Prólogo
En mi mundo, la vida no vino de los cielos.
No descendió entre relámpagos ni fue traída por gigantes.
La energía que sostiene a todo lo que respira en Brannd
nace en el centro del planeta, poderosa y constante.
Algunos seres basta con rozar esa fuerza para mantenerse vivos.
Pero no los hombres.
Ellos necesitan más.
Debieron aprender a tomarla de otros,
de cuerpos que palpitan, que laten, que mueren para que ellos vivan.
Con el tiempo, se supo *supimos* que en tres lugares —cráteres antiguos marcados por el tiempo—
la energía latía con más fuerza.
Allí se asentaron 3 grandes pueblos,
que crecieron y se convirtieron en reinos:
Nilar, Doreen y Jer.
Entre ellos, un valle amplio y callado los separaba.
Años después, Nilar se alzó como el reino más poderoso sobre Brannd,
guiado por la mano firme del gran rey Nil Lirian.
Durante ese tiempo, la paz fue una quietud tangible.
Los tres reyes se reunían tres veces al año,
justo cuando el eclipse de las dos lunas teñía el cielo con un manto de oscuridad.
Vages y Mog, las lunas gemelas, se alineaban con el sol y el planeta,
y el mundo contenía el aliento.
Era en esos momentos cuando la energía del planeta se concentraba con fuerza,
tocando a cada ser viviente.
Los humanos, especialmente, sentían su mente expandirse,
sus músculos crecer en poder,
sus sentidos agudizarse más allá de lo común.
Nil Lirian, junto a Dor Lirian y Jer Longt,
no solo presidían la unión de los reinos,
sino que también dedicaban horas a desentrañar
los misterios y las consecuencias de aquel eclipse único.
Hasta que, una noche sin viento, Nil Lirian alzó la mirada al cielo y vio algo que no esperaba.
Una luz quebraba la quietud del firmamento.
No era estrella ni fuego divino.
Era un cometa.
Avanzaba con furia, rasgando el cielo con su cola ardiente, y parecía crecer con cada instante.
El rey no perdió tiempo. Mandó a sus mensajeros por todos los caminos conocidos —y algunos olvidados—.
Convocó a los otros reyes con urgencia: algo antiguo se avecinaba, algo que ni las escrituras ni los sabios del mundo habían predicho.
Al otro día el primero en llegar fue Dor Lirian.
Entró sin anunciarse, cruzando las puertas del palacio con la solemnidad de un eclipse.
Su piel, oscura como la tierra mojada, con una gran mancha blanca en su casi totalmente negro cabello corto. Su traje, un negro severo de corte militar. Llevaba una capucha que rozaba sus talones, como si cargara sombra con él.
—He recibido tu carta, Nilan —dijo con voz firme, sin perder el paso—. ¿Qué tan grave crees que sea?
Nil Lirian lo observó en silencio por un momento.
Luego caminó hacia el centro de la sala, donde el mapa estelar reposaba sobre una piedra clara.
— Creo que... —dijo, sin adornos—.
Creo que solo nos quedan unos días.
Mientras Nil comenzaba a explicarle la magnitud del fenómeno a Dorian, las puertas volvieron a abrirse.
Entró un joven de andar sereno, mirada firme y cabello negro como la tinta aún húmeda.
Contrastaba con la figura del propio Nilan, cuyo largo cabello blanco caía como neblina de invierno sobre sus hombros.
Había llegado Jongt.
Nil asintió levemente, sin palabras, y lo invitó a acercarse. Frente al mapa estelar y los registros trazados apresuradamente con líneas de tiza, explicó con precisión cada detalle: la velocidad del cometa, su trayectoria, los cálculos inexactos pero urgentes.
Pensaron y analizaron todo cuanto fue posible y en sus adentros desearon que solo fuera un error, que aquello que había aparecido no fuera real.
Hasta que al anochecer el silencio cayó sobre la sala.
Solo se oía el leve crepitar de una lámpara de aceite, como si incluso el fuego contuviera el aliento.
Fue allí cuando llegaron a la única conclusión posible.
—No podremos hacer nada —dijo finalmente Nil, la voz baja pero firme, como una sentencia escrita en piedra—.
Solo nos queda despejar cuanto antes la posible zona de colisión.
El cometa, según los cálculos, caería en algún punto del valle. No era un lugar densamente poblado, pero sí lo suficientemente cercano a algunas aldeas y puestos de vigilancia como para convertir la llegada del objeto en una tragedia.
