Parte I: Campeón en la lona
El rugido del público atravesaba las paredes del estadio incluso desde los pasillos interiores de la FNC. Técnicos, entrenadores y empleados iban y venían cargando equipos, revisando listas y preparando los últimos detalles de la noche. Entre toda aquella actividad, Paul Romano caminaba acompañado por su esposa y su hija, intentando aparentar una tranquilidad que no sentía del todo.
Faltaban pocos minutos para su combate.
Muy pocos.
Mia avanzaba a su lado sujetando su mano con fuerza. A sus cinco años, observaba todo con la fascinación de quien cree estar entrando en otro mundo. Las luces, las pantallas gigantes y el ruido constante de miles de personas la hacían mirar en todas direcciones sin dejar de sonreír.
—Papá.
Paul bajó la vista.
—¿Qué pasa, princesa?
—¿Cuando ganes el cinturón me lo vas a prestar?
Paul soltó una carcajada.
—¿Prestarte el cinturón?
—Sí.
—¿Y para qué quieres un cinturón más grande que tú?
—Para llevarlo al colegio.
Gina se echó a reír.
—Eso sería muy presumido.
—No sería presumido si mi papá es campeón del mundo.
La seguridad con la que lo dijo hizo que Paul sonriera. Para Mia no existían las dudas ni las probabilidades. En su cabeza la pelea ya estaba ganada y el cinturón ya era suyo.
—Papá va a ganar porque es invencible.
Paul negó lentamente con la cabeza.
—No existe nadie invencible, princesa.
La niña frunció el ceño.
—¿Ni tú?
—Ni yo.
—¿Entonces qué pasa si pierdes?
Paul se agachó hasta quedar a su altura. Durante un instante observó aquellos ojos llenos de confianza y recordó por qué hacía todo aquello.
—Entonces me vuelvo a levantar.
—¿Siempre?
—Siempre que pueda.
Mia pareció pensar la respuesta durante unos segundos antes de asentir, satisfecha.
Paul le revolvió el cabello y volvió a ponerse de pie. Al hacerlo encontró la mirada de Gina observándolo con una sonrisa tranquila.
Ella conocía perfectamente esa expresión.
Los nervios.
La tensión.
La presión de una pelea importante.
—Estás nervioso —dijo.
—No estoy nervioso.
—Claro que sí.
—No.
—Paul.
—Bueno... un poco.
Gina soltó una pequeña risa.
—Lo sabía.
—Diez años juntos y todavía me lees como un libro.
—Porque eres terrible mintiendo.
Paul negó con la cabeza mientras ella acomodaba el cuello de su chaqueta deportiva. Era un gesto simple, algo que había hecho cientos de veces a lo largo de los años, pero de alguna manera siempre lograba tranquilizarlo más que cualquier discurso de entrenador.
—Vas a estar bien —dijo ella.
Paul miró a Mia.
Luego volvió a mirar a Gina.
—Ustedes son la razón por la que siempre me levanto.
Por un instante ninguno de los tres dijo nada. El ruido del estadio parecía haberse alejado. Solo existían ellos.
—¡Paul!
Los tres giraron.
Un hombre canoso avanzaba por el pasillo agitando una carpeta con evidente impaciencia. Detrás de él caminaban otros dos integrantes del equipo técnico.
Derek Parker.
Su entrenador.
Todos ellos superaban los cincuenta años. Habían sido peleadores en su juventud, hombres curtidos por años de golpes, derrotas y oportunidades perdidas. Ninguno había alcanzado la fama. Ninguno había ganado grandes fortunas. Pero cuando nadie apostaba por Paul Romano, ellos sí lo hicieron.
Y eso era algo que Paul jamás olvidaría.
—¿Piensas pelear hoy o vas a seguir haciendo turismo? —gruñó Derek.
—Todavía faltan unos minutos.
—Exactamente.
—Entonces hay tiempo.
—No para mí.
Paul sonrió.
—Siempre estás enojado.
—Y tú siempre hablas demasiado. Muévete.
Paul se acercó para despedirse de Gina y Mia.
—Nos vemos después.
—Ve a ganar —dijo Mia.
—Haré lo posible.
—No. Vas a ganar.
Paul volvió a reír antes de seguir a Derek hacia la zona de preparación.
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El estadio explotó cuando su nombre apareció en las pantallas.
Paul avanzó hacia el octágono bajo una lluvia de luces y aplausos. A cada lado de la jaula miles de personas gritaban, apostaban y discutían sobre lo que estaba a punto de ocurrir. Al otro lado esperaba Oliver Walker.
Grande.
Musculoso.
Peligroso.
