PRÓLOGO
El fuego iluminaba la noche como un segundo amanecer.
Zullen tenía nueve años cuando vio a su padre caer. El Protector Mano del distrito, el quinto hombre de su familia en ocupar ese cargo, yacía en el barro con una flecha clavada en el pecho. Los soldados de las Cebras huían entre las llamas, pero el daño ya estaba hecho.
—Papá…
El niño corrió hacia él, arrodillándose en el lodo. Las manos del anciano temblaban mientras tocaban la mejilla de su hijo.
—No llores, pequeño. Los Mano no lloran.
—Pero te estás muriendo.
—Sí —el padre sonrió, y la sangre tiñó sus dientes—. Pero la aldea está a salvo. Eso es lo que importa.
Zullen apretó los puños. A su alrededor, los aldeanos empezaban a asomarse entre las puertas chamuscadas. Nadie se acercó. Nadie ayudó a levantar al moribundo.
—¿Por qué no vienen? —preguntó Zullen con la voz quebrada.
—Porque me tienen miedo —susurró el padre—. No entienden que la violencia que uso es para protegerlos. Me llaman cruel. Me llaman monstruo. Pero siempre ha sido así. Mi padre, el padre de mi padre… todos fuimos llamados igual.
—¿Entonces por qué lo hiciste? ¿Por qué aceptaste ser Mano?
El padre tosió sangre. Pero sus ojos seguían brillando.
—Por ti.
Zullen parpadeó.
—Cuando naciste, supe que no podía protegerte solo. La aldea era pobre, los ataques de las Cebras cada vez más frecuentes. Así que acepté el trato de los Mano.
—¿Qué trato?
—No cobramos dinero por proteger. No necesitamos monedas. Pero tenemos derecho a tomar víveres, comida, transporte. Todo gratis. Las aldeas nos odian por eso. Pero sin nosotros, los soldados las habrían destruido hace años.
El padre apretó la mano de Zullen con fuerza.
—Acepté ser Mano para darte seguridad. Para que tuvieras comida, ropa, un techo. Para que no tuvieras que mendigar.
—Pero los Mano no te salvaron —susurró Zullen, con rabia contenida—. Los Cebras te mataron igual.
El padre negó con la cabeza, aunque el movimiento le costó un espasmo de dolor.
—Los Mano no son dioses, hijo. No pueden estar en todas partes. El ataque de hoy… no tuvo nada que ver con el sistema. Fue un golpe de los Cebras, como los cientos que hemos sufrido. Los Mano me dieron armas, entrenamiento, recursos. Pero no pudieron evitar que una flecha me alcanzara. Eso no es culpa de ellos. Es culpa de los que dispararon.
Zullen apretó los dientes. No entendía. ¿Cómo podía su padre defender a los que no lo salvaron?
—Ahora tú ocuparás mi lugar —continuó el padre—. Los Mano ya te han visto. Te han registrado como mi heredero.
—¿Sin preguntarme?
—El sistema no pregunta, hijo. Solo necesita manos. Pero no los culpes. Ellos no me mataron. Los Cebras lo hicieron. Y tú, cuando crezcas, los enfrentarás. Los domarás. Como yo intenté hacer.
El padre tosió de nuevo. La sangre manchaba su barbilla.
—Escúchame bien. No huyas de los Mano. No los odies. Son lo único que mantiene a esta aldea en pie. Sin ellos, los Cebras ya nos habrían borrado del mapa. Acepta el cargo. Sé el Protector. Y protégete a ti mismo también. No cometas mi error: yo descuidé mi propia seguridad por salvar a otros. Tú… tú sé más listo. Más frío. Más calculador. No dejes que te maten por confiado.
Zullen apretó los puños. Las lágrimas quemaban sus ojos, pero no cayó ninguna.
—Te lo prometo, papá. No dejaré que nadie muera. Nunca más. Y cuando los Cebras vuelvan, los haré pagar.
El padre sonrió por última vez. Y su mano se aflojó.
Zullen se quedó solo, arrodillado en el barro, con el cadáver de su padre entre los brazos. Los aldeanos comenzaron a cerrar sus puertas. Nadie dijo una palabra. Nadie ofreció consuelo.
Esa noche, Zullen entendió tres cosas:
Primera: que su familia había cargado con ese odio durante generaciones, y que él no podía escapar.
Segunda: que el sistema Mano era una jaula dorada. Te daba todo, pero te ataba a un deber que nadie agradecía.
Tercera: que los Cebras eran los verdaderos asesinos. Y que él dedicaría su vida a domarlos. No por venganza. Sino porque su padre le había pedido que fuera más listo que él. Y Zullen lo sería.
Enterró a su padre al amanecer, en la ladera de la montaña, donde nadie más subía. Y mientras la tierra cubría el rostro del único hombre que lo había querido, Zullen tocó el símbolo de los Mano grabado en su propia muñeca.
No los odio. Pero tampoco confío en ellos. Solo confío en mi katana. Y en mi promesa.
Diez años después, los soldados Cebra volvieron a la aldea.
Y Zullen ya no era un niño.








