EL COMIENZO DE TODO
Se oían suspiros agitados, enormes explosiones y uno que otro grito ahogado. Una carcajada malvada, capaz de helar la sangre de cualquiera, lo envolvía todo. Era lo mismo de siempre... No sabía por qué esa escena regresaba una y otra vez. ¿Qué significaba? Pero la pregunta más importante era otra: ¿por qué dolía tanto? ¿Por qué siempre las veía a ellas? ¿Por qué inevitablemente morían?
-¡No! Por favor... para...
¿Por qué nunca lograba salvarlas? Siempre, siempre suplicaba entre lágrimas que todo se detuviera. Sentía cómo se formaba un vacío profundo en mi pecho cada vez que veía caer, una a una, a las cinco chicas que estaban frente a mí. La misma escena repetida. De todos los sueños que me acosaban, este era el que últimamente regresaba con más fuerza al dormir... el que más duraba, al menos para mí.
Siempre creí -y aún intento convencerme- de que se trataba solo de una pesadilla. La peor que había tenido hasta el momento. La que más lastimaba. La que deja un hueco insoportable en el corazón al presenciar cómo aquellas cinco jóvenes morían. Varias de ellas se sacrificaban por mí, interponiéndose para que no me hirieran. ¿Pero por qué yo no podía protegerlas? Intentaba moverme, pero era inútil; por más que lo intentara, mi cuerpo parecía seguir una secuencia extraña... un ciclo que siempre terminaba igual.
Las veía morir ante mis ojos y luego alzaba la mirada hacia quien les había arrebatado la vida, riendo sin remordimiento alguno. Era una mujer alta, de porte imponente. Su piel tenía un tono lavanda pálido; vestía una armadura oscura, casi negra, de líneas afiladas y aspecto sólido, como si hubiera sido forjada para la guerra eterna. Sobre su cabeza llevaba una corona irregular, puntiaguda, que parecía surgir como prolongación de su propia energía. Pero eran sus ojos lo que más aterraba: completamente blancos, sin rastro de pupila, contrastando con una sonrisa torcida y siniestra.
En aquel sueño existía la magia, lo sabía. Y por alguna razón, tanto yo como las chicas que habían caído a mi lado formábamos parte de una batalla feroz, brutal, librada con una intensidad devastadora. El ambiente estaba cargado de destrucción: restos de estructuras derrumbadas, humo, chispas flotando en el aire. Todo transmitía el peso de una lucha perdida. Podía sentir la presencia de aquella mujer: opresiva, oscura, profundamente amenazante.
Me secaba las lágrimas que brotaban sin control. Mi cuerpo se sentía débil, exhausto, como si hubiera sido golpeado hasta el límite, y aun así lograba avanzar. Se suponía que era un sueño, ¿no? Entonces... ¿por qué se sentía tan real?, como si ya hubiera ocurrido alguna vez. Di pequeños pasos hacia esa figura dominante que reía con desprecio frente a mí. Quería hacer algo. Si no había logrado protegerlas, al menos vengaría sus muertes de alguna manera, para saber que no habían sido en vano. Algo en mi interior me decía que debía proteger a los que aún quedaban, que era mi responsabilidad. Tenía que detenerla. Con la rabia amarga creciendo en el alma, apoyé una mano en mi costado por el dolor que me provocaba cada movimiento y apreté los dientes con furia.
-Jajaja... ¿qué quieres, querida princesita? -se burló-. ¿Acaso deseas reunirte ya con tus amigas? Tranquila, muy pronto lo estarás...
Al escuchar aquellas palabras crueles y despiadadas, mi ira salió a la superficie. Era tan intensa que las lágrimas se intensificaron. Mis mejillas estaban empapadas y enrojecidas, al igual que mi nariz. Aunque conscientemente no conocía a esas chicas, algo muy profundo dentro de mí gritaba que sí, que eran importantes. Cada noche que este sueño regresaba, verlas morir por luchar a mi lado, recibiendo golpes destinados a mí, aun sabiendo que eso las llevaría a la muerte, me destrozaba. Sus palabras de preocupación, sus gritos pidiéndome que huyera, dolían incluso más. Todo era como una película repetida, un disco rayado que no dejaba de girar una y otra vez en mi mente... y en los últimos días, ese dolor se volvía cada vez más intenso.
