El Zoo
NYX
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Capitulo Uno
El Zoo
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El olor llego primero.
Heno mojado, excremento de animal, fritos de un puesto a doscientos metros y algo más debajo de todo eso, algo que ningún humano de los que caminaban a su alrededor podía percibir: el rastro inconfundible de Eryndael. Asustado. Encerrado.
Nyx se detuvo en la entrada del zoológico y dejo que el olor le confirmara lo que ya sabía.
Ahí estaba.
Diecinueve días. Diecinueve días desde que Sela me mando a buscarlo y recién ahora lo encontré.
No era su culpa. El rastro mágico de una cría de león de Eryndael en el mundo humano era tan débil como el de una vela encendida en medio de un incendio. Había necesitado diecinueve días de recorrer mercados de animales ilegales, contactar a dos brujos que le debían favores y escuchar la peor información posible de una hada que le cobro tres monedas de oro antiguo y un recuerdo de su infancia que prefería no examinar demasiado, para terminar parada frente a un zoológico municipal un martes a las dos de la tarde.
Un zoológico.
El brujo idiota que abrió una grieta sin calcular las consecuencias había terminado mandando a la cría a un zoológico.
Cuando lo encuentre lo voy a convertir en algo sin patas.
Pago la entrada con un billete arrugado que saco del bolsillo de su campera de cuero negra, ignoro la mirada que le lanzo el empleado de la taquilla — demasiado alta, demasiado directa, demasiado todo para un martes tranquilo — y entro.
* * *
Lo primero que odio fue el ruido.
El zoológico estaba lleno de familias con chicos pequeños que lloraban o gritaban o ambas cosas, grupos de adolescentes que fingían estar por encima de todo aquello y turistas fotografiando cada animal con una dedicación que Nyx encontraba vagamente perturbadora. Nadie miraba a los animales de verdad. Los miraban a través de una pantalla, a través del lente de una cámara, a través de la idea que ya tenían de lo que debía ser un león o una jirafa o un flamenco.
Nyx los miraba directamente. Siempre.
Siguió el rastro mágico como quien sigue un hilo invisible, atravesando el sector de aves, el de reptiles — donde se detuvo exactamente tres segundos para lanzarle a una boa constrictor una mirada de disculpa sincera por tener que vivir en un tubo de vidrio — y llegando finalmente al área de grandes felinos.
Ahí lo vio.
Estaba en el fondo del recinto de los leones, separado del adulto africano que ocupaba el centro del espacio por una barrera invisible que solo Nyx podía percibir: el cachorro había creado instintivamente un pequeño campo de aislamiento mágico, tan débil que era un milagro que siguiera en pie, y se había acurrucado contra la pared de piedra del fondo como si pudiera fundirse con ella.
Era pequeño. Demasiado pequeño para lo que había sobrevivido.
El león africano adulto lo ignoraba con la indiferencia absoluta de quien sabe que ese no es de los suyos. Los guardias no habían notado nada raro todavía — probablemente pensaban que era una cría donada de alguna reserva, o que simplemente había aparecido ahí por las maneras confusas en que a veces aparecen los animales en los zoológicos cuando el papeleo no llega antes que ellos.
La cría de Eryndael tenía el pelaje un tono más oscuro que el africano, con ese lustre levemente metálico que nadie notaria a menos que supiera exactamente que buscar. Y sus ojos, cuando los abrió al sentir la presencia de Nyx, eran de un ámbar tan profundo que parecía líquido.
La reconoció. Nyx lo supo en el momento en que el cachorro levanto la cabeza.
Bien. Eso hace todo más fácil.
Evaluó el recinto. Tres cámaras de seguridad. Un guardia haciendo ronda que tardaría aproximadamente ocho minutos en volver. La barrera entre el público y el recinto era una combinación de foso, reja baja y distancia — diseñada para mantener a los leones adentro, no para mantener afuera a alguien que no les tenía miedo a los leones.
