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The Summer That Never Left

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Summary

Xu Zhiyi tenía un futuro calculado hasta el último minuto. Zhang Jiawei apenas lograba sostener el suyo entre entrenamientos, ausencias y una escuela que solo lo toleraba mientras ganara partidos. Cuando ella acepta ser su tutora, lo que empieza como una transacción académica se convierte en una alianza incómoda, luego en confianza, y finalmente en un verano que ninguno de los dos podrá dejar atrás.

Status
Ongoing
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1 — El estudiante que no debía quedarse dormido

Septiembre de 2017.

El sonido de la tiza golpeando la pizarra en el aula de Física Avanzada era, para Xu Zhiyi, el metrónomo que dictaba el ritmo de su vida.

La Escuela Secundaria N.º 1 de Suzhou no era simplemente un centro educativo; era una estructura de precisión diseñada para filtrar, pulir y clasificar el futuro. En los pasillos, el olor a cera para pisos se mezclaba con la tinta fresca de los exámenes impresos y con ese rastro húmedo que, incluso en septiembre, parecía subir desde los patios después de la lluvia. Todo en aquel lugar, desde la simetría de los tablones de anuncios hasta el timbre estridente que marcaba los cambios de turno, respiraba una competencia silenciosa y brutal.

Esa mañana de martes no era diferente. Frente al inmenso mural rojo del pabellón principal, una multitud de estudiantes se aglomeraba para revisar los resultados del último simulacro provincial. Zhiyi se mantenía al margen, a unos pasos de distancia, con la mochila perfectamente ajustada sobre ambos hombros y un termo de té verde en la mano derecha. No necesitaba empujar ni estirar el cuello; ya sabía cuál era su posición.

—Zhiyi, lo hiciste otra vez —la voz de Chen Ruxin sonó a su lado, vibrante y ligeramente ahogada por la emoción ajena—. Wang Hao debe estar odiándote ahora mismo. Lo pasaste por seis puntos.

Lin Xiaoran, que venía detrás de Ruxin ajustándose las gafas, asintió con una sonrisa tranquila.

—Felicidades. Aunque supongo que para ti no es ninguna sorpresa.

Zhiyi parpadeó, su expresión neutra, casi analítica, mientras sus ojos oscuros escaneaban la lista a la distancia.

—Perdí dos puntos en la última sección de física —respondió, su voz plana y carente de celebración—. El problema sobre termodinámica estaba mal planteado, pero asumí una variable incorrecta al intentar corregirlo. Fue un error de lógica. No debería haber ocurrido.

Ruxin soltó un suspiro dramático, rodando los ojos con cariño.

—Eres insoportable, ¿lo sabías? Cualquier persona normal estaría celebrando. Podríamos ir a comprar té de burbujas después de clases.

—Tengo repaso de matemáticas avanzadas a las cinco —replicó Zhiyi, ajustando el reloj en su muñeca izquierda con un movimiento mecánico—. Y luego debo organizar los apuntes de literatura. Quizás el viernes.

Sus amigas intercambiaron una mirada de resignación. Zhiyi no era fría por malicia; simplemente había aprendido a ordenar su vida como si cada hora tuviera que justificar su existencia. Su familia no necesitaba decirle en voz alta que esperaban la perfección; el silencio en la mesa durante las cenas y las miradas fijas en los reportes de calificaciones eran suficientes. Ella no estaba allí para disfrutar la escuela. Estaba allí para asegurarse un lugar en la parte más alta del orden académico.

El timbre resonó en el pasillo, cortando la conversación. Los estudiantes comenzaron a disolverse con rapidez casi militar, dirigiéndose a sus respectivas aulas.

La clase optativa de Física Avanzada reunía a estudiantes de segundo y tercer año que necesitaban créditos adicionales para fortalecer su expediente. Para algunos, era una estrategia calculada. Para otros, una última oportunidad de cubrir vacíos antes de graduarse.

