Capítulo 1
“La justicia debe siempre interrogarse a sí misma, de la misma manera que la sociedad debe interrogar a su justicia”.
Michel Foucault
Peyton suspiró cansado; no podía seguir así. Tenía que terminarlo, aunque fuera por su propia cordura. Mirando a sus compañeros que se movían con tranquilidad sin entender el peso de su culpa, se armó de valor y entró en la oficina. Al ver a su jefe, no lo dudó y colocó los objetos en la mesa: su arma, un sobre con su renuncia y, por último, su placa de metal, la cual golpeó el escritorio de roble con fuerza.
El jefe de la central se sorprendió por un momento. Levantando la mirada, paseó sus ojos cansados por los objetos y luego observó el rostro del detective. Sus facciones se endurecieron enseguida, arrugando la frente en una mezcla de incredulidad y frustración ante lo que aquello implicaba.
—¿Qué demonios es esto, Peyton? —preguntó con voz ronca, levantándose con furia.
—Mi renuncia —respondió de inmediato. Las palabras eran pesadas y sus dedos se humedecieron con la urgencia de tomar nuevamente su arma; no podía, no debía, y eso tal vez era lo que más dolía.
El jefe soltó una carcajada burlona, negándose a creer que el hombre que vivía para el trabajo estuviera diciendo tal estupidez. Se sentó nuevamente y miró a Peyton con diversión.
—¿Tu renuncia? Tú te has vuelto loco. ¡Eres el mejor detective que tiene esta maldita ciudad! En tu historial no hay un solo caso no resuelto. Tú, que prefieres dormir en la oficina antes que ir a casa. El hombre obsesivo que añoraba atrapar asesinos. ¿Andas diciéndome ahora que dejas todo? Será mejor que tengas una muy buena explicación. ¿O es acaso que aún no lo has superado? ¿Necesitas más tiempo? El psicólogo dijo que ya podías volver, pero si necesitas más tiempo, solo dilo.
Peyton dio un paso atrás, manteniendo las manos enterradas en los bolsillos de su abrigo. Sus dedos rozaron una pequeña fotografía arrugada que cargaba en secreto, una imagen que congelaba el inicio de su propia destrucción. El detective dudó. Sus labios se abrieron para confesar la verdad, para gritarle a su jefe que el enemigo ya no estaba afuera, sino metido en su propia cabeza. Pero las palabras se quedaron atascadas en su garganta.
¿Cómo explicarle que el cazador había sido cazado? ¿Cómo decirle que un fantasma sin huellas le había arrebatado el alma antes de que jalara el gatillo?
Peyton cerró los ojos con fuerza, intentando apartar sus oscuros pensamientos. No quería recordar; era pedir demasiado. Todo había sido una idiotez, un juego torcido diseñado para destruir todo lo que él era. Quería reír de lo ingenuo y tonto que había sido al creer que podía triunfar. Dioses, qué tonto. ¿Cuántas veces se rió de él mientras lo miraba? Pero nada de esto importaba ya. Al final, no creía que hubiera podido escapar de ÉL. Si tan solo se hubiera rendido, si se hubiera apartado... Pero el “hubiera” no existe, y ahora debía cargar con el peso de lo sucedido.
Seis años antes...
Peyton caminaba con cuidado por el muelle industrial. El lugar estaba deteriorado; a simple vista, cualquiera diría que estaba abandonado, pero ciertas pistas sutiles le confirmaban que había gente allí adentro. Sabía que debían actuar rápido para capturar a la mayor cantidad de sospechosos; el problema era el frío que le estaba congelando hasta los huesos. Retrasar la operación no era una opción viable. El operativo había comenzado hacía meses y los altos mandos estaban impacientes; además, si no caían hoy, lo más probable era que perderían el rastro de toda la banda de Bobby, y eso no se lo podía permitir.
Detrás del detective, el escuadrón completo de asalto se posicionó a la espera de sus órdenes. Entre ellos destacaba Ian, su compañero y mano derecha, quien mantenía su arma en posición con una tensión evidente en los hombros, delatando unos nervios que intentaba contener a duras penas. Al frente, justo dentro del almacén número cuatro, la peligrosa banda criminal cerraba el trato de contrabando de drogas.