-Juro que pagarás por esto... -dije con la voz quebrada-. Las muertes de mis amigas y la mía no serán en vano. Regresaremos y... te destruiremos.
Con lágrimas aún en los ojos y la voz entrecortada por la tristeza y el sufrimiento, pronuncié esas últimas palabras mientras extendía una mano. Con la otra seguía presionando mi costado adolorido. Entonces lancé mi ataque final: un hechizo que la envolvió por completo y la transformó en aquello que ya conocía por el nombre que resonaba cada vez que volvía a ese lugar... la Emperatriz de Obsidiana. Solo escucharlo era suficiente para llenarme de ira.
La convertí en una estatua oscura, sólida, como cristal negro. Luego todo comenzó a desvanecerse, o al menos eso me pareció. Estaba demasiado débil. Ese último esfuerzo consumió la poca energía que quedaba en mí. Caí al suelo, exhalando mi último aliento, y lo último que vi fueron los cuerpos inmóviles de mis amigas.
Desperté de golpe, sudada como siempre, pero esta vez era diferente. Estaba llorando igual que en el sueño. Mi pecho dolía; sentía el mismo peso y el mismo vacío. Entonces algo subió ágilmente a la cama y se acomodó sobre mi regazo. Al mirarme con ternura, emitió pequeños sonidos tristes, como si no le gustara verme llorar. La pequeña hurona hembra se acercó aún más, acurrucándose contra mis manos y mi abdomen. Su pelaje oscuro y brillante, salpicado de diminutos destellos, me ayudó a calmarme poco a poco.
En su frente destacaba una marca clara, delicada, que contrastaba con el resto de su rostro y le daba un aire especial, casi místico. Eso logró relajarme un poco... hasta que mi mirada se desvió hacia una fotografía familiar antigua sobre la mesita junto a la cama. En ella aparecía yo, con unos doce años, sosteniendo a la pequeña hurona, recién encontrada. Aquel fue el día en que la conocí. La había hallado bajo un puente, gravemente herida. Mis padres me permitieron quedármela y me ayudaron a cuidarla. Desde entonces, fue mi mejor amiga.
Un susurro escapó de mis labios al recorrer las imágenes de la fotografía:
-No saben cuánto... desearía que aún estuvieran aquí conmigo...
El recuerdo de hace dos años cruzó mi mente. Aún estaba en el colegio cuando ocurrió el accidente que se llevó sus vidas, un trágico y común choque automovilístico. Me quedé sola a los dieciséis años y ahora, a poco de cumplir los dieciocho, tendría que pasar otro cumpleaños sin ellos. Al recordarlo, las lágrimas regresaron. Sin embargo, al sentir cómo la hurona se acomodaba con más fuerza en mis manos y mi regazo, logré calmarme hasta quedar en leves sollozos, mientras acariciaba su suave pelaje.
-Gracias, pequeña... -murmuré-. Ahora solo somos tú y yo contra el mundo.
Suspiré con suavidad y, como cada mañana, mis ojos recorrieron mi habitación: paredes cubiertas de afiches y pósteres, estanterías llenas de libros sobre estrellas, astronomía y todo tipo de textos relacionados con el cielo y el conocimiento. Era mi refugio, el reflejo de mi amor por el estudio y por aquello que aún no lograba comprender del todo.
Siempre me preguntaba si realmente pertenecía a este mundo... ¿Por qué la vida me trataba así?
-Vamos, Efir, preparemos algo delicioso para comer.
