Círculo 1
Corre.
Corro tan fuerte como si mi vida dependiera de ello. ¿Pero que estoy diciendo?, mi vida realmente depende de ello ahora.
Siento como mi pecho se cierra e impide el paso de aire hacia mis pulmones. La necesidad de llevarme las manos a la garganta y rasguñar cada capa de piel hasta que mis pulmones se llenan es inminente, pero me concentro en correr. He corrido por tanto tiempo que ya perdí la cuenta.
El bosque nunca me parece tan inmenso como cuando hecho a correr para escapar de ellos. Es como si el tiempo y espacio se expandieran, deformándose para mi percepción y lo único que logro escuchar es mi corazón acelerado, martillando contra mi pecho y sus pasos detrás de mí.
Las ramas golpean mi rostro y siento el ardor formarse sobre las heridas que estas dejan, pero es mejor eso a todo lo que me harían si me atrapasen. Aprieto los dientes y envío a las profundidades de mi mente cualquier pensamiento sobre lo que me harían si me atrapan.
Recorro por las mismas rutas de siempre, pisando por donde piso siempre. Por donde escapo siempre. Conozco cada brote de raíz, cada curva, cada piedra suelta de este bosque de memoria. Como quien conoce el camino de su cama al baño a las tres de la mañana, completamente a oscuras, sin pensarlo. Solo que yo no voy al baño.
Escucho sus pasos pesados detrás de mí y siento mi corazón detenerse por un instante.
Vamos, Lexie, corre. Tu vida depende de ello.
La ampollas y golpes en mis piernas empiezan a suplicarme que me detenga, pero mi mente no deja que el dolor se interponga ante todos mis sentidos de supervivencia, mucho menos ahora que logré salir de casa. Si me atrapan ahora, acabarán conmigo.
Los pasos de Jack son los más fuertes y rápidos de mis hermanos, y es el que está más próximo alcanzarme. Tengo suerte de ser un poco más pequeña que ellos y que me pueda escabullir entre las ramas con facilidad. Algo que en otras circunstancia resultaría en desventaja para mí, de hecho siempre suele serlo. Pero no ahora. Un pensamiento fugaz cruza por mi mente de subirme a uno de los árboles, pero lo descarto sin dejar que se profundice. Me alcanzarían de inmediato.
Respira Lexie, respira y corre.
Un rugido seco me inunda el torrente sanguíneo y se que no proviene de las ramas secas. Siento el dolor acumularse, anidándose en mi tobillo izquierdo. ¡Genial!, lo que me faltaba, otra parte más de mi cuerpo estropeada. Mentalmente la tacho de mi lista de miembros que prometieron no traicionarme. Pero no me puedo detener, no ahora. Dejaré que la Lexie del futuro se preocupe por él. Frunzo los labios en una delgada línea y continúo corriendo. Ahogando mis gritos agonizantes, avanzo con más lentitud, pero no me detengo.
Es irónico que siempre huyo de ellos para que no me acaben con palizas, pero de todas formas termino devastada en el proceso. Pero con una enorme diferencia, este dolor me lo causo yo y no ellos.
Entre jadeos, con las mejillas calientes y el tobillo protestando con cada zancada, llego al fin a los arbustos gemelos y frondosos que cubren la entrada a mi refugio seguro. Me lanzo sin pensarlo por el estrecho hueco, sé que ellos no podrán pasar. Sus cuerpos enormes no pasarían ni aunque estuvieran cubiertos con aceite.
Siento el hormigueo en mis rodillas y como la tela de mi pantalón se rasga contra las piedras afiladas, pero aún así contengo el grito ahogado en el pecho en cuanto caigo y pongo mis manos al frente para amortiguar el impacto.
Tal vez debería preparar este lugar y colocar unas almohadas que me reciban al caer.
¡Ja!
Si, bien, eso no fue gracioso.
—Vamos, hermanita —sisea Jack al aire. Su voz me alcanza hasta mi escondite—. Deja de esconderte, o te prometo que será mucho peor.
Siempre es mucho peor.
Cada vez que pienso que han tocado fondo, que mi muerte es inminente y que no hay nada más que puedan hacerme, el resplandor de un nuevo día me demuestra lo equivocada que estaba. Tienen una habilidad retorcida y macabra para superarse a sí mismos, rompiendo un día tras otro su propio récord de lo imperdonable.
