Chapter 1
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**Prólogo**
— ¡Maldita zorra! —gritaba mi padre a mi madre, agarrándola del cabello mientras la sangre brotaba de su nariz. Yo estaba encerrada en mi habitación, asustada, con los ojos llenos de lágrimas. Mis gritos se ahogaban en una mano que cubría mi boca, tratando de hacer el menor ruido posible. A través de un pequeño agujero en la pared, podía ver el salón—. ¡Cómo pudiste traicionarme! ¡A ese malnacido de tu amante ya lo mataron mis propias manos! Después te mataré a ti, y luego me mataré. No estoy jugando, Elvira! —continuaba gritando, su voz llena de locura.
La soltó de su agarre, empujándola contra una mesa. Comenzó a golpearla en la cara con un puño cerrado, mientras con la otra mano la apretaba del cuello. Ella luchaba por respirar, tratando de quitarse su mano de encima.
— Jerónimo, por favor, déjame ir. Tenemos una hija; ella debe estar asustada —suplicaba mi madre, su voz temblorosa. No podía quedarme más tiempo encerrada. Tenía que salir, ayudarla. Ese animal la estaba matando. Busqué un broche para abrir la puerta, como en las películas, pero me di cuenta de que era una ilusión. Un simple broche no podía abrir una cerradura. Intenté derribar la puerta, pero tampoco pude. El ruido llamó la atención de mi madre.
— Etefy, hija, no intentes salir de ahí por nada del mundo, cielo. Aquí no está pasando nada. Esto es solo una forma de tu padre demostrarme cuánto cariño y amor me tiene.
— ¡Para de mentir! —le grité—. Te está matando a golpes. Es un animal. Ya no soy una niña y sé muy bien lo que está haciendo.
— No, no es cierto —replicó ella, su tono débil y quebrado—. Tu padre nos ama y nos quiere mucho.
— Tranquila, cariño —dijo ese cerdo—. Pronto será tu turno, y verás que te va a encantar.
Me ahogaba en lágrimas, escuchando la escena desgarradora. La rabia crecía en mi interior, deseando atravesar la puerta y acabar con él de una vez por todas.
— ¡Déjala en paz! —grité, enfadada, mientras agarraba una silla de hierro y madera. Impacté la silla contra la puerta, que cayó al suelo con un estruendo ensordecedor. Con la respiración agitada, sentí que el mundo se detenía. Un dolor punzante invadió mi pecho al ver la escena: mi madre, tirada en el suelo, con la cara ensangrentada y llena de golpes.
— ¡Mamá! —corrí hacia ella, arrojando la silla a un lado. Me arrodillé a su lado, llorando, mi cuerpo temblando—. No, Mamá, ¿por qué tú? ¡¿Por qué te mató?! ¡Lo odio, lo odio! —grité entre sollozos, con mi cabeza hundida en su pecho, sintiendo que el mundo se desmoronaba. La persona que más amaba, la que me amaba, acababa de dejarme.
De pronto, escuché un estruendo. La puerta se abrió de golpe, impactando contra el suelo.
— ¡Policía! ¡Todos con las manos en alto! —exclamó la voz de un hombre.
Con la tristeza y la rabia aún en mi corazón, levanté la cabeza lentamente. Enfrente de mí, vi a mi padre tirado en el suelo, con la garganta cortada, los ojos abiertos, derramando sangre. Un cuchillo aún en su mano derecha. Me llevé las manos a la boca, horrorizada. En serio había cumplido lo que dijo, había matado al amante de mi madre, luego la asesinó a ella a sangre fría y luego el se suicidó, no podía creer lo que estaba viendo, había sido testigo de sus muertes, por qué me hicieron esto, jamás podré llevar una vida normal, esto es demaciado trauma para mi, y ahora que se supone que pasará conmigo. No puede hacer nada para salvar a mi madre, por que demonios me tuvieron que encerrar en esa habitación?! —me reprochaba en silencio con los ojos cargados de lágrimas de rabia y dolor—.
— E-estan —digo tartamudeando— Es-ee-estan muertos!!
Una vecina nuestra llegó con los oficiales de policía y corrió a abrazarme.
— Lo siento mucho pequeña —me dice y yo trataba de separarme de sus brazos sin parar de llorar—. Lo siento mucho Estefy, yo llamé a la policía pero... —la interrumpo.
— Suéltame! —le grité—. Usted no sabía lo que estaba pasando y no pudo venir a ayudar, si usted no hubiera sido tan cobarde mi madre aún estaría con vida, ¡todo es su culpa! —digo con mucha rabia, luego me dirijo a los policías que se encuentran a nuestro lado con la cabeza gacha, otro llamado a que vinieran a recoger los cadáveres, etc—. ¡Y ustedes, buenos para nada! Llegando tarde como siempre.
