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El oráculo encadenado

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Summary

Cuando una santa en duelo es elegida para servir al oráculo bajo un templo en ruinas, espera visiones, obediencia y silencio. En cambio, encuentra a un dios encadenado que solo habla a través de los muertos y que exige sus recuerdos a cambio de profecía. A medida que la santa pierde fragmentos de sí misma, comienza a oír la voz del amante que creía haber perdido para siempre. Para salvar al reino de un apocalipsis inminente, deberá descubrir por qué el dios fue encarcelado, qué ha ocultado la orden durante siglos y si el amor puede sobrevivir cuando la memoria misma es el precio de la verdad.

Status
Complete
Chapters
24
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: La Santa Elegida

El reino solo elegía una santa cuando sabía que no volvería a ser la misma.

Eligieron a Luz antes de que sonaran las campanas, en esa hora incierta en la que la noche aún no termina de retirarse y el día todavía no se atreve a comenzar.

El golpe en la puerta fue preciso.

Suficiente.

Luz abrió los ojos y no se movió.

Durante unos segundos, el mundo permaneció suspendido, como si nada hubiera ocurrido todavía, como si la memoria no hubiera regresado del todo y el peso de lo perdido aún no encontrara su lugar dentro de ella.

El segundo golpe llegó igual.

—Santa Luz —dijo la voz al otro lado—. Abra.

El título no le provocó nada.

—Estoy despierta.

Se incorporó con lentitud. El frío se le adhirió a la piel de inmediato, firme, constante, como si hubiera estado esperándola. Cruzó la habitación sin encender luz.

No la necesitaba.

La túnica blanca la esperaba donde siempre.

Al ponérsela, sintió el peso.

No de la tela.

De lo que significaba.

Abrió la puerta.

Los dos Guardianes estaban inmóviles en el pasillo, como si hubieran estado allí mucho antes del primer golpe. Detrás de ellos, el templo guardaba un silencio poco habitual, un silencio que no parecía vacío, sino contenido.

—El Reino reclama a su santa —dijo el mayor.

Luz lo sostuvo con la mirada.

—Entonces no hay nada que decidir.

—No.

El más joven habló sin alzar la vista.

—La Voz te espera.

Luz asintió y salió.

El sonido de sus pasos se extendió más de lo debido. No rebotó. No regresó.

Simplemente… permaneció.

Doblaron hacia la nave central.

El espacio se abrió ante ella, amplio, elevado, atravesado por sombras largas que no terminaban de asentarse en ningún lugar. Las estatuas de los antiguos santos se alzaban a ambos lados.

Ninguna tenía ojos.

Algunas conservaban la boca.

Otras no.

En varias, el rostro había sido borrado por completo.

Luz las observó al pasar.

No preguntó.

Más adelante, los fieles estaban arrodillados entre las columnas.

Nadie la miró al pasar.

Como si verla confirmara algo.

El aire cambió antes de que llegara.

Lo sintió en el pecho.

Más denso.

Más cercano.

La grieta seguía allí.

Oscura contra el mármol pálido.

Irregular.

Persistente.

Luz se detuvo.

No del todo.

Lo suficiente.

La grieta tenía su forma.

No exacta.

Pero suficiente.

El mármol todavía recordaba el peso.

No respiró mientras la miraba.

Luego apartó la vista.

—Al frente —dijo el Guardián joven.

Luz obedeció.

El corredor al que entraron era más estrecho y más antiguo. La piedra cambiaba. El aire también.

Sus pasos dejaron de tener eco.

Siguió caminando.

El silencio no los devolvió.

—¿Por qué yo? —preguntó.

—Porque permaneces —respondió el mayor.

—Permanecer no es una virtud.

—Aquí lo es.

No sonó a convicción.

Llegaron a las puertas.

Altas.

Oscuras.

Sin símbolos.

Luz se acercó lo suficiente para sentirlo.

No una presencia.

Una presión.

Ligera.

Constante.

—¿Qué decide quién baja? —preguntó.

—No somos nosotros.

—Entonces, ¿quién?

El Guardián dudó.

—Lo que sigue escuchando.

Las puertas se abrieron.

El aire no salió.

Entró.

Se instaló en su pecho con un peso lento.

La escalera descendía en espiral.

Oscura.

Sin forma al fondo.

Luz dio el primer paso.

La piedra estaba tibia.

Se detuvo.

No debería estarlo.

Bajó otro escalón.

El calor seguía allí.

Como un resto.

Esperando.

Entonces lo oyó.

Un paso.

Delante.

Luz no se movió.

Otro.

Misma distancia.

Mismo ritmo.

—No hay nadie —dijo.

El espacio sostuvo sus palabras antes de soltarlas.

Siguió bajando.

Los pasos continuaron.

Nunca más cerca.

Nunca más lejos.

Apoyó la mano en la pared.

Se detuvo.

La superficie cedió apenas.

Un pulso.

Luego otro.

No uno solo.

Muchos.

Superpuestos.

Retiró la mano.

El aire se volvió más espeso.

Respirar requería atención.

—Luz.

Se detuvo.

La voz no venía de ningún lugar.

—Luz.

Más cerca.

Más dentro.

Cerró los ojos.

No respondió.

El silencio no fue vacío.

Esperó.

Siguió descendiendo.

Sin contar.

Sin medir.

Solo movimiento.

—No tengo miedo —dijo.

La respuesta llegó sin retraso.

—Aún no.

Luz tensó la mandíbula.

—Pero ya empezaste a olvidar.

—No he dado nada.

Una pausa.

—No conscientemente.

El espacio cambió.

No en luz.

En profundidad.

Como si algo se abriera más allá de lo visible.

—Por fin —dijo la voz—.

Se detuvo.

—Todavía guardas su nombre en la garganta.

El aire se cerró.

—Y aún no decides si soltarlo… o ahogarte con él.

Luz no respondió.

No podía.

Algo en su interior se tensó, aferrándose, resistiendo sin saber exactamente a qué.

—Aún lo llevas contigo —continuó la voz—.

Más cerca.

—Eso es lo que más me gusta.

El pulso en las paredes comenzó a alinearse.

Uno.

Luego otro.

Luego todos.

Un mismo ritmo.

Esperando.

Luz permaneció inmóvil.

Y lo entendió.

No con palabras.

No del todo.

Pero lo suficiente.

No había sido elegida.

Había sido reconocida.

Y algo, antiguo y paciente, la estaba esperando desde mucho antes de que ella aprendiera a recordar.

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Great Character

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Strong Dialog

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