CAPITULO 01.
TEOGONÍA
Nos desgastamos por idioteces. Miserias banales que operan como una lija silenciosa dentro de la cabeza, desgastando el juicio de a pocos, empujándote al colapso, directo al precipicio. Un día caminas bajo el neón de la cima y al siguiente ves toda tu existencia pasar en un destello antes de reventarte contra el frío asfalto. Y abajo, en el fango, la multitud inmunda se amontona, grabando el descenso con sus malditos teléfonos. Un espectáculo de muerte gratis para los vivos.
Pero ese no voy a ser yo.
Quizás esto no sea lo correcto ante los ojos del orden, me dije para mis adentros, pero se los aseguro: voy a salvar a los marginados. A los que somos como yo. Los que cargamos con la maldición de no encajar en ninguna clase social por el simple pecado de ser normales. En esta metrópolis podrida, si no naces sabiendo cómo volar por los aires como un maldito avión de combate, no eres nadie. No perteneces al mañana.
Me quedé de pie ante la enorme pantalla holográfica que dominaba el centro de nuestro búnker subterráneo. Las luces parpadeantes y azuladas tiñeron mi rostro, iluminando las facciones de la cúpula del Sindicato Vanderkill; rostros congelados en imágenes de archivo, expedientes confidenciales impregnados de secretos y complejos organigramas corporativos. El zumbido mecánico de los servidores era el único latido constante en ese sótano frío, un recordatorio de que la paciencia es la única virtud que un humano puede permitirse en una ciudad gobernada por monstruos.
—¿Seguro que estás listo para esto, jefe? —La voz de Lira rompió la monotonía del motor. La líder de mi equipo de analistas se cruzó de brazos, clavando en mí una mirada donde la preocupación libraba una batalla contra el respeto.
A su lado, Marcus, nuestro especialista forense y táctico, soltó un suspiro pesado, una exhalación cargada de pólvora y cansancio, mientras limpiaba la pantalla de una tableta de datos.
—Sé que tienes el cerebro para armar este tablero y más, pero nunca está de más repasar la estrategia antes de saltar al vacío —sentenció Marcus, dando un paso al frente que resonó en el concreto—. Repasemos el plan para asegurarnos de que no dejamos ningún cabo suelto. No podemos permitirnos ni un solo error contra ellos. La caída es muy alta.
—Adelante —asentí, manteniendo los ojos fijos en los rostros de la cúpula—. Recuérdenmelo. Necesito escuchar la sentencia en voz alta.
Lira tecleó rápidamente en su consola. El organigrama del Sindicato Vanderkill se expandió en el aire, desplegando complejos gráficos de energía y ramificaciones genéticas que parecían venas negras sobre el mapa.
—El objetivo es claro: desmantelar y eliminar a la cúpula de los Vanderkill, devorando sus microempresas una por una para dejarlos aislados en sus torres de marfil —comenzó Lira, señalando el primer eslabón—. Empezaremos por las bases, saboteando la red textil de Charles y las clínicas clandestinas de Alistair. Cortaremos luego las arterias de contrabando de Conrad y Damian. Finalmente, asfixiaremos la infraestructura de datos de Victoria. Al fragmentar sus imperios financieros, perderán el control de las calles y el apoyo de sus ejércitos privados. Quedarán obligados a salir de sus fortalezas, y allí, tú los cazarás.
Marcus tomó la palabra, y su rostro pareció hundirse en las sombras del búnker, ensombrecido por la gravedad de la profecía que estaba por dictar.
—Pero no olvides con qué clase de demonios nos estamos metiendo. No son simples empresarios corruptos ni mafiosos comunes que se compran con plomo. Son la dinastía Vanderkill. Y la razón por la que gobiernan esta ciudad con puño de hierro es una sola: el gen X. Una anomalía genética devastadora, una evolución biológica agresiva que los convierte en post-humanos. Es lo que les otorga habilidades que desafían la ciencia de los hombres: manipulación de la materia, telepatía, fuerza destructiva a niveles masivos y un factor de regeneración celular aberrante.
Sonreí de medio lado. Una mueca fría, desprovista de calor, puramente matemática.
—Creen que son dioses porque nunca se han enfrentado a una fuerza que no puedan ver ni golpear —dije, ajustando los cerrojos y sistemas de mi traje—. Me desecharon del sistema por nacer sin el gen X, por ser un humano común, una pieza defectuosa en su cadena de montaje. Pero esto no es un asunto de orgullo herido o una venganza pasional de callejón. Es una cuestión de equilibrio. Su imperio está construido sobre los huesos rotos de las Gamas Bajas, y su mayor debilidad es precisamente su arrogancia divina. No esperan que un simple humano calcule el ángulo de su caída. Una mente lógica puede destruir cualquier panteón.