Aunque Efir estaba conmigo, me sentía vacía. Mi familia me había dejado sola después del funeral de mis padres; no tenía apoyo de nadie, solo de mi pequeña y escurridiza amiga. Al menos esperaba que hubiera algo de comida, pero me llevé la sorpresa de no encontrar nada en ningún rincón de la casa. Yo podía aguantar el hambre, pero no iba a permitir que ella pasara por lo mismo.
-Creo que tocará salir a comprar algo, pequeña.
Fui un momento a mi habitación para cambiarme, tomé las llaves y cerré la puerta. A pocos pasos de la casa, cerca del carro, sentí un escalofrío recorrerme la nuca. De inmediato regresé al interior. Algo no estaba bien. El ambiente se sentía extraño... como si algo hubiera ocurrido en los pocos minutos que estuve fuera.
Mi mirada se posó en Efir, y fue entonces cuando lo noté: su marca de nacimiento estaba más visible que antes. Aquella seña, formada por curvas suaves y elegantes que se entrelazan en el centro, semejando casi el símbolo del infinito, resaltaba con claridad sobre su frente. Siempre nos había parecido extraño, ya que nunca se había visto una marca así en un animal. Con el paso del tiempo se había ido desvaneciendo, no solo por quedar oculta entre su suave pelaje, sino como si realmente se estuviera borrando.
Pero ahora... estaba reapareciendo.
Si era honesta, desde la pesadilla repetida de la noche anterior, la casa se sentía diferente. Más pesada. Y ahora estaba segura de que algo había sucedido durante esos breves minutos afuera. La marca... se veía demasiado notoria otra vez.
Pasé con cuidado un dedo sobre la seña. Sentí una sensación extraña recorrerme desde la columna hasta la nuca. Un estremecimiento profundo. Decidí ignorarlo. Después de todo, hoy ya habían ocurrido demasiadas cosas raras, ¿no? Seguramente era solo mi imaginación.
Tomé a Efir en brazos y salí de la casa. Se subió conmigo al auto que mis padres me habían dejado, rumbo directo al supermercado.
-Siento que hoy será un día lleno de sorpresas, Efir... veamos cuáles son las siguientes.
Al llegar y estacionar el carro, noté que la brisa soplaba con más fuerza de lo esperado para un día que, según el reporte del clima, sería soleado y tranquilo. Efir estaba más inquieta que de costumbre, llena de energía. La juguetona hurona se movía entre mis hombros y mi cabeza; supuse que era porque pronto comería algo.
Entramos al supermercado y su energía seguía intacta.
-Tranquila, Efir. En unos minutos estarás comiendo tu comida favorita. Pero no te muevas tanto, podrías caerte... y por favor, esta vez no te pierdas.
Antes de terminar de hablar, una voz familiar me interrumpió.
-¡Hola, Lyra! ¿Qué tal? ¿Cómo sigues? ¿Todo bien? ¿Necesitas ayuda?
Era Lucas, el guardia de seguridad del supermercado. Alto, robusto, de piel morena clara, con su uniforme negro y los brazos cruzados. Había sido muy amigo de mis padres y me conocía desde niña. Para mí era como un tío; aunque no compartíamos sangre, se preocupaba más por mí que mi propia familia.
-Oh, Lucas... estoy bien. Se me acabó la comida y vine con Efir a comprar más co...
No terminé la frase. Al intentar tocar a mi escurridiza amiga, solo rocé el aire. Mi corazón dio un salto cuando noté que había desaparecido otra vez.
-Ah... Lucas, te dejo. Creo que es mejor que me apure a comprar.
Me alejé rápidamente para buscar a Efir. El supermercado, por desgracia, era el más grande del pueblo. Tardaría varios minutos, quizá horas. Lo único que tenía claro era que ninguna de las dos desayunaría hoy.
Pasaron diez minutos recorriendo pasillos, hasta que estuve a punto de rendirme y pedir ayuda. Entonces la encontré.
Era un pasillo largo, al fondo del lugar, con luces que parpadeaban sin descanso. Parecía olvidado. No había cámaras de seguridad. Grandes neveras desconectadas y vacías ocupaban un lado, mientras que estanterías con pocos productos, viejos y dañados, se alineaban a los costados.