El aula estaba sumida en un silencio tenso. El profesor Gu Wenbo, un hombre de rostro afilado, metódico hasta la médula y con una reputación de no perdonar la mediocridad, estaba en medio de la resolución de un problema de electromagnetismo.

Zhiyi, sentada en la segunda fila, copiaba los diagramas con trazos firmes y limpios. Su cuaderno era un mapa perfecto de información codificada. Todo estaba bajo control.

Hasta que la puerta trasera del aula se deslizó con un chirrido metálico que hizo que treinta pares de ojos se giraran al unísono.

Zhang Jiawei entró.

No pidió disculpas de inmediato. Simplemente se quedó un segundo en el marco de la puerta, como si estuviera calculando cuánto esfuerzo le tomaría llegar hasta el asiento vacío en la última fila. Tenía diecinueve años, dos más que la mayoría de estudiantes de segundo año presentes en esa optativa, y estaba repitiendo tercero. Para la escuela, Jiawei era una inversión deportiva; para los profesores, un problema difícil de ignorar.

Zhiyi lo observó de reojo. Su uniforme estaba impecable en las reglas básicas, pero llevaba la corbata ligeramente aflojada y el cuello de la camisa desabotonado. Sin embargo, no era rebeldía lo que proyectaba. Era una pesadez densa. Tenía el cabello oscuro todavía húmedo, probablemente por una ducha rápida después de un entrenamiento matutino que se había extendido más de la cuenta, y una tira de cinta kinesiológica asomaba bajo la manga de su camisa, cerca del antebrazo derecho.

—Llega tarde, Zhang —dijo el profesor Gu, sin siquiera voltear a mirarlo, su tiza aún suspendida sobre la pizarra.

—Lo siento, profesor Gu. Estaba en recuperación con el fisioterapeuta —respondió Jiawei. Su voz era grave, ligeramente ronca, carente de la actitud desafiante que uno esperaría de un estudiante problemático. Sonaba, simplemente, exhausto.

—Siéntese y abra el libro en la página ciento doce. Y procure no quedarse atrás.

Jiawei asintió en silencio, avanzó hasta el último pupitre y se dejó caer en la silla. Zhiyi volvió la vista al frente, sus labios apretados en una línea fina. Para ella, la ecuación era simple: Jiawei era un privilegiado. Un atleta al que la escuela le perdonaba la impuntualidad, las ausencias y las malas calificaciones porque era capaz de meter un balón en una red y atraer la atención de ojeadores. Mientras estudiantes como ella sacrificaban horas de sueño calculando logaritmos para asegurar su futuro, él desperdiciaba el espacio en un aula a la que ni siquiera parecía querer asistir.

La clase continuó. Quince minutos después, el profesor Gu se giró hacia la clase.

—El vector de fuerza en este campo magnético se desplaza hacia la izquierda. Basado en la regla de la mano derecha, ¿cuál sería la dirección de la corriente? —Gu paseó la mirada por el aula. Zhiyi ya tenía la respuesta en la punta de la lengua, pero no levantó la mano; Gu prefería emboscar a los distraídos—. Zhang Jiawei. Su respuesta.

Hubo un silencio pesado. Zhiyi giró la cabeza levemente hacia atrás.

Jiawei tenía el codo apoyado en el pupitre y el rostro descansando sobre la palma de su mano. Sus ojos estaban cerrados. La respiración era lenta y rítmica. Se había quedado dormido.

Un murmullo recorrió el aula. Alguien en la fila contigua le dio un codazo rápido. Jiawei se sobresaltó, abriendo los ojos de golpe, desorientado. Pestañeó, mirando la pizarra con el ceño fruncido, intentando enfocar los números y letras que para él debían parecer un idioma alienígena en ese momento.

—Eh... hacia arriba, profesor —aventuró, frotándose los ojos enrojecidos.

Gu Wenbo soltó un suspiro que pareció bajar la temperatura de la habitación varios grados.

