Capítulo 1
Matteo
El cristal del vaso de whisky quemaba contra mi palma casi tanto como el odio que me corroía las entrañas. Le di un trago largo, dejando que el líquido me quemara la garganta, pero no fue suficiente para calmar a la bestia que rugía bajo mi piel. Estaba sentado en el sillón de cuero de mi biblioteca, con la camisa azul desabrochada hasta la mitad del pecho, sintiendo el peso reconfortante y frío de mi automática en la otra mano.
Noventa días.
Tres malditos meses desde que ella desapareció. Noventa días desde que el aire se volvió denso y el mundo perdió el poco color que le quedaba.
Zahra.
Su nombre era un mantra que me atormentaba cada vez que cerraba los ojos. Estaba clavada ahí, en lo más profundo de mi alma, como una astilla que no podía sacar y que se infectaba más con cada segundo que pasaba sin tenerla bajo mi control. Me jodía. Me jodía de una forma que no podía explicar, porque ella era la única grieta en mi armadura, la única arma que esos bastardos podían usar para destruir al animal asesino que soy.
Lancé el vaso vacío contra la chimenea, disfrutando del sonido del cristal al romperse. No era suficiente.
—¡Maldita sea! —gruñí al vacío de la habitación, las sombras de la biblioteca parecieron burlarse de mi desesperación.
Sobre la mesa de roble, los informes que Antonio me había traído temprano estaban esparcidos como restos de una carnicería. Eran posibles ubicaciones, susurros de informantes, sombras del Ruso. Ese hijo de puta se movía como un fantasma, pero yo iba a encontrarlo. Iba a quemar cada ciudad, cada búnker y cada escondite hasta dar con ella.
Había pasado los últimos tres meses matando, descuartizando y torturando a cada inútil que se cruzaba en mi camino. Mis manos no habían estado limpias de sangre ni un solo día. Si no me daban resultados, les daba una tumba. Así de simple. No tenía paciencia para la incompetencia cuando mi nena estaba en manos de un psicópata que solo quería verme caer.
Mis ojos recayeron en una fotografía del informe: el rostro de natte Ricci. El maldito estaba muerto. Finalmente.
Por un lado, una parte de mí, la más oscura y pragática, debería estar celebrando. Odiaba a Ricci con cada fibra de mi ser. El hombre era un cáncer, un traidor que no merecía la hija que tenía. Pero la otra parte de mí... esa parte que solo le pertenecía a ella, sentía un frío distinto. Odiaba a natte, sí, pero era el padre de Zahra. Ella lo ama.
Y lo peor de todo: el Ruso lo sabía.
Me puse en pie, sintiendo el mareo del whisky y la adrenalina de la furia. Me acerqué a la ventana, observando los terrenos de mi mansión. Todo lo que poseía, todo este imperio de miedo y sangre, no valía una puta mierda si ella no estaba aquí.
Zahra no era solo una tregua. No era solo un trato de exclusividad. Ella se había convertido en mi oxígeno, y ahora me estaba asfixiando.
—Te voy a encontrar, nena —susurré, apretando el cañón de la pistola contra mi frente—. Y cuando lo haga, voy a destruir a cualquiera que te haya hecho derramar una sola lágrima. Incluso si ese monstruo tengo que ser yo.
Recogí los papeles de Antonio con un movimiento violento. La próxima ubicación era un almacén en los muelles. Si el Ruso estaba allí, hoy sería el día en que el infierno finalmente reclamaría lo que es suyo.
Me abotoné la camisa con manos firmes, cargué mi arma y salí de la biblioteca. El tiempo de las maldiciones se había terminado. Era hora de volver a cazar. Tomo el teléfono y le marco a Antonio... el teléfono timbra solo una vez, él contesta.
—Prepara el jet. Cinco minutos, Antonio. No treinta, ni diez. Cinco. Si para cuando llegue a la pista el motor no está rugiendo, te juro por mi propia vida que lo último que verás será el cañón de mi arma —escupí las palabras con un veneno que hizo que el silencio al otro lado de la línea pesara como el plomo.