Escucho otros pasos aproximarse mientras me aferro a las paredes húmedas llenas de musgos, fundiendo me en la oscuridad de la cueva. La presión en mi tobillo empieza a intensificarse mientras me mantengo de pie, pongo todo mi peso sobre el bueno, pero mis abolladuras de noches anteriores no me dejan encontrar consuelo.
—¿La perdiste de nuevo? —Cole reprende a Jack y apenas veo su sombra.
—Se ha metido de nuevo en su madriguera —responde Jack.
—Oh.. Lexie… —canta Cole, asomándose por la entrada—. Se que estás ahí.
Contengo la respiración y deseo con todas mis fuerzas poder regular los latidos de mi corazón y no evocar ni un solo sonido. A pesar de todo, aún no soy tan buena en ello, controlar a mi corazón, quiero decir. Si espero lo suficiente sé que se irán al final. Cierro los ojos enterrando mis uñas en mis pantalones para ahogar el dolor de mi tobillo torcido.
—¿La tienen? —jadea Henry que los alcanza al final.
Son las dos de la madrugada, según mi reloj. Ahora solo debo esperar un poco a que se cansen o aburran de esperarme y se larguen para poder salir. No entiendo porque han regresado tan temprano de sus… bueno, de lo que sea que hagan todas las noches.
Trago saliva con dificultad mientras la desesperación me oprime el pecho. Tengo un inmenso miedo a que me atrapen, o a que sean capaces de sacarme a rastras de alguna manera de aquí, sé que esta vez no la libraré. Escaparme de casa los vuelve locos y el hecho de que oponga resistencia, siempre empeora el castigo. Como ya lo dije: siempre es mucho peor, y lo peor de siempre termina siendo el doble de destructivo por el simple hecho de que esa premisa nunca deja de ser verdad.
—¡Vamos, Lexie! —grita Jack, y yo solo me aferro más a la pared húmeda y viscosa—. No tenemos toda la noche.
Se irán el cualquier momento o eso es lo que quiero creer.
Tengo más que claro que soy su objeto de diversión cuando algo no les sale bien, o cuando están tan ebrios que soy capaz de percibir ese olor como peligro a metros. Esta noche parece ser ambas. No tengo idea de que es lo que los tiene furiosos, pero en estas circunstancias es mejor no quedarme averiguarlo y escapar.
He llegado al punto de dormir, pero con mi cerebro aún funcionando, atento a cualquier cambio en el aire, cualquier sonido que se acerque a la puerta de mi habitación o incluso al soplo del viento entrar por mi ventana. Y sí, a pesar del frío duermo con la ventana abierta, ¿por qué? Soy capaz de lanzarme por ella a pesar de estar en el segundo piso si me llegan a atrapar por sorpresa dentro de mi cuarto. Y estoy tan segura porque ya sucedió.
Pensé que no volvería a levantarme después de caer de espaldas al suelo y que el aire abandonara mi pecho. Pero me sorprendí a mí misma cuando logre ponerme de pie con mucho esfuerzo y correr. Así que sí esa es mi súper habilidad. Correr, y es absurdo, odio hacer deportes, mucho más por mi mal estado físico, quiero decir, estoy segura que tengo un grado de desnutrición. Si lo hiciera por gusto sé que no duraría ni una cuadra. Pero resulta que cuando tu vida depende de ello, el cuerpo se las arregla solo sin pedirte opinión.
A veces el cuerpo y la mente resultan ser maravillosos, y en mi caso, aunque no debería, agradezco que todo lo vivido haya agudizado mis instintos hasta el punto de registrar el más mínimo movimiento a mi alrededor. Soy capaz de notar cuando algo insignificante cambia, detalles completamente mundanos para cualquiera, pero que a mí me indica que debo prepararme. No sé si eso es una habilidad o una cicatriz. Probablemente ambas.
Demonios, apesta incluso para mi el que parezca que he aceptado todo esto como parte de mi vida, por más que siempre lucho y trato de mantenerme a salvo, en el fondo de mi ser habita un pequeño desprecio por no ser más valiente y hacer algo al respecto, y no me refiero a lo que ya hago, si no a detenerlos de una vez por todas.
Pero mierda, tengo tan poca autoestima que apesta. Y sí lo sé, todo es confuso incluso para mi. Muy dentro en mi interior habita un deseo profundo por sobrevivir. No sé si eso me lo inventé yo o si simplemente es lo que hace el cuerpo cuando no le das otra opción, pero sé que no soy lo suficientemente valiente para cambiar el rumbo de mi vida.
