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Ágapē (ἀγάπη)

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Summary

"¿No estas cansado? "No crees que somos muy jóvenes para lidiar con esta mierda? “ Un Ágapē del alma: Ese amor capaz de romper cadenas y brillar en medio de la profunda oscuridad

Genre
Lgbtq
Author
Dansknows
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1 𝙰 𝚋𝚎𝚐𝚒𝚗𝚗𝚒𝚗𝚐

A veces existían mejores formas de enfrentar un problema. Formas más inteligentes y más serenas. Pero para Jayden, aquello no era simplemente un problema: era una chispa cayendo directamente en un estanque lleno de gasolina.

-Maldito hijo de puta… -rugió Jayden, descargando un golpe tras otro contra Derek.

Sus nudillos ya no parecían manos; eran heridas abiertas, rojas y calientes, como si cada impacto también lo desgarrara a él por dentro.

—¡Hagan algo, estúpidos…! —alcanzó a ahogar Derek entre los impactos, con la voz quebrada por el dolor y la sorpresa.

Los amigos de Derek intentaban sujetar a Jayden, pero él seguía aferrado a la rabia con una desesperación silenciosa. Era como si detenerse significara perder algo más que el control; como si significara perderse a sí mismo.

—No… vuelvas… a meterte con mis calificaciones—soltó Jayden. Su respiración era rota, pesada y cada palabra parecía costarle un enorme trozo de aire.

—¡Jay… ¡Jayden, por favor! ¡Déjalo, Derek no tenía idea de…! —gritaban desde el fondo del pasillo estrecho, donde las voces chocaban unas con otras en un eco caótico.

—No. Él nunca tiene idea de nada.

Entonces, como si de pronto el mundo volviera a recordar cómo moverse, Jayden se detuvo.

Se quedó inmóvil unos segundos. Su pecho subía y bajaba con violencia contenida. El silencio que sigue al caos siempre suena más fuerte.

Agachándose despacio, recogió su mochila del suelo sin mirar a nadie. Su cuerpo parecía funcionar por pura inercia, no por voluntad. Se dio la vuelta y se marchó, caminando como si nada hubiera pasado.

Treinta minutos antes…

Aquel día entregaban las calificaciones de los exámenes finales. Para cualquiera pudo haber sido una mañana común, pero para Jayden no lo era.

Jayden Adler no era un alumno más; era “el” alumno. Aquel a quien los profesores mencionaban con una mezcla de orgullo y certeza, como si su futuro ya estuviera escrito en tinta indeleble. Era el mejor de su grupo, tal vez de toda la preparatoria. Y, aun así, estaba nervioso.

A su alrededor, sus compañeros reían, hablaban y jugaban con sus teléfonos, como si el mundo no pudiera romperse por culpa de una hoja de papel. Jayden, en cambio, no dejaba de mover la pierna debajo del pupitre, sintiendo que su cuerpo entero quería escapar de ahí.

—Jay, puedes venir por tu examen —llamó la profesora desde su escritorio.

 Se levantó de inmediato. Caminó con esa seguridad que siempre parecía acompañarlo, aunque por dentro algo se tensaba como un hilo a punto de romperse. Seguramente sería otro diez. Siempre era un diez.

Sin embargo, la profesora no sonrió. Bajó la voz al verlo llegar.

—Jay… no sé qué pasó. Sacaste un siete. Es el peor promedio que has tenido en todo el ciclo.

El mundo no se detuvo, pero algo dentro de Jayden se congeló. Su rostro perdió el color de golpe, como si alguien hubiera apagado la luz detrás de sus ojos.

—¿Qué…? ¿Cómo es eso posible? Puede revisar las respuestas, están perfectas —dijo él, con una mezcla de incredulidad y orgullo herido. La realidad acababa de insultarlo.

La profesora suspiró con pesar.

—Yo también lo noté… Creo que alguien alteró tu examen a propósito, Jay. Lo siento mucho. Pero esto va a afectar tu promedio para la universidad.

Jayden giró la cabeza lentamente y entonces lo vio. Era Derek, recargado al fondo del salón, cruzado de brazos y sonriendo como si acabara de ganar un juego que nadie más había aceptado jugar. Una sonrisa ligera, sucia y burlona.

