Capítulo 1 — Susurros en la oscuridad
La primera vez que escuché a un muerto tenía siete años. Durante mucho tiempo intenté convencerme de que había sido un sueño. Un producto de mi imaginación infantil, una sombra creada por el miedo que cualquier niña siente al quedarse sola en una habitación demasiado grande. Después de todo, eso era lo que todos querían creer. Mi padre, los sirvientes, incluso los sacerdotes que fueron llamados al castillo aquella mañana.
Era más fácil culpar a una pesadilla que aceptar que algo oscuro había despertado dentro de mí. Pero yo sabía la verdad. Recuerdo cada detalle de aquella noche con una claridad que aún me persigue. Recuerdo cómo el viento golpeaba las ventanas de mi habitación y hacía temblar las velas sobre la mesa. Recuerdo el sonido de la lluvia cayendo sobre los jardines del castillo y cómo las sombras de los árboles parecían moverse en las paredes como figuras intentando entrar. Pero sobre todo recuerdo el frío. No era el frío del invierno. Era algo mucho peor. Era un frío que no tocaba mi piel, sino mi alma. Desperté en medio de la noche con la sensación de que alguien me observaba. Al principio no abrí los ojos. Me quedé completamente quieta debajo de las sábanas, apretando los dedos contra la tela mientras intentaba convencerme de que estaba sola. Los niños tienen esa extraña costumbre de creer que si no miran algo, entonces no existe. Yo también quería creer eso. Hasta que escuché...escuche...
—Niña...
Mi corazón dejó de latir por un instante. No fue un grito. No fue una voz fuerte. Fue apenas un susurro, tan débil que podría haberse confundido con el viento. Pero venía de mi habitación. Abrí los ojos lentamente. La luz de la luna entraba por las ventanas altas del castillo, iluminando apenas los muebles cubiertos de sombras. Mis juguetes seguían en el suelo, mi libro descansaba junto a la cama y la puerta permanecía cerrada. Todo estaba exactamente igual. Excepto por la mujer que estaba de pie junto a la ventana.
Al principio pensé que era mi madre. Supongo que era lo único que mi mente de niña podía aceptar. Mi madre era la única persona que entraba a mi habitación cuando tenía miedo. Era ella quien se sentaba al borde de mi cama después de una pesadilla, quien acariciaba mi cabello hasta que mis ojos comenzaban a cerrarse y me prometía que nada malo podría alcanzarme mientras ella estuviera allí. Durante unos segundos quise creer que era ella. Quise creer que solo había venido a decirme que todo estaba bien. Pero mi madre tenía manos cálidas. Aquella mujer no. Mi madre olía a flores del jardín después de la lluvia. Aquella mujer traía consigo el olor de una habitación abandonada durante años. Mi madre estaba viva. Aquella mujer no. Su figura parecía hecha de niebla. Su vestido antiguo flotaba lentamente aunque no había viento dentro de la habitación. Tenía la piel pálida, casi transparente, y unos ojos llenos de una tristeza tan profunda que incluso siendo una niña pude entenderla. No parecía querer hacerme daño y eso era lo que más miedo me daba. Porque los monstruos en los cuentos siempre tenían garras, dientes afilados y rostros horribles. Nadie me había advertido que a veces los monstruos podían parecer personas que estaban sufriendo. Intenté llamar a los guardias. Intenté gritar, pero mi voz no salió. Solo pude quedarme allí, mirando algo que no debería existir
—Puedes verme —susurró ella.
Mis manos comenzaron a temblar.
—¿Quién eres? —pregunté con la poca valentía que tenía.
La mujer bajó la mirada y durante unos segundos solo escuché la lluvia.
—Alguien que fue olvidada.
No entendí lo que quería decir. A los siete años hay muchas cosas que uno no entiende. No entendía la muerte. No entendía el miedo de los adultos. No entendía por qué al día siguiente mi padre ordenaría cerrar mi habitación y llamar al Sumo Sacerdote. No entendía por qué desde esa noche los sirvientes dejaron de mirarme igual. Solo sabía una cosa, desde aquel día nunca volví a estar sola. Porque cuando todos dormían ellos despertaban.