Trato de poner el peso de mi cuerpo sobre la pared. Dejo que el frío me recorra por la columna y se expanda por toda mi piel, al menos servirá como un amortiguador de todos mis golpes. Cierro los ojos y mantengo la esperanza de que se irán pronto.
Por favor, por favor.
Intento mantener la mente en blanco para que las sombras no se arraiguen en mi cabeza, esas que me pudren desde adentro y me llenan de pensamientos suicidas a los cuales estoy negada a ceder. Sé que sería más fácil para mi apestosa vida ponerle fin a esto, pero por extraño que parezca a pesar de las circunstancias, quiero vivir.
A pesar de como me carcome pensar de que vivo rodeada de monstruos. Mi hogar, que debería ser mi refugio, es una celda oscura que tengo que compartir con demonios. Es así como aprendí que el infierno no siempre es un abismo de fuego bajo la tierra, puede ser también una casa con la puerta bajo llave y el eco de los pasos de quienes deberían amarte.
Una larga hora después, escucho sus pasos alejarse lentamente del lugar, pero no me puedo arriesgar a salir, no todavía. Debo esperar que realmente no estén cerca, así que no pienso moverme ni un solo centímetro hasta que esté completamente segura de que no hay nadie.
Son gajes del oficio que una llega a aprender a la larga. Así que espero. Las piernas me hormiguean y las muevo apenas para recuperar la circulación, consciente de que mi cuerpo tiene la costumbre de arrastrar ese entumecimiento directo hacia mi entrepierna y mi trasero, que es donde el cosquilleo siempre se estanca y termina muriendo. Es una sensación tan rara como incómoda, el tipo de distracción absurda que mi mente definitivamente no quiere procesar mientras intento no hacer el menor ruido.
Me concentro en el sonido exterior para intentar mantener algo de cordura. Este bosque es un espacio amplio y seguro donde he encontrado refugio. Lo aprecio concentrándome en él, escuchando el crujido de las ramas al mecerse con el viento, algunos pájaros que empiezan a cantar poco a poco, conforme el tiempo empieza acercarnos al amanecer. Son sonidos que me llevan a mi niñez.
No puedo decir que extrañe mucho esos tiempos, pero hay pequeños momentos a los que me aferro y me niego dejar que se borren de mi memoria. Cuando mamá aún vivía.
Al fin, después de otras dos horas, mi reloj me indica que son cuarto para las cinco de la mañana. Seguramente mis hermanos ya habrán caído dormidos de la borrachera, y podré aprovechar para regresar y encerrarme en mi habitación.
Trato de moverme pero mis piernas me traicionan, aún las tengo entumecidas y completamente adoloridas. Me muerdo el labio inferior para reprimir cualquier sonido, debo ser muy cuidadosa.
Contra todo pronóstico logro moverme hasta el agujero por el que me metí a este lugar, el azulado y nublado tono del exterior me indica que dentro de poco empezará a salir el sol. Verifico con cautela que no haya nadie afuera y me aferro a los costados para sujetarme.
El claro del día es como una tregua por parte de la naturaleza, es como si los demonios que habitan dentro de mis hermanos se esfumaran. Solo necesito llegar hasta mi habitación y encerrarme para evaluar mis nuevas heridas.
Meto mis manos en dos huecos en los extremos de la pared de la cueva, que mis propios dedos han moldeado de tantas veces que he tenido que buscar refugio en este lugar, como si esta cueva resguardara en sus paredes la memoria de mi fuerza y mi voluntad. Hundo mis dedos sobre las piedras obligando a mis músculos a sostener mi propio peso mientras me refugio en ese pozo de ira que me guardo para mí misma, usándolo como combustible para sacar fuerzas de la absoluta nada. Doy un pequeño impulso lo que hace crujir de forma horrorosa mi tobillo izquierdo al mismo tiempo que vuelvo a pisar el suelo, liberando un gruñido ahogado que no logro contener en la garganta mientras clavo los dientes entre sí para no gritar.
Aún tengo los brazos amoratados por noches anteriores, pero ignoro todo lo que puedo el dolor que me provoca levantarme a mí misma. Apoyo mi pie bueno sobre una piedra y me impulso para poder salir al exterior. Me jalo, sujetándome de las hierbas y raíces hasta que al fin logro salir y me quedo recostada boca abajo para recuperar el aliento.