—Exacto —coincidió Marcus, asintiendo con la solemnidad de un enterrador—. Por eso el plan se basa en tu mayor ventaja: la invisibilidad y la estrategia. No iremos a una guerra de poder bruto contra trenes en movimiento; usaremos tu traje reflector para hackear la luz de la ciudad y volverte un fantasma entre los cables. Cortaremos sus recursos, sembraremos la paranoia entre sus filas y, cuando entren en pánico, los ejecutarás uno a uno en la oscuridad.
La nueva recluta del equipo, una joven experta en sistemas distribuidos que aún no lograba acostumbrar sus pulmones al aire pesado y con olor a aceite del búnker, se movía inquieta junto a la mesa de control. El resplandor azulado de los monitores recortaba su silueta delgada. Se volvió hacia mí, apretando los puños dentro de los bolsillos de su chaqueta desgastada.
—Jefe... he visto los informes del Sindicato —dijo, con la voz ahogada por el miedo—. En la superficie nos enseñan que los posthumanos son el siguiente paso bendito de la evolución. Aquí abajo los tratamos como si fueran el fin del mundo. ¿Realmente son tan jodidamente peligrosos?
Dejé que el humo denso de mi cigarrillo se elevara, enturbiando la luz artificial de las pantallas como la niebla de Noxterra. Miré el mapa de la ciudad, un entramado de neón y hormigón podrido por la lluvia ácida, y solté una risa seca.
—La evolución es un cuento de hadas para que los esclavos mueran sonriendo con los dientes rotos, novata —le dije, apoyándome contra el borde de la mesa metálica—. En esta ciudad, el gen X no es evolución; es un arma de calibre militar. Y si vas a caminar conmigo en la oscuridad, necesitas saber exactamente qué clase de monstruos mutantes nos están pisando los talones.
Di un golpe seco a la pantalla, haciendo aparecer un esquema de densidades genéticas. El brillo verdoso tiñó mi rostro como una máscara.
—En el fondo de la cadena alimenticia están los infelices que Charles explota en sus talleres textiles. Los llamados aumentados pasivos. Su gen X es una miseria; apenas les da la resistencia para aguantar turnos de veinte horas sin desmayarse o pulmones capaces de filtrar el aire tóxico de las calderas. Individualmente no son nada, una bala de plomo los detiene igual que a cualquiera. Pero el peligro real está en el número. Son miles. Si las corporaciones los usan como escudos humanos o como una horda enfurecida, te aplastan por puro peso de carne.
Caminé hacia la esquina más oscura del búnker, sintiendo el frío del metal traspasar las suelas de mis botas.
—Un escalón más arriba están los perros de presa. Los tipos que manejan el contrabando y la seguridad de Conrad y Damian. Esos ya tienen juguetes de verdad: tipos que te calientan la sangre a distancia hasta hacerte hervir las venas o que pueden endurecer su piel como si fuera roca de cantera. Son peligrosos porque tienen entrenamiento militar y saben cómo infligir dolor de manera profesional. Pero siguen las leyes de la física; si a un piroquinético le quitas el oxígeno, se ahoga. Si a uno de piel dura le disparas con el calibre adecuado, se rompe. Son predecibles, y lo predecible se puede matar.
Me detuve frente a una pantalla que mostraba los informes médicos robados de la Región Científica. Las imágenes de tejidos mutados y células caníbales me revolvieron el estómago.
—Luego entramos en el territorio de los engendros de Alistair. Los aberrantes de los laboratorios clandestinos. Monstruos inyectados con sueros experimentales que les destrozan la cordura pero los convierten en tanques biológicos. Esos malditos no sienten dolor y su regeneración celular es una aberración de la naturaleza; les vuelas un brazo y les crece otro de inmediato, chorreando fluidos químicos. No puedes razonar con ellos. Son pura furia y carne reconstructiva. La única forma de pararlos es desintegrarles el cerebro o el corazón antes de que el tejido se vuelva a sellar.
La novata me escuchaba sin pestañear, con la respiración contenida en la garganta. Yo continué, dejando que la frialdad de mis propias palabras llenara el espacio como el agua en un pozo.
—Y por encima de esos monstruos, están las verdaderas anomalías. Los desatados. Tipos que nacieron con mutaciones tan violentas que desafían la cordura de cualquier dios. Hablo de sujetos capaces de generar pulsos electromagnéticos que apagan un distrito entero, dejando a oscuras a millones, o que manipulan la gravedad y la materia a nivel molecular con un pestañeo. Un solo individuo de ese calibre de mal humor puede demoler un rascacielos y enterrar a mil personas en segundos bajo el concreto. Contra esos no hay táctica que valga en un choque directo; si te cruzas con uno, corres o mueres.
