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Summary

Versión beta / primera edición digital. Esta historia continúa en proceso de edición. Los capítulos pueden ser corregidos, ampliados o modificados con el tiempo. La versión final de la novela incluirá contenido revisado, escenas adicionales e ilustraciones. ✨✨ El mundo terminó un martes cualquiera. Las ciudades cayeron. Los refugios se llenaron. Y sobrevivir se convirtió en la única regla. Entre el caos, Lourdes encuentra algo que creía perdido: Aquiles. Mientras intentan mantenerse con vida en un mundo que se derrumba día tras día, ambos se aferran el uno al otro como si el tiempo pudiera detenerse. Pero algunas despedidas comienzan mucho antes de que ocurran. Y algunos finales son imposibles de evitar. Porque cuando todo está a punto de desaparecer, solo queda una pregunta: ¿Cuánto darías por unos minutos más con la persona que amas?

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

Es un domingo normal. Todo va como de costumbre en el carrusel donde trabajo. El metal de la estructura está frío y cada tanto chirría cuando lo ponemos en marcha para algún nene que sube con los padres. No hay muchos clientes hoy. El clima está demasiado fresco para venir al parque y eso, por primera vez en toda la semana, no me molesta. Al contrario. Después de tantos días entre la facultad y el trabajo, este silencio se siente como poder respirar.Mi mamá está conmigo en esta parte del carrusel mientras mi papá y mi hermana se encargan de la otra área. Ya estamos acostumbrados a separarnos así. Cada uno sabe qué hacer sin necesidad de hablar demasiado. Los días fríos nunca se llenan y solemos pasar horas enteras casi sin movernos.

Estoy apoyada contra la baranda mirando el parque cuando empezamos a escuchar música.

Al principio nadie le da importancia. Suena lejos. Apenas un ruido mezclado con el viento. Pero pasan unos minutos y sigue.

Trap argentino. Clásicos.

Reconozco las canciones incluso antes de distinguir bien la letra. Algunos chicos empiezan a pasar por enfrente del carrusel en grupos cada vez más grandes. Van todos para el parque de enfrente. Algunos llevan bebidas, otros cigarrillos apagados detrás de la oreja, camperas enormes, maquillaje corrido o parlantes colgados del hombro.

El aire huele a pasto húmedo. A tierra fría. A domingo. Y a porro?

Debe haber algún evento ahí. La música tiene que venir de ese lado. Sigo mirando hacia el parque mientras intento atender a la poca gente que llega. Cada tanto veo luces de colores moverse entre los árboles.

Miro la hora. Después vuelvo a mirar el parque. Y después la hora otra vez.

La música sigue sonando incluso desde acá.

Pasa más de una hora y el fomo empieza a pegarme fuerte. Hace un rato una clienta me comentó, casi sin importancia, que su hija mayor se fue con las amigas porque había un evento de trap.

Y apenas escuché eso pensé en él. Tan automático que hasta me da bronca. Porque podría no estar ahí. Porque probablemente no esté ahí.

Pero la idea ya se me metió en la cabeza y ahora no puedo sacarla. Debo ir.

Busco a mis padres con la mirada y me acerco inventando una excusa medio torpe. Mi mamá me mira unos segundos antes de suspirar resignada. Mi papá pregunta con quién voy y cuando digo que mi hermana viene conmigo termina aceptando.

Sigo teniendo que pedir permiso aunque técnicamente ya sea grande. Supongo que trabajar con tu familia hace que ciertas cosas nunca cambien.

Mi hermana sale conmigo y cruzamos la calle apuradas antes de que cambie el semáforo. Apenas nos acercamos al parque el ruido se vuelve más fuerte. Los bajos vibran en el pecho. Hay gente sentada en el pasto, grupos bailando, otros grabándose para subir historias. Las luces del escenario iluminan el humo que flota arriba de todos.

Y yo lo busco.

Intento actuar normal mientras camino entre la gente, pero mis ojos revisan cada grupo demasiado rápido. Camperas negras. Gorras. Rulos. Ojos verdes. Perfiles parecidos.

No está. O eso creo. Porque la sensación aparece igual.

Primero en el pecho. Después más arriba. Como una presión en la garganta.

Siempre pasa antes de verlo. Siempre. Es tan constante que ya ni siquiera intento convencerme de que es casualidad.