Siento el aire pesado, definitivamente está próximo a llegar invierno y yo no tengo ni una chaqueta a disposición en este momento, por lo que el frío del suelo golpea mis huesos. Respiro profundo reteniendo el aire hasta que el pecho me quema antes de soltarlo. Una sonrisa seca sale de mi interior y siento el olor de la tierra húmeda entrar hasta mis pulmones.
Lo logré, por hoy estoy a salvo.
Me quedo recostada sobre el suelo dejando que mi cuerpo repose después de todo lo que ha sufrido. Tampoco es que quiera volver de inmediato a casa, si por mí fuera me quedaría aquí el resto del día. Pero necesito ponerme en calor o podría enfermarme y terminar en peores condiciones.
Siento una fuerza que me levanta la cabeza del suelo y la presión que ejerce de mi cabello me impide soltar el aire. Aprieto los dientes y hago una mueca de dolor en cuanto me jala con más fuerza del cabello y me obligan a ponerme de pie.
Mierda. Me han atrapado, estoy muerta.
Cole forcejea mi cabello con una fuerza brutal, tanto que siento que me arrancará las hebras de la sien hasta exponer mi cráneo. Escucho sus risas amargas vibrar dentro de mis propios huesos y los ojos se me llenan de agua al instante, de modo que apenas logro visualizar sus dientes en esas sonrisas macabras. Son unos malditos demonios.
Llevo mis manos hasta donde tiene enredado en un puño mi cabello y clavo mis uñas en su piel para que me suelte mientras forcejeo, con la esperanza de que estas personas puedan sentir algo dentro de su retorcida alma. Pero me sostiene con tanta brutalidad y me jala más el cabello que siento que la cabeza me va a explotar.
—Quédate quieta, ratona —me advierte Cole y su voz áspera me pone la piel de gallina—. Nos has tenido esperándote aquí toda la maldita noche.
Un quejido se me escapa cada vez que me jala la cabeza para atrás, con el propósito de ponerme frente a su cara. Está furioso, puedo palpar y hasta casi escuchar la vena que le brota en la frente y como se le tensa la mandíbula. Continúo forcejeando ante sus jalones intensos. Me rehúso ver esos ojos sin alma que tienen el mismo tono que los míos y el de mi madre.
Sé que me harán pagar por haber salido de casa, pero ¿qué esperaban? No iba a quedarme allí a permitir que me dieran otra paliza por el simple hecho de que se les antojara.
La cara de Jack se posa frente a mí, inclinándose un poco para quedar a mi altura, mientras aprieto fuertemente los labios para resistir el dolor de mi tobillo.
—Te advertí que se pondría peor, Lexie.
—Basta… por favor —jadeo con la voz cortada, aunque sé que diga lo que diga no los hará cambiar de opinión.
Un golpe fuerte me hace voltear la cara hacia un lado y siento el calor de un líquido brotar de mi labio. Seguramente se ha vuelto abrir la herida que recién acababa de sanar. Escupo al suelo y efectivamente veo el rojo de mi boca.
Jack me toma de la mandíbula y me voltea el rostro con brusquedad para que lo vea, Cole me suelta el cabello y siento la presión ceder, dejándome a merced de Jack. Las lágrimas empiezan a brotar de mis ojos sin control pero me rehúso a mirarlo. Me niego a creer que en algún punto terminamos en esto.
¿Qué fue lo que los convirtió en estos monstruos? Sé perfectamente que no existe un motivo capaz de justificar sus acciones contra mí, pero en lo más profundo de mi ser, habita una retorcida curiosidad por saberlo. Muchas veces me he tenido que morder la lengua para no permitir que esa pregunta salga de mis entrañas.
—Mírame maldita, perra —me ordena Jack. Cuando abro los ojos, solo veo el fuego y la furia en ellos, hace tiempo que el Jack con el que jugaba cuando tenía diez años ya no vive en este hombre.
—Henry, por favor… —le suplico a mi hermano menor, no tengo la más mínima esperanza en ninguno de ellos, pero nunca pierdo nada con intentar.
Jack me da un empujón y caigo sobre la hierba mojada, el tobillo se dobla en la caída y el dolor se intensifica pero me niego a dejarme dominar por el. En este momento, solo debo darle cabida a mi supervivencia en mi mente.
—No es necesario que la sigas golpeando —interviene Henry, con una mueca de… ni siquiera puedo descifrar lo que es—. Sigamos de acuerdo a lo planeado y ya no volverá a ser un problema para nosotros.
Sigamos… Tal vez sea lo mejor, que me golpeen de una vez lo que me tengan que golpear para terminar con esto de una vez.
—Se lo merece por hacernos amanecer aquí en el bosque —replica Jack con una mueca.
—¿Qué te pasa, Henry? No me digas que te estás ablandando —se burla Cole, mirándolo con los ojos entrecerrados mientras ladea la cabeza.
—Claro que no. Pero ya entreguémosla de una vez y dejará de ser nuestro maldito problema.
¿Qué?
El miedo me penetra por los huesos hasta la médula en el instante en que Jack me toma de los hombros y me obliga a ponerme de pie con violencia. Mis pies apenas si logran mantener mi peso, pero me resisto. Mi barbilla tiembla cuando veo sus ojos inyectados en sangre, una señal inequívoca de que ellos son capaces de conseguir lo que yo siempre creo imposible: cruzar un límite que juraba que ya había sido violado.
—Tienes razón, Henry —sisea Jack mientras me mira fijamente—. Dejará de ser nuestro puto problema muy pronto.
Me empuja hacia adelante y lucho por no dejarme caer al suelo de cara mientras mi cabello me cubre el rostro y se pega alrededor de mis mejillas y frente. Cole me obliga a incorporarme y los ojos se me ponen como platos al ver que saca una soga, doy pasos torpes retrocediendo hacia atrás hasta que choco contra el pecho inamovible de Jack.
—No, no, no… ¿qué estás haciendo? —les suplico entre sollozos
—Dame tus manos —ordena Cole mientras desenreda la soga.
—No…
Jack me sujeta por la espalda, bloqueando mis hombros, pero en un movimiento desesperado elevo las piernas y pateo con todas mis fuerzas a Cole mientras avanza hacia mí. Él se ve obligado a soltar la soga para frenar mi ataque, atrapando mis extremidades hasta que entre ambos consiguen someter mi cuerpo, aun así, mi mente se resiste a ceder y continúo lanzando zarpazos salvajes al aire. No tengo idea de a cuál de los dos le estoy enterrando las uñas, pero siento la sangre en mis dedos.
Probablemente sea a ambos.
—Suéltenme por favor —grito mientras pateo, araño y golpeo, consciente de que no soy nada contra estas bestias que son mis hermanos.
—¡Henry, átale las manos! —ordena Cole, mientras atrapa con fuerza mis piernas. —¡No! —grito y siento que mis cuerdas vocales se desgarran.
Siempre puede ponerse peor.
Nunca me habían atado, solo me golpean hasta que se cansan como si fuera un saco de box, o hasta que papá reacciona de su borrachera e interfiere, para luego encerrarme en mi cuarto por días. Pero si ahora lo hacen no tendré ni el poder de intentar defenderme. Me lo arrebatarán todo.
Henry toma las sogas del suelo y me junta las manos, sigo forcejando. No pienso dejárselas tan fácil el que acaben con mi vida. Siempre han prometido terminar conmigo, no creía que ese día sería hoy. Pierdo toda batalla contra la fuerza de mis tres hermanos y Henry me ata fuertemente las muñecas.
La soga se aprieta contra mi piel mientras intento soltarme, provocándome un sabor amargo en la boca y un fuerte nudo en el pecho. ¿Es posible que el odio o el desprecio que albergue una persona hacia otra sea tan inmenso como para no solo buscar su sufrimiento, sino también su humillación inminente, y que aun así jamás sea suficiente hasta terminar por completo con la poca integridad que le queda?
—¿Por qué me hacen esto? —murmuro entre lágrimas, con una voz que apenas si logra salir en un hilo, e intento soltarme del agarre de Jack.
—Cierra la boca —Cole suelta mis piernas y me lanza una mirada asesina desde arriba.
—Al menos merezco una razón de por qué se portan como unos hijos de puta conmigo —gruño con rabia y dolor al mismo tiempo.
Al diablo con no buscar justificarlos, necesito saber por qué.
Se supone que son mis hermanos, mi maldita sangre. Mi lógica se quiebra al intentar buscar el motivo por el cual empezaron a abusar de mí de esta manera tan cruel, golpeándome hasta la inconsciencia y llevando mi cuerpo al límite. No logro comprender en qué retorcido momento dejaron de verme como a una hermana y empezaron a tratarme como algo menos que la nada.
Cole me lanza un puñete y mi cara gira con fuerza quedando hundida sobre el hombro de Jack, este idiota pudo haberme partido la mandíbula. Las lágrimas siguen corriendo por mis mejillas mientras el dolor explota en mi cara y siento el líquido metálico acumularse bajo mi lengua. El calor corporal de Jack me reconforta, y casi podría jurar que estaría segura refugiada entre sus brazos, pero no, solo esto rodeada de un maldito monstruo.
Cole voltea mi rostro para quedar de frente con el suyo. No lo dudo ni por un segundo y le escupo la sangre que acumulo en mi boca en la cara. Todo el líquido carmesí le cubre el rostro mientras él cierra los ojos y frunce la cara.
—Mocosa de mierda —grita Cole y Jack aferra mi espalda contra su pecho, rodeando con sus enormes brazos mi caja torácica con mis brazos entre ellos.
Me levanta, dejando mis pies suspendidos en el aire y empieza a caminar por el bosque. Cole se limpia la cara con su camiseta y Henry le lanza una risa burlona.
—Vas a pagar esto, Alexia —brama Cole.
—Déjenme en paz —suplico mientras sigo forcejeando y lanzando patadas al aire contra Jack pero él ni se inmuta—. Papá va a matarlos.
—Sabes muy bien que no le interesas —me responde Jack y siento el rugido en su pecho—. Ni tú ni nadie.
Es cierto, desde que mamá murió es como si él también haya dejado de existir, se la vive borracho todo el tiempo, sentado en el sofá viendo sus partidos de fútbol. No le importa en absoluto lo que estos idiotas me hagan, y solo interviene cuando ya estoy desecha o cuando grito demasiado que evita que escuche sus partidos en la tv.
—Por favor..
No logro terminar la palabra cuando Henry me mete un trapo en la boca, todos mis gritos quedan ahogados por la tela y siento mi pecho contraerse porque el aire que respiro ahora es escaso.
Cuando salimos del bosque, Jack me deja caer al suelo y maldigo para mis adentros por que mi tobillo izquierdo es quien amortigua todo mi peso. Caigo de rodillas sobre el asfalto de la calle y siento el ardor en mi rodilla. Mierda, otra herida más.
—¿Por qué eres tan torpe? —Cole me toma del brazo y me pone de pie con brusquedad—. Así harás que piense que no vales nada.
Siento mis ojos salirse de sus órbitas. El tono de su voz me indica que nada bueno está por pasar. Se traen algo entre manos y no me gusta para nada. Recorro con la mirada a mis tres hermanos, uno por uno, suplicándoles que por favor paren mientras las lágrimas mojan mi rostro. Pero ninguno parece tener alma.
Los tres observan un mismo punto en la carretera y yo volteo para ver lo mismo. Un auto viejo se detiene en medio del camino, de él desciende un hombre bastante alto, incluso más que Jack, lo cual ya es decir mucho considerando la imponente musculatura de mi hermano. El desconocido camina directo hacia nosotros. Una pequeña esperanza alberga en mi interior, alguien que puede liberarme de estos salvajes, que verá lo que está pasando y hará algo al respecto. Cualquiera lo haría.
Lleva puesto unas prendas de estilo algo medievales en tonos marrones, unas botas desgastadas y una capucha y bufanda negra que le cubren por completo el rostro, dejando solo al descubierto los ojos, unos ojos imponentes.
La garganta se me cierra cuando me observa fijamente mientras acorta la distancia con grandes zancadas. Me evalúa de pies a cabeza y un escalofrío me recorre la piel. Intento retroceder por puro reflejo, buscando refugio en el cuerpo de Henry. Pero sé que no encontraré nada ahí.
En cuanto el hombre llega hasta donde nosotros se quita la capucha, pero aún conserva puesta la bufanda que le cubre el rostro. Tiene unos ojos malditos, como dos pozos sin fondo que solo me basta con verlos para llenarme de un completo terror. Está claro que él no será mi salvador.
—¿Por qué la tienen amarrada con un animal? —les pregunta a mis hermanos y es la voz más grave que he escuchado en toda mi vida, bien podría ser la voz del mismo diablo.