Fue en ese instante de máxima concentración cuando un suave clic interrumpió sus pensamientos. El teléfono de Peyton comenzó a vibrar en su bolsillo; la pantalla marcaba las cinco de la mañana, la hora habitual en la que siempre despertaba para ir a la comisaría. Otra vez se había olvidado de desactivar la alarma. “Perfecto”, pensó avergonzado. Lo único bueno era que siempre lo configuraba en vibrador. Ian siempre se burlaba porque ponía una alarma sin sonido; él no entendía lo sensible que era Peyton hacia el ruido y que no necesitaba una estúpida voz monótona para despertarse, o para recordarle que debía ir a almorzar.
—Señor, el equipo táctico está en posición en las salidas traseras —susurró Ian a su lado, sin apartar los ojos de la ranura de la puerta—. Esperamos su señal.
Peyton observó el interior del lugar a través de la mirilla de la puerta metálica. Había al menos doce hombres armados, liderados por un traficante de alto perfil al que le había seguido el rastro durante meses. Encontrar un soplón había sido lo más difícil del caso, pero una vez atrapados, todos se quebraban con las palabras correctas; y él era sumamente bueno en eso. Miró a la banda. Estaban confiados, creían que el muelle era territorio seguro. “Qué estúpidos”, pensó, un poco molesto por lo atrevidos que eran esos criminales.
—No les daremos tiempo de reaccionar —ordenó con voz firme, asumiendo el liderazgo del operativo. Sabía que si aquello fallaba, sería su propia cabeza la que rodaría después de todo—. Ian, tú entras conmigo para flanquear por la izquierda. El equipo de asalto asegura la zona central del almacén. Prioridad absoluta: mantener a nuestros hombres a salvo. Intenten capturar a la mayor cantidad de sospechosos con vida, pero si levantan un arma, fuego libre; eliminen la amenaza. Al líder me lo dejan a mí, a ese lo quiero vivo. A mi cuenta.
El detective ajustó el agarre de su arma reglamentaria. El contacto con el frío del metal disparó su adrenalina; su corazón latía con fuerza. Peyton tenía miedo, sabía que todo podría salir mal, pero para esto se había inscrito. No podía fallarle a su equipo. Él era el líder, ¿cómo podía pedirles que arriesgaran sus vidas si él mismo no lo hacía?
—Tres... dos... uno... ¡Entren! —Grito con fuerza.
El equipo golpeó con fuerza la puerta. El metal no fue un rival digno para el ariete de asalto; la estructura cedió con facilidad y el estruendo asustó a los sospechosos, creando valiosos segundos de desconcierto que el detective y su equipo aprovecharon al máximo.
—¡Policía! ¡Todos al suelo, ahora mismo! —la voz de Peyton tronó en todo el almacén.
El caos se desató al instante. Dos de los criminales intentaron desenfundar sus pistolas automáticas, pero los reflejos de Peyton fueron más rápidos. Dos disparos limpios de su parte impactaron en los hombros de los agresores, haciéndolos caer al suelo mientras soltaban alaridos de dolor. Ian se movió rápido también, apartando de una patada las pistolas de los caídos y apuntando a los otros, quienes enseguida se arrojaron contra el suelo; sabían que los habían atrapado con las manos en la masa.
—¡El que se mueva termina en una bolsa de morgue! —rugió de nuevo, avanzando con paso firme por el centro del lugar mientras apuntaba directamente a la cabeza del líder de la banda, quien lo miraba con ira y con las manos en alto.
Ian avanzó por la izquierda, desarmando a los sospechosos restantes con una precisión limpia que camuflaba sus nervios iniciales. En menos de dos minutos, el almacén completo estaba asegurado: doce criminales sometidos en el suelo y un cargamento millonario incautado.
Peyton caminó hacia el líder de la banda, colocándole las esposas con brusquedad. Lo levantó del suelo por el cuello de la chaqueta, obligándolo a mirarlo directamente a los ojos. El hombre tenía la mirada inyectada en sangre, probablemente por haber probado la mercancía.
—Tenías que hacerlo, ¿no es así, Bobby? —le susurró con ese toque de sarcasmo y arrogancia que lo caracterizaba—. Tu juego terminó.
En ese momento, mientras el sonido de las sirenas policiales comenzaba a inundar el muelle a la distancia, Peyton se sentía profundamente orgulloso. Por fin lo había logrado; después de meses de un largo trabajo, había capturado a ese bastardo. Ahora solo faltaba ir a la central y presentar el informe; esperaba que los superiores estuvieran satisfechos con los resultados y que esto acelerara su tan ansiado traslado.