Jayden lo entendió todo sin necesidad de explicaciones.

Desde que Jayden había llegado a esa escuela, Derek había encontrado mil formas de molestarlo: por ser muy reservado, por lunar blanco en su cabello... detalles invisibles para los adultos. Jayden nunca entendió por qué lo odiaba tanto. Tal vez porque destacaba demasiado sin siquiera intentarlo. Jayden nunca buscaba atención, pero la inteligencia no sabe esconderse.

Volvió a su asiento con pasos lentos. Sentía un calor abrasador en la piel, la mandíbula apretada y la pierna temblando de rabia. Esperó. Esperó el timbre como si cada segundo le arrancara un pedazo de paciencia.

Cuando por fin sonó el timbre, Derek salió primero, riendo a carcajadas con sus amigos. Jayden no pensó; simplemente se levantó y lo siguió.

—¡Derek!

El golpe conectó directo en la nariz. El sonido fue seco y la sangre apareció de inmediato.

——

Como de costumbre, regresó a casa en autobús. Las calles de su colonia eran viejas conocidas: las mismas esquinas, los mismos cables enredados, los mismos silencios. Había vivido ahí desde que nació, pero aun así, nunca se sentía del todo parte de nada.

—¡Mi pequeño! ¿Ya regresaste de la escuela? ¿Has comido algo? —gritó Emily, su tía, desde la puerta de la casa de enfrente.

Jayden negó con la cabeza en un gesto cansado.

—Entonces pásate a comer.

Como siempre, no aceptó un "no" por respuesta.

Se sentó a la mesa sin decir mucho mientras ella le servía. Emily lo observaba de reojo, notando los nudillos lastimados, la rigidez de sus hombros y el cansancio en su postura. No preguntó nada.

—¿Cómo ha estado tu madre, Jay…? —preguntó finalmente con suavidad.

Tardó en responder, jugando con el borde del plato.

—Ya sabes… trabajando y esas cosas.

Emily asintió lentamente, como si conociera esa respuesta de memoria. Había tristeza en su expresión, pero también una profunda comprensión.

—Sabes que el cambio de trabajo  es diferente para ella… hay que intentar comprenderla.

Jayden soltó una pequeña exhalación por la nariz. Había escuchado esa frase tantas veces que ya no sabía si era una explicación o una excusa. Diecisiete años en el mismo lugar y aún sentía que su casa no era un hogar, sino un espacio compartido por dos desconocidos que habían aprendido a convivir sin realmente entenderse.

Emily lo observó unos segundos más y luego, con una voz tan suave que parecía incapaz de romper nada, añadió:

—Puedes venir cuando quieras, Jay. Sabes que desde que tu abuela murió, esta casa se siente muy sola… Cuando tú estás aquí, todo se vuelve más…cálido.

Jayden bajó la mirada, incómodo pero extrañamente reconfortado. Algo en esas palabras le aflojó un poco el nudo del pecho.

Asintió casi sin querer, con una pequeña sonrisa que apareció y desapareció rápido, como si no supiera si tenía derecho a existir.

Después de comer, ayudó a lavar los platos. No era necesario, pero lo hacía igual. Emily no lo detuvo; al contrario, parecía disfrutar de su compañía. Entre el sonido del agua y el roce de la loza, el mundo se sentía menos agresivo por unos minutos. Al terminar, se despidió con un gesto breve y regresó a su casa.

El cambio fue inmediato. Al abrir la puerta, el silencio lo golpeó. No era tranquilidad; era ausencia. Subió las escaleras sin hacer ruido, con los pensamientos todavía revueltos, hasta llegar a su habitación. Empujó la puerta… y se detuvo.

Marie ya estaba ahí.

No parecía sorprendida de verlo. Más bien parecía haberlo estado esperando como quien aguarda una explicación que ya decidió no escuchar.

—¿Dónde estabas? —preguntó sin rodeos—. ¿Por qué me llamaron de la escuela para decirme que casi repruebas un examen y que te peleaste?

Jayden bajó la mirada. El cansancio se le notó en los hombros antes que en la voz. No quería explicar nada, no porque no pudiera, sino porque sabía que a ella no le importaba su versión. Marie solo lo miraba cuando había problemas; cuando todo estaba en silencio, él simplemente no existía para ella.