—Si la corriente fuera hacia arriba, el campo magnético estaría invertido, Zhang. Está usted en una clase de física, no adivinando los números de la lotería. Quédese al final de la clase.

Jiawei bajó la cabeza, frotándose la nuca con una mano que revelaba los nudillos secos y magullados. No argumentó. No se quejó. Solo dejó escapar una exhalación pesada y asintió.

Zhiyi lo juzgó en silencio. Regresó la vista a su cuaderno y anotó la dirección correcta de la corriente con un trazo oscuro y decidido. No entendía a la gente que no valoraba las oportunidades. Fallar por falta de capacidad era una tragedia; fallar por quedarse dormido era un insulto.

El contraste entre ambos no podía ser más evidente durante el receso del almuerzo.

La biblioteca era el santuario de Zhiyi. Sentada en una mesa junto a la ventana, tenía frente a ella su agenda desplegada. Bloques de colores para cada materia, recordatorios de fechas de entrega, horarios de estudio y simulacros de exámenes. No había un solo espacio en blanco. Su vida estaba planificada hasta el mes de diciembre, calculando el margen exacto de décimas que necesitaba mantener para asegurar las recomendaciones universitarias.

Levantó la vista por un instante para descansar los ojos de la pantalla de su tableta y miró por la ventana hacia el patio principal.

Allí, sentado en uno de los bancos de concreto bajo la sombra de un ginkgo, estaba Zhang Jiawei. No estaba comiendo. Tenía un sándwich a medio desenvolver a su lado, pero su atención estaba fija en la pantalla de su teléfono. A esa distancia, Zhiyi no podía ver qué leía, pero la tensión en sus hombros era visible incluso desde la biblioteca. Vio cómo Jiawei se pasaba la mano por la cara, bloqueaba el teléfono y echaba la cabeza hacia atrás, apoyándola contra el tronco del árbol.

Un par de chicos de tercer año pasaron corriendo, bromeando en voz alta. Uno de ellos le gritó algo sobre el torneo del fin de semana. Jiawei levantó la mano en un saludo débil, forzando una sonrisa que desapareció en el segundo en que los otros le dieron la espalda.

Zhiyi frunció el ceño. Observó sus manos, grandes y de dedos largos, marcadas por pequeños cortes y por la fricción del césped artificial. Luego vio cómo flexionaba los dedos, como si todavía le temblaran por el esfuerzo de la mañana. Había algo en su lenguaje corporal que no encajaba con el arquetipo del atleta arrogante y despreocupado. Parecía alguien funcionando al borde del límite, sin suficiente descanso y sin espacio para detenerse.

El teléfono de Zhiyi vibró sobre la mesa, interrumpiendo su escrutinio. Era un mensaje de la oficina de coordinación académica.

Srta. Xu, por favor pase por la oficina del profesor Gu Wenbo antes de su primera clase de la tarde.

Ella guardó sus cosas con eficiencia automática. Las reuniones con Gu nunca eran para felicitaciones vacías; siempre significaban trabajo.

La oficina del profesor Gu olía a papel viejo, café negro y tinta de impresión. Las paredes estaban cubiertas de estantes repletos de exámenes de años anteriores y gruesos manuales de pedagogía. Cuando Zhiyi entró, Gu estaba revisando unos expedientes detrás de su escritorio.

—Siéntese, Xu —dijo, señalando la silla de madera frente a él.

Zhiyi obedeció, manteniendo la espalda recta y las manos entrelazadas sobre su regazo.

—¿Me mandó llamar, profesor?

Gu cerró la carpeta que tenía en las manos. Zhiyi alcanzó a ver de reojo el nombre en la pestaña: Zhang Jiawei. Una pequeña alarma silenciosa se activó en su cabeza.

—Usted es actualmente la estudiante con el promedio general más alto de la escuela, incluyendo a varios grupos de tercero —comenzó Gu, sin rodeos—. Sus calificaciones en matemáticas, física y lógica estructural son impecables. Pero me preocupa que su expediente extracurricular esté un poco... árido.

