La nueva asistente
Han So-yeon era una joven de veinticuatro años que acababa de conseguir el empleo más importante de su vida.
Trabajaría como asistente personal del temido director ejecutivo de Taehan Group, Kang Ji-hoon.
Todos en la empresa hablaban de él.
—Es frío.
—Jamás sonríe.
—No le importa despedir a nadie.
So-yeon estaba decidida a soportarlo.
El primer día llegó diez minutos antes.
Cuando entró en la oficina principal lo encontró revisando documentos.
Vestía un impecable traje negro. Su escritorio estaba perfectamente ordenado y el silencio en aquella oficina era tan pesado que parecía prohibido respirar.
—Buenos días, director Kang.
Él apenas levantó la vista.
—Llegas temprano.
—No quería causar una mala impresión.
—Eso dependerá de tu trabajo.
Ella respiró hondo.
Definitivamente sería difícil.
Ninguno imaginó que el destino acababa de unirlos de una manera imposible.
Durante toda la mañana, Ji-hoon apenas le dirigió la palabra. Le entregó una lista interminable de tareas: organizar reuniones, responder correos, preparar informes y revisar contratos.
So-yeon trabajó sin quejarse.
Cada vez que terminaba una tarea, él simplemente decía:
—La siguiente.
Ni un “gracias”. Ni una sonrisa.
Al llegar la hora del almuerzo, todos los empleados salieron a comer.
So-yeon decidió quedarse unos minutos más para terminar un informe.
Mientras acomodaba unos archivadores en una estantería alta, perdió el equilibrio.
—¡Ah!
Su pie se torció al caer al suelo.
Un dolor agudo recorrió su tobillo.
—Agh...
Se llevó una mano a la pierna intentando contener el dolor.
En ese mismo instante, al otro lado de la oficina, Ji-hoon dejó de escribir de golpe.
Una punzada atravesó exactamente su tobillo derecho.
Frunció el ceño.
—¿Qué...?
Nunca en su vida había sentido un dolor tan repentino.
Se puso de pie creyendo que se había lastimado sin darse cuenta, pero no había nada.
Miró hacia la asistente.
So-yeon intentaba levantarse apoyándose en el escritorio.
—¿Se encuentra bien? —preguntó él con una voz sorprendentemente seria.
Ella se sonrojó por la vergüenza.
—Sí... solo me torcí un poco el tobillo.
Ji-hoon permaneció inmóvil.
El dolor que sentía desapareció justo cuando ella dejó de sujetarse la pierna.
Pensó que era una simple coincidencia.
Sin embargo, minutos después ocurrió algo aún más extraño.
Mientras preparaba café para ambos, So-yeon tomó la taza recién servida sin darse cuenta de que estaba demasiado caliente.
—¡Ay!
Se quemó ligeramente la punta de los dedos.
Al mismo tiempo, Ji-hoon soltó la taza que sostenía.
Sintió un ardor idéntico en los mismos dedos de su mano.
Los dos levantaron la vista al mismo tiempo.
Durante unos segundos, sus miradas se encontraron.
Algo extraño recorrió el ambiente.
Una sensación imposible de explicar.
Como si un hilo invisible acabara de unirlos.
Ninguno dijo una palabra.
Pero, sin saberlo, ese fue el comienzo de un vínculo que cambiaría sus vidas para siempre.