-Oye, pequeña terremoto... ya te encontré, y no te volveré a dejar escapar. Ven aquí o no abr...
Mis palabras se cortaron. La garganta se me secó. Un escalofrío terrible recorrió mi espalda hasta la nuca, alertándome de que algo estaba cerca.
Entonces la escuché: esa risa, la misma que aparecía en mis pesadillas.
El ambiente se volvió pesado de golpe. Su sonido helaba la sangre, pero no me dejó paralizada por mucho tiempo. Odiaba admitirlo, pero después de tantas noches escuchándola... me había acostumbrado. El recuerdo de mis sueños me llenó de rabia, dolor y una extraña valentía. No iba a dejar que el miedo me dominara.
Giré lentamente hacia el origen de la risa y me sobresalté al verla reflejada en el vidrio de una de las grandes neveras.
Esa silueta.
Esos ojos blancos capaces de mostrarte tus peores miedos.
Las luces comenzaron a parpadear con más intensidad. Ella seguía riendo, observándome. Mi corazón latía desbocado.
¿Qué estaba pasando? ¿Estaba soñando? Si era así... ¡despiértenme!
Me quedé inmóvil cuando la oí decir las mismas palabras de siempre:
-Jajaja... ¿qué quieres, querida princesita? ¿Acaso deseas unirte ya a tus amigas? Tranquila, muy pronto lo estarás.
Tragué saliva. Las preguntas se agolpaban en mi mente, pero al recordar a esas chicas... sus muertes... apreté la mandíbula y cerré los puños con fuerza. El miedo se transformó en furia.
Di un paso firme al frente.
-¡Tú...! ¿Cómo llegaste aquí?
No respondió. Solo siguió burlándose.
-¡Te lo voy a repetir una vez más! ¿Cómo llegaste aquí?
Sentía un calor recorrer mi cuerpo mientras avanzaba hacia el reflejo. Entonces escuché un pequeño chillido.
Efir.
Ella también veía a la Emperatriz de Obsidiana reflejada en la nevera. Su marca brillaba con más intensidad, y su mirada me hizo notar algo más.
Los pocos productos del pasillo estaban flotando.
Un aura de magia color lavanda claro los envolvía, idéntica a la de mis sueños cuando contraatacaba los golpes de la emperatriz.
¿Era yo... quien estaba haciendo eso? ¿Esto era real?
-¿C-cómo... cómo estoy logrando levantar todo esto?
Un segundo después, los objetos cayeron al suelo con estruendo. Efir, asustada, saltó hacia mis brazos. La abracé con fuerza, acariciándola para tranquilizarla, y decidí salir del pasillo. Pero ahí fue donde me percaté de que todo volvió a la normalidad.
El reflejo desapareció.
Las risas cesaron.
Las luces pararon y continuaron con un ritmo normal.
Como si nada hubiera pasado.
-Realmente... ni para qué decir "sorpréndeme, día". Creo que ese sueño me dejó algo paranoica... o quizá algo me cayó mal y me está haciendo alucinar.
Aunque aún me sentía tensa por lo ocurrido, terminé mis compras. Sin embargo, lo que había pasado en aquel pasillo no dejaba de rondar mi mente. Si de verdad me estaba volviendo loca por culpa de ese sueño, tal vez debería ir a un psicólogo... o internarme, quién sabe.
La marca de Efir ahora se notaba más. Todo era demasiado extraño.
Al volver a casa, noté que incluso ella seguía inquieta. Intenté despejar mi mente; después de servirle su comida, tomé uno de mis libros nuevos. Por fin tendría tiempo para retomar mi pasatiempo favorito: leer y estudiar.
Pero, al parecer, el universo me estaba jugando algún tipo de broma.
El libro que tenía entre mis manos -de tapa azul oscuro- trataba sobre filosofía y psicología, aunque el tema central era la reencarnación. Me atrapó de inmediato, sobre todo porque describía qué sucede cuando alguien experimenta algo así: cómo se siente, qué emociones despiertan al recordar fragmentos del pasado.