Uno de ellos intentó hacercarse a mi, pero yo di un paso atrás.
— Se que esto es muy duro pequeña, la vecina nos llamó al escuchar gritos pero sentimos no poder llegar a tiempo, te llevaremos a la estación, ahí estará tu tía, la señora Celia esperándote para hacerse cargo, se lo duro que se est...
— No, no lo sabe. Acaso usted fue testigo de la muerte de sus padres y no pudo hacer nada! —digo con una tono cargado de furia, luego lo suaviso quebrando por las lagrimas—. Yo no pude hacer nada para ayudarla, me enserraron en mi habitación. Si yo no hubiera estado en mi habitación, si no me hubieran encerrado... —las palabras se quebraron el aire, el policía que estaba en frente de mi me abrazó con fuerza, yo luché para que me dejara pero luego entendí que necesitaba unos brazos en los cual llorar.
— No es tu culpa querida, aun si no hubieses estado encerrada en tu habitación dudo que pudieras hacer algo, eres una niña, de seguro tu madre te enserro con llave para que no te hicieran daño y asegurarse que no fueses testigo de la situación —me intenta consolar.
— ¡No! ¡No es cierto! Todo es mi culpa, jamás me lo perdonaré —dije sin parar de llorar, mis lágrimas empapaban poco a poco el hombro de la camisa del oficial, mis ojos me ardían y se me hacía un nudo terrible en la garganta, era imposible mantenerme en pie, de un momento a otro las piernas se me aflojaron y sentí como el oficial me cargaba entre sus brazos y me llevaba a la patrulla. Después todo me daba vueltas y los ojos se me serraron poco a poco. (...) Me desperté y estaba en una habitación de hospital, recuerdo que... «mis padres, mi padre... mi madre.... están, están muertos.» Los ojos se me inundaron de lágrimas otra ves. Empecé a gritar: —Sáquenme de aquí!!! —grité con todas mis fuerzas, siempre he repudiado a los hospitales odiaba que me inyectaran. De pronto una figura de algún enfermero entró con un dedo en su boca: —Chissss. —yo estaba nerviosa, todo lo que habia pasado, yo no pude evitarlo y necesitaba estar en el funeral de mis padres, despedir a mi madre y escupir en la tumba de mi maldito padre, mi enfermo padre quien acabó con la vida de mi madre y la terminó matando. —Sácame de aquí!! —grité removiendo la camilla. De pronto el enfermero sacó de detrás de su espalda una jeringa.
— Debes calmarte, cuando despiertes vas a tener que encontrar fuerzas para poder asimilar tu realidad.
— Cállate....
— Chiss, no hables. —me decía inyectando ese líquido pesado en mi cuello—. Este calmante te ayudará a relajarte.
— Yyo, no quiero que me inyecten.... —Y los ojos se me volvieron a serrar.
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Capítulo 1.
Estefanía
Desperté sumida en una bruma espesa. Sentía la cabeza pesada, una punzada rítmica tras las sienes y una sensación de letargo que me hizo preguntarme qué me habrían inyectado en la enfermería. La ansiedad, sin embargo, lograba filtrarse a través del aturdimiento. Al incorporarme, divisé a mi tía Celia de espaldas; sostenía el teléfono contra su oído, pero el volumen del altavoz era lo suficientemente alto como para permitirme escuchar cada palabra de la interlocutora.
—Señora, ¿cómo puede sugerir que la lleve como empleada? Acaba de perder a sus padres —decía mi tía con la voz quebrada por la fatiga—. Entiendo la urgencia, sé que Martha renunció, pero yo no puedo...
Una voz gélida e imperativa la interrumpió al otro lado de la línea:
—No es mi problema. Necesito a alguien que ocupe el lugar de Martha de inmediato. Estaremos presentes en el funeral para apoyarlas, y será allí donde se lo propondremos.
—Pero señora, no es el momento oportuno... —suplicó Celia.
«¿De qué están hablando?», pensé, sintiendo un escalofrío.
—Yo decido cuándo es un momento oportuno —sentenció la mujer—. Necesito el servicio cuanto antes; mi hijo regresará pronto y pretendo organizar la mejor recepción. No tengo tiempo para procesos de contratación. Tú prometiste que te encargarías, Celia. Hazte cargo o date por despedida. Sabes que Martha, Tamara y Tania han renunciado; necesito ayuda en esta mansión ahora mismo. Tus tragedias personales no me incumben.
