Chapter 1 "feliz cumpleaños."
El olor a feromonas ajenas golpeó a Han Min-jun antes de que sus dedos pudieran siquiera girar la llave en la cerradura.
Era un aroma empalagoso, caro, cargado de excitación. Vainilla quemada con toques de miel y poder. El olor de un omega consentido que nunca había tenido que luchar por nada en la vida.
Min-jun se quedó paralizado en el pasillo oscuro del pequeño departamento que compartía con Jeong Min-ho desde hacía casi tres años. En su mano derecha temblaba ligeramente la bolsa de plástico con un pastel pequeño de fresa que había comprado con su último sueldo de mesero. Hoy cumplía veintidós años. Por primera vez en su vida pensó que alguien lo estaría esperando con una sonrisa.
Empujó la puerta.
La escena se clavó en sus retinas como un cuchillo oxidado.
Jeong Min-ho estaba de rodillas frente al sofá viejo, la camisa desabotonada y el cuello lleno de mordidas frescas y succiones rojizas. Entre sus piernas, con la falda del uniforme universitario subida hasta la cintura y las bragas bajadas hasta los tobillos, se encontraba Park Seo-joon. El omega más popular y temido de la universidad. Hijo del magnate Park, consentido, hermoso y cruel. El mismo que siempre le dedicaba sonrisas burlonas cuando se cruzaban por los pasillos.
Seo-joon tenía la cabeza echada hacia atrás, gimiendo sin vergüenza mientras Min-ho lo complacía con la boca. Sus caderas se movían con descaro, buscando más profundidad. El olor de ambos se mezclaba de forma obscena en el aire.
Min-jun dejó caer la bolsa. El pastel golpeó el suelo con un sonido húmedo y patético.
El tiempo se detuvo.
Seo-joon fue el primero en notar su presencia. Abrió los ojos dorados, brillantes de placer y victoria, y curvó los labios hinchados en una sonrisa lenta.
—Vaya… llegó el cumpleañero —ronroneó, sin hacer ningún intento de cubrirse. Al contrario, abrió más las piernas, exhibiéndose—. ¿Quieres unirte, Han Min-jun? Hay suficiente para dos.
Min-ho se apartó bruscamente, la cara pálida y los labios brillantes.
—Min-jun… esto no… yo puedo explicarlo. Por favor…
Min-jun sintió cómo su propio olor —suave jazmín silvestre— se agriaba hasta volverse amargo, cortante. Un omega herido. El tipo de olor que alertaba a cualquier alfa cercano.
—¿En nuestro departamento? —su voz salió ronca, rota—. ¿El día de mi cumpleaños?
Cuatro años. Cuatro años de trabajar turnos dobles, de comer fideos instantáneos para que Min-ho pudiera concentrarse en sus estudios, de creer que alguien podía amar a un omega abandonado por sus padres a los cuatro años. Cuatro años de ilusiones estúpidas.
Las lágrimas le quemaban los ojos, pero se negó a dejarlas caer frente a ellos.
—Vete a la mierda, Jeong Min-ho.
Dio media vuelta y salió del departamento sin mirar atrás. Bajó las escaleras corriendo, el pecho apretado, el corazón hecho trizas. Afuera, la noche fría lo recibió sin piedad. Su supresor empezó a fallar por el estrés emocional y su olor se derramó por la calle, dulce y desgarrado.
Esa misma noche empacó sus pocas pertenencias y se mudó a un pequeño apartamento de alquiler en las afueras. Un cuarto miserable, con goteras y olor a humedad, pero era suyo. Solo suyo.
Y ahí, sentado en el borde de la cama individual, con la mirada perdida en la pared descascarada, tomó una decisión.
Se vengaría.
De los dos. Pero especialmente de Park Seo-joon.
Durante los siguientes dos meses, Min-jun se convirtió en una sombra. Trabajaba de día, estudiaba de noche, y dedicaba cada minuto libre a investigar. Descubrió que Seo-joon no era hijo biológico del actual marido de su madre. Su verdadero padre había huido con un amante años atrás. La madre se casó entonces con Park Yuki, el alfa de 28 años que dirigía el conglomerado Park Enterprises. Un hombre frío, poderoso y prácticamente separado de su esposa.
Yuki era el blanco perfecto.
Min-jun recopiló información: horarios, gustos, debilidades. Sabía que Yuki despedía asistentes cada pocas semanas. Sabía que odiaba la debilidad. Sabía que su olor era como sándalo oscuro y especias.
Y cada noche, cuando el cansancio y la rabia lo consumían, Min-jun se permitía un solo desahogo.
Esa noche no fue diferente.
El apartamento estaba en silencio. Solo se escuchaba su respiración agitada y el leve crujido de la cama.
Min-jun estaba desnudo sobre las sábanas baratas, las piernas abiertas, la piel enrojecida. Su mano derecha bajaba lentamente por su abdomen plano hasta llegar a su entrada ya húmeda por las feromonas que se escapaban de su cuerpo.
Cerró los ojos y pensó en Park Seo-joon.
Pensó en cómo lo destronaría. En cómo le quitaría todo.
Dos dedos entraron con facilidad, resbaladizos por su propia excitación. Un gemido bajo escapó de sus labios mientras los movía dentro, curvándolos para rozar ese punto sensible.
—Ahh… —jadeó, imaginando la cara de sorpresa de Seo-joon cuando descubriera que su padrastro lo estaba follando.
Introdujo un tercer dedo, estirándose, follándose a sí mismo con más fuerza. Su miembro goteaba sobre su vientre, palpitando. Con la mano izquierda pellizcó uno de sus pezones, imaginando dientes afilados.
—Vas a perderlo todo… —susurró entre gemidos, acelerando el movimiento de sus dedos—. Todo lo que crees que es tuyo… será mío.
El placer subía rápido, cruel. Su olor a jazmín amargo saturaba la pequeña habitación. Pensó en Park Yuki: alto, frío, peligroso. Imaginó esas manos grandes sujetándolo, ese nudo grueso abriéndolo, marcándolo delante de todos.
—Joder… —gimió más alto, arqueando la espalda. Sus dedos entraban y salían con obscenidad, mojados, haciendo sonidos húmedos que lo avergonzaban y excitaban al mismo tiempo.
El orgasmo lo golpeó con fuerza. Su interior se contrajo violentamente alrededor de sus dedos mientras chorros blancos salían de su miembro, manchando su pecho y abdomen. Se corrió con el nombre de su venganza en los labios.
Cuando bajó de la ola de placer, Min-jun se quedó mirando el techo agrietado, respirando con dificultad.
Su cuerpo temblaba. Su corazón también.
Pero por primera vez en meses, sentía algo más fuerte que el dolor.
Determinación.
Se limpió con una toalla vieja y se miró en el pequeño espejo roto del baño. Sus ojos brillaban con algo oscuro y hermoso.
—Mañana empiezo —susurró a su reflejo.
Park Seo-joon iba a pagar.
Y Park Yuki… Park Yuki sería su arma más afilada.