-Vaya... qué libro tan específico -murmuré-. Pero no creas, universo, seguro solo estoy paranoica. Debería dejar esta lectura por un rato...
Sin embargo, al llegar a un fragmento que captó por completo mi atención, me fue imposible apartar la vista. Era el testimonio de un joven que contaba cómo, desde pequeño, le ocurrían cosas extrañas, aunque todo se intensificó a una edad en particular. Decía que, cerca de cumplir los dieciocho años, comenzó a recordar un suceso específico; según él, algo tan doloroso que marcó su alma y quedó grabado en su memoria...
-¿Qué pasa, Efir? -pregunté al sentir movimiento.
La hurona me sacó de mis pensamientos. Había dejado su juguete favorito entre mis manos.
-¿En serio? ¿Jugar ahora?
Suspiré, negando suavemente con la cabeza mientras una leve sonrisa se dibujaba en mi rostro. ¿Cómo negarme? Sí, se había escapado antes, pero después de lo ocurrido en ese pasillo -que, al parecer, sí había sucedido de verdad-, noté que también se había asustado. Verla ahora con ganas de jugar me tranquilizaba; al menos parecía que el susto había pasado.
-De acuerdo. Ven, pongo este libro en su lugar y jugamos, ¿sí?
Efir tomó el libro con sus pequeñas patas, lo sujetó con el hocico y bajó de mi regazo para llevarlo a donde pertenecía.
Aunque en esta casa solo estuviéramos ella y yo, su compañía significaba mucho para mí. Siempre estaba pendiente de mí, igual que yo de ella. Me ayudaba a mantener el orden, conocía de memoria dónde iba cada libro y cómo se hacían muchas cosas. Nunca la dejaba cargar objetos pesados, pero cuando tocaba limpiar, me asistía sacudiendo telarañas y polvo de los lugares altos o ayudando con las ventanas. Cuando enfermaba, incluso me traía la medicina. Algo que siempre tenía presente -y que agradecía profundamente- era haberla encontrado.
Unas horas más tarde, cuando el sol estaba por esconderse marcando las cinco y cuarenta y seis de la tarde, me disponía a preparar la cena. Me encontré con el collar de Efir, el cual últimamente no se dejaba colocar. Comencé a buscarla por toda la casa llamándola:
-¡Efir! ¡Ven aquí, hay que volverte a poner tu collar!
Llegué a mi cuarto y la encontré, pero la muy curiosa sostenía una prenda en sus manos... Cuando me vio en la entrada de la habitación, estiró la prenda con sus manitas hacia arriba para que yo la tomara. Accedí y me acerqué; al tomarla en mis manos, me di cuenta de que era la capa que me regaló mi mamá en el último cumpleaños que pasó conmigo en vida.
La capa era de color violeta oscuro con capucha y no era tan larga; no me la había probado desde hacía un año... Pero se me ocurrió una idea. Después de unos minutos, ya estaba vestida con un pantalón algo ajustado color azul profundo con diseños de estrellas que yo misma le hice con un hilo de color gris, una camisa color vino de cuello alto sin mangas y una estrella de seis puntas dorada, bordada justo en medio del pecho. Sí, lo admito, me encanta todo lo que tenga que ver con la astronomía, así que algunas de mis prendas tenían estrellas y constelaciones. Añadí guantes cortos, un lindo y elegante cinturón plateado que tenía pequeños cristales lavanda claro con reflejos blancos y, para finalizar, unas botas elegantes, ni tan altas ni tan largas, de color negro.
