Vida y muerte
La unión de la vida y la muerte
El cielo y el inframundo tenían sus hijos. Ellos vivían casualidades infinitas, vistas pero nunca medidas, apenas comprendidas por quien observa desde lo alto y deseadas por quien, en la oscuridad, apenas alcanza una luz.
El encapuchado recolector de ceniza dedicó eones a su labor ancestral: levantar y reunir lo que ardía. Cuando un pacto se quebró, él y sus hermanos fueron expulsados al abismo. Allí se les encomendó una única tarea, que él guardó con respeto, mientras los suyos la rechazaban hasta volverse locos, sombras de un recuerdo antiguo.
La soledad lo hizo mirar hacia arriba, hacia el palacio que antes era camino suyo. Entre pisos dorados y pilares de mármol descubrió una belleza sin igual: la portadora de la vida, alada, sublime, radiante. Ella, como él, creía en la redención. Sus miradas se cruzaban, cercanas en visión pero lejanas en distancia. Lo divino era capaz de cualquier cosa, y su unión era peligrosa, inaceptable.
Él, envuelto en su gabardina oscura, se perdía en las sombras con el pobre reflejo de la única luz que lo veía: ella misma. Cuando quiso seguirla, las cadenas de la imposición lo obligaron a permanecer en la zarza de lava derretida. Ella admiró su intención y, con deseo, lo siguió. Su decisión arrancó los nacimientos de la tierra, dejando décadas sin nuevas vidas. Por ello fue castigada y confinada en la torre del reloj, donde sus manos marcarían por la eternidad los minutos y segundos de la vida universal.
Él, condenado, solo podía contemplarla. El juez no daría marcha atrás, ni el jurado divino expensas. Pero el recolector no aceptó. Subió hacia lo alto, donde antes había escaleras de salvación ahora destruidas. Con furia hirviente rompió los eslabones, trepó miles de días, rogó al creador un impulso de magma para alcanzar la gracia de su amada. Lanzó la roca, pero el volcán respondió con chapoteo inepto. Cayó una y otra vez entre nubes negras de plaga.
No se rindió. Juntó sus manos heridas y rogó perdón. No hubo respuesta. Entonces, en tormenta de hollín y fuego, algo acarició su rostro: blanco como la nieve, radiante como el primer resplandor. Eran las alas de ella, desprendidas y arrojadas al volcán. Con sacrificio, ella había detenido el reloj, abandonado su labor, para darle la oportunidad de volar.
Él se lanzó sin pensarlo. Se sumergió en la lava, nadó en el olvido, desafió el designio. Nadie antes lo había intentado. Y lo logró. Con las alas recuperó el vuelo, ascendió entre fuego y humo, se limpió en las nubes y llegó al gran portón. Nadie osó detenerlo. Destruyó el oro que la aprisionaba, rechazó la riqueza, porque el único premio era el amor.
Descansó su cuerpo en el suyo, abrazo puro, unión prohibida. Entonces una voz colosal le ofreció elegir: regresar y abandonar a su amada, o aceptar la condena. Ella había rechazado el regalo divino, desechado sus alas. Uno debía ser perdonado, el otro olvidado.
Él lloró, comprendió, y arrancó las alas de nuevo. Porque más valioso que volar era respirar junto a ella. La vida y la muerte se lanzaron juntas al abismo. El reloj quedó solo, pero el tiempo siguió. Ahora, cada uno debía separarse de cuando en cuando para cumplir su labor. La vida ya no era sencilla, la muerte ya no era el único camino. Juntas estaban, y juntas seguirían.








