C1
Dos vidas
Siempre me había parecido gracioso.
Mi padre pasaba los días persiguiendo criminales.
Y yo pasaba las noches reuniéndome con ellos.
Si existiera algún dios allá arriba, seguramente tendría un sentido del humor bastante cuestionable.
—¿Smile?
Levanté la vista de mi taza de café.
Mi padre acababa de entrar en la cocina con el uniforme perfectamente colocado y el cabello todavía húmedo por la ducha.
Como siempre.
Como cada mañana.
Greco Rodríguez era una de esas personas que parecían incapaces de hacer las cosas mal.
Era buen policía.
Buen amigo.
Buen padre.
Y precisamente por eso era la única persona en el mundo a la que odiaba mentir.
—¿Hm?
—Te estoy hablando desde hace cinco minutos.
—Mentira.
—Tres.
—Eso ya me lo creo más.
Greco soltó una carcajada.
Yo sonreí.
Aquello era fácil.
Aquello siempre era fácil.
Ser Smile.
La hija de Greco.
La chica amable.
La chica responsable.
La chica que estudiaba.
La chica que jamás daría problemas.
La mentira más grande de toda la ciudad.
—Hoy pasaré por comisaría.
Mi padre arqueó una ceja.
—¿Voluntariamente?
—No pongas esa cara.
—La última vez dijiste que ibas a visitarme y acabaste robándole las patatas fritas a Fermín.
—Porque estaban buenas.
—Le quitaste medio menú.
—Detalles.
Mi padre volvió a reírse.
Y por un instante sentí aquel pinchazo de culpa.
Porque si él supiera.
Si supiera quién era realmente.
Si supiera dónde había estado hacía apenas unas horas.
No estaría riéndose.
No estaría sonriendo.
Ni siquiera sería capaz de mirarme igual.
—Bueno, me voy o llegaré tarde.
Se acercó.
Besó mi frente.
Y salió de casa.
La puerta se cerró.
El silencio regresó.
Esperé.
Uno.
Dos.
Tres minutos.
Entonces mi expresión desapareció.
Como si alguien hubiese apagado un interruptor.
Cogí el teléfono.
Marqué un número.
Contestaron al segundo tono.
—Habla.
La voz al otro lado era masculina.
Tensa.
Nerviosa.
—¿Problemas?
—Tenemos uno.
Apoyé el codo sobre la mesa.
—Explícate.
—Los Romero han perdido un cargamento.
—¿Y?
—Creen que alguien les ha vendido.
Mis ojos se estrecharon.
Eso ya era más interesante.
—¿Pruebas?
—No.
—Entonces no me hagas perder el tiempo.
Escuché cómo tragaba saliva.
Me gustaba eso.
No porque disfrutara asustando a la gente.
Bueno.
Quizás un poco.
Pero sobre todo porque significaba que me respetaban.
Y el respeto mantenía viva una organización.
El miedo ayudaba.
—También hay otra cosa.
—Habla.
—Quieren nuestra ayuda.
Sonreí.
Claro que sí.
Siempre terminaban queriendo ayuda.
Por eso seguíamos creciendo.
No necesitábamos territorios.
No necesitábamos guerras.
No necesitábamos hacer ruido.
Solo favores.
Un favor aquí.
Otro allí.
Una deuda.
Dos deudas.
Diez deudas.
Y de repente medio mundo te debía algo.
—Diles que esta noche habrá reunión.
—Sí, jefe.
Colgué.
Y observé mi reflejo en la pantalla apagada.
Cabello castaño claro.
Un ojo verde.
Otro color miel.
La característica que me había acompañado toda la vida.
La misma que me obligaba a esconderme cada vez que me convertía en otra persona.
Porque Smile no podía existir en ambos mundos.
La hija del policía.
Y el líder criminal.
Una de las dos debía permanecer oculta.
Siempre.
Me levanté.
Subí a mi habitación.
Y abrí un pequeño cajón oculto bajo el escritorio.
Dentro descansaban unas lentillas marrones.
Unas gafas negras.
Y un modulador de voz.
Las herramientas que habían construido una leyenda.
Una leyenda que nadie imaginaba que medía apenas metro sesenta.
Ni que tenía diecinueve años.
Ni que aún vivía con su padre.
Cerré el cajón.
Todavía faltaban horas para que llegara la noche.
Y antes tenía una visita pendiente.
La comisaría olía exactamente igual que siempre.
Café.
Papel.
Y estrés.
Mucho estrés.
Los agentes iban y venían constantemente.
Algunos me saludaban.
Otros ni siquiera me veían.
Era normal.
Había crecido prácticamente allí.
—¡Smile!
Sonreí al escuchar aquella voz.
Me giré.
—Horacio.
