Chapter 1 El frio de la montaña
Las ramas secas crujían bajo el peso del carro mientras terminábamos de estacionarnos en el claro del bosque. El aire de la montaña pegó de golpe en mi rostro, helado, trayendo consigo el olor a pino y a tierra húmeda. Me bajé estirando las piernas, acomodando los cordones de mis zapatillas góticas y alisando la falda larga que el viento ya empezaba a agitar.
A unos metros, Mateo ya estaba en marcha. Verlo armar la tienda de campaña era un espectáculo en sí mismo: se había quitado la camisa holgada para trabajar cómodo, dejando al descubierto ese torso firme y los brazos musculosos donde la tinta negra de sus tatuajes prehispánicos parecía cobrar vida con cada movimiento. Estaba concentrado, serio, con ese porte rudo que a cualquiera le haría dar tres pasos atrás por puro respeto.A cualquiera, menos a mí.Mientras sacaba las mantas del asiento trasero, me quedé contemplando la línea de su barbita y su cabeza rapada. El peso de los años me cayó encima de golpe y, casi sin querer, mi mente se desconectó del bosque para regresar al asfalto caliente de la escuela, al día exacto en que todo comenzó.Yo era la chica rara de los pasillos, la solitaria que caminaba con cara de pocos amigos y audífonos puestos. Detestaba hablar con la gente; prefería mi propia mente, mis libros oscuros y el silencio. Pero ese día, el pasillo principal estaba abarrotado. Avanzaba a paso firme cuando lo vi venir de frente, rodeado de sus hommies. Caminaba con una seguridad aplastante, serio, con la mirada pesada clavada en el frente.Ninguno de los dos se quitó. Chocamos los hombros.Fue un golpe seco. Me detuve en seco, lista para soltar uno de mis comentarios más sarcásticos, pero cuando volteé, él ya me estaba mirando. No me reclamó, no se disculpó. Simplemente me sostuvo la mirada un segundo y, con una lentitud descarada, me cerró el ojo antes de seguirse de largo con una sonrisa de medio lado.Aún recordaba el vuelco que dio mi corazón en ese instante. Fue un escalofrío eléctrico mezclado con una taquicardia violenta que me recorrió el cuerpo entero, desde la nuca hasta la punta de los pies. Éramos dos mundos que jamás debieron cruzarse, pero ese cholo rudo, directo y sin rodeos, me envolvió por completo en un parpadeo.—¿Te vas a quedar ahí parada congelándote o me vas a ayudar con las cobijas, Baccara? —La voz grave de Mateo me trajo de vuelta al presente.Estaba de pie junto a la tienda ya armada, mirándome con esos ojos oscuros que parecían leerme el pensamiento, divirtiéndose con mi distracción.—Estaba pensando en lo rápido que armas las cosas, Teo... —le contesté, caminando hacia él con pasos lentos y esa sonrisa provocadora que tanto le gustaba—. A ver si eres igual de rápido para todo esta noche.—¡Claro! —exclamó Teo con una risa ronca que le vibró en el pecho—. Soy veloz y no pierdo el tiempo, jajaja. Pero al parecer tú eres una tortuga y te gusta sufrir frío.Me acerqué a él, acortando la distancia hasta que el calor que emanaba de su piel morena empezó a chocar contra la mía. Lo miré desde abajo, recorriendo con la vista los trazos de sus tatuajes prehispánicos antes de clavar mis ojos en los suyos.—No es lentitud, bebé —contesté en voz muy baja, arrastrando las palabras con un tono casi seductor que hizo que él dejara de reírse de inmediato—. Solo disfruto del "paisaje"... Y estoy segura de que no me dará frío, porque tú eres mi cobertor personal, calientito y abrazable.Le sonreí maliciosamente, sosteniéndole la mirada con todo el descaro del mundo.A Teo se le tensó la mandíbula. Esa seguridad ruda y sin rodeos que lo caracterizaba se transformó en una fijeza peligrosa. Dio un paso al frente, obligándome a retroceder un centímetro hasta que mi espalda topó con el tronco de un pino. Apoyó una de sus manos tatuadas justo al lado de mi cabeza, acorralándome con su cuerpo musculoso.