Nyx nunca les había tenido miedo a los leones.
Se apoyo contra la balaustrada de metal que bordeaba el área de observación y espero a que el guardia terminara su ronda. A su izquierda, una familia completa tomaba fotos del león adulto. A su derecha, un hombre solo miraba el recinto con las maños en los bolsillos y una expresión de alguien que necesitaba aire fresco pero había cometido el error de buscarlo en el zoológico.
Nyx no le prestó atención.
El guardia doblo por el camino de la derecha. Ocho minutos.
Suficiente.
* * *
Lo que Nyx no había calculado era el foso.
En el plaño del zoológico que había memorizado — cortesía de la página web municipal, que tenía fotos desactualizadas de 2019 — el foso media metro y medio. En la realidad, lo habían ampliado el verano anterior después de un incidente que el zoológico prefirió no detallar en su comunicado de prensa. Ahora media casi tres metros de profundidad y dos y medio de ancho.
Nyx lo descubrió cuando ya había saltado la balaustrada.
Bien. Sin problema.
Concentro la telecinesis en sus propias piernas — un uso que Sela desaprobaba por considerarlo impreciso y arriesgado pero que Nyx había perfeccionado a lo largo de años de necesidad — y salto el foso con la facilidad de quien salta un charco.
Aterrizó en el recinto sin ruido.
El león africano adulto la miro. Nyx lo miro de vuelta. Hubo un momento de evaluación mutua que termino cuando el león decidió que ella no era una amenaza que valiera su energía y volvió a recostarse con la majestuosidad burocrática de quien tiene mejores cosas que hacer.
Gracias.
La cría de Eryndael, en cambio, se había puesto de pie. Pequeño, inestable sobre sus patas, con esa torpeza particular de los cachorros que no saben todavía que van a ser enormes. Pero sus ojos ámbar seguían fijos en Nyx con una intensidad que no era de cría.
Era reconocimiento.
— Hola, — dijo Nyx en voz baja, en el lenguaje de Eryndael. Las palabras eran diferentes, más antiguas, con consonantes que el castellano no tenía. — Se que fue largo. Pero ya te encontré.
El cachorro dio dos pasos hacia ella.
Nyx se agacho, ofreció el dorso de la mano, y espero.
Fue ese el momento exacto en que escucho una voz a sus espaldas. Desde arriba. Desde el otro lado del foso que acababa de saltar.
— Perdón, — dijo la voz, con el tono educado y ligeramente incrédulo de alguien que no está seguro de lo que está viendo. — Que... está haciendo exactamente?
Nyx cerró los ojos un segundo.
No. No ahora.
Se giro despacio. Del otro lado de la balaustrada, inclinado hacia adelante con los antebrazos apoyados en el metal como si estuviera mirando algo en un museo en lugar de a una mujer dentro del recinto de los leones, había un hombre.
Alto. Cabello oscuro revuelto. Ojos verdes claros detrás de anteojos que se había quitado y sostenía en la mano, como si la visión directa pudiera ayudarlo a procesar mejor lo que tenía delante. Mandíbula marcada. Una expresión que Nyx no supo clasificar de inmediato — no era miedo, no era indignación, era algo parecido a la curiosidad absoluta de alguien que acaba de encontrar la respuesta a una pregunta que no sabía que tenía.
El cachorro de Eryndael se sentó a su lado y también lo miro.
Perfecto. Testigo. Lo único que me faltaba.
— No está viendo nada, — dijo Nyx.
— Estoy viendo bastante, en realidad.
— Un malentendido.
— Esta adentro del recinto de los leones.
— Buena observación.
El hombre señalo al cachorro, que seguía sentado junto a Nyx con una calma completamente inadecuada para la situación.
— Ese cachorro no estaba ahí esta mañana. Lo sé porque llegué cuando abría y estuve aquí una hora. Y ahora usted esta adentro con él. Y acabo de verla saltar ese foso de una manera que no es —
— Atletismo, — dijo Nyx.
