CAPÍTULO 1
Hay algo que nadie te dice sobre el bloqueo:
No hace ruido.
Él decidió que ya no existes.
Solo el silencio.
Un silencio que al principio confundes con mala señal, con el teléfono descargado, con un error del sistema.
Hasta que marcas dos veces más y entiendes, con esa claridad fría que solo da la experiencia, que no es el sistema.
Eres tú.
Siempre eres tú la que queda afuera.
Me quedé mirando la pantalla durante cuarenta y tres segundos.
Lo sé porque conté.
Uno de los hábitos absurdos que desarrollé el año pasado: contar segundos cuando el pánico amenaza con subir demasiado rápido.
Mi terapeuta dice que es una forma de anclarme al presente.
Paso por ti a las ocho.
Las ocho.
Luego las nueve.
Luego el vino, que empezó como paciencia y terminó como anestesia.
Marcarle fue el error.
Lo supe en el instante en que el tono no entró, en que el silencio del otro lado fue diferente — demasiado inmediato, demasiado limpio.
No era un teléfono que no contestaba.
Era un teléfono que me había cerrado la puerta.
Bloqueada.
Otra vez.
Lo primero que sentí no fue tristeza. Eso vino después. Lo primero fue algo parecido a la vergüenza — una vergüenza caliente, casi física, como si alguien me hubiera visto caer.
Y supongo que sí: yo misma me había visto caer.
Otra vez en el mismo lugar, con el mismo hombre, repitiendo los mismos pasos de una coreografía que prometí olvidar hace exactamente catorce meses.
Catorce meses.
Eso fue la última vez que su nombre desapareció de mi teléfono así — sin explicación, sin pelea, sin nada que me permitiera entender qué había salido mal.
Solo el silencio donde antes había un hombre que me miraba como si yo fuera la respuesta a una pregunta que llevaba años haciéndose.
Guardé el teléfono. Bebí lo que quedaba del vino.
Miré las luces de la ciudad desde mi terraza con esa actitud serena y terrible que solo adquieres cuando has sufrido tanto de la misma forma que el dolor ya no te sorprende, solo te cansa.
Ya sé cómo termina esto, pensé.
Y eso, de alguna manera, fue lo más triste de todo.
No voy a pretender que no lo vi venir.
Las señales estaban ahí — siempre están ahí con Nicolás, claras en retrospectiva y casi invisibles en el momento, porque él tiene esa habilidad peculiar de hacerte sentir que todo está bien justo cuando está a punto de desaparecer.
Un mensaje de más. Una foto enviada sin razón aparente. Una llamada larga un domingo por la tarde donde habló de sus proyectos, de sus sueños, de un viaje que quería hacer y en el que, entre líneas, me estaba invitando sin invitarme.
Así opera Nicolás Reyes cuando tiene miedo.
Te acerca justo antes de alejarse.
Lo conocí hace tres años en el lanzamiento de una colección para la que yo manejaba la comunicación y él era el fotógrafo contratado.
Llegó tarde, con esa seguridad irritante de quien sabe que puede permitírselo, y pasó la noche mirando el mundo a través del lente con una concentración que encontré, primero, profesional y luego, sin darme cuenta del momento exacto en que ocurrió el cambio, absolutamente hipnótica.
Me tomó la primera foto sin pedirme permiso.
Cuando fui a reclamarle, me mostró la pantalla de la cámara y yo me quedé callada porque la mujer que había capturado no era la que yo conocía del espejo: era alguien que no sabía que la estaban mirando y, precisamente por eso, era completamente real.
— ¿La borro? — preguntó. Su voz era tranquila, casi indiferente, pero sus ojos esperaban.
— No — dije.
Y ahí empezó todo.
Tres años.
Dos desapariciones completas.
Un regreso que prometió ser diferente.
Y ahora esto: un martes con vestido puesto, número bloqueado y la certeza absoluta de que mañana voy a levantarme, voy a ir al trabajo, voy a coordinar eventos para que otras personas celebren sus momentos felices, y nadie va a saber que por dentro cargo algo que no sé muy bien cómo nombrar.
¿Decepción? Demasiado suave.
¿Rabia? Sí, también.
Pero debajo de la rabia hay algo más viejo y más cansado.
Hay una pregunta que llevo tres años sin poder responder:
¿Qué es lo que ve cuando me mira y decide que no soy suficiente para quedarse?
Apagué la luz de la terraza.
Entré al apartamento.
Dejé la copa sobre la mesa.
Y entonces mi teléfono vibró.
No era él — Nicolás nunca vuelve tan rápido.
Era una notificación de Instagram: una foto recién publicada desde una cuenta que reconocí de inmediato.
La cuenta de él.
Una imagen nocturna de alguna ciudad que no era esta, tomada desde lo que parecía la ventana de un hotel.
Sin texto.
Sin ubicación etiquetada.
Sin nada.
Pero en el reflejo del cristal, apenas visible, había una silueta.
Y no estaba solo…
***
Lo hice antes de pensarlo demasiado.