Ella se acercó de golpe y le tomó la mano, sacándola a la fuerza del bolsillo de la sudadera. Sus dedos apretaron con saña, inspeccionando los nudillos lacerados.

—Ah, claro. Era de esperarse —dijo con desprecio—. ¿Eres estúpido? ¿No entiendes que si te peleas pueden expulsarte?

Jayden no respondió. Su mirada se mantuvo fija en un punto vacío del piso, como si su mente se hubiera mudado a otro lugar para protegerse.

La tensión no necesitó más palabras. La cachetada llegó rápida, seca, como un cierre definitivo.

Marie no esperó una reacción ni lágrimas. Solo salió de la habitación con paso firme, como si hubiera cumplido con una tarea más de su agenda.

Jayden se quedó inmóvil, pero no por sorpresa. Después de unos segundos, caminó hacia su escritorio, abrió sus cuadernos y empezó a estudiar. No porque quisiera, sino porque no sabía qué otra cosa hacer cuando todo a su alrededor se rompía.

Las horas pasaron sin que las sintiera. Afuera, la noche cayó sin previo aviso. Adentro, solo quedaba el sonido del lápiz contra el papel y el peso de todo lo que no se decía. Jayden entendía algo muy claro, aunque nadie se lo hubiera explicado: si fallaba, no tendría una red que lo salvara. El tío de Derek era el director, por lo que la expulsión era inminente, y su beca —la única puerta que había logrado abrir tras años de esfuerzo— podía cerrarse para siempre.

Así que siguió estudiando hasta que su cuerpo cedió y se quedó dormido sobre el escritorio, rodeado de hojas y tinta.

Despertó ahí mismo, con el cuello adolorido y la luz de la mañana entrando por la ventana como si nada hubiera pasado. A pesar de todo, fue a la escuela con la mínima esperanza de que ese día no fuera tan destructivo. Pero apenas cruzó la entrada, una voz lo interceptó:

—Adler, a la dirección.

El veredicto ya estaba escrito en la forma en que lo miraban los demás.

Cada paso hacia la oficina del director se sintió más pesado, como si el aire se espesara a su alrededor. Cuando empujó la puerta, el ambiente era el de siempre: demasiado ordenado, demasiado limpio, demasiado controlado para un lugar donde se decidía el destino de las personas.

El director estaba sentado detrás de su escritorio, revisando papeles con una calma fingida. Frente a él se encontraba Derek, con el labio hinchado y una expresión de satisfacción que ni siquiera intentaba ocultar. Estaba jugando su papel a la perfección.

—¡Él me golpeó sin razón, lo juro! —decía Derek, señalando a Jayden con dramatismo—. Mire cómo me dejó la cara.

Jayden no reaccionó. Solo lo observó en silencio, como si lo estuviera viendo a través de un cristal, desde muy lejos. El director suspiró con fastidio.

—Derek, ya escuché suficiente. Puedes salir.

—Pero…

—Sal.

Derek chasqueó la lengua, pero antes de irse le lanzó una última mirada cargada de burla. Una sonrisa leve, un "ya estás acabado" silencioso. La puerta se cerró.

El director se recargó en su silla y lo miró.

—Bien… Jayden. ¿Tienes algo que decir?

Negó lentamente con la cabeza.

—Aceptaré el castigo, señor —su voz sonó baja, apagada.

El director lo observó en silencio unos segundos. Luego, apartó los papeles.

—Jayden… lo siento, pero estás expulsado.

No hubo sorpresa en el rostro de Jayden. Solo un vacío más profundo instalándose en su pecho. Asintió, aceptando el golpe.

—Entiendo.

—Sin embargo… —continuó el director—, eres el mejor alumno que ha tenido esta institución. No podemos simplemente dejarte ir de esta manera.

Jayden levantó la mirada, desconcertado.

—¿Qué…?

El director deslizó un expediente sobre la 

mesa.

—Te hemos conseguido una beca completa en otra institución. Un colegio mucho más avanzado, más exigente. Mejor. Tu caso ya estaba en evaluación desde hace tiempo por tus notas, solo que el proceso se adelantó y no pudimos informarte antes. No te preocupes por el dinero, con tu historial académico fue sencillo.

El mundo no se detuvo, pero cambió de forma drásticamente.

