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HOTEL PASIÓN

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Summary

En el exclusivo hotel El Perla Celeste, uno de los destinos más prestigiosos del Caribe, un grupo de jóvenes llega creyendo que ha conseguido el trabajo de sus sueños… sin imaginar que también están a punto de encontrar su verdadera vida. Bajo la exigente y enigmática guía de Maximiliano Márquez, socio fundador y alma del hotel, cada uno de ellos será puesto a prueba más allá de lo profesional. Matilde dejará de ser una «muñequita de sociedad» para volverse una mujer luchadora y fuerte; Candelaria descubrirá que tiene el don de cocinar como los dioses; Rafa demostrará ser un músico excepcional y Alfredo se transformará de un gris contador novato en un visionario emprendedor. Pero entre secretos y ambiciones surgirán historias de amor tan intensas que cambiarán la vida de todos.

Status
Ongoing
Chapters
18
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo 1 MATILDE


El reflejo de la luna parecía bailar sobre el mar, al compás de esa música ensoñadora que le llegaba por ráfagas, traída por un viento perfumado de jazmines y olor a brisa de mar. Sola, en la mitad del inmenso balcón, Matilde se consolaba pensando que estaba en la suite de un hotel del caribe y vivía uno de sus grandes sueños románticos. Pero no era cierto. Sabía que, a unos cuantos metros, las parejas bailaban felices y celebraban el fin de año, mientras que ella seguía condenada en su jaula de oro. «¡Es un crimen!» le gritaban sus diecisiete años que se morían por bailar, «no puedo seguir encerrada, no es justo», se dijo, vistiéndose a la carrera y en silencio después de entrar de nuevo a la habitación. Cuando agarró los zapