PRÓLOGO
Miedo. No había otra palabra para describir lo que sentía en ese momento.
Miedo.
Un grupo de 3 chicos —liderado por uno de grado superior— me tenían acorralada contra mi propio casillero. Humillandóme públicamente frente a su audiencia improvisada.
Las palabras salían de sus bocas como flechas, cada una lanzada con un solo propósito. Herirme de muerte.
— Y dinos, Elena...—El mayor da un paso hacia mi, bloqueando cualquier posibilidad de escape.
— ¿Cómo prefieres que te llamemos? —Suelta una carcajada pesada y burlona.
El pasillo estalla en risas y murmullos.
— Cerda, sucia... O...—Cortó, mientras su dedo índice comenzaba a trazar deliberadamente un camino desde mi antebrazo hasta mi hombro. Podía sentir como sus ojos negros eran capaces de leer hasta el más profundo de mis pensamientos—. Podría llamarte como quisiera...
Nuestras miradas se encuentran. La mía con terror. La suya con odio y algo más que no podía descifrar.
Uno.
Dos.
Se apartó de golpe, como si mi sola presencia lo quemara.
— Das asco. —Su sonrisa se desvaneció al instante, cambiando a una totalmente seria para seguido aventar su batido de fresa sobre mí cabello.
El pasillo estalló en risa nuevamente.
Yo me rompí.
Agaché la cabeza, aceptando mi destino o quizás esperando un milagro: que un maestro interviniera. Que por fin acabara con mi dolor.
Ni una sola palabra.
Los maestros solo se limitaban a observar la escena con desdén. Como si lo mereciera solo por ser como era.
Vi a mi madre, Lizzy, a lo lejos. Mis ojos se iluminaron. Ella me salvaría, pensé.
No.
Lo noté en su cara, esa típica mueca de decepción que acostumbraba a usar conmigo. Ya me había dicho múltiples veces que era una cobarde, que no servía para nada.
Que no esperara nada de ella.
Con una fuerza que no logro explicar, logré apartar a la multitud y corrí con toda la velocidad que mi cuerpo me permitía hacia el baño de mujeres.
Me encerré en el último cubículo, no quería que nadie me molestará. Que nadie me recordara lo asquerosa que era.
Caí en el piso, aferrandome a él como si fuera lo único que me quedaba en el mundo. Y quizás, si era así.
En el aluminio oxidado de la puerta lograba ver partes de mi cuerpo: distorsionadas y deformes. Las lágrimas cayeron sin que pudiera controlarlas.
Me sentía pequeña. Asquerosa.
Murmullos suaves, y después... Silencio total.
Un silencio aterrador. Vacío.
Nada.
Siento como el tiempo se detiene y las luces del baño comienzan a parpadear. Mi intuición me advierte que hay algo mal. Mis ojos se secan de repente.
Una voz suena. Y no es la mía.
Un sonido dulce, arrullador, —De esos que te prometen que a pesar de todo, todo va a estar bien—. elegante y frío llena el espacio.
— Mírate, Elena. Mira lo que te hacen porque eres débil. Porque eres tibia.
«Tibia.»
Levanto la mirada aterrada, no hay nadie. Me incorporo rápidamente, el miedo volviendo a mi cuerpo.
Quiero escapar, pero algo más grande que yo me detiene.
Paralizada, trato de formular una palabra. Sin éxito.
Silencio, hasta que lo rompe de nuevo.
— No llores más. Yo te voy a cuidar. Yo voy a ser tu única amiga real, la única que no te va a traicionar.— Dijo con ese tono dulce que, poco a poco, comenzaba a volverse aterrador a mis oídos.
— Pero tienes que hacerme caso.—Continuó— Si me dejas guiarte, te prometo que nos volveremos perfectas. Tanto que nadie nunca más va a poder burlarse de ti.
Mis mejillas rojas y calientes se enfrían al sentir un poco de paz. Observé mi propio reflejo.
—¿Quién eres? —un tímido susurro sale de mi boca.
—Me llamo Anelle —responde la voz con una dulzura sádica—. Tu buena amiga.