Esa es la única forma en que funciona con Mariela — actuar antes de que el cerebro intervenga, porque cuando el cerebro interviene, recuerdo cómo huele su cabello cuando se ríe, y entonces ya no puedo hacer nada.
Me quedo paralizado en el mismo lugar de siempre: queriéndola y sabiéndome incapaz de darle lo que merece.
El bloqueo fue a las 11:03 de la noche.
Lo sé porque lo miré dos veces antes de confirmar, como si el teléfono me fuera a pedir una segunda opinión.
No me la pidió.
Solo ejecutó la orden y listo — Mariela Sepúlveda dejó de existir en mi pantalla con la misma facilidad con la que yo, al parecer, dejé de existir en su vida cada vez que la distancia me dio una excusa.
Lo que no le digo a nadie, lo que no me digo ni a mí mismo en voz alta, es que no la bloqueé porque quiera alejarla.
La bloqueé porque tenía su número memorizado y sabía que a las dos de la mañana, cuando el silencio del cuarto de hotel se volviera demasiado pesado, iba a llamarla.
Y ella iba a contestar.
Y su voz iba a tener esa textura particular que tiene cuando acaba de llorar y trata de que no se note, y yo iba a deshacer en treinta segundos el único acto de honestidad que he tenido con ella en tres años.
El bloqueo no es para hacerle daño.
El bloqueo es para no hacerle más daño del que ya hice.
Sofía estaba en el balcón cuando guardé el teléfono.
Sofía Montás, directora creativa de la agencia que me contrató para este proyecto, con una copa de vino en la mano y esa manera que tiene de mirar la ciudad como si le perteneciera.
Llevábamos cuatro días trabajando juntos en Medellín — sesiones largas, mucho café, la energía particular que se genera cuando dos personas creativas están construyendo algo que les importa.
No hay nada entre Sofía y yo.
Lo aclaro porque sé que desde afuera, desde el punto de vista de alguien que acaba de ver mi Instagram, la escena podría leerse diferente.
— ¿Todo bien? — preguntó sin voltear.
— Sí — dije. La palabra salió demasiado rápido.
Sofía sí volteó entonces, con esa mirada de quien ha aprendido a leer lo que la gente no dice.
Trabajar en comunicación visual te afina ese sentido — aprendes a ver lo que está fuera de cuadro.
— Mentira — dijo, sin crueldad.
Solo como un dato.
No respondí.
Tomé mi cámara de la mesa y salí al balcón.
Medellín de noche tiene esa densidad particular de ciudad que no duerme del todo, luces trepando las montañas como una constelación al revés.
La fotografié desde el cristal del balcón, con Sofía de espaldas en el borde del encuadre, sin pedirle permiso — el mismo gesto instintivo que me define, capturar antes de preguntar.
La subí a Instagram sin pensar mucho. Sin texto. Sin ubicación.
Solo necesitaba que existiera en algún lugar fuera de mi cabeza.
Mariela me preguntó una vez por qué fotografío tanto.
Fue una noche en su apartamento, hace poco más de un año, cuando todavía creíamos que esta vez iba a ser diferente.
Estábamos en su cama y yo tenía la cámara en la mano — siempre tengo la cámara en la mano, incluso cuando no debería — y ella me miró con esa mezcla de curiosidad e irritación que solo ella sabe combinar.
— Es como si necesitaras atrapar todo — dijo. — Como si tuvieras miedo de que se vaya.
Le respondí algo sobre el arte y la memoria y la permanencia de la imagen.
Algo que sonó inteligente y que era completamente falso.
La verdad es más simple y más vergonzosa: fotografío porque no sé quedarme.
Y si no sé quedarme, al menos puedo llevarlo conmigo en una imagen.
Puedo tener a Mariela en quinientas fotografías que nunca le he mostrado — Mariela concentrada revisando contratos, Mariela riéndose de algo que dije sin querer ser gracioso, Mariela dormida con el brazo cruzado sobre la frente como si se defendiera de sus propios sueños.
Tengo todo eso guardado.
Y aun así me fui.
A las dos de la mañana, como había predicho, el cuarto de hotel se volvió demasiado pesado.
Abrí el teléfono.
Fui directo a la lista de bloqueados — no tengo idea de qué esperaba encontrar ahí, como si el nombre de Mariela fuera a haberle crecido una nota explicando por qué lo que hice tenía sentido.
No tenía sentido.
Lo sé.
Cerré el teléfono.
Lo puse boca abajo sobre la cama.
Me quedé mirando el techo con esa sensación familiar de haber tomado la decisión correcta por las razones equivocadas, o las razones correctas por el método equivocado — nunca logro distinguirlo con claridad cuando se trata de ella.
Fue entonces cuando vi la notificación.
No de Mariela — eso era imposible, la había bloqueado.
Era de un número que no tenía guardado, un mensaje de texto de once palabras que me dejó completamente inmóvil en la oscuridad del cuarto:
“Nicolás. Soy Vale. Mariela está bien. Pero necesitas saber algo.”









está interesante