No podían arriesgarse.
El tiempo era escaso.
Las órdenes debían darse esa misma noche.
Y así comenzó la evacuación.
Luego de dar por concluida la reunión, Nilan permaneció solo. El murmullo de las salas vacías fue reemplazado por el susurro frío del viento que atravesaba los pasillos altos del palacio. Desde el balcón occidental, con la mirada alzada, contemplaba el cielo como si pudiera descifrar en él alguna respuesta.
Allí estaba el astro. Un punto de fuego que ya no parecía lejano. Su fulgor ardía como una herida creciente entre las nubes, y su presencia pesaba sobre el mundo.
Dorian llegó sin anunciarse. Su silueta firme se dibujó junto a la puerta abierta, y por un instante no dijo nada. Sabía que los gestos de Nilan nunca eran fortuitos, y si el rey miraba al cielo, era porque algo allí se descomponía.
—¿De verdad crees que estaremos bien? —preguntó finalmente, contemplando aquella amenazante luz que crecía cada vez más y más, pero muy en su interior, no podía dejar de admirar la belleza de aquello, algo con un poder capaz de cambiar al mundo, o destruirlo.
—No lo sé —dijo Nilan, tras un silencio espeso—. Yo... En realidad, tengo miedo, a aquello que no conozco, a aquello que puede ser. Después de tantos años por fin tenemos paz, al fin lo logramos, al fin logramos hacer que nuestras tierras sean prosperas. Solo quisiera que todo permaneciera así siempre.
—Te entiendo amigo mío —dijo Dorian, aunque Nilan ya tenía cuarenta y cinco años, dos mayor que él, siempre había sido alguien sabio, antes tal vez demasiado para su edad. Pero esa vez notó que realmente temía a aquello que se avecinaba—. Pero al final, no hay nada que podamos hacer.
Lo sé —dijo Nilan, con la mirada perdida en un interminable cielo en el cual la intensa luz crecía como aquello que tanto le preocupaba —. Por eso le temo.
...
La noche de la colisión llegó.
Los tres reinos habían hecho lo posible por evacuar las aldeas cercanas al valle. Algunos creían que se trataba de un castigo divino. Otros, de un presagio. Pero la mayoría solo sentía miedo.
En la capital, el aire pesaba distinto.
Nilan aguardaba en su trono, obligado por sus guardianes a abandonar el balcón. Vestía su túnica ceremonial, blanca y bordada con hilos dorados, como si estuviera esperando ser juzgado por los cielos.
Entonces ocurrió.
Un fogonazo atravesó incluso las rendijas más ínfimas de la sala. La luz, inclemente, se filtraba por los muros de piedra como si la materia misma se rindiera ante su paso. Nilan alzó la mirada al techo alto y susurró una plegaria al dios de las alturas.
Pero la respuesta no fue la calma.
Las columnas temblaron. Las piedras se sacudieron como si el mundo respirara con espasmos. Gritos estallaron fuera del salón. Y entonces se escuchó un fuerte y atronador ruido, como si del quebranto del mismo mundo se tratase.
El temblor remitió.
Pero la luz se negó a esa orden, bañando todo con su cegadora luz blanca.
Contra la voluntad de sus guardias, Nilan. Se levantó con una rapidez impropia de su porte habitual, haciendo caso sordo a los gritos que lo llamaban y corrió por el pasillo hasta detenerse ante una de las altas ventanas del ala sur.
Y lo vio.
Era una columna de luz que se alzaba acariciando el límite mismo del infinito cielo,
Pero luego… mientras miraba, empezó a menguar.
Como cohibida ante su presencia, hasta que finalmente solo quedó el humo. Oscuro y ascendente.
Nilan bajó la mirada. Sus manos estaban temblando. Ordenó a los capitanes un reporte inmediato del estado de la ciudad. Hubo derrumbes. Algunas torres menores se habían agrietado, y varios canales de agua fueron bloqueados por los escombros. Pero no hubo muertos.
Esa misma noche, envió a preparar una expedición.
Partirían al amanecer.
Él mismo la lideraría.
Nil Lirian no era un rey que se permitiera ignorar el nacimiento de un nuevo misterio. Mucho menos cuando el mundo entero había temblado para anunciarlo.
*Este es un borrador del prologo de una historia en desarrollo, se agradecería tu opinión y apoyo.*