Zhiyi tensó la mandíbula.

—Mi enfoque está en mantener la excelencia académica para el ingreso universitario.

—Y lo está logrando. Pero las instituciones de primer nivel buscan algo más que expedientes perfectos —Gu se recostó en su silla, entrelazando los dedos—. El director Liang y yo hemos estado revisando el caso de Zhang Jiawei.

Zhiyi no pudo evitar una ligera mueca.

—El estudiante que se durmió hoy en su clase.

—El mismo —Gu suspiró, un sonido áspero que denotaba genuina frustración—. Pero antes de que forme una opinión definitiva, conviene que entienda algo. Zhang Jiawei no es un chico lento. Tampoco es incapaz. De hecho, considerando la cantidad de clases que pierde por entrenamientos, partidos y viajes, sus notas son mejores de lo que deberían ser.

Zhiyi guardó silencio.

—Entonces, ¿por qué está repitiendo tercer año?

—Por créditos de asistencia —respondió Gu—. El año pasado no pudo graduarse porque no cumplió con el mínimo requerido. No fue por reprobar todas las materias ni por falta de inteligencia. Su calendario deportivo lo destrozó. Entrenamientos, torneos, viajes, recuperación física. Cuando lograba volver al aula, la clase ya estaba tres unidades adelante.

Gu abrió la carpeta y deslizó algunos papeles sobre el escritorio.

—Tiene puntos débiles en matemáticas y física. No son vacíos enormes, pero sí peligrosos. Le faltan piezas. Entiende rápido cuando alguien lo guía, pero no dispone del tiempo necesario para sentarse solo a reconstruir todo desde el principio. Ese es el problema.

Zhiyi bajó la mirada a las notas. No eran brillantes. Tampoco eran el desastre que había imaginado.

—La escuela depende de él para el campeonato regional —continuó Gu—. El programa deportivo recibe financiamiento basándose en resultados, y él es el capitán y la pieza central del equipo. El coach Zhao lo tiene entrenando cuatro horas diarias, además de los viajes los fines de semana. Pero si falla dos materias este trimestre, pierde elegibilidad deportiva. Si pierde elegibilidad, pierde visibilidad. Y si pierde visibilidad, pierde oportunidades.

—Con todo respeto, profesor, eso sigue siendo un asunto de la división de deportes.

—Se convierte en un asunto académico cuando un estudiante inteligente está a punto de quedarse sin futuro por falta de estructura —dijo Gu, con más firmeza—. Lo que necesitamos es que alguien lo ayude a identificar sus huecos rápido, sin tratarlo como si fuera tonto. Usted es la mejor en matemáticas y física. También es lo bastante directa como para no perder tiempo adornando explicaciones.

Zhiyi entendió hacia dónde iba la conversación, y no le gustaba en absoluto.

—¿Me está pidiendo que le dé clases particulares? Profesor Gu, mi tiempo está cronometrado. Tengo mis propios exámenes, preparaciones para olimpiadas académicas... No puedo hacerme cargo de un estudiante que ni siquiera puede mantenerse despierto.

Gu asintió lentamente, como si esperara esa reacción. Abrió un cajón de su escritorio y sacó un sobre con el membrete de la Universidad de Sichuan, una de las instituciones más prestigiosas a las que Zhiyi aspiraba ingresar. Lo dejó sobre la mesa.

—No le estoy pidiendo un favor caritativo, Xu. Le estoy ofreciendo un acuerdo institucional.

Zhiyi miró el sobre, sus ojos deteniéndose en el logo rojo y dorado.

—La escuela necesita que Zhang pase sus exámenes. Si usted asume la responsabilidad de ser su tutora académica, estructura un plan de nivelación, supervisa sus entregas y logra que apruebe el ciclo de invierno con al menos un setenta y cinco por ciento de la nota... el director Liang y yo escribiremos y sellaremos la recomendación más fuerte que esta escuela haya emitido en la última década, directamente dirigida al comité de admisiones de Sichuan.