—¿Qué institución?

—El más prestigioso de la ciudad —respondió el director con una calma extraña.

Salió de la oficina con el expediente entre las manos y el pasillo le pareció interminable. A lo lejos vio a su madre. Marie estaba hablando con un profesor; su expresión era rígida, tensa, portando esa mezcla de control y distancia de siempre. Jayden dudó si acercarse, pero ella ni siquiera se dignó a mirarlo. Eso decidió él.

—¡Jay! —Se burló la voz de Derek desde el patio.

Jayden no volteó. Ya no era más que ruido de fondo.

Caminó hacia la salida y subió al auto de su madre sin decir una sola palabra. Se colocó los audífonos sin reproducir música, buscando solo un poco de aislamiento, y miró por la ventana. Afuera, la vida seguía: pájaros en los cables, autos pasando, el sol golpeando los techos. Esas cosas le gustaban; eran de las pocas que no le exigían nada a cambio.

—Voy a enseñarte el camino a tu nueva escuela —dictaminó Marie de repente—. Quiero que lo recuerdes bien, porque no voy a llevarte después.

Jayden asintió en silencio. El trayecto fue inusualmente largo y, cuando el edificio finalmente apareció ante sus ojos, comprendió que no era una escuela común. Era un complejo enorme, imponente y demasiado perfecto para ser real.

—Aquí estudian personas importantes—sentenció Marie—. No me decepciones.

Contempló la fachada un momento más antes de responder en su mente: “Solo necesito buenos profesores”. Nada más.

——————

Los días siguientes llegaron sin pedir permiso. Jayden no estaba nervioso, sino desubicado. Entró vistiendo el uniforme nuevo, el cual le parecía demasiado formal. Se acomodó la camisa mientras recorría los pasillos monumentales, sintiéndose como un intruso.

La dirección de este nuevo lugar era aún peor: destilaba lujo y un silencio sepulcral. El director lo examinó como si estuviera evaluando una inversión financiera.

—Así que tú eres el becado… —comentó el hombre y alzó la vista hacia el cabello del chico—. Aquí no aceptamos excentricidades.

frunció ligeramente el ceño.

—Es un lunar.

Justo en ese instante, una profesora entró a la oficina, interrumpiendo la tensión.

—Disculpe, vengo por el alumno nuevo.

Le sonrió a Jayden con ligereza, salvándolo del escrutinio sin decir una palabra.—Jayden, ¿verdad? Vamos, o llegarás tarde a tu presentación.

Gracias a su intervención, la pesadez de la oficina se disolvió. Salieron al pasillo de luz blanca y eco vacío. Mientras caminaban, la profesora le habló en un tono más bajo y protector.

—Yo doy la clase de Química… este es el salón—susurró antes de abrir la puerta.

Al entrar, el salón estalló en un coro de voces, risas y murmullos. Y notó de inmediato que el ambiente era distinto. No solo por la limpieza impecable, sino porque todo parecía como si incluso el aire del lugar tuviera un precio elevado.

Los estudiantes también tenían un aura diferente. Había una seguridad desbordante en sus posturas y en la forma en que se adueñaban del espacio. Jayden experimentó una leve incomodidad instintiva; su presencia rompía con la estética del lugar.

—¡Jóvenes! —llamó la profesora con firmeza—. Él es Jayden. Se integra hoy con nosotros, así que espero que lo ayuden y sean amables.

Se produjo un breve silencio, una pausa de evaluación. Entonces, una chica levantó la mano.

—¿Sí, Danielle? —concedió la profesora.

—¿Cuál es tu apellido, Jayden? ¿De qué familia vienes? —preguntó la chica con total naturalidad, como si fuera el protocolo estándar para aceptar a alguien.

—¡Danielle! Basta de preguntas indiscretas —intervino la profesora de inmediato—. Jay, no le hagas caso. Puedes sentarte allá, al fondo, junto a la ventana.

Caminó hacia el asiento asignado mientras sentía las miradas clavarse en él: algunas llenas de curiosidad, otras indiferentes y unas cuantas con ese juicio silencioso que no necesita palabras para herir. A pesar de la presión, no bajó la cabeza ni aceleró el paso. Avanzó como si nada de eso pudiera tocarlo.