Mi cuerpo parece reconocerlo antes que yo.

Seguimos caminando entre la gente mientras el frío empieza a sentirse más fuerte ahora que cayó el sol. Mi hermana me habla de algo que vio recién, pero apenas la escucho. Las luces cambian constantemente de color y por momentos me dejan medio ciega.

Entonces la música baja. El evento termina. Desde el escenario anuncian una joda en algún lugar que no llego a recordar porque toda la gente empieza a moverse al mismo tiempo. Algunos corren hacia los colectivos contratados mientras otros se quedan afuera fumando o discutiendo a cuál subir.

Miro los colectivos estacionados. Después vuelvo a mirar alrededor. ¿Es muy loco si subo a buscarlo?

Sí. Bastante.

Además estoy con mi hermana y tenemos que volver para ayudar a mis padres a cerrar.

Pero aún así terminamos subiendo.

No puedo resistirme.

Apenas piso el primer escalón del colectivo, el pecho se me contrae y una corriente helada recorre mi espalda.

Eso nunca falla.

Decidimos sentarnos juntas casi al final del pasillo, ahí parece estar más tranquila la gente. Ella me mira y me recuerda que no les avise a nuestros padres de esto así que inmediatamente saco mi teléfono y escribo.

L: ma, necesitan que volvamos ya?

M: sigue muy tranqui así que no hace falta

M: tampoco se olviden de volver

[Envío un gif de una nena bailando]

Siempre me pregunto si se los pasan en los grupos o realmente se pone a buscar uno específico para mandarmelo.

Miro de reojo a mi hermana y la veo riéndose, seguro piensa lo mismo que yo. Le reacciono el gif con un corazón y le paso el teléfono a mi hermana. Automáticamente abre su cuenta de Instagram y saca fotos para mostrar donde está. No la juzgo, si todavía lo tuviera agregado también mostraría donde estoy esperando qué la conteste.

El colectivo avanza lentamente entre las calles llenas de autos y gente. Afuera las vidrieras del centro se reflejan sobre el vidrio mojado mientras las luces de otros colectivos y autos pasan al lado nuestro. Adentro todos parecen estar en otra realidad. Algunos van parados aunque hay asientos libres. Otros gritan canciones con vasos de plástico en la mano.

El ambiente está impregnado de perfume dulce, alcohol y vape de limón.

¿Limón?

Que barbaridad. De todos los sabores posibles compraron ese. Psicópatas.

Frenamos en un semáforo y un chico pone “Reina”, de C.R.O en su parlante. Todos alrededor mío reaccionan al instante así que él sube al máximo el volumen. Algunos golpean el techo siguiendo el ritmo. Otros abren las ventanas y empiezan a cantar desafinados hacia afuera.

Yo me quedo quieta mirando por la ventana mientras canto apenas en voz baja.

Esa canción siempre termina llevándome a él.

No importa cuánto tiempo pase.

No importa si intento no pensarlo.

Siempre vuelve.

Apoyo la frente contra el vidrio frío mientras afuera empieza a lloviznar más fuerte. Las gotas deforman las luces del centro y hacen que todo se vea borroso, como si la ciudad estuviera derritiéndose detrás de la ventana.

Mi hermana sigue al lado mío mirando videos en el celular, completamente ajena a todo. La luz de la pantalla le ilumina la cara de azul por momentos. Cada tanto se ríe sola de algo, pero yo ya estoy demasiado metida en mi cabeza.

La lluvia aumenta un poco y sé que esa es mi señal para bajar. Tenemos que volver con mis padres para ayudarlos a cerrar y además la joda es solo para mayores. Mi hermana recién tiene diecisiete. Ya estuvimos demasiado tiempo fuera.

Me acomodo la campera y apoyo una mano en el asiento para levantarme, pero algo raro me pasa.

Primero aparece el pitido. Un sonido fino. Agudo.

Como si alguien acabara de dejar una bomba de ruido dentro de mi oído.

Después el resto empieza a apagarse.

Todavía veo a todos cantando. Veo las bocas moviéndose. Las manos golpeando el techo. El humo escapando por las ventanas abiertas.

Pero ya no escucho nada de eso. Solo la canción.

Siento que algo me obliga a mirar hacia afuera. Paso la manga de la campera por el vidrio empañado y limpio una parte. Afuera, otro colectivo frena exactamente al lado del nuestro. Las luces de adentro parpadean por culpa de la lluvia y durante un segundo no logro distinguir bien las caras.