El silencio en la oficina fue denso. La mente analítica de Zhiyi comenzó a calcular a toda velocidad: el esfuerzo requerido frente a la recompensa obtenida. La Universidad de Sichuan no aceptaba a cualquiera; una recomendación directa del consejo académico de su escuela era prácticamente una llave de oro. Era un trato justo. Un intercambio de recursos.

Zhiyi levantó la vista del sobre y miró directamente a los ojos del profesor Gu.

—¿Cuántas horas a la semana?

—Tres sesiones. Martes y jueves por la tarde, y sábados por la mañana en la biblioteca.

—Quiero autoridad total sobre su esquema de estudio —condicionó ella, su tono volviéndose clínico y profesional—. Si el coach Zhao le exige un entrenamiento que interfiere con mis sesiones, la escuela debe respaldarme a mí. No voy a perder mi tiempo persiguiéndolo si el deporte sigue siendo la excusa para evadir la academia.

Una leve sonrisa de aprobación cruzó el rostro habitualmente severo de Gu.

—Usted tendrá prioridad. Yo me encargo de Zhao.

—Entonces, acepto —dijo Zhiyi, levantándose con gracia controlada—. Prepararé una evaluación de diagnóstico para él mañana.

El primer encuentro directo no fue planificado para ser amable.

Zhiyi encontró a Jiawei al final del día, cerca de los casilleros del pabellón deportivo. El pasillo estaba casi vacío, iluminado por la luz anaranjada del final de la tarde que se filtraba por las altas ventanas. Jiawei estaba apoyado contra las puertas de metal, con su bolsa de deporte colgada de un hombro, mirando fijamente la pantalla de su celular. Se veía aún más pálido que en la mañana.

—Zhang Jiawei.

Él levantó la vista, parpadeando lentamente como si le costara enfocar. Al reconocerla, frunció levemente el ceño. Sabía quién era ella. Todo el mundo en la escuela sabía quién era Xu Zhiyi, la prodigio intocable del segundo año.

—Xu —respondió él, guardando el teléfono en el bolsillo de su chaqueta de calentamiento—. ¿Qué pasa?

Zhiyi se detuvo a un metro y medio de distancia, manteniendo una postura erguida, con las manos en los bolsillos de su falda escolar.

—El profesor Gu me ha asignado como tu tutora académica a partir de esta semana. Matemáticas y física, principalmente, aunque revisaremos tu redacción si es necesario. Tendremos tres sesiones semanales. Empezamos este jueves a las cinco en la biblioteca.

Jiawei se quedó inmóvil por un segundo. Luego dejó escapar una risa seca y corta, llena de incredulidad. Se pasó una mano por el cabello desordenado, apartando la mirada hacia el techo antes de volver a mirarla.

—¿Es una broma? —preguntó, su voz destilando una mezcla de irritación y cansancio—. ¿Gu mandó a una estudiante de segundo año a cuidarme? Dile que te libere. No necesito una niñera. Menos una que es menor que yo.

La actitud defensiva de Jiawei no alteró a Zhiyi. Ella lo miró con la misma frialdad con la que miraría una ecuación mal balanceada.

—No eres tan importante como para que yo quiera ser tu niñera, Zhang —replicó ella, su voz suave pero cortante—. Y no me importa si tienes diecinueve o noventa años. El profesor Gu y el director están preocupados porque tus calificaciones son un riesgo para la escuela. A mí no me interesa tu fútbol, no me interesa tu orgullo y ciertamente no me interesa tu vida personal.

Jiawei tensó la mandíbula. Dio un paso al frente, su altura imponiéndose sobre ella, pero Zhiyi no retrocedió ni un milímetro.

—Entonces, ¿por qué aceptaste? —la retó él, bajando la voz.

—Porque si logro que pases los exámenes sin que fracases miserablemente, me darán una recomendación directa para la universidad —respondió Zhiyi, con una honestidad tan brutal que Jiawei pareció desarmarse por un segundo—. Esto es una transacción. Yo te doy los conocimientos que te faltan para que puedas seguir jugando, y tú eres mi billete seguro a Sichuan.