—Si ellas han renunciado, sus razones tendrán, y usted sabe perfectamente a qué me refiero —replicó mi tía con una chispa de dignidad—. Así como a usted no le importan mis problemas, no pretendo que le interesen, de la misma forma en que a mí no me interesan los suyos. ¿Qué le parece?
—Cállate, Celia. No toleraré más insolencias. Dejaré pasar este arrebato solo porque necesito el personal, de lo contrario, estarías en la calle —tras la amenaza, el sonido de la llamada finalizada resonó en la habitación.
(...)
—Tía —murmuré con un hilo de voz—. Sácame de aquí. Quiero ver a mis padres.
La voz se me fragmentó al final. Mi tía se giró bruscamente y me estrechó en un abrazo desesperado.
—Mi pequeña... todavía no puedo asimilarlo, tesoro.
—Es... es mi culpa —sollocé, ocultando el rostro en su hombro—. Me quedé encerrada en mi habitación, no pude salir... no pude evitarlo...
—Shhh, no digas eso, cariño. No te martirices más —me consoló, acariciando mi cabello—. No fue tu culpa, Estefy.
—No sé si podré vivir con este peso. Sin mamá... no es justo.
—Llora, corazón. Desahógate. Te prometo que sobreviviremos juntas y transformaremos este dolor punzante en un recuerdo que podamos sobrellevar.
—No, tía. No lo entiendes. Siento que no merezco vivir. Sé que en el fondo me odias por no haber salvado a mamá.
—¡Jamás! —exclamó ella, separándose para mirarme a los ojos con las mejillas empapadas—. Si hubieras estado allí, tu padre también te habría hecho daño. Tu madre solo quería protegerte. Me parte el alma verte así, pero no eres culpable de la crueldad de ese hombre.
—Te quiero mucho, tía.
—Y yo a ti, mil veces más. Ahora, debemos ser fuertes —dijo con voz temblorosa, secándose las lágrimas con determinación—. Es hora de ir al funeral y darle el último adiós.
Yo no podía articular palabra. El nudo en mi garganta era una presencia física, asfixiante. Mis ojos ardían y la nariz me escocía debido al llanto incesante. El dolor en mi pecho era una mutilación; sentía como si me hubieran arrancado la mitad de la existencia. Asentí en silencio y, apoyada en ella, caminamos hacia el cementerio.
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—Tía, por favor... pide que entierren a mi padre lejos de ella —le rogué cuando llegamos—. Es lo que mi madre habría querido. Si en vida luchó por alejarse de él, en la muerte merece descanso. No quiero ver los restos de ese animal cerca de ella.
—No te preocupes, yo me encargaré —respondió Celia con amargura—. Yo tampoco deseo estar cerca de su tumba. Quédate aquí, ahora regreso.
Mientras mi tía gestionaba los detalles finales, me acerqué al ataúd de mi madre. El foso estaba listo y la lápida ya rezaba su nombre con una inscripción lapidaria: «Que la paz eterna guíe tu alma en el más allá, 1996-2026». En mi bolso guardaba una fotografía de ambas y un ramo de rosas blancas, sus favoritas.
Besé su frente gélida, dejando que mis lágrimas resbalaran sobre su rostro inerte.
—Mamá, perdóname... —susurré en un lamento desgarrador—. Perdóname por no haber llegado a tiempo. Te juro que jamás encontraré paz. Buscaré la forma de conectar contigo porque siento que merezco el mismo castigo. Te amo, mamá. Perdóname...
El aire comenzó a faltarme. El dolor en el pecho se volvió agudo, la vista se me nubló y mis piernas cedieron. Lo último que alcancé a ver, antes de que la oscuridad me reclamara, fue una mujer de elegancia imponente, escoltada por cuatro hombres, que traía consigo seis enormes coronas de girasoles. Uno de sus guardaespaldas me sostuvo antes de que mi cuerpo impactara contra el suelo.
Desperté nuevamente en una cama de hospital. El dolor de cabeza era punzante y una máscara de oxígeno cubría mi rostro. Me la quité de inmediato, ignorando la debilidad. Mi tía estaba a mi lado, enjugándose las lágrimas.
—Tía... —mi voz era apenas un susurro.
—Estefy, mi niña, no debiste quitarte la máscara —dijo, intentando colocarla de nuevo con manos trémulas.
—Estoy bien —la detuve, incorporándome con esfuerzo—. Aunque este dolor... este dolor no se irá nunca.
—Lo sé. Ya los hemos enterrado —dijo ella, y una nueva lágrima surcó su mejilla—. Ya no están físicamente, pero yo cuidaré de ti. Nos cuidaremos mutuamente.
—Necesito a mi mamá... y se fue por mi culpa.
