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Deseo Condenado [Silent Hill] - Pyramid Head

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Summary

[+🔞] Deseo Condenado Vikram, un influencer sediento de fama, llega a un pueblo envuelto en niebla y leyendas, buscando convertir su experiencia en la próxima gran sensación viral. Pero lo que encuentra no es solo misterio... es un pacto que reescribirá sus deseos. Al cruzarse con Bi, una bruja que no parece malvada pero lo conoce demasiado, descubre que su alma ha sido ofrecida como tributo. La única manera de sobrevivir -y conservar su identidad-, es atravesar una maldición única: Acostarse con al menos veinte Verdugos del inframundo, criaturas ambiguas que parecen hombres, pero no lo son. Cada uno habita un espacio distinto, desde edificios corroídos por el tiempo hasta rincones donde el deseo respira como sombra. A través de encuentros físicos intensos, llenos de tensión, juicio y vulnerabilidad, Vikram tendrá que redefinir lo que significa ser deseado... y lo que significa desear. Pero cada acto deja una marca. Y no todos los Verdugos se conforman con el cuerpo. Algunos... quieren recuerdos. Otros... quieren fama. ¿Podrá conservar lo que lo hace humano mientras cumple la condena que él mismo invocó? . . . [La imagen de portada no me pertenece. Por favor, agradezcan a los creadores de las futuras imágenes que aparezcan aquí.]

Genre
Erotica/Horror
Author
Karma
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Episodio 1: Un día extraño

El pavimento de la avenida principal crujió bajo las ruedas de la patineta, un eco seco que murió de inmediato, devorado por el silencio sepulcral del lugar. Vikram dio un fuerte impulso con la pierna derecha, ajustándose la gorra hacia atrás con un movimiento fluido de la mano libre. Deslizó el skate hacia la esquina con una soltura envidiable, arqueando el torso musculoso hacia adelante, dominando el espacio como si las calles agrietadas de está ciudad fueran una pista de exhibición diseñada exclusivamente para él.


Desde fuera, cualquiera vería al típico chamo influencer: un titán de casi dos metros, con los brazos tallados por años de gimnasio, vello marcado en la piel parda y una sonrisa de reojo que prometía romper corazones en un par de segundos. Pero por dentro, la adrenalina que le bombeaba en el pecho no venía de la velocidad. Venía de una rabia contenida, de un hambre ciega que le arañaba las tripas.


Su canal, Vikramsex12, había nacido bajo la ley del descaro y la comedia rebelde. Bromas pesadas en centros comerciales, retos absurdos que rozaban lo ilegal, y transmisiones donde exhibía su físico sin pudor si el contador de vistas subía lo suficiente. Le gustaba el dinero, claro, pero lo que realmente lo hacía vibrar era el destello de la pantalla; la adicción pura de saberse mirado, deseado y envidiado. Sin embargo, en los últimos meses, el público digital se había vuelto un monstruo insaciable. Los comentarios en sus videos recientes eran cuchilladas directas a su orgullo:


—«¿Eso es todo? Pensé que eras más sádico, bro.»

—«Tu contenido ya aburre. Te volvisteファミリー. Dale algo fuerte.»

—«Mucho músculo y pura paja. A ver cuándo grabas algo de verdad.»


Vikram no toleraba la duda, y verse reducido a un payaso aburrido ante miles de personas le encendía la sangre. Por eso, cuando el algoritmo o el destino le arrojaron los primeros hilos sobre un pueblo fantasma en el mapa —un rincón tragado por una niebla eterna, leyendas de juicios, apariciones y silencios mortales—, no lo pensó. Silent Hill. El nombre sonaba a loquera de internet, a puro marketing místico. Y Vikram, en su necedad gloriosa, se dijo que el que no arriesga, no se viraliza.


-⛓️-;


El viaje desde la ciudad costera había sido largo. Al cruzar el viejo cartel de madera desgastada que rezaba "Bienvenidos a Silent Hill", el motor de su auto soltó un quejido metálico y se apagó por completo, deteniéndose mucho más adelante del cartel. Vikram maldijo entre dientes, intentando encenderlo un par de veces sin éxito. Al bajarse, el panorama lo recibió con una quietud perturbadora: un pueblo extenso, sepultado bajo una fina capa de ceniza grisácea que lo cubría todo, desde los techos de los edificios corroídos hasta los parabrisas de los autos abandonados en las cunetas. Parecía un cementerio de concreto olvidado por décadas.


