Capítulo 1
¿Alguna vez te has preguntado cómo sería volver al pasado?
Volver a esos tiempos donde eras... feliz.
¿Sería maravilloso, no?
Me hago esa pregunta cada mañana al despertar.
O tal vez sean solo pensamientos sin sentido.
Quizás sea mi yo de niño hablando otra vez desde algún rincón olvidado de mi cabeza.
—¿Estás ahí? —pregunté, alzando la voz.
No obtuve respuesta.
Así que seguí sentado en el sillón.
Sentado, mirando el techo mientras todo sigue funcionando allá afuera.
Autos.
Motos.
Aves.
Todo sigue funcionando.
—¿En qué momento me desvié?
¿En qué momento me llené de este vacío que poco a poco me consume por dentro?
—¿Estás ahí? —dije una vez más, alzando aún más la voz.
Pero no hubo respuesta.
Otra vez.
Saqué mi celular y miré la hora.
—No quiero ir al trabajo...
Suspiré.
Ya estoy cansado.
Cansado de ir.
Caminar.
Volver.
Volver y caminar.
Siempre lo mismo.
Miré la pantalla unos segundos más.
—Mejor me iré a dormir un rato. Además, sería mi primera falta. No creo que me llamen la atención.
Una vez acostado, cerré los ojos.
Y nada.
No logré dormir.
—Ah... ¿qué haré?
Me quedé mirando el techo unos segundos.
Entonces recordé que, hace tiempo, una amiga me había recomendado un libro.
Tal vez lo vendan en digital.
El cuarto estaba oscuro. La luz apenas se colaba por la ventana.
La pantalla del celular iluminaba mi rostro mientras, de fondo, escuchaba el sonido del mundo siguiendo su curso.
Autos.
Motos.
Voces lejanas.
Todo seguía avanzando.
Pasé varios minutos o tal vez horas leyendo.
—Vaya... estuvo interesante.
Apenas es mediodía... ¿cuanto me tomó leer esto?
Mejor comeré algo.
Revisando mi nevera, solo encontré huevos y algo de arroz.
—Bueno... algo es algo —dije, entrecerrando los ojos.
El hombre de ese libro se transformó en un insecto de un día para otro.
—Qué loco... ¿y si un día me levanto y soy un insecto? ¿Cuál sería?
Dije mientras preparaba todo para comer.
Ya en la mesa, seguía pensando en aquel libro.
—Pero aun así quería ir a trabajar de todos modos... ¿cuál era el punto de eso?
No le importaba su aspecto.
Era como si siempre se hubiera sentido así...
Solo que ahora los demás podían verlo como él siempre se vio.
—Le estoy dando muchas vueltas... mejor sigo comiendo tranquilo.
La habitación estaba en silencio.
Podía escuchar cómo mis vecinos del departamento llegaban de sus trabajos.
Algunos ponían música.
Otros parecían simplemente dormir.
Y otros... llegaban y se iban otra vez.
—Todo esto es muy agotador... ¿no? —pregunté a la nada.
Una vez terminada la comida, me levanté para irme a mi cuarto.
Entonces me detuve un momento.
—Siempre viví solo... ¿por qué siempre pongo dos sillas a la hora de comer?
Miré la silla vacía.
¿O había alguien más?
—No lo creo...
Muy bien.. ya que no fui al trabajo.
—¿que are ahora?
Qué absurdo es todo esto.
Estar aquí es igual de aburrido que estar sentado en el trabajo.
—¿Quién entiende? Nadie, ¿verdad? Ni tú mismo.
Escuché una voz a mis espaldas cuando me dirigía a mi cuarto.
Al voltear, había un cuervo.
Movía la cabeza de un lado a otro.
Ya sabes, ese típico movimiento que hacen ellos.
—Entonces... ¿quieres hablar?
El cuervo siguió como si nada.
—¿De qué? —respondí mientras tomaba asiento.
—De lo que decías al inicio... o tal vez del libro.
De mí.
De ti.
De lo que sea.
—¿Quieres ser mi psicólogo? —dije en tono de burla.
El cuervo soltó una leve risa.
—Extrañaba ese humor.
Propio de tu adolescencia.
—¿Qué? ¿Por qué lo dices?
