El juez y la corona
El juez y la corona
En la corte británica, un juez escuchaba el testimonio de un acusado que justificaba su actuar alegando obediencia a una orden divina. El historial del acusado reflejaba una vida de devoción a la iglesia y fidelidad al Rey de Inglaterra.Mientras lo escuchaba, el juez sintió un dolor punzante en la cabeza. Recordó el juramento que había hecho al asumir su cargo: en nombre de Dios y del Rey. Su visión se volvió blanca, y de pronto se halló en un tribunal celestial. Allí, él era el acusado, y el fiscal era un ángel que lo increpaba con palabras imposibles de refutar:“Dios salve al Rey” —una frase repetida por generaciones, contundente en su dominio, abundante en tradición, pero vacía de gracia. Jamás Dios salvó a un rey, jamás lo salvará. No por mandato humano, sino porque todo escogido ya fue señalado por la palabra escrita, la que vive, levanta y despoja a quienes no la escuchan.La gracia divina no se estrecha en manos terrenales. La abundancia de la bendición es secreta, personal. Quien atestigua que su rey fue salvado porque su corona pesaba más que el resto es un arlequín peligroso. Dios escoge, pero no miente; el hombre compite, borra y altera la palabra que le conviene.El juez, mudo ante el ángel, comprendió que su juramento estaba dividido entre dos fidelidades: la corona y la eternidad. Y en ese silencio, el tribunal del cielo lo juzgaba no por sus sentencias, sino por la verdad que había olvidado.








