Capítulo 1. Curiosidad
I
Marzo 2014
No sé cómo empezar esto, ni siquiera estoy seguro de que sirva de algo. Pero aquí estoy, intentando plasmar lo que me consume desde hace tiempo. Quiero aclarar algo desde el principio: no estoy loco. No padezco ninguna enfermedad mental ni soy incapaz de distinguir el bien del mal. Llevo una vida normal, con lazos estables con familiares y amigos. Pero, como todos los seres humanos, fui bendecido con el don de la curiosidad. La curiosidad es una fuerza poderosa, una obsesión latente que, en mi caso, ha tomado una dirección insólita. Me pregunto: ¿Qué se siente matar a otro ser humano? ¿Qué ocurre con el cuerpo en ese momento límite? ¿Cómo reaccionaría? ¿Qué palabras o pensamientos cruzarán por la mente de mi víctima en sus últimos instantes?
La muerte es un evento cotidiano, un fenómeno tan común que debería ser casi banal. Pero no lo es. Hemos desarrollado un miedo irracional hacia ella, disfrazándose de tragedia inescapable. ¿Qué es la vida, después de todo? Muchos argumentan que es la capacidad de un organismo para reproducirse, adaptarse, comunicarse y, en mayor o menor medida, ser consciente. Pero para mí, la vida es una constante danza con su contraparte inevitable; todo lo que respira, en algún momento, exhala por última vez. No importa quiénes seamos, cómo vivamos ni qué creencias tengamos; el final siempre es el mismo.
Y aun así, la muerte de un ser humano es vista como algo sagrado e inviolable, un sacrilegio si se atenta contra la misma. Nos horrorizamos ante el asesinato, pero ignoramos que somos verdugos de otras formas de vida. Matamos para alimentarnos, para vestirnos, incluso por deporte. Abusamos de la madre naturaleza, la destruimos, la envenenamos y la extinguimos para satisfacer nuestras necesidades que, muchas veces, están disfrazadas de codicia y odio.
Entonces: ¿Qué más da si un humano muere? El dolor que causará su pérdida será pasajero. Sus seres queridos llorarán, maldecirán, pero el tiempo sanará sus heridas, o se enraiza en lo más profundo de sus mentes y resurgirá en sus peores tormentas. ¿Y si esa persona ya no quiere vivir? ¿Y si su existencia es tan vacía que, al terminarla, le estoy haciendo un favor? Quizás, al finiquitar su vida, estaría liberándola de un peso que nunca pidió cargar. Claro, la opinión común condenaría mi razonamiento. Pero en mi lógica, matar no parece ser tan malo.
En estas semanas de reflexión, he aprendido a observar. La mirada de una persona puede revelar más de lo que imagina. He visto ojos llenos de euforia y fuerza, otros hundidos en la desesperanza, y algunos tan distraídos que parecen no pertenecer al mundo que los rodea. Me he dedicado a analizar a quienes se cruzan en mi camino, buscando una señal, una corazonada que me indique quién debe ser mi objetivo. No es fácil. La espera es desesperante, pero sé que llegará. Algún día, en algún lugar, esa corazonada me guiará. Y cuando lo haga, podré responder las preguntas que me carcomen.