—Como digas, Matteo. Estará listo —respondió Antonio, con esa voz que intentaba mantener la calma, pero yo podía oler su miedo incluso a través del teléfono.
Colgué de un golpe. Mis nudillos estaban blancos de tanto apretar el aparato. La paciencia se me había evaporado hace semanas; ahora solo quedaba este hambre insana de destrucción.
Caminé hacia el gran ventanal de la biblioteca, viendo cómo los guardias en el jardín se ponían en movimiento. Nadie dormía. Nadie descansaba. Si yo estaba viviendo en este infierno de incertidumbre, mi ejército ardería conmigo.
—Nos vamos a Rusia —susurré para mí mismo, sintiendo el frío de esa idea recorrer mi columna.
Esa era la boca del lobo, el terreno donde el Ruso se creía intocable. Pero no sabía que yo ya no tenía nada que perder. Me puse la chaqueta del traje, ignorando las manchas de polvo que aún quedaban de mi última “intervención” con un informante inútil. Revisé el cargador de mi automática: lleno. Justo como mi odio.
«Aguanta, nena», pensé, y por un segundo la imagen de Zahra, con su mirada desafiante y su piel de seda, nubló mi visión asesina. «Aguanta un poco más».
Salí de la biblioteca a zancadas, bajando las escaleras mientras mis hombres se alineaban en el vestíbulo, armados hasta los dientes. No íbamos a negociar. No íbamos a preguntar. Íbamos a Rusia a borrar del mapa cualquier cosa que ese bastardo amara, hasta que no le quedara más opción que escupir el paradero de mi mujer.
Porque eso era ella ahora. Mi mujer. No por un trato, no por un papel, sino porque mi alma se había negado a latir por nadie más desde que ella no estaba.
Subí al coche blindado que ya esperaba con la puerta abierta. El motor rugió, igual que la furia en mi pecho.
—Nos vamos a Rusia —le dije al conductor con una calma que era mil veces más peligrosa que cualquier grito—. Y reza para que lleguemos antes de que pierda lo poco que me queda de hombre.
El precio de la tregua se iba a pagar en sangre rusa, y yo estaba ansioso por empezar a cobrar.
Zahra
La oscuridad en este búnker no es solo falta de luz; es una entidad que me devora la piel. No sé si es de día o si las estrellas se han extinguido ahí fuera. Mis ojos pesan, hinchados y quemados por las lágrimas que no han dejado de rodar desde que me arrancaron de la villa.
Escucho el chirrido de la puerta de hierro. Es ella. La misma mujer de rostro inerte que deja una bandeja de comida que no pienso tocar. No puedo comer cuando el estómago se me cierra por el terror. Pero lo peor viene después. El sonido de las botas de los dos hombres que entran con la precisión de un reloj maldito.
Siento el pinchazo en el brazo y, segundos después, el mundo se inclina. La droga corre por mis venas, convirtiendo mis huesos en plomo y mi voluntad en humo. La desesperación me asfixia mientras mis párpados caen, y el odio es lo único que me mantiene conectada a la realidad antes de que la negrura me reclame.
Cuando despierto, el frío del metal contra mi espalda me devuelve la consciencia. Estoy desnuda, amarrada de pies y manos a esa camilla que se ha vuelto mi altar de sacrificio.
—Tan deliciosa... mi pequeña diosa —la voz del Ruso es una lija sobre mis nervios.
Siento su lengua, asquerosa y húmeda, recorriendo mis pechos. Un sollozo roto escapa de mi garganta mientras el asco me sube por la garganta. Él se ríe, un sonido gutural que vibra contra mi piel. Sus manos aprietan mis senos con una fuerza que dejará marcas.
—DeLuca no podrá volver a probarte, pequeña. Serás mía.
