Prólogo
Todos recuerdan la historia del muñeco que cobró vida en una vieja mansión inglesa. Dicen que la niñera huyó aterrorizada cuando descubrió la verdad. Sin embargo, lo que nunca contaron es que esa no fue toda la historia. Porque yo estuve allí, y lo que viví fue muy distinto…
Cada octubre, las calles se transformaban con luces anaranjadas, calabazas talladas y guirnaldas de hojas secas que colgaban en las ventanas. Los niños corrían de casa en casa con sus cestas rebosantes de dulces, y el aire se impregnaba de ese olor a canela y madera húmeda que anunciaba el otoño. Otros preferían dirigirse a las ferias, donde el bullicio, los gritos y las risas se mezclaban con la música de los carruseles y las luces titilantes.
Allí abundaban los disfraces de criaturas terroríficas y los hombres cubiertos por máscaras, encarnando a los villanos más famosos del cine de horror. Pero, a mi parecer, todo eso se había vuelto predecible, una rutina sin emoción.
Aquel viernes, cerca del mediodía, el ambiente en la universidad era diferente. Entre los pasillos corrían rumores que se esparcían con rapidez. Algunos aseguraban que, como cada año, en la mansión de los Heelshire se organizaban juegos mucho más intensos que los de cualquier feria. No eran simples atracciones: prometían experiencias capaces de poner a prueba la mente y los nervios.
Decían, además, que ofrecían una recompensa generosa a quien lograra superar la lista de reglas impuestas alrededor del famoso muñeco de porcelana, Brahms.
Ophelia fue quien me convenció de ir. Recuerdo su voz entusiasmada y sus ojos encendidos por la curiosidad. Afirmó que sería lo más emocionante del año, una experiencia que ninguno de nosotros olvidaría.
No debí haberla escuchado. No debí aceptar aquella invitación.
Porque lo que ocurrió en esa mansión no solo puso en duda la cordura de quienes participaron, sino que también quebró la mía.
Y, sobre todo, porque me llevó a hacer aquello que jamás pensé capaz de hacer… con Brahms.