—Qué maldita mierda... —murmuró, evaluando el coche.


No sintió miedo; la desconfianza que arrastraba desde sus peores años en Venezuela le había enseñado que el verdadero peligro siempre tiene dos piernas y cara conocida. Aquí no había nadie. Con total desparpajo, sacó de la cajuela una mochila táctica pesada, se la calzó a la espalda ajustando las correas sobre sus hombros anchos y, con un clic del control remoto, le puso el seguro automático al auto. Si alguien intentaba tocar su propiedad, ya se encargaría después. Dejó atrás el equipaje innecesario; ahora solo importaba la cámara, su skate y el asfalto. Era el escenario perfecto para un directo limpio, sin interrupciones ni malditas restricciones de plataforma.


Dio un par de pasos, colocó el teléfono en el estabilizador de mano y encendió la transmisión en vivo. El contador de espectadores estalló en segundos, los números subiendo como espuma en un frenesí de notificaciones.


Vikram acomodó la cámara a la altura de sus ojos oscuros, enfocando el fondo urbano distópico antes de girar el lente hacia su rostro. Esbozó una media sonrisa ladeada, cargada de esa chulería magnética que sus seguidores adoraban, y sacó la lengua con picardía.


—¿Qué lo que hay, mis compas? Bienvenidas, princesas —su voz grave, pastosa y arrastrada, resonó en la cuadra desierta—. Aquí se encuentra su creador de contenido favorito... Vikramsex12, pa' que no se olviden de este pecho.


Con un movimiento calculado y lento, alzó los brazos, tensando los bíceps frente a la cámara. Dejó que la playera sin mangas se ajustara a su espalda, exhibiendo el volumen de sus hombros trabajados con un descaro que hizo llover emoticones de fuego en el chat. Una dedicatoria silenciosa para las chicas que sabían apreciar el arte de su cuerpo.


—Hoy no les traigo bromitas pendejas en el supermercado, ni retos idiotas con gaseosa y bicarbonato —continuó, bajando los brazos pero manteniendo la mirada fija, letal y seductora en el lente—. Hoy venimos a explorar lo real, algo que sí les va a volar el coco de verdad. Así que agárrense los pantalones, que nos metemos en vivo hacia lo prohibido.


A medida que avanzaba sobre las ruedas, el ambiente comenzó a cambiar de forma drástica. La niebla, que al principio parecía una bruma común, comenzó a engordar, volviéndose pastosa, casi líquida. Traía consigo un olor denso, una mezcla rancia de óxido húmedo y azufre que se le colaba por la ropa y le enfriaba la piel suave de los brazos. Optó por colocarse una chaqueta en esto último.

Las esquinas perdieron sus ángulos; los semáforos apagados parecían siluetas de gigantes mutilados. El eco de las ruedas del skate sobre el pavimento empezó a sonar ahogado, como si el pueblo se estuviera tragando el sonido de su presencia.

Vikram frunció el ceño. El sudor que empezaba a perlar su frente bronceada ya no era por el esfuerzo físico, sino por una sutil y molesta tensión que se le instalaba en la nuca. El teléfono vibró violentamente en su mano, el chat moviéndose a una velocidad incontrolable. Comentarios como ráfagas de advertencia:

—«¡Mano, qué coño haces ahí! ¡Sal de ese lugar!»

—«Eso es Silent Hill, loco. Ahí se aparece la bruja, no juegues con esa mierda.»

—«¿Eres hater de tu propia vida o qué? Ese pueblo está maldito.»

Vikram detuvo la patineta de un golpe, clavando la zapatilla en el suelo cenizo. Leyó diez, veinte, cincuenta mensajes. Arrugó los labios con desdén, soltando un bufido y rascándose la nuca con fastidio. ¿La bruja? ¿Una maldición?