Me retuerzo, forcejeo contra las correas hasta que el cuero me corta las muñecas, pero él solo se burla de mi lucha. Baja de nuevo, hundiendo su cara entre mis piernas abiertas, lamiéndome con una decisión animal que me hace querer arrancarme la piel. Lo escucho gruñir, un sonido enfermo mientras se deleita con mi humillación.
—No voy a meterte la polla aún —dice, separándose apenas para mirarme con esos ojos de loco mientras se soba el miembro—. Quiero que dejes de resistirte. Quiero que lo hagas por voluntad propia. Pero mientras eso sucede, mi pequeña diosa, seguiré viniendo cada día a comerte el coño hasta que te quiebres.
Lloro. Lloro hasta que no me queda aire. En medio de esta pesadilla, mi mente se escapa hacia atrás, hacia la biblioteca, hacia el olor a whisky y tabaco. Pienso en mi bestia de ojos verdes. Pienso en Matteo y en la promesa silenciosa de su posesión.
¿Dónde estás, Matteo? ¿Por qué mi padre no ha venido por mí? No entiendo este silencio. No entiendo por qué nadie ha quemado este lugar todavía. El Ruso sigue sobre mí, sus manos moviéndose por mi cuerpo como insectos, y el miedo me hiela la sangre. Sé que en cualquier momento dejará de contenerse. Sé que la droga es lo único que evita que me vuelva loca del todo, pero también es lo que me impide defenderme.
Cierro los ojos con fuerza, imaginando esos ojos esmeralda rompiendo la puerta, prefiriendo mil veces morir en las manos de mi carnicero que seguir siendo el banquete de este monstruo.
La náusea me sube por la garganta, quemando, mientras siento el peso de su cuerpo sobre el mío. Se aferra a mi intimidad con una desesperación enferma, moviendo su lengua, succionando, tratando de arrancarme un gemido que jamás le daré. Lo que Matteo lograba con una sola mirada, este monstruo no podría conseguirlo ni en mil años de tortura. Lo único que me provoca es un asco que me cala hasta los huesos; me siento sucia, marcada por su saliva, convertida en un pedazo de carne inerte sobre este metal frío.
Los sonidos guturales que emite, esos gruñidos de animal mientras se masturba sobre mí, se clavan en mis oídos como agujas. Cierro los ojos con tanta fuerza que veo destellos blancos, rogándole a cualquier dios que me deje morir antes de que él termine.
Siento sus últimas lamidas, lentas y posesivas, antes de que se separe bruscamente. El aire frío golpea mi piel húmeda solo un segundo, antes de sentir el calor pegasojo de su semilla cayendo sobre mi vientre, ensuciándome, reclamándome de la forma más vil posible. Quiero gritar hasta desgarrarme las cuerdas vocales. Quiero arrancarme la piel a tiras, frotarme con metal caliente hasta que no quede rastro de su contacto.
Me retuerzo, mis muñecas sangrando contra las correas, pero él se inclina, pegando su aliento fétido a mi oreja. Siento su lengua recorrer mi lóbulo en un gesto que me hace temblar de pura repulsión.
—El sabor de tu coño es una puta delicia, pequeña... —susurra, y puedo oír la sonrisa enferma en su voz—. Volveré esta noche para disfrutarlo. Prepárate.
La desesperación estalla en mi pecho. Un sollozo desgarrador escapa de mis labios mientras sacudo la cabeza frenéticamente. «No, otra vez no», suplico en silencio, pero mis palabras mueren cuando veo el destello de la aguja.
Siento el pinchazo familiar en mi brazo. El líquido helado entra en mi torrente sanguíneo, reclamando mi conciencia antes de que el primer grito termine de salir. Mientras el techo del búnker empieza a dar vueltas y la oscuridad me arrastra, solo queda un pensamiento residual en mi mente: Mátalo, Matteo. Ven y quémalo todo, pero por favor, no dejes que vuelva a tocarme.
Y entonces, el vacío negro me traga una vez más, llevándose conmigo el sabor amargo de la traición y el miedo a despertar de nuevo en esa camilla.