Con este atuendo me paré frente al espejo grande de mi cuarto. Me acomodaba mi cabello largo mientras me miraba de arriba abajo, pero de pronto... ya no era yo quien estaba ahí... ¿O sí era yo? Frente al espejo ahora había una chica idéntica a mí, con ropa casi idéntica a la mía, pero parecía de la realeza antigua. Además, llevaba una hermosa corona con una estrella de seis puntas de un color lavanda un poco fuerte. ¿Era un vestido lo que estaba usando? Parecía serlo, pero uno más cómodo que los normales; era como si lo utilizara para moverse con más facilidad en una pelea o para correr. También llevaba una capa casi idéntica a la mía y guantes iguales, solo que blancos.
Al ver esos detalles, retrocedí unos cuantos pasos. Ese era el mismo vestuario que siempre llevaba en mi pesadilla... ¡Lo que me asustó más fue ver que su rostro era idéntico al mío! Pero su cabello no, ya que era de un color violeta oscuro con reflejos de tono amatista y mechones claros al frente. Sus ojos eran de un violeta claro con reflejos suaves. Lo más impresionante era que ese reflejo imitaba mis movimientos como si en verdad fuera yo la que estuviera ahí. Al notar eso, tragué en seco.
Unos lindos chillidos tiernos llamaron mi atención. Era Efir. La pequeña me miraba curiosa mientras movía su cola a los lados; al parecer, no había percibido el reflejo en el espejo.
-¡Asombroso... aún me queda y me queda genial! ¿Qué dices, Efir, me queda bien? -pregunté para disimular. Esperaba que no hubiera visto ese reflejo porque temía que se volviera a asustar.
Me volteé por completo para mirar a la pequeña, que asentía con su cabecita ante mi pregunta, haciendo que una sonrisa feliz se dibujara en mis labios. Volví a mirar al espejo y esa silueta ya no estaba. Luego me agaché un poco, estirando mis manos hacia ella.
-Vamos, pequeña, es hora de preparar una rica cena, ¿no crees?
Efir rápidamente corrió hacia mí y subió por uno de mi brazos hasta acomodarse en mi hombro izquierdo. Me puse de pie y fui directo a la cocina.
Me quise quedar con la ropa un rato más; me hacía sentir que mi madre estaba cerca otra vez. Al terminar la comida, fui a servirme un poco de agua, pero me sobresalté al creer ver algo moverse y solté el vaso de vidrio. Cayó al suelo y se hizo añicos con un estruendo seco.
-Ay, por favor... -murmuré-. Ahora me toca limpiar. ¿Dónde habré dejado la escoba?
Di unos pasos hacia atrás, cuidando de no lastimarme, y levanté con cuidado la mano. Sin pensarlo demasiado, moví suavemente el índice en pequeños círculos sobre los fragmentos de vidrio.
-Creo que solo movería el dedo y el vidrio se iría flotando directo al cesto de basura... ¿no? Aunque no cre...
Me quedé a mitad de palabra.
Los pedazos de vidrio se elevaron del suelo.
Contuve el aliento. Seguían el movimiento de mi dedo con una obediencia inquietante. Con el pulso tembloroso, guié los fragmentos hasta el cesto de basura. Cuando, asustada, llevé la mano al pecho y detuve el gesto, los vidrios cayeron dentro con un leve tintineo.
-De acuerdo... ya basta -susurré-. Ya fue mucho por hoy de... lo que sea que esté pasando.
Al girarme, me encontré con Efir. Llevaba el calendario entre los dientes.
-¿Y eso, pequeña?
Tomé el calendario y noté una fecha marcada con cuidado: mañana. Mi cumpleaños. Alcé la vista hacia el reloj de la pared. Marcaba las las once y cincuenta.
-Dentro de diez minutos tendré dieciocho...
Dejé el calendario sobre la nevera y levanté a Efir en brazos.
-Bueno, pequeña, es hora de dormir. Pero antes... tengo una sorpresita que sé que te va a gustar.
En mi cuarto la dejé sobre la mesa, junto a mis libros. Busqué entre los cajones hasta encontrar una pequeña capa hecha a su medida. Se la coloqué con cuidado y di unos pasos atrás.
-¿Y bien? ¿Te gusta? -sonreí-. Este es mi regalo de cumpleaños para ti.
