La nueva vecina
SofĂa RamĂrez observĂł por Ăşltima vez la calle desde la ventana del taxi antes de bajar con dos maletas y una caja llena de libros. HabĂa dejado atrás su antigua ciudad, un trabajo agotador y una relaciĂłn que terminĂł peor de lo que imaginaba. Necesitaba un nuevo comienzo.
El edificio Magnolia se alzaba frente a ella. Era una construcciĂłn antigua de ladrillos rojizos y balcones de hierro forjado. Aunque el tiempo habĂa desgastado su fachada, seguĂa teniendo cierto encanto. Los vecinos entraban y salĂan saludándose por su nombre, como si fueran una gran familia.
Mientras subĂa las escaleras con esfuerzo, sintiĂł que varias miradas curiosas la seguĂan desde las puertas entreabiertas.
—Debe ser la nueva inquilina.
—Ojalá tenga más suerte que los anteriores...
Los murmullos le parecieron extraños, pero decidió ignorarlos.
Después de desempacar parte de sus cosas y acomodar algunos muebles, el cansancio terminó venciendo. Aquella noche esperaba dormir profundamente.
Sin embargo, cerca de la medianoche, unos gritos la despertaron.
La nueva vecina
SofĂa RamĂrez llevaba apenas dos dĂas viviendo en el edificio Magnolia, un lugar antiguo de cinco pisos donde todos parecĂan conocerse.
Buscaba empezar de nuevo después de cambiar de ciudad por trabajo.
La primera noche escuchĂł a los vecinos discutir en el pasillo.
—¡Alguien entró a mi departamento! —gritó una anciana.
—Solo desapareció una caja de joyas... pero la puerta estaba cerrada.
La policĂa llegĂł, tomĂł declaraciones y se marchĂł sin encontrar pistas.
A la mañana siguiente, mientras SofĂa recogĂa el correo, un hombre de cabello gris la observaba desde la puerta del apartamento 4B.
—Eres la nueva.
—SĂ...
—Ten cuidado. Aquà pasan cosas extrañas.
—¿Quién es usted?
El hombre sonriĂł.
—Daniel Ortega. Detective retirado.
Antes de entrar a su apartamento añadió:
—Y creo que el ladrón aún vive entre nosotros.
SofĂa sintiĂł un escalofrĂo.
Durante el resto del dĂa, aquellas palabras no dejaron de darle vueltas en la cabeza.
ÂżUn ladrĂłn viviendo en el mismo edificio?
Aquello sonaba como una historia sacada de una novela de misterio.
Al caer la tarde decidió bajar a comprar café. Mientras esperaba el ascensor, notó que varios vecinos hablaban en voz baja y callaban en cuanto alguien se acercaba.
Una mujer de unos cuarenta años le sonrió con nerviosismo.
—¿Ya conociste al señor Daniel?
—SĂ... parece muy serio.
—Lo es. Antes resolvĂa casos imposibles. Desde que se jubilĂł vive aquĂ, pero nunca perdiĂł el hábito de observarlo todo.
—¿Y cree que realmente hay un ladrón?
La mujer dudĂł unos segundos antes de responder.
—En los últimos seis meses han desaparecido dinero, joyas, documentos... incluso un reloj antiguo. Nunca hay puertas forzadas ni ventanas abiertas.
—¿Y la policĂa?
—No ha encontrado ninguna prueba.
Las puertas del ascensor se abrieron y la conversaciĂłn terminĂł.
Aquella noche, SofĂa regresĂł con varias bolsas del supermercado. Mientras buscaba sus llaves, escuchĂł un leve clic detrás de ella.
Se giró rápidamente.
No habĂa nadie.
Solo el pasillo completamente vacĂo.
Cuando entró a su apartamento sintió un extraño impulso y revisó todas las habitaciones.
Nada estaba fuera de lugar.
SuspirĂł aliviada.
Pero justo antes de cerrar las cortinas, vio algo desde la ventana.
En el edificio de enfrente, el señor Daniel permanecĂa inmĂłvil en su balcĂłn con unos binoculares.
No estaba observando la calle.
Estaba vigilando el edificio Magnolia.
Y, por un instante, pareciĂł mirar directamente hacia la ventana de SofĂa.
Ella retrocediĂł un paso.
Tal vez el detective tenĂa razĂłn.
Porque aquella noche sintiĂł, por primera vez, que alguien observaba cada movimiento de los habitantes del edificio... esperando el momento perfecto para volver a actuar.








