría algo más. Que explicaría, que se abriría, que... elegiría decirme más.
Pero no.
—Está bien —asintió.
Y sin cambiarse de ropa, sin decir una palabra más... se fue.
La puerta se cerró con un sonido suave.
Pero el eco... fue ensordecedor.