Walker golpeaba sus propios guantes mientras caminaba de un lado a otro con una sonrisa confiada. Su reputación se había construido a base de nocauts violentos y peleas brutales. Muchos lo consideraban uno de los hombres más peligrosos de la división.
El árbitro los reunió en el centro.
Explicó las reglas.
Ambos asintieron.
Y la pelea comenzó.
Walker salió al ataque inmediatamente.
Su primer derechazo pasó silbando junto al rostro de Paul.
El segundo encontró únicamente aire.
El tercero tampoco conectó.
Paul se desplazaba con calma, estudiándolo. No parecía apurado. Observaba cada movimiento, cada paso y cada apertura mientras Walker insistía en avanzar.
El público comenzó a rugir cuando ambos intercambiaron golpes en el centro del octágono.
Walker intentó otro ataque.
Paul vio la oportunidad.
Un paso lateral.
Un pequeño error en la defensa.
Y entonces actuó.
Su puño se hundió directamente en el hígado de Walker.
El aire abandonó los pulmones del peleador de golpe.
Antes de que pudiera reaccionar, el mismo brazo ascendió violentamente en un upper que sacudió su mandíbula.
La cabeza de Walker se fue hacia atrás.
Sus piernas vacilaron.
Y entonces llegó el tercero.
Un gancho cruzado.
Seco.
Preciso.
Demoledor.
Walker cayó pesadamente sobre la lona.
El estadio estalló.
Paul se lanzó encima de inmediato.
Primer martillazo.
Segundo martillazo.
El árbitro intervino al instante, sujetándolo por los hombros.
—¡Se acabó! ¡Se acabó!
La multitud rugió todavía más fuerte.
Paul se puso de pie respirando con fuerza mientras levantaban su brazo. Otra victoria. Otro obstáculo superado. Otro paso más cerca del cinturón que llevaba años persiguiendo.
—Voy al baño un momento —dijo.
—No tardes —respondió Gina.
—Cinco minutos.
—Eso dijiste la última vez.
—Y solo tardé quince.
—Exactamente.
Paul levantó las manos en señal de rendición y se alejó.
Cuando salió del baño encontró a un hombre apoyado contra una pared cercana.
Traje oscuro.
Zapatos impecables.
Cabello perfectamente peinado.
Sonrisa agradable.
Y unos ojos extrañamente fríos.
—Paul Romano.
Paul se detuvo.
—¿Nos conocemos?
—Todavía no.
El hombre extendió la mano.
—Arthur White.
Paul estrechó la mano por educación.
—Buen combate.
—Gracias.
—Tienes talento.
—También gracias.
El señor White sonrió.
—He visto muchas de tus peleas.
—¿Sí?
—Claro. Eres un hombre interesante.
Algo en aquella conversación le resultaba incómodo a Paul. No sabía exactamente qué era, pero podía sentirlo.
Entonces el señor White añadió:
—Tu hija parece convencida de que serás campeón.
Paul lo observó fijamente.
—¿Cómo sabes eso?
El señor White ignoró la pregunta.
—Y tu esposa también confía mucho en ti.
La incomodidad aumentó.
—¿Qué quiere?
El señor White acomodó las mangas de su traje antes de responder.
—Representarte.
—Tengo representante.
—Uno mejor.
—Tengo entrenador.
—Uno mejor.
—Tengo gimnasio.
—Uno mejor.
El señor White soltó una pequeña risa.
—Paul, podrías tener todo lo que siempre soñaste. El cinturón. Dinero. Reconocimiento. Un gimnasio de primer nivel. La mejor preparación posible. Una vida cómoda para tu familia.
Paul permaneció en silencio.
El señor White continuó hablando con aquella voz amable y relajada.
—Tu hija quiere ver a su padre como campeón, ¿verdad?
Paul no respondió.
—Yo puedo ayudarte a conseguirlo.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.
Finalmente Paul negó con la cabeza.
—No.
El señor White parpadeó.
—¿No?
—Mi equipo estuvo conmigo cuando nadie apostaba por mí.
—Los negocios no funcionan con sentimentalismo.
—La lealtad tampoco.
La sonrisa del señor White permaneció intacta, aunque algo en su mirada cambió por un instante.
Algo pequeño.
Algo oscuro.
—Piénselo.
—No necesito hacerlo.
Paul comenzó a alejarse.
—Buenas noches, señor White.
White observó cómo desaparecía por el pasillo sin correr detrás de él ni intentar detenerlo.
Simplemente lo observó.
Cuando estuvo completamente solo, sacó un teléfono de su bolsillo.
Marcó un número.
Esperó unos segundos.
La llamada fue respondida.
White continuó mirando el pasillo vacío.
—Preparen el plan B.
Y colgó.