Se sentó y el día continuó. Las clases demostraron que los profesores eran excelentes, incluso mejores de lo que esperaba, y para él eso era suficiente.

Sin embargo, hubo alguien que no le quitó los ojos de encima: Juliet. Ella había notado las suposiciones y las miradas hostiles del salón, y algo en su interior se incomodó. Sintió un impulso suave por acercarse. Tras dudarlo unos minutos, se levantó de su asiento y caminó hacia el pupitre.

Jayden percibió su presencia antes de verla. Levantó la vista.

—¿Necesitas algo?

Su tono no fue rudo, pero tampoco amigable; era completamente neutro.

—No… —respondió Juliet con una sonrisa cálida. Solo quería saber cómo ibas. ¿Te estás adaptando?

 Parpadeó, sorprendido. Esa pregunta no encajaba con las interacciones a las que estaba acostumbrado. No había doble intención, ni burla, ni condescendencia. Era un gesto simple.

—Sí —asintió él.

Un silencio se instaló entre ambos, pero no era incómodo; era un terreno desconocido.

—Oye… si necesitas ayuda con algo, puedes decirme —añadió Juliet para romper el hielo—. Por cierto, soy Juliet. ¿Te puedo decir, Jay?

—Sí, como sea está bien —respondió él tras una breve pausa—. Y ya que ofreces tu ayuda… ¿podrías prestarme tus apuntes para ponerme al corriente?

Juliet sonrió de par en par, gratamente sorprendida por la practicidad del chico.

—Claro que sí.

De pronto, un murmullo lejano comenzó a recorrer el pasillo, anunciando la llegada de alguien como una ola que todos ven venir.

—Ah… creo que es Regina y el otro—susurró Juliet con una pequeña sonrisa.

Jayden no pareció inmutarse. Se concentró en tomarle fotos a los apuntes con su celular, ignorando el revuelo. El ruido se intensificó y la puerta se abrió.

El ambiente del salón cambió por completo. Las miradas se tiñeron de respeto y fascinación. Eran el tipo de personas que adueñaban del lugar sin el menor esfuerzo.

—Hey, Andrew… ¿quién es ese niño y por qué está en tu lugar? —preguntó Regina, arqueando una ceja.

Andrew no respondió de inmediato. Se limitó a observar al intruso.

—No lo sé —dictaminó finalmente—, pero le diré que se vaya a otro sitio.

Caminó con paso firme y decidido. Juliet, al ver la silueta de Andrew aproximarse, se apartó, sintiendo que el aire se volvía denso. Jayden permaneció inmóvil en su sitio hasta que la sombra de Andrew cubrió su escritorio.

Levantó la vista y se topó con unos ojos azules, oscuros y gélidos.

—¿Sabes que esta es mi banca? —soltó Andrew directamente.

—¿Cómo voy a saberlo si es la primera vez que te veo? —replicó Jayden sin alterar su tono, sosteniendo su libreta con firmeza.

Andrew no se molestó en discutir. Simplemente frunció el entrecejo soltando una risa sin humor.

Jayden observó confundido, mirándolo a los ojos.

—¿Cuál es tu problema? —preguntó con una calma desconcertante.

—¿Eres nuevo? —Andrew esbozó una sonrisa ladeada—. Aquí me siento yo.

Jayden sostuvo la mirada, imperturbable.

—La profesora me dio este lugar.—Aseguró encogiéndose de hombros pareciendo restarle importancia

Andrew se inclinó hacia él, acortando la distancia.

—¿Te parece que estoy bromeando?

El ambiente se volvió asfixiante, Jayden no retrocedió ni un milímetro. Lo miró fijamente con una expresión que Andrew no supo descifrar: no era pánico, no era un desafío insolente; era un vacío absoluto y controlado. 

Jayden dejó escapar una leve e imperceptible sonrisa burlesca.

—¡Por Dios, Andrew! —intervino un chico, interponiéndose y empujando a Andrew levemente para alejarlo.

—Gracias Carl .—bufó Regina desde su sitio, aburrida del drama.

—Ya vienen los profesores, deja tu drama. —insistió  Carl

Andrew soltó el aire con frustración y retrocedió un paso, clavándole una última mirada a Jayden.

—Ah, este mocoso —susurró antes de darse la vuelta.