Hasta que lo veo. Está parado cerca de una ventana abierta, hablando con los amigos como si fuera una noche cualquiera. Tiene la cabeza apenas inclinada hacia atrás mientras se ríe de algo que uno le dice. La lluvia entra en gotas finas por la ventana y le moja un poco el pelo.

El pitido en mi oído empeora. Mi cuerpo se paraliza.

~Me fallan los sistemas, lo trato de ver

Soltaste mis cadenas, tú, mala mujer

Mirando tus ojeras a punto de enloquecer

Los niños ya no tardan demasiado en crecer~

Las personas que están paradas enfrente mío abren todavía más las ventanas y empiezan a cantarles a los del otro colectivo. Del otro lado hacen lo mismo. Algunos levantan vasos, otros golpean el techo riéndose. Los dos colectivos quedan detenidos uno al lado del otro bajo la lluvia, iluminados por el rojo del semáforo.

Y aun así todo se siente extrañamente silencioso. Como si la única cosa real fuera la canción.

Yo sigo mirándolo.

Él todavía no me vio. O eso creo.

Las gotas siguen bajando por el vidrio entre nosotros, deformándole la cara por momentos. El semáforo cambia a verde pero aun asi ninguno de los dos colectivos arrancan. Hay luces rojas y blancas cruzándole el perfil cada vez que pasa un auto. Él levanta la vista y me encuentra.

El pitido desaparece de golpe.

~Había que estar volviendo cuando ella quisiera

Tres horas y con frío esperándote afuera

Que yo mato por ti, mato por mi bandera

Que yo lejos de ti no sirvo pa’ esta era~

No aparta la mirada. Y yo tampoco.

Siento que debería ponerme nerviosa, bajar la vista o fingir que no lo estaba buscando, pero no puedo. Es como si todo lo demás hubiera quedado demasiado lejos.

El colectivo.

La lluvia.

La gente gritando.

Mi hermana al lado mío.

Todo.

Solo estamos él y yo mirándonos desde colectivos distintos, detenidos en medio del centro como si el tiempo hubiera frenado exactamente acá.

Entonces él empieza a cantar también. No exagerado, no riéndose con los amigos. Pareciera que para él todo quedó suspendido en el aire.

Y cuando me señala desde el otro lado siento un vacío raro en el estómago. Algo entre adrenalina y miedo.

La lluvia golpea más fuerte las ventanas. Alguien atrás mío grita el estribillo. Otro golpea el techo siguiendo el ritmo. Pero yo apenas escucho nada.

Solo lo veo a él señalándome desde el otro lado. Y durante un segundo tengo la sensación absurda de que algo está por pasar.

Algo grande.

Algo malo.

No sé por qué lo siento.

Pero me atraviesa el cuerpo completo.

Entonces el semáforo cambia. El colectivo arranca de golpe y recién ahí el ruido vuelve todo junto. Las voces. La música. Las risas. El motor vibrando debajo de mis pies. Parpadeo varias veces, como si recién despertara. El otro colectivo empieza a quedar atrás lentamente mientras sigo mirándolo por la ventana hasta que las luces y la lluvia terminan tragándoselo.

Mi hermana me toca el brazo.

—¿Bajamos acá o en la otra?

Tardo unos segundos en entenderle.

—Acá.

Me levanto rápido y toco el timbre. El sonido corta el aire entre toda la música y por un momento siento vergüenza de haber estado tan ida. El colectivo frena una cuadra después.

Apenas bajamos, el frío me pega de lleno en la cara. La lluvia ya no es una llovizna; ahora cae constante sobre las veredas vacías. Nos apuramos cruzando la calle mientras el ruido de los colectivos se aleja poco a poco.

El parque quedó más silencioso ahora que terminó el evento. Todavía hay algunos grupos caminando, fumando o esperando algún Uber, pero ya no se siente igual.

Meto las manos en los bolsillos de la campera para calentármelas. Y entonces mi celular vibra de una forma que yo recuerdo muy bien.

El corazón me da un salto tan fuerte que hasta me duele.

Saco el teléfono.

Es un mensaje de él.

Me quedo quieta en medio de la vereda, bajo la lluvia, mirando la pantalla iluminándome las manos.

¿Qué carajos?

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