—¿Ah, sí? —murmuró él, bajando la voz hasta que fue un susurro espeso que me rozó el oído — Mucho juego, Baccara, pero las cobijas se usan adentro de la tienda... y no sé si aguantes el ritmo si decido calentarte aquí mismo.El aire entre los dos se volvió puro fuego.Teo soltó una carcajada baja, pero sus ojos no se apartaron de los míos. Estiró ese brazo musculoso y abrió la palma de su mano ante mí. Era una mano gruesa, grande, con la piel áspera de quien ha tenido que trabajar arduamente desde morro para sobrevivir en las calles. Un contraste perfecto con la finura de mis dedos llenos de anillos de plata.Mire su mano de reojo y, por primera vez en la tarde, sentí que las mejillas me ardían. Me sonrojé por completo, perdiendo por un segundo esa armadura de chica ruda.—¡Cállate, Teo! —le solté dándole un empujoncito en el pecho, intentando recuperar mi tono burlón—. Sabes que lo sádico y lo rudo son mi especialidad... pero con esas manotas me vas a romper, jajaja.—A ti no te rompe nadie, loca —respondió él, atrapando mi mano con la suya antes de que pudiera apartarla. Su tacto rasposo me mandó una descarga eléctrica directo al vientre—. Y menos yo. Sé exactamente cuánta fuerza usar contigo.El sol terminó de esconderse tras las montañas, tiñendo el cielo de un color morado oscuro, casi negro, que combinaba perfectamente con mi ropa. La temperatura bajó de golpe, obligándonos a prender la fogata.Nos sentamos en un tronco frente al fuego, compartiendo una cobija sobre las piernas. Pasamos las siguientes horas jugando, platicando de los viejos tiempos en la escuela y lanzándonos miradas cargadas de doble sentido cada vez que nuestras rodillas se rozaban por accidente. El alcohol de las cervezas nos iba entibiando la garganta, pero el verdadero calor seguía atrapado entre nosotros, acumulándose como el vapor de una caldera a punto de estallar.Cada vez que él se acomodaba la sudadera y dejaba ver los tatuajes prehispánicos de su cuello, o cada vez que yo cruzaba mis piernas con las zapatillas góticas brillando bajo las brasas, el aire se volvía más espeso. El coqueteo ya no era solo un juego; era la cuenta regresiva.—Vamos, Baccara, entremos a la tienda, que tus manos están congeladas y no dejas de tiritar.Antes de que pudiera quejarme, tomó mis manos entre las suyas, frotándolas con una calidez que me derritió por dentro. Me jaló cariñosamente hacia el interior de la tienda, dejando el fuego prendido afuera. A través de la lona, las llamas proyectaban sombras alargadas y rojizas, dando la ilusión perfecta de que el bosque entero se incendiaba con nuestro coqueteo.Me dejé caer en el piso de la tienda, acomodándome sobre las frazadas acolchonadas y suaves. El cambio de temperatura fue una delicia. Solté un ligero gemido de satisfacción, estirando las piernas mientras mis zapatillas rozaban las cobijas.—Qué cómodo está aquí... —susurré, cerrando los ojos por un instante.Cuando los abrí, Teo ya se había sentado a mi lado. El espacio era reducido, lo que obligaba a que nuestros cuerpos se pegaran por completo. Emanaba una temperatura ardiente, magnética, y su mirada se había vuelto completamente seductora, fija en mis labios oscuros.Se inclinó hacia mí, acortando la distancia hasta que su aliento cálido me rozó la mejilla. Como si se tratase de un susurro prohibido, con esa voz grave que me desarmaba, me dijo:—Ven, acércate Bccara acá es más cómodo...