—¿Qué fue...? —soltó, bajando el tono de la voz, hablándole directo al corazón digital de su audiencia con un matiz seco, casi desafiante—. ¿No era esto lo que querían algunos de ustedes? Que me metiera a un lugar de verdad, que dejara de ser "aburrido"... Bueno, ya estoy aquí y no pienso echar pa' atrás.

Metió la mano libre en el bolsillo de sus pantalones anchos y desgastados, buscando algo. Sus dedos solo tropezaron con una tarjeta bancaria, un par de monedas de bajo valor y la llave del auto. Nada más. Una mueca de amargura real cruzó sus facciones, aunque intentó camuflarla de inmediato con su habitual máscara de suficiencia.

—Además... ya no queda mucha plata en la cuenta para andar dando vueltas. Toca esperar que este video rompa las redes, mis panas.

Sonrió con una ironía que no llegó a sus ojos oscuros. Por primera vez en el día, su mente observadora empezó a calibrar que las reglas del juego no las estaba poniendo él.

La niebla pareció abrirse un milímetro, concediéndole un respiro que nadie había pedido. El aire allí dentro tenía una densidad distinta, un peso que oprimía el pecho. Vikram avanzó a pie, arrastrando el skate por el eje de las ruedas, manteniendo la espalda recta y el mentón en alto. Caminaba con el andar firme de un soldado que no le teme a la guerra, usando su imponente estatura para espantar la incomodidad que empezaba a crecer en su interior.

—Wow... esto va directo pa' las historias de Insta —murmuró con su tono más burlón, deteniéndose frente a una enorme estructura que se alzaba entre la bruma.

Era una iglesia. Pero no inspiraba paz; su arquitectura barroca se sentía cruel, con las puertas de madera astilladas y las ventanas cubiertas por rejas oxidadas que parecían garras. Vikram levantó el teléfono para encuadrar la fachada y capturar el selfi perfecto.

Click.

La pantalla del celular sufrió un espasmo digital. Una línea de estática cruzó la imagen y un destello verdoso distorsionó su rostro en el reflejo.

—Qué raro... —masculló Vikram, entornando los ojos. Pasó el pulgar por el lente del teléfono, tratando de limpiar lo que creía que era polvo o humedad, pero el aparato seguía vibrando con un zumbido sordo, casi orgánico.

Dio un paso hacia el porche de la iglesia, dispuesto a empujar la puerta rota, cuando una voz deshilachada le congeló la sangre en las venas.

—No deberías estar aquí...

La voz no sonaba humana. Era un susurro grave, seco, rasposo, como si las palabras fueran arrastradas por un viento cargado de ceniza caliente.

Vikram giró la cabeza lentamente, conteniendo un brinco de sorpresa. Entre dos columnas agrietadas, la niebla se apartó para revelar a una anciana encorvada. Su aspecto era tétrico: hilos de cabello gris flotaban a su alrededor como si tuvieran vida propia, y sus ropas colgaban como harapos viejos.

El instinto de Vikram reaccionó de la única forma que sabía: levantando su escudo de sarcasmo. Elevó una ceja y usó su voz más intimidante y varonil para no denotar el vuelco que le había dado el corazón.

—¿Qué onda, abuelita? —soltó con una sonrisa torcida—. ¿Sabe dónde se metió la gente de por aquí? Es que encuentro el lugar un poquito desierto y, bueno...

—Debes irte de aquí... —lo interrumpió la mujer, sin moverse un solo centímetro, clavando en él una mirada que parecía atravesarle los músculos—. Vete antes de que la oscuridad te reclame y toda la maldición caiga sobre ti.

Vikram dio un paso atrás de forma involuntaria, sus zapatillas crujiendo contra la ceniza. Tragó saliva, sintiendo la garganta extrañamente seca.

—¿De qué coño estás hablando? —preguntó. Esta vez, el tono burlón se le quebró, dejando salir una nota limpia de nerviosismo.

El celular vibró una vez más en su mano. Un solo comentario apareció en la pantalla, parpadeando en rojo:

—«Ella no es real. Sal de ahí, Vikram.»

La anciana dio un paso hacia el frente. Sus ojos no tenían pupilas; eran dos esferas lechosas, dos lunas muertas que reflejaban el vacío. El aire alrededor se volvió tan pesado que a Vikram le costó llenar los pulmones. En un impulso desesperado por recuperar el control de la situación y aferrarse a su realidad, giró la pantalla del teléfono hacia la vieja, mostrándole el directo.

