El peso de la lluvia
Capitulo 1
La lluvia caía sobre la ciudad con una violencia inusual, transformando las calles en espejos negros y el aire en un muro de agua. Dentro de la mansión Ferrer, el ambiente era tenso, incluso antes de que los coches salieran.
Estela caminaba por el salón principal, ajustándose un collar de perlas con manos nerviosas. Se detuvo frente a Alejandro, que terminaba de abrocharse la chaqueta de su traje.
—¿De verdad tienes que insistir tanto en que ella vaya, Alejandro? —preguntó Estela, con un tono frío que no dejaba lugar a dudas sobre su opinión—. Es una chica encantadora, sí, pero no pertenece a este mundo. Las cosas se complican cuando intentas forzar una integración que no es natural.
—Mamá, por favor —respondió Alejandro, suspirando con cansancio—. Daniela es la mujer con la que me voy a casar. Quiero que sea parte de mi vida, de nuestra vida. Tamara se ha ofrecido a organizarle esta despedida para que ella se sienta bienvenida, ¿por qué no puedes ser amable por una vez?
Estela desvió la mirada, apretando los labios. Ella solo quería la felicidad de su hijo, pero su orgullo y su estatus le impedían aceptar a alguien como Daniela en la familia. El silencio entre ellos fue sepulcral; era la última vez que hablarían con normalidad.
Mientras tanto, en el taxi, Daniela observaba cómo los limpiaparabrisas luchaban en vano contra el diluvio. La carretera hacia el club era sinuosa y peligrosa. El taxista, un hombre cansado que solo cumplía con su ruta, se concentraba en no perder la visibilidad en las curvas cerradas.
Daniela cerró los ojos por un momento, intentando calmar el nudo que tenía en el estómago. En su mente resonó la voz de Alejandro, la última conversación que habían tenido apenas unas horas antes. Él le había pedido que fuera a esa reunión, y ante su duda, él le había prometido con total ternura: “Confía en mí, mi amor. Mañana, cuando volvamos a vernos, ya estaremos casados y nunca más nos volveremos a separar. Será el inicio de nuestra vida eterna juntos”.
Aquella promesa era lo único que la mantenía aferrada al asiento. Él le había asegurado que todo estaría bien, que era el paso correcto para integrarse. Si Alejandro lo decía, tenía que ser cierto.
Fue en una curva ciega, justo cuando el taxi intentaba tomar una pendiente, cuando sucedió. Un tráiler, invadiendo el carril contrario en un intento desesperado por no derrapar bajo el aguacero, apareció de la nada, como un monstruo de metal cegado por las luces largas. El impacto fue seco, un golpe sordo que no dio tiempo a nada. El taxi fue expulsado del pavimento con una fuerza brutal, girando sobre sí mismo hasta caer en la oscuridad del barranco.
En el club, al otro lado de la ciudad, Tamara brindaba con una sonrisa enigmática, ajena a la hora exacta, pero sabiendo que el destino estaba cumpliendo su parte.
Alejandro, mientras tanto, se reía con Leo y Andrés, levantando su copa. No sabía que, en ese preciso segundo, un vacío se abría en el centro de su existencia. No sabía que, al convencerla de subir a ese taxi, había puesto en marcha el mecanismo de su propia caída al infierno.