En medio de la charla escuché unos golpes en la pared, provenientes del vecino.
—¿Otra vez hablando solo?
Solo suspiré hondo mientras me tapaba la cara.
—Al parecer hablo muy bajo, ¿no? —dijo el cuervo mientras comía las sobras del plato.
—¿Pero qué eres? —dije, señalándolo—. ¿Mi verdugo?
¿Cumplirás mi deseo?
—Pensé que esa idea había quedado en el pasado... ¿aún tienes la idea del suicidio? —respondió mientras caminaba por la mesa.
—A veces sí... y a veces no.
Suspiré.
—Digo... si me mato, ¿cambiaría algo?
Tal vez no.
Y en el más allá seguiría igual.
—Interesante reflexión... al menos maduraste un poco.
—¿Pero no se te hace extraño esto?
—¿Qué cosa? —respondí mientras me levantaba de la silla.
—Un cuervo que habla apareció de repente frente a ti.
¿No te da miedo?
—No lo sé...
A lo mejor, de tanto pensar cosas, comencé a ver cosas.
—¿Los demás pueden verte?
—Tal vez.
—Como sea... me iré a acostar un rato.
Caminando hacia mi cuarto, escuchaba sus pequeños pasos a mis espaldas.
Esos saltitos.
Tan suaves.
Una vez acostado...
—Ya dime... ¿quién eres?
—Tú siempre me llamas, ¿no?
Siempre me llamas.
¿No lo recuerdas?
—"¿Estás ahí?"
—Es lo único que recuerdo.
Pero, inconscientemente, siempre termino diciendo eso.
—¿No recuerdas nada?
¿Tu adolescencia?
¿Tus amigos?
¿Tu familia?
Decía el cuervo mientras volaba por la habitación de un lado a otro.
—Poco...
Creo que...
No sé por qué, pero poco a poco comencé a olvidarlo todo.
Tal vez fue el estrés de la vida adulta.
Respondí mientras lo observaba volar de un lado a otro.
—Tal vez... —respondió mientras se posaba sobre mi pecho.
—Te ves demacrado.
—Estoy hablando con un cuervo... ¿tú qué crees?
El cuervo soltó una pequeña risa.
—Exacto.
Pero dime...
Si pudieras ver otras versiones de ti, ¿irías?
—¿Otras versiones de mí? —respondí mirándolo.
Sí, iría.
Tal vez podría recoger las migas de lo que fui...
O de lo que intenté ser.
—Interesante respuesta.
Luego miré al techo un segundo.
Cuando abrí y cerré los ojos, el cuervo estaba frente a mi rostro.
Tan cerca que pude ver el reflejo de mis ojos en los suyos.
—Discúlpame por esto, ¿sí? —dijo.
Luego de eso...
Se lanzó hacia mí de golpe.
Sentí cómo me ahogaba.
Era imposible que su cuerpo pudiera pasar por mi garganta.
¿Cierto?
Mi vista comenzó a nublarse poco a poco hasta que todo quedó en completa oscuridad.
Dejé de escuchar el sonido ambiente.
La música del vecino.
Los golpes al otro lado de la pared.
Todo desapareció.
—¿Estás bien?
Escuchaba esa pregunta repetidamente.
—¿Estás bien?
—¿Estás bien?
Cuando abrí los ojos, desperté en mi cama.
El cuervo estaba a un lado.
—¿Estás bien? —dijo una vez más.
Me llevé una mano a la garganta durante un segundo y miré alrededor.
Hasta que crucé miradas con él.
—Sí...
Estoy bien.
Me levanté de la cama y comencé a caminar hacia la cocina.
Todo era igual.
Nada había cambiado.
De pronto escuché a alguien entrar por la puerta.
Me quedé quieto un segundo mientras escuchaba sus pasos.
No me escondí ni nada.
Solo esperé para ver quién era.
Pero los pasos se detuvieron en la cocina.
Sin nada que perder, fui a ver.
Al llegar, encontré a un hombre con una bolsa sobre la cabeza.
Se volteó y me miró.
—Wow...
Realmente estoy demacrado —dijo mientras hacía gestos con las manos.
—Lo mismo me digo siempre —respondí.