—Mire, señora, yo vine aquí a buscar lo mío, a obtener la fama que el mundo me debe —dijo, forzando una sonrisa satisfecha mientras señalaba las reacciones y los miles de espectadores que se retorcían en la pantalla—. Esto es real.

La anciana guardó silencio. No por duda, sino por una lástima profunda que erizó los vellos del cuerpo del influencer.

—Fama... —susurró la mujer, y su voz pareció arrastrar el eco de siglos de lamento—. Qué error tan terrible cometiste al entrar aquí, muchacho.

Vikram abrió la boca para soltar otra réplica afilada, buscando el lugar exacto para tomar una foto y terminar con el chiste, pero el aire fue cortado por un golpe brutal.

¡BONG!

Una campana sonó en lo alto de la torre de la iglesia. Un tañido pesado, seco, tan profundo que la tierra misma vibró bajo las suelas de sus zapatillas. Las vibraciones le recorrieron las piernas y se le instalaron en el estómago como un golpe físico.

La anciana levantó los ojos muertos hacia el cielo plomizo.

—La oscuridad se acerca...

Entonces, el mundo se rompió. La niebla no se disipó como el humo; comenzó a fracturarse en el aire como si fuera vidrio templado. El paisaje mismo empezó a perder su textura: los faroles oxidados, el suelo agrietado, las fachadas de los edificios alrededor se desintegraban en hojuelas de hollín y pedazos de realidad que caían hacia arriba, revelando un fondo negro y vacío detrás de las cosas.

—Será mejor que te resguardes —añadió la anciana, estática, mientras el suelo bajo sus pies comenzaba a descascararse.

Un escalofrío horrible, como una serpiente húmeda y congelada, le recorrió a Vikram la espina dorsal. No entendía un carajo de lo que estaba viendo. Todo su orgullo, sus poses y su falsa sensación de control se hicieron pedazos en un instante. Esto no era un set de grabación, no era un montaje. Era real.

Sin pensarlo dos veces, dio media vuelta y echó a correr con todas sus fuerzas, mandando el skate bajo el brazo. Su silueta atlética devoraba metros mientras el suelo detrás de él se caía a pedazos. En su mano, la pantalla del celular parpadeaba descontrolada, la señal volviéndose errática, pero los mensajes del público seguían entrando como gritos desesperados en una pesadilla:

—«¿¡QUÉ ES ESO QUE ESTÁ DETRÁS DE TI!?»

—«¡CORRE, MALDITA SEA, CORRE O TE VA A ATRAPAR!»

—«Ya no estás solo...»

—«Te estamos viendo desde el otro lado.»

A medida que corría, Vikram vio horrorizado cómo las sombras de los árboles secos se estiraban de forma antinatural, reptando por las paredes como manos negras con hambre de carne. Las campanadas seguían sonando, cada vez más graves, más lentas, como el latido de un corazón moribundo. El mundo se estaba transformando en una estructura de hierro, óxido y sangre seca.

Justo cuando sintió que el aire se le acababa y que la negrura lo alcanzaría, sus ojos divisaron una estructura a la izquierda. Era un edificio de apartamentos abandonado, con las paredes cubiertas de hollín, moho viejo y ventanas rotas que parecían bocas abiertas.

No miró atrás. Cruzó el umbral de la puerta de un salto, metiéndose de lleno en las entrañas del lugar, y atrancó la entrada con el cuerpo, respirando de forma entrecortada.

De golpe, el ruido del exterior se apagó.

Fue el primer contacto con el verdadero silencio. El aire ahí dentro tenía una densidad pastosa, enferma. No había eco, no había viento; solo el sonido violento de su propia respiración y los latidos desbocados de su corazón retumbando en su pecho musculoso. Al encender la linterna del teléfono, la luz barrió el vestíbulo, revelando paredes de yeso agrietadas y cubiertas de extraños símbolos que parecían haber sido quemados directamente sobre la superficie.

Vikram estaba dentro. Y el juicio apenas comenzaba.

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