Andrew no solía ser una persona agresiva, pero en ese preciso instante una rabia sorda se extendía por sus venas. No era por el chico nuevo, ni siquiera tenía que ver con la banca; era el peso de la presión que llevaba acumulando desde hacía un rato.

Minutos antes.

—Andrew, ¿ya empezaste el proyecto que te dejé como prueba? —había preguntado Ameli, su tía.

La voz de su tía regresó a su mente como un eco punzante. Andrew había abierto los ojos sobresaltado, girando la cabeza hacia ella, ocultando el lápiz entre sus dedos y cerrando su libreta de bocetos, sintiéndose como un criminal atrapado en el acto.

Ameli había fruncido el ceño al notar el gesto.

—Andrew, en un año estarás a cargo de la empresa . —continuó ella con severidad—. Si quieres lograr al menos la mitad de lo que tus padres construyeron, tienes que empezar a tomarte las cosas en serio. Mínimo pon un poco de empeño.

Sin esperar una réplica, le arrebató la libreta y el lápiz de las manos. Andrew bajó la mirada en silencio, experimentando ese nudo amargo en la garganta que ya conocía a la perfección. 

Dibujar era lo único que lograba apaciguar su mente, lo único que sentía verdaderamente de él... y siempre terminaban quitándoselo.

—Quiero ese informe terminado esta semana. Y te queda estrictamente prohibido seguir dibujando o pintando, ¿entendido?

Andrew apretó la mandíbula antes de responder en un murmullo:

—Está bien… lo siento.

Ameli suspiró, mostrando cansancio.

—Hago esto por tu propio bien —concluyó antes de salir y cerrar la puerta tras de sí.

Andrew se había quedado solo en su escritorio, contemplando el espacio vacío donde antes descansaba su arte, sintiendo el pecho arder de impotencia. Quizá para el mundo solo eran garabatos, pero para él, eran su única libertad.

Juliet regresó apresurada al pupitre de Jayden en cuanto el peligro pasó.

—Jay… lo siento mucho. No debí dejarte solo. Si llego a confrontarlos frente a todos, podrían perjudicar el trabajo de mis padres.

Jayden frunció el ceño, intrigado.

—¿Por qué?

Juliet dudó un instante, luego sacó su teléfono, tecleó rápidamente y le mostró la pantalla. En ella se leía: “, CastleWorth’s Corporation

Fundada en 1887 por Edward Castleworth. Con intereses en banca, energía, bienes raíces y tecnología, CastleWorth’s es considerada una de las empresas familiares más poderosas de Estados Unidos.”

—Es una corporación multimillonaria . —explicó ella en voz baja

Jayden desvió la mirada de la pantalla, sintiendo cómo algo dentro de él se enfriaba.

—Entonces… ¿tenemos que agachar la cabeza y dejar que hagan lo que quieran?

—¡Shh! No digas eso en voz alta. Podrían expulsarte si te escuchan.

Jayden exhaló un suspiro amargo por la nariz y prefirió guardar silencio. 

Desde el extremo opuesto del salón, la mirada de Andrew seguía fija en él.

—¿Vas a seguir devorándolo con la mirada? —preguntó Regina, acomodando sus libros.

—No —mintió Andrew sin desviar los ojos—. Ese mocoso…

—Ni siquiera hizo nada del otro mundo —comentó ella con desdén—. Es insignificante.

Pero Andrew ya no la escuchaba. Algo en la actitud de Jayden lo irritaba profundamente y, al mismo tiempo, actuaba como un imán.

Al término de las clases, el majestuoso instituto comenzó a quedarse vacío. La mayoría de los estudiantes se retiraban a los dormitorios o a sus hogares. Andrew se había perdido de vista hacía rato.

Regina no. Ella caminó en dirección opuesta a las salidas, escabulléndose entre los pasillos solitarios hasta llegar al laboratorio de química.

Entró rápidamente y pasó el cerrojo de la puerta.

—¿Dónde estás? —susurró, barriendo el lugar con la mirada.

El silencio gobernó el espacio hasta que unas manos suaves le cubrieron los ojos desde atrás. Regina sonrió de inmediato y se giró. Ahí estaba ella.