Hice una pausa larga, dejando que el peso del mundo cayera sobre la mesa. El silencio en el búnker se volvió espeso, casi asfixiante. Acerqué mi mano a la consola y amplié las imágenes de la cúpula dorada de la ciudad. Los rostros de los Vanderkill brillaron con una luz fría.
—Pero en la cima de toda esta inmundicia, gobernando desde sus tronos de cristal y acero, están ellos. La cúpula del Sindicato. Imagínate el poder destructivo de una anomalía biológica, pero con un coeficiente intelectual brillante, una ausencia total de empatía y los recursos financieros de toda una metrópolis a su disposición. No solo tienen habilidades que pueden alterar la realidad o la biología a su antojo, sino que tienen al ejército, a la ciencia y a la fe de Noxterra bajo su bota corporativa. Ven a las Gamas Bajas como ganado descartable para sus fábricas. Son dioses vivientes, despiadados y perfectos.
La joven tragó saliva, mirando las fotos fijas de los líderes corporativos. Su voz tembló al hacer la única pregunta que importaba en el abismo.
—Y tu plan... ¿es cazar a esos dioses?
Me coloqué el casco. Los paneles tácticos se encendieron frente a mis ojos en un desfile de datos y vectores, y el sistema de refracción óptica comenzó a distorsionarse a mi alrededor, desvaneciendo mi cuerpo en la penumbra del búnker hasta convertirme en un espectro imperceptible para el ojo humano.
—Esos malditos cometieron un error —mi voz resonó desde la nada, filtrada, metálica y oscura—. Creer que porque la ciencia no me dio un don especial, no puedo destruirlos. Las mentes más brillantes construyen las mejores jaulas. Vamos a empezar por Charles, novata. Y te aseguro que voy a hacer que este sistema caiga, pieza por pieza.
Mientras el fantasma tecnológico afinaba sus planes en las entrañas de la tierra, en la resplandeciente e impoluta superficie de la Región Científica, la realidad vestía un traje muy distinto. Los Laboratorios Biogenéticos principales se alzaban como un monolito de cristal y luz blanca, un templo donde el progreso se pagaba con la moneda de la obediencia absoluta.
En las salas de entrenamiento privadas, donde el aire olía a ozono y desinfectante, Amanda se limpiaba el sudor de la frente. Su cuerpo aún resentía el violento esfuerzo de la última sesión de sobrecarga. A su lado, los contenedores vacíos de sueros de estabilización brillaban bajo los focos de tungsteno. Ella y su antiguo compañero, Ren Takeda, formaban el equipo de operaciones especiales de la Directora de la División Científica. O, dicho en plata: su fuerza de contención clandestina para los secretos que intentaban escapar.
Para Amanda, la Directora era la mujer que la había rescatado del fango y la intemperie, la mente brillante que le había dado un propósito y un lugar donde su Gen X —la capacidad de transmutar su piel en hierro liso y sólido bajo el alias de Iron Princess— sirviera para algo más que la supervivencia callejera y brutal. Ren, su contraparte, el velocista capaz de alcanzar el destructivo Overclock, no estaba allí; la Directora lo había enviado hacía meses a una misión encubierta de alta prioridad fuera del sector, un supuesto despliegue táctico del que apenas recibían reportes filtrados e incompletos.
Amanda miró el monitor de asignaciones con ojos cansados. Una nueva orden encriptada acababa de entrar, parpadeando con la firma digital e inapelable de la Directora. Era un trabajo de limpieza en los límites de la Región Industrial: interceptar un cargamento de suministros médicos desviados y silenciar para siempre a los saboteadores.
—Trabajo sucio para mantener el orden —murmuró Amanda para sí misma, ajustándose los pesados guantes de combate—. Todo sea por el proyecto.
Ella creía firmemente que sus misiones protegían el futuro de la ciudad contra el caos. No tenía forma de saber que cada despliegue, cada objetivo eliminado en la noche y cada dosis de suero que recibía la ataba más al entramado de manipulación de la Directora. Ni ella ni su equipo sabían que el misterioso vigilante que empezaba a causar estragos en los distritos industriales no era un simple criminal de poca monta, sino una amenaza fría, de mentalidad puramente matemática. Una fuerza calculadora que avanzaba inexorablemente hacia ellos, dispuesto a triturar los engranajes de la corporación sin importar qué carne estuviera en medio de los dientes de la máquina.