—Ven, toma asiento. Justo preparaba algo de té.
Sin decir nada, fui y me acomodé en la mesa.
¿Y dónde está el cuervo?
Pensé mientras observaba a aquel hombre.
—¡Listo! El té ya está listo —exclamó mientras dejaba las tazas sobre la mesa.
Luego tomó asiento.
—Es raro ver ese asiento ocupado —dijo mientras me acercaba una taza.
Miré alrededor.
Y entonces me di cuenta.
Yo estaba sentado en la silla que siempre permanecía vacía.
—Así que no fuiste al trabajo, ¿eh? —dijo mientras tomaba un sorbo de té.
—No... estaba muy cansado.
—De caminar y volver... volver y caminar, ¿no? —agregó aquel hombre.
—¡Exacto! —exclamé.
El hombre soltó una pequeña risa al escucharme.
—Si hubieras visto el gesto que hiciste al decir eso...
Me trajo muchos recuerdos.
¿Recuerdos?
Pensé mientras lo observaba.
—¿Podrías contarme sobre esos recuerdos? —respondí mientras tomaba un sorbo de té.
—Cuando era niño, siempre hacía algún gesto cuando levantaba la voz.
Aún lo sigo haciendo, de hecho.
—Ya... ¿qué más solías hacer?
—Mmm... déjame pensar...
No recuerdo mucho, la verdad.
Pero sí recuerdo cuando era niño.
Respondió mientras servía otra taza de té.
—Entonces... ¿podrías contarme más? —dije apartando un poco la taza.
—Claro!
—Una vez recuerdo que rompí un cuadro familiar.
Luego lo tiré detrás del estante donde estaba.
Para que cuando lo encontraran dijeran:
"Oh... se cayó el cuadro familiar."
—Algo así, ¿sabes?
Fue divertido porque justo cuando lo escondí, mi mamá llegó y pensé que me había visto.
—Interesante...
Al final te saliste con la tuya, ¿no? —respondí mientras me levantaba de la silla.
—¡Sí!
—¿No te quedó algo de culpa cuando encontraron el cuadro?
—La verdad no.
Solo recuerdo que fue divertido.
¿Por qué lo dices?
—Es que...
Sentí algo al escuchar tu historia.
¿Culpa?
¿Angustia porque sabías que encontrarían el cuadro?
—Mmm... no sé qué podría ser —respondió mientras se ponía de pie—.
Pero ya es tarde.
Será mejor que te vayas.
—Claro...
Pero una pregunta.
¿No viste a un cuervo por aquí?
—¿Un cuervo, dices?
No tengo idea de lo que es eso.
Solo lo miré de reojo.
Luego me acerqué a la puerta de salida.
—Una cosa más...
¿Por qué la bolsa?
¿Eres feo?
—¿Feo, dices?
Pero si tenemos el mismo rostro —respondió algo molesto.
—Ok... perdón.
—Tranquilo.
La verdad, no lo sé.
Hace un momento no tenía esta bolsa.
Apareció de repente cuando llegaste.
—En fin...
Adiós.
Gracias por el té y la charla.
Me dirigí hacia la puerta.
La abrí.
Y todo afuera estaba oscuro.
Parecía que no había nada alrededor.
Solo vacío.
Cuando quise preguntarle al hombre de la bolsa:
—¿Por qué todo...?
Pero ya estaba detrás de mí.
Y simplemente me empujó.
Mientras caía, pude verlo a la distancia despidiéndose con una mano.
Luego choqué contra el fondo.
Un golpe seco.
Duro.
—¿Estás bien?
Escuchaba esa pregunta otra vez.
Y otra vez.
Al despertar, estaba en mi cama una vez más.
Escuchaba el ruido de los autos.
Las aves.
Las motos.
Las personas.
Todo seguía ahí.
—Sí...
Estoy bien —respondí otra vez.
Al girar la cabeza, el cuervo estaba allí, haciendo ese típico movimiento que hacen ellos.
—Solo que parece que morí dos veces.
—Dicen por ahí que lo que no te mata te hace más fuerte, ¿no?
Solo suspiré hondo.
Había una pregunta dando vueltas en mi cabeza.
¿Cómo estoy aceptando todo esto como si nada?