—Es un animal salvaje —responde Cole con un tono irónico y empujándome hacia delante—. Te sugiero que la mantengas así o se te escapará.
Volteo a ver a Cole directamente a los ojos suplicando que esto sea una maldita broma. No pueden estar hablando en serio. Cole me observa desde arriba con tanta seriedad que resulta insultante. Realmente están pensando en hacerlo. Niego con mi cabeza y me dispongo a salir corriendo de este lugar, escapando de estos inhumanos. Apenas doy un paso en falso y Cole me aprieta el brazo con fuerza reteniéndome junto a él.
—Ya veo —responde el hombre con indiferencia.
—Con esto ya quedará nuestra deuda saldada —replica Jack, extendiéndole la
mano.
¿De qué demonios están hablando? Aprieto los dientes con fuerza en el trapo mojado, ahogando mis propios gritos de protesta en la tela mientras la verdad me golpea. ¿Cómo pueden utilizarme para pagar sus asquerosas deudas, no importa de que mierda sean? ¿Y como es posible que este hombre lo acepte así sin más, a mitad de la calle como si transaccionar con la vida humana no fuera la gran cosa?
El hombre los observa con los ojos entrecerrados y luego dirige su mirada hacia a mí, basta con eso para hacer que mi alma abandone mi cuerpo y el miedo se me cuele entre los huesos, este no parece ser una persona normal. No pensé que algún día diría esto, pero da mucho más miedo que mis tres hermanos juntos.
Se acerca a mí y me pone una mano alrededor de la mandíbula, moviendo mi cabeza de izquierda a derecha mientras me examina el rostro y el cuerpo como si fuera una puta mercancía.
—No está mal —murmura, mientras me saca el trapo de la boca—. Aunque está muy delgada, parece desnutrida. ¿Cómo te llamas, niña?
Me preparo para lo pero pero sus manos no aprietan ni golpean mi piel. Solo retiran la tela, con una sutileza que no tiene nada de gentil pero tampoco es cruel. Es más bien un gesto neutro, y no sé por qué eso me descoloca más que todo lo demás.
Aún así, no lo dudo ni un segundo.
—¡AYUDAAA! —grito con todas mis fuerzas y siento como se desgarra la garganta. Acto seguido, Cole me tapa la boca con la mano y me pega contra su pecho.
—Cierra la puta boca, Lexie —me susurra al oído—. O te romperé esa boquita que tienes.
—Su nombre es Alexia —se apresura a responder Jack, fulminándome con una mirada amenazante—. Pero le decimos Lexie.
Clavo mis dientes alrededor de la mano de Cole y aprieto con todas mis fuerzas, él pega un grito que me eriza la piel pero no lo suelto hasta que Jack me arranca de sus brazos y me aleja de él. Siento su sangre en mi lengua y la escupo al suelo para luego levantar mi vista de nuevo hacia mis hermanos.
—¿Cómo demonios pueden hacerme esto? —les sentencio, con una rabia mezclada con decepción—. Son mis malditos hermanos ¿Qué fue lo que yo les hice?
—Es mejor que acepte su pago de una vez, señor —sisea Henry—. O las cosas podrían ponerse más feas.
Niego con la cabeza mientras observo a cada uno de mis hermanos. No me imagino lo que pensaría mamá al ver en lo que se han convertido. Mis ojos se clavan en Henry, es menor a mí por un año, con quien hacíamos travesuras juntos cuando éramos pequeños. ¿Qué fue lo que les pasó? Todos ahora son unos completos desconocidos, unos completos monstruos.
El hombre se pega junto a mí y me rodea con su enorme mano el brazo y yo sigo los mirando , es como si el tiempo se detuviera en este instante y todo sucediera en cámara lenta. Me siento completamente derrotada, no habrá nada que los haga cambiar de opinión, siempre me han maltratado, y ahora solo se están deshaciendo de mí.
Sus dedos se hunden sobre mi piel amoratada y siento mucho más afecto en el agarre de este desconocido, que en lo que me han dado mis hermanos los últimos diez años.
—Muy bien señor Hoffstad, mi hermana queda vendida.
Con esas palabras mi corazón cae en picada hacia un abismo sin fondo, un vacío absoluto donde la esperanza se extingue y del que sé que jamás podré regresar.