————-

Mientras tanto, en el pasillo principal:

—Jay, ¿podrías hacerme el favor de llevar esto al taller de artes? —le pidió un profesor al ver que era el último en retirarse del salón—. Veo que ya no queda nadie y me harías un gran favor.

Jayden no encontró una excusa para negarse, así que asintió y tomó el lienzo cubierto.

La puerta del taller de artes se cerró detrás de él con un leve chasquido. En el interior, la atmósfera era radicalmente distinta: el aire evocaba el olor a óleo fresco, madera y trementina. La luz de la tarde se filtraba en líneas doradas a través de los ventanales altos, cortando el polvo en el aire como hilos flotantes.

Jayden avanzó a paso lento; el lienzo parecía pesar más de lo debido. Lo depositó sobre la mesa principal con sumo cuidado. Su primer instinto fue marcharse de inmediato; no le agradaban los espacios vacíos que te hacían sentir observado por fantasmas.

Sin embargo, una voz rompió el silencio.

—Tú otra vez, ¿qué haces aquí?

La voz no provenía del centro del salón, sino del rincón más apartado, donde las sombras engullían la luz.

Ahí estaba Andrew, se encontraba de pie frente a un caballete con un lienzo inacabado. Tenía las manos salpicadas de pintura y los dedos rígidos, delatando que llevaba horas trabajando de manera obsesiva. El cuadro a su espalda era una amalgama de formas abstractas y colores en conflicto, una obra atrapada en una metamorfosis sin resolver.

Andrew lo miraba fijamente, pero su expresión era distinta a la del salón. Ya no había rastro de burla ni de desafío hostil. Era una mirada más tranquila. Jayden le sostuvo la mirada apenas un segundo.

—Me pidieron que trajera esto —respondió con frialdad. Su voz no rompió el encanto del taller; simplemente lo atravesó.

Dio un paso hacia la puerta. No le interesaba descifrar los enigmas de Andrew ni habitar ese silencio extraño. Pero antes de que pudiera cruzar el umbral:

—Oye..

La palabra escapó de los labios de Andrew con una urgencia que pareció sorprenderlo a él mismo. Jayden se detuvo, girando levemente el rostro.

En ese instante, un haz de luz crepuscular entró por el ventanal y cayó directamente sobre Jayden. No era una iluminación artificial ni planificada, pero lo envolvió de un modo místico: su piel cobró un matiz traslúcido, casi irreal, y su cabello capturó los destellos dorados. El lunar blanco en su cabello se convirtió en un detalle magnético, imposible de evadir bajo el filtro del sol.

Andrew se quedó completamente petrificado. Lo que experimentó en ese segundo carecía de un nombre inmediato en su vocabulario; no era una idea estructurada ni una emoción simple. Era el sentimiento sobrecogedor de encontrar algo que no sabías que estabas buscando, apareciendo de golpe ante tus ojos cuando menos preparado estabas.

Su mente, bloqueada minutos atrás, comenzó a poblarse de imágenes. El lienzo frente a él dejó de ser un ejercicio frustrado y adquirió un nuevo propósito. Jayden no estaba posando; y, sin embargo, parecía que el universo entero lo había colocado en ese punto exacto para ser el centro de la escena. La luz no solo lo iluminaba: lo descubría ante el mundo.

—Yo… —articuló Andrew, pero la frase murió en su garganta.

Jayden lo contempló sin comprender el peso de lo que ocurría. No había expectativas en sus ojos, solo esa distancia gélida que utilizaba como escudo, como si nada del entorno pudiera llegar a tocarlo.

—Si no tienes nada más que decir… me voy —concluyó Jayden. Su voz fue una línea recta, desprovista de rencor o interés.

Se dio la vuelta. Andrew reaccionó tarde, con el cuerpo yendo unos segundos detrás de la velocidad de sus pensamientos. Solo alcanzó a ver cómo la puerta se abría y se cerraba, devolviendo al taller a su quietud original.

Pero ya no era el mismo silencio de antes.

Permaneció inmóvil frente al caballete. La pintura seguía incompleta sobre la tela, pero en el lienzo de su mente ya estaba terminada. Porque ahí, adueñándose de cada rincón de su imaginación, la silueta de aquel chico se había grabado a fuego. No como un pensamiento efímero; algo ya era demasiado tarde para borrar.

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