— Ese foso mide dos metros y medio.
— Mucho atletismo.
El hombre la miro. Nyx lo miro de vuelta. El cachorro los miro a los dos con la paciencia de alguien que no tiene ninguna prisa porque total el zoológico no va a ninguna parte.
Entonces, desde el camino principal, Nyx escucho pasos. El guardia. Antes de lo calculado.
Siete minutos. No ocho. Magnifico.
Miro al hombre de los anteojos. El hombre de los anteojos la miro a ella.
— Tiene exactamente, — dijo el, mirando hacia el camino con una calma que Nyx encontró inesperadamente útil, — veinte segundos antes de que ese guardia doble la esquina.
Nyx ya había agarrado al cachorro.
Lo que sucedió después no fue exactamente un plan. Fue más bien una serie de decisiones rápidas que en el momento parecieron razonables y que Sela iba a desaprobar en detalle, con vocabulario.
Salto el foso de vuelta, con el cachorro contra su pecho y la telecinesis trabajando horas extra. Aterrizó del lado del publico exactamente cuando el guardia doblaba la esquina. El hombre de los anteojos — que no había corrido ni gritado ni hecho ninguna de las cosas que la gente normal hace en estas situaciones — se había movido dos pasos a la derecha, bloqueando casualmente la línea de visión entre Nyx y la taquilla.
El guardia los miro.
El hombre de los anteojos le sonrió con la facilidad de alguien que no tiene absolutamente nada que ocultar.
— Buenas tardes. Los leones están muy activos hoy, verdad?
El guardia los miro un segundo más. Nyx sostuvo al cachorro contra su campera con una maño y metió la otra en el bolsillo.
El guardia siguió caminando.
Nyx espero exactamente cinco segundos. Después se giró hacia el hombre que acababa de, sin que nadie se lo pidiera, cubrirla frente a un guardia de zoológico mientras ella robaba una cría de león de procedencia mágicamente imposible.
El hombre la miraba con esa misma expresión de curiosidad absoluta.
— Rowan Calloway, — dijo, como si presentarse fuera la consecuencia lógica de todo lo anterior.
Nyx lo miro un momento largo.
— Nyx, — dijo finalmente.
— Solo Nyx?
— Por ahora.
El cachorro eligió ese momento para asomar la cabeza desde debajo de la campera y lanzarle a Rowan Calloway una mirada que el interpreto, correctamente, como una evaluación.
Rowan la evaluó de vuelta con total seriedad.
— De cerca digamos que no parece un león africano, — dijo.
— No.
— De donde es?
Nyx ya estaba caminando hacia la salida.
— De ninguna parte que necesite saber, — dijo sin volverse.
Hubo una pausa. Después escucho pasos siguiéndola.
— Eso es exactamente lo que diría alguien de un lugar muy interesante.
Por supuesto que me sigue.
Nyx no aflojo el paso. El cachorro de Eryndael saco una pata de debajo de la campera y la apoyo con calma en su antebrazo, como quien reclama un territorio que ya había decidido que era suyo.
Los dos. Me voy a quedar con los dos pegados.
Afuera del zoológico, el sol de la tarde caía sobre la vereda con esa luz espesa de las cuatro y media que Nyx nunca había aprendido a encontrar bonita. A tres cuadras había una grieta menor que conocía desde hacía dos años. Era pequeña, inestable, y en condiciones normales no la hubiera usado para transportar a una cría mágica que ya había tenido suficiente trauma por una semana.
Pero las condiciones normales habían terminado en el momento en que Rowan Calloway había decidido que cubrir a una desconocida dentro del recinto de los leones era una buena manera de pasar el martes.
Siguió caminando.
Los pasos detrás de ella no se detuvieron. Perfecto. Que disfrutara los próximos dos minutos, porque después no iba a encontrar ni el rastro de ella. Nyx no dejaba rastros. Era lo único que había aprendido a hacer bien desde que tenía memoria.








