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El lugar donde me encontraste

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Summary

Un hombre atormentado por la muerte de su padre, busca refugio en los recuerdos de su etapa estudiantil. Aunque tiene muchos problemas para recordar, la necesidad de una respuesta lo hace recordar poco a poco como es que llegó hasta ese día.

Genre
Drama
Author
Rohao Yu
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1


Una piedra que choca en el parabrisas de mi auto me hace reaccionar. ¿Cuánto tiempo había estado pensando? Últimamente siento que me abrumo fácilmente y tengo la sensación de que algo se me olvidó; algo importante. ¿Qué es lo que tanto quiero recordar? Si fuera importante, lo recordaría, ¿no? Si fuera suficiente, algo en mí me daría la respuesta.

Llevaba ya mucho tiempo en el tráfico, pero me sentía afortunado: el transporte público me asfixiaba en mi etapa estudiantil. Esa época no la extrañaba exactamente; demasiadas carencias se hacían notar mientras crecías. ¿Amigos? No tengo ya, pero antes sí, ¿verdad? Mis amigos no eran muchos, pero los amaba. No sé sus nombres ya. ¿Cómo pude olvidarlos? ¿Soy realmente tan desdichado como para olvidar sus nombres?

Creía que, tal vez, eso era lo que mi mente trataba de recordar, y así poder olvidarme de la muerte de mi padre.

Las horas solo pasan estos días; no siento ya la pesadez de un largo día de trabajo. Llegué a casa y no olía a nada. No se sentía ni frío ni calor; la luz no iluminaba y el ruido no rebotaba en ningún lado. Mi voz no salía de los muros de mi cráneo, que aprisionaban el leve recuerdo de la voz de mi padre, especialmente cuando decía que me amaba, aunque tal vez yo no lo hacía.

Había una computadora vieja guardada en un cajón del clóset de mi padre. Fui por ella y encontré una USB conectada en el puerto; no podía imaginar cuántos años había estado ahí. Esa computadora me acompañó mucho tiempo hasta que fue reemplazada por alguna otra que no puedo recordar dónde está.

Llena de archivos basura, de tareas basura, de recuerdos basura... En una carpeta de nombre "GRADUACIÓN" encontré lo que mi corazón sentía haber olvidado. Era yo, abrazado a alguna chica que abrazaba, a su vez, a algún chico. También, en muchas otras fotos, estaba mi padre abrazándome. Él lloraba; no recordaba por qué razón exactamente, porque mi padre siempre extrañó a mi madre. Desde hace dos semanas, está incinerado en una repisa de mi sala.

Pero eso no era lo que mi mente necesitaba recordar; solo necesitaba volver a probar un poco de la felicidad que la vida me ofreció, pero que mi mente no pudo retener. Ahora, foto tras foto, los recuerdos vuelven a mi mente y, esta vez, los guardaré en el espacio más puro de mi corazón.

En secundaria me golpeaban. Recuerdo haber sido víctima por algunos meses; mi cuerpo era débil y mi carácter tímido y noble. Cada día rezaba para volverme invisible a la vista de todos, aunque eso implicara desaparecer también para mi padre. Un día tuve que defenderme, porque nadie más lo iba a hacer por mí. A pesar de eso, crecí creyendo que perdería cualquier pelea en la que estuviera.

Ese día esperé al líder —olvidé su nombre, así como muchos otros detalles—; decidí esperarlo en el baño. Había traído un pequeño y pesado tubo que encontré en mi casa. Esperé a que llegara y, sin que me viera, lo golpeé con el tubo en la cabeza con la fuerza suficiente para hacerlo caer. Cuando lo vi en el piso, mi corazón latió muy rápido y me temblaban las piernas, pero di un grito y lo golpeé cinco veces más, esta vez en las costillas; quería que sufriera lo mismo que sufrí yo.

Pero cuando todo pasó, cuando lo vi llorando desesperado en el piso y cuando me expulsaron de la escuela, me sentía vacío, incluso más que antes. Preferiría haberme esfumado junto con el valor que tuve para hacer algo como eso.

Ese día por la noche le pedí a Dios que me permitiera dormir tranquilo, que mi compañero sanara pronto y que no me guardara ningún rencor en su corazón, así como tampoco lo hice yo, a pesar de haber sido su víctima tanto tiempo. Ese chico se volvería militar y moriría por envenenamiento pocos años después de haberse graduado de la escuela superior.

Persistían en mí residuos de dolor y abuso. Me aferraba a la idea de que el amor sanaría las heridas; no solo el amor por lo que soy y lo que tengo, sino la ilusión de que otra persona pudiera ver mi luz y amarla. Y así es como decidí vivir el resto de mi vida: buscando calidez en cada rayo de luz que arrojara el cielo sobre mi vida.