—¡Basta, Estefanía! —exclamó con una firmeza inusual—. No permitiré que sigas repitiendo esa mentira. No fue tu culpa. Si persistes en martirizarte así, tendré que llevarte a un psicólogo. No puedes desperdiciar tu vida por un trauma que no pudiste evitar.
—¿Te parece una estupidez? —grité, sintiendo una rabia súbita—. ¡Por mi culpa está muerta! ¡Tendré este cargo de conciencia cada miserable día de mi vida! Ni un psicólogo ni Dios podrán ayudarme porque la verdad no se puede borrar. ¡No iré a ningún lado!
—Estás bajo mi tutela y harás lo que sea necesario para sanar —replicó Celia, pero fue interrumpida por la apertura de la puerta.
Entró la misma mujer elegante del funeral. Su presencia emanaba autoridad.
—Celia, si ella no desea ir a un psicólogo, no deberías obligarla —dijo con una voz firme pero extrañamente reconfortante.
Me quedé atónita. ¿Quién era ella y por qué intervenía?
—Señora, usted será mi patrona, pero no puede cuestionar mis decisiones familiares —respondió mi tía, visiblemente tensa.
—Entiendo que la pérdida es un golpe devastador —dijo la mujer, acercándose a mi cama y acariciando mi mejilla—. El dolor nunca desaparece, solo se aprende a vivir con él. Yo perdí a mis padres siendo muy joven y en circunstancias similares; lo superé gracias al apoyo de quienes me rodeaban. Tú también lo lograrás, Estefanía.
—Gracias... ¿usted es? —pregunté.
—Soy Esmeralda Dante. Tu tía trabaja en mi residencia desde hace años. Vine a ofrecerles mi apoyo en este trance tan amargo.
—Señora, Estefanía necesita descanso, no es momento para... —intentó intervenir Celia.
—Tranquila, Celia. Parece que tú no notas que tu sobrina es una muchacha fuerte. Ella podrá con esto y con lo que se proponga —Esmeralda me dirigió una sonrisa que buscaba infundirme ánimos—. Estefanía, sé que querrás ayudar a tu tía, ya que son lo único que tienen. Vengo a hacerte una oferta que espero consideres.
—Señora, no puede hablar de trabajo ahora... —protestó mi tía.
—Tía, está bien. Déjala hablar —la interrumpí. Necesitaba cualquier cosa que me sacara de mi propia mente.
Esmeralda continuó: —Quiero que trabajes en mi casa, junto a tu tía. La remuneración es excelente. Mi hijo mayor regresará en unas semanas y me urge organizar una recepción. El personal ha renunciado y estoy desesperada. ¿Qué dices, cielo? ¿Aceptas?
—¡No estoy de acuerdo! —exclamó Celia—. Estefy debe terminar sus estudios. No puede lidiar con el trabajo, los libros y este trauma al mismo tiempo.
—Tía, puedo hacerlo —sentencié. Estudiar era lo último que quería; el trabajo me mantendría ocupada y lejos de mis pensamientos—. Acepto, señora Esmeralda.
—Gracias, Estefanía. Me devuelves el alma al cuerpo. Sabré recompensar tu esfuerzo: cobrarás el triple de lo habitual.
—¿El triple? ¿A cuánto asciende eso?
—Noventa mil pesos mensuales, querida. Por supuesto, eso implica que deberás asumir las responsabilidades de las vacantes actuales.
—Trato —dije, estrechando su mano. Mi tía me observaba con una mezcla de cansancio y derrota.
—Debo marcharme. Mi hijo llega en cuatro semanas, pero si pudieras empezar en dos, te lo agradecería profundamente. Mi más sentido pésame, cariño —se despidió con una media sonrisa y salió de la habitación con una elegancia aristocrática.
En cuanto la puerta se cerró, mi tía se acercó a mí, angustiada.
—Estefanía, debes desistir. Renuncia a esa idea.
—No lo haré. Es la única forma de ayudarte y de mantenerme ocupada.
—No sabes lo que dices... No debes entrar en esa casa.
—¿Por qué? —pregunté, frunciendo el ceño—. ¿Es por la razón por la cual las otras chicas renunciaron?
—Es mejor que no lo sepas. Solo hazme caso: si entras allí, no podré protegerte.
—Si realmente quisieras que no fuera, me dirías la verdad. ¿De quién me quieres proteger? No entiendo nada.
—Hablaremos después. Ahora, descansa —concluyó, depositando un beso en mi frente antes de salir apresuradamente.
Me quedé sola con mis dudas. ¿Qué ocultaba esa mansión? Mi tía jamás hablaba por hablar. Su advertencia, lejos de asustarme, alimentó una curiosidad oscura. Si había un peligro allí, tal vez era exactamente lo que buscaba para adormecer mi dolor.
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