Nunca supe cuándo había nacido Efir; desde que la encontré, celebramos su cumpleaños junto al mío. Verla moverse feliz con la capa me llenó de una alegría cálida. Aplaudí suavemente.
-Genial. Me alegra que te guste. Ahora combinamos.
Entonces, el reloj de la mesita de noche marcó la medianoche. Oficialmente, tenía dieciocho años.
De pronto, el ambiente del cuarto cambió. Una brisa suave comenzó a recorrer el lugar, creciendo poco a poco. Los papeles del escritorio se levantaron y se esparcieron; algunos libros cayeron al suelo.
Y entonces ocurrió.
Un portal se abrió frente a nosotras: una espiral oscura mezclada con destellos magenta. Sentí cómo nos absorbía. Logré aferrarme al suelo, pero Efir no tuvo la misma suerte.
-¡Efir!
Me lancé hacia ella, tomé sus pequeñas patas, pero el tirón fue más fuerte. El portal nos engulló a ambas.
No supe cuánto tiempo estuvimos allí.
Cuando abrí los ojos, estaba tendida en el suelo. El golpe había sido fuerte. De inmediato busqué a Efir, y entonces sentí algo contra mi pecho. Estaba allí, abrazada a mí, aferrada a mi blusa.
-Tranquila, pequeña... estamos bien.
Poco a poco se soltó y trepó hasta mi hombro.
-Bueno... -murmuré-. ¿Y ahora dónde estamos?
Era de día. Nos encontrábamos en un extenso campo abierto. A lo lejos se distinguía un gran pueblo. A unos pasos, un letrero llamó mi atención. Me acerqué y leí:
"Bienvenidos a la Ciudad de la Villa Dorada".
Fruncí el ceño.
-Nunca oí de un lugar así... -me detuve-. Además... ¿cómo logré leer esto?
La escritura no era de mi mundo.
Escuché el sonido de un carruaje acercándose por detrás, seguido de una voz desconocida.
-¡Oh! ¡Hola, amiga!
Me coloqué la capucha con rapidez y susurré a Efir:
-Seamos discretas.
Me giré con cautela.
-Hola... ¿quién eres?
La chica frente a mí tenía rasgos amables. Su cabello largo, de un tono miel dorado con reflejos de trigo, estaba atado con una cinta naranja. Sus ojos verdes, del color de las hojas, transmitían sinceridad. Vestía pantalones de mezclilla clara, botas de trabajo marrones, una camisa blanca arremangada y un chaleco marrón con manzanas bordadas en hilo dorado. Un sombrero vaquero completaba su atuendo. Era segura, relajada...
Oculté mi sorpresa tras un rostro sereno.
-¡Hola, caramelo! Me llamo Alura Honora. Es un placer conocerte. ¿Y tú? -Su mirada bajó hacia Efir-. ¿Y esa cosita tan tierna cómo se llama? No pareces de por aquí... ¿estás perdida? Si necesitas ayuda, con gusto te extenderé una mano.
-Un placer, Alura. Me llamo Lyra Starfell -respondí-. Ella es Efir. Y sí... podríamos decir que estamos perdidas. ¿Qué lugar es este?
Alura rió suavemente mientras acomodaba su sombrero.
-Pareciera que vinieras de otro mundo. Estás en el Reino de Equix, por supuesto.
-¿Equix?
-Sí. Y el pueblo de más adelante es donde vivo. ¿Quieres que te dé un tour?
Miré de nuevo hacia el pueblo. El día era claro, los pájaros cruzaban el cielo y todo parecía extrañamente tranquilo. Volví a mirarla. No tenía muchas opciones.
-Te lo agradecería, Alura.
Me ayudó a subir a la carreta y me ajusté mejor la capucha. Mientras avanzábamos hacia el pueblo, mi mente se llenó de preguntas. ¿Cómo se había abierto ese portal? ¿Lo había provocado yo? ¿Qué era realmente Equix? Y, sobre todo... ¿cómo volvería a casa?