—¿Qué haces por aquí?
—He venido a comprobar si seguís vivos.
—De milagro.
—Eso explica tus ojeras.
—Oye.
—Es verdad.
—Qué cruel eres.
Reí.
Horacio fingió indignación.
Y entonces escuché otra voz.
Una voz que reconocería incluso entre cientos.
—¿Ya estás molestando a la gente?
Mi corazón dio ese pequeño salto ridículo que llevaba años empeñándose en hacer.
Fermín.
Maldito Fermín.
Giré la cabeza.
Y allí estaba.
Más alto que la última vez.
O quizás simplemente seguía impresionándome igual.
Uniforme impecable.
Expresión seria.
Mirada concentrada.
La clase de hombre que parecía haber nacido para ser policía.
—Yo nunca molesto a nadie.
—Claro.
—Lo prometo.
—Eso es justo lo que diría alguien que está molestando a alguien.
—Qué poca fe tienes en mí.
Fermín negó con la cabeza.
Pero sonrió.
Y esa sonrisa me golpeó exactamente igual que cuando tenía doce años.
O trece.
O catorce.
O cualquiera de los años que había pasado enamorada de él.
Patético.
Absolutamente patético.
Dirigía una organización criminal.
Tenía mafiosos obedeciendo mis órdenes.
Y aun así seguía sintiéndome como una adolescente cuando él sonreía.
—¿Has venido sola?
—Sí.
—Bien.
—¿Bien?
—La ciudad está cada vez peor.
—Eso suena preocupante.
—Lo es.
Aquello llamó mi atención.
Porque Fermín rara vez exageraba.
—¿Ha pasado algo?
Su expresión cambió ligeramente.
Una sombra.
Un gesto casi imperceptible.
—Estamos investigando varias cosas.
—Muy misterioso.
—Trabajo policial.
—Aburrido.
—Necesario.
—Aburrido.
Horacio soltó una carcajada.
Fermín puso los ojos en blanco.
Y yo sonreí.
Pero por dentro algo se había activado.
Porque si Fermín estaba preocupado...
Entonces probablemente había una razón.
Y las razones de la policía solían terminar convirtiéndose en problemas para gente como yo.
Aquella noche.
El almacén estaba completamente oscuro.
Solo una lámpara iluminaba la mesa central.
Doce personas.
Doce representantes.
Doce organizaciones diferentes.
Todos esperando.
Todos nerviosos.
Todos callados.
Me encantaba el silencio.
Porque significaba poder.
Entré.
Las gafas ocultaban mis ojos.
Las lentillas ocultaban la heterocromía.
El modulador transformaba mi voz.
Nadie habló.
Nadie se movió.
Nadie respiró.
O casi.
Tomé asiento.
Crucé las manos.
Y observé la mesa.
—Hablad.
La voz grave resonó por toda la estancia.
Uno de ellos tragó saliva.
Otro evitó mi mirada.
Perfecto.
—Los Romero han perdido mercancía.
—Lo sé.
—Necesitamos descubrir quién fue.
—Lo sé.
—Creemos que...
Levanté una mano.
Se calló inmediatamente.
—No me interesan las teorías.
Silencio.
—Me interesan los hechos.
Nadie respondió.
Porque no tenían ninguno.
Y yo odiaba la incompetencia.
Apoyé la espalda contra la silla.
—¿Algo más?
Uno de los presentes levantó la mano.
—La policía está investigando.
Eso sí era interesante.
—Continúa.
—Han creado un grupo especial.
Mi expresión no cambió.
Pero por dentro me tensé.
—¿Quién lo dirige?
El hombre dudó.
Un segundo.
Dos.
—Fermín.
Y por primera vez en toda la reunión.
Por primera vez en meses.
Sentí verdadero miedo.
Porque había muchas personas capaces de destruir mi organización.
Políticos.
Jueces.
Criminales.
Traidores.
Pero si tenía que elegir a una sola persona capaz de acercarse a la verdad...
Sería él.
Fermín.
El hombre que llevaba años ocupando mis pensamientos.
El hombre al que jamás había conseguido olvidar.
El hombre que, sin saberlo, acababa de convertirse en mi enemigo más peligroso.
Y quizás.
Solo quizás.
También en mi mayor debilidad.
BUENASSS, no acabo un y ya empiezo otra, lo sé , I'm sorryyyy, pero os prometo que actualizaré las otras mas pronto que tarde, bueno, es una historia que empecé hace tiempo, bastante de hecho, del personaje de Fermín de Spain RP, este me tiene locaaa, y ahora que me lo estoy volviendo a ver entera me ha entrado la nostalgia y he decidido publicar esta historia. Si tiene algún error, lo siento, la escribí hace tiempo y CHAOOO








