Miedo
Cuando mamá murió, Tommy, mi hermano mayor, se hizo cargo de nosotros. Mi hermana menor, Lily, apenas puede recordar el rostro de nuestra madre.
Tommy era un buen chico. Se desvelaba trabajando en la fábrica para darnos un mejor futuro. Nunca tuvimos gran cosa y siempre fue complicado, pero estábamos juntos. La casera siempre regañaba a Tommy por atrasarse en los pagos, y una vez pasamos dos meses sin agua, y teníamos que ir al río en las afueras para bañarnos y buscar agua de beber. Pero podíamos con ello. Éramos felices, tan felices como podíamos ser.
Pero Tommy cambió.
Un día llegó con una sonrisa de oreja a oreja, diciendo que había renunciado a la fábrica, pero que todo estaba bien. Dijo que conoció a un hombre que le ofreció un mejor empleo.
—¿De qué se trata? —pregunté. Pero Tommy le restó importancia y cambió de tema.
Un día, mientras iba de camino a recoger agua, lo vi de reojo agazapado en un callejón, en medio de un grupo de extraños de aspecto peligroso. Fumaban algo que olía muy fuerte, y cuando me vieron, se miraron entre ellos, dándose golpecitos con el codo y sonriendo de forma macabra.
Me persiguieron hasta alcanzarme, y cuando me arrinconaron… mi hermano… él estaba ahí, con ellos, pero no les dijo nada. No me defendió, ni siquiera pareció reconocerme. En aquel momento, era un desconocido.
Más tarde, cuando llegué a casa, Lily me preguntó qué me había pasado. Pero yo tenía tanta vergüenza que simplemente me fui directo a llorar en una esquina. Ella me abrazó y me dijo que todo estaría bien. Me dio palmaditas en la cabeza. Se quedó conmigo hasta que conseguí ponerme en pie.
Al día siguiente llegó mi hermano. Llevaba con él una enorme bolsa con comida. Estaba como siempre, alegre, enérgico, positivo. Me miró preocupado y me preguntó qué me había ocurrido.
No supe qué responder. Él no insistió.
Algunos días después, cuando me había olvidado de aquello, Tommy llegó a casa. Pero no era el Tommy de siempre. Era ese Tommy, el que te miraba a los ojos con una sonrisa macabra. Y tenía un arma.
Cuando pasó junto a mí, apreté los ojos con fuerza, pero él me dio un golpecito en el hombro y siguió de largo hasta caer dormido en la cama, la única cama de la casa, que los tres compartíamos.
Día tras día, Tommy llegaba de aquel nuevo trabajo suyo. Siempre traía comida, pero cada vez saludaba menos, hablaba menos, y su mirada se hacía cada vez más y más lejana.
Yo tenía la esperanza de que no pasara de ahí. No de que todo fuese como antes, sino de que no se convirtiese en algo peor. Fui ingenuo.
Tommy no trajo comida ese día; en cambio, llegó junto a aquel grupo de desgraciados, que ahora eran su verdadera familia. Al verme, sonrieron como recordando viejos momentos. Se alegraron aún más al ver a Lily.
No podía dejar que pasara, no a ella. Cerré la puerta del cuarto donde ella dormía y salté por la ventana con ella en brazos. Pasamos la noche afuera.
Al día siguiente, cuando regresamos, la casa estaba hecha un desastre. Mi hermano roncaba ruidosamente en una esquina, desnudo, y había dejado la pistola tirada en el suelo junto a él.
Cuando despertó, su expresión se tornó sombría.
—Por tu culpa… —me dijo—. ¡Por tu maldita culpa me han dejado de lado, imbécil! ¿Qué crees que vamos a hacer ahora? —se puso de pie mientras elevaba el tono de voz—. ¿Qué vamos a comer?
Yo no supe qué responder.
—Pero ya no importa —dijo él al cabo—. Si les llevo a la niña, me aceptarán de nuevo. Sí, eso es. Solo debo…
Me dirigió una mirada muy seria al ver que, en mis manos, tenía aquella pistola.
—¿Qué carajo crees que haces? —preguntó.
Yo levanté el arma contra su pecho.
—¿Vas a matarme? ¿Vas a matar a la persona que te ha dado de comer todos estos años?
Empecé a respirar agitadamente y a sudar. El arma pesaba en mis manos, pero no la soltaría pasara lo que pasara.
—Eres un malagradecido —dijo—. No tienes idea de todo lo que he tenido que hacer por ustedes. ¡No tienes ni la más remota idea!
Tragué saliva.
—Dame eso —dijo Tommy, extendiendo la mano hacia mí—. ¡Ya!
Ese último grito me sorprendió. Apreté la mano en un acto reflejo, tirando del gatillo. El arma brincó de mis manos y cayó junto a mí. Me dejó las palmas rojas por el retroceso.
Levanté la vista. Tommy estaba allí, tirado en el suelo, revolcándose, con un horrible agujero en la garganta.
Y entonces, escuché un gemido a mi espalda. Lily estaba ahí, tirada en el suelo, con los ojos muy abiertos. Pasaba la mirada entre mi hermano y yo.
—Ya todo está bien, nena. Todo estará bien.
Me acerqué a ella y traté de acariciarle el pelo, pero ella cerró los ojos con fuerza. Tenía miedo.
Me llevé una mano al pecho y estrujé mi camisa.
Alguien tocó a la puerta con fuerza. Contuve la respiración.
Era la voz de la casera.