Jiawei la estudió en silencio. La hostilidad inicial en su expresión se disolvió en algo más complejo. Sorpresa, tal vez. Y luego, una profunda y agotada resignación. Él sabía tan bien como ella que no tenía demasiadas opciones.

—Jueves a las cinco —murmuró finalmente Jiawei, apartando la mirada y ajustando la correa de su bolsa deportiva—. Intenta no aburrirme demasiado, Xu. Ya tengo suficiente con no dormirme en clase.

—Procura tomar un café, entonces —respondió ella—. No repito las explicaciones dos veces.

Jiawei pasó por su lado sin decir una palabra más, el olor a linimento muscular y sudor limpio quedando suspendido en el aire húmedo del pasillo. Zhiyi soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Iba a ser un trabajo difícil. El chico estaba a la defensiva y claramente odiaba la situación tanto como ella.

El atardecer había teñido los pasillos de la escuela de un tono cobrizo profundo. Zhiyi, tras finalizar la organización del horario de tutorías en su agenda, comenzó a caminar hacia la salida principal.

Al pasar por el segundo piso, sus pasos se ralentizaron cerca de la gran cristalera que ofrecía una vista panorámica del campo de fútbol de la escuela. Las luces artificiales del estadio ya estaban encendidas, iluminando el césped sintético con un brillo verde casi irreal. El sonido agudo de un silbato cortó el aire de la tarde, seguido por los gritos secos del entrenador Zhao.

Zhiyi se detuvo frente al cristal.

Abajo, el equipo estaba en medio de un ejercicio de alta intensidad. No le costó encontrar a Jiawei. Llevaba una camiseta de entrenamiento negra, empapada en sudor y pegada a la espalda.

El chico que había visto arrastrarse por los pasillos, el que apenas podía mantener los ojos abiertos frente a una pizarra, había desaparecido por completo.

Jiawei recibió un pase largo. El control del balón con el pecho fue limpio, casi automático. El cansancio que le había pesado en el aula no parecía alcanzarlo allí. Giró sobre sí mismo, dejó atrás a un defensor y lanzó un pase preciso al extremo izquierdo del campo antes de seguir corriendo hacia el área rival.

No había pereza en él. Tampoco esa arrogancia fácil que Zhiyi esperaba encontrar en los atletas protegidos por la escuela. Había concentración. Había fuerza. Había una energía áspera, insistente, en la forma en que pedía el balón y corregía la posición de sus compañeros a gritos.

Zhiyi apoyó una mano en el cristal frío.

Si pudiera poner la mitad de esa atención en la clase, pensó, el profesor Gu no estaría obligando a nadie a rescatarlo.

Pero incluso mientras lo pensaba, algo le incomodó. Porque no era falta de esfuerzo. Eso era evidente. Jiawei se movía como alguien que ya había gastado todo lo que tenía y aun así seguía exigiéndole más al cuerpo. Cada carrera parecía empujarlo más cerca del límite, y aun así no se detenía hasta que el silbato de Zhao lo obligaba.

El silbato volvió a sonar. Jiawei se detuvo en seco, apoyando las manos en las piernas y respirando con dificultad. Su pecho subía y bajaba rápido. Por primera vez en todo el día, parecía exactamente lo que era: un chico de diecinueve años demasiado cansado para estar en dos lugares a la vez.

Zhiyi lo miró unos segundos más de lo necesario.

No cambió de opinión sobre él. No todavía. Seguía siendo impuntual, defensivo y un problema añadido a su horario. Pero la imagen que se había formado por la mañana ya no encajaba del todo.

Ajustó la correa de su mochila, dio media vuelta y caminó hacia la salida.

La tutoría, pensó mientras sus pasos resonaban en el pasillo vacío, iba a ser mucho más complicada de lo que había calculado en la oficina del profesor Gu.

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