Terminé la secundaria aislándome en una nueva escuela; la discreta desilusión de mi madre siguió pesando en mí muchos años después. Hasta terminar esa etapa no me quedé con ningún amigo, nadie cercano; me dediqué a aislarme y me sentía cómodo así. Pensaba que, si estando solo era feliz, algo estaba haciendo bien, hasta que esa soledad oscureció mi vista. Dejé de oír la voz de los demás, dejé de sentir el frío de las mañanas; ya no lloraba ni reía. Era insípido. Buscaba los brazos fríos y delgados de mi madre, quien, por más que buscara amor en su corazón, no encontraba ni un poco para mí. Tal vez, si mi madre me hubiera amado más, no habría odiado tanto vivir en este mundo donde sentía no tener ningún lugar. Pensaba que, si mi voz se dejara de escuchar aquí, tal vez ella viviría más tranquila.

No recuerdo el día en que se fue mi madre; mi corazón no podía entender por qué se había ido; solo puedo recordar que fue antes de entrar a la preparatoria.

Mis primeros meses ahí los sentía un poco igual; me costaba levantar la cabeza, mirar a la gente, mantenía un bajo perfil porque así me sentía seguro.

Mi padre insistía en que buscara compañía, que volteara a ver a las personas, que hablara; pero un extraño presentimiento o un pequeño cosquilleo en mi estómago me hacía sentir que estar rodeado de amigos no era para mí. Puedo recordar que lloraba en silencio muchos días, mirando al techo, pidiéndole inocentemente a Dios que pusiera a alguien en mi camino y que yo me encargaría de reconocer a la persona que había mandado para mí.

Aquel día llegué a mi salón de clase y me senté en un escritorio que estaba al lado de la ventana; estaba solo. Vi llegar a un chico y, tal vez fue porque yo era el único en el salón, pero se sentó frente a mí y habló conmigo.

—Hola —me dijo en un tono muy relajado, como si nos conociéramos de toda la vida—. ¿Cómo te llamas?

—Norman —contesté—. ¿Y tú?

—Dime Roy —se dio la vuelta y puso sus audífonos a todo volumen.

Terminé las clases sin ningún problema ni cosas raras; fue normal y tranquilo. Al llegar a casa, vi a mi padre sacando una bicicleta del garaje.

—¿Te gusta? —me preguntó nervioso; tal vez sentía temor a que no me agradara.

—Sí, se ve bien —contesté.

—Bien, es tuya. En ella te irás a la escuela; solo hazlo con cuidado y siempre siguiendo la misma ruta, por favor —me dijo mientras acariciaba mi mejilla tiernamente.

—Muchas gracias —contesté mientras le sonreía.

—Bien, ¿por qué no te das una vuelta? —me sugirió—. Ve aquí a la esquina y regresa.

Ni siquiera puedo recordar cómo fue que aprendí a andar en bicicleta. Al llegar a la esquina, vi a una chica; caminaba lentamente bajo las sombras de los árboles, parecía tener el sol en el cabello y un extraño patrón de círculos en el vestido. Frené en la esquina y se escucharon rechinar los frenos de la bicicleta debido a que era nueva. El rechinido hizo voltear a la chica y vi su rostro. Puedo recordar quién es, pero no por completo; es quien sale en mis fotos de graduación, pero no puedo recordar más que su rostro por ahora.

Era muy difícil para mí tomar la iniciativa y hablarle a un completo desconocido, así que la dejé pasar y regresé con mi padre. «Si la vida la vuelve a poner en mi camino, me encargaré de tomar el valor de hablarle. Tal vez», pensé.

Pasaban los días y ya no veía muy seguido a Roy; pensé que había enfermado o algo parecido, pero solo aparecía de vez en cuando. Siendo honesto, me preocupé; era la única persona con la que me interesaba hablar. Sin embargo, un viernes, saliendo de la escuela, lo encontré.

—Hola —me dijo sonriendo.

—Hola, ¿dónde habías estado? —contesté suspirando. Agarré mi bicicleta y subí en ella—. Bueno, tendrás que contarme luego, tengo que irme.

—Espera, voy contigo.

Sin que yo le contestara, él se subió en el pequeño asiento de atrás; se colocó de espaldas, recargando su espalda con la mía. Era muy incómodo.

—¿Qué? Pero voy a mi casa.

—Está bien —me contestó sonriendo.

Pensé: «¿Qué más da?». De todos modos, me daba gusto verlo. Fuimos de camino a casa y él no dijo ni una palabra. Solo escuchaba el sonido de la música en sus audífonos. Al llegar a casa, él bajó.

—Gracias —me dijo sonriendo, de nuevo.

Ahora recuerdo: su sonrisa era constante en mis días de preparatoria. Roy fue la persona más cercana a mí. No puedo entender cómo es que pude olvidarme de él. Resulta que Roy vivía a unas cuantas cuadras de mi casa. O al menos eso me dijo él, porque nunca visité su casa. Ahora que su recuerdo toca mi puerta mi corazón duda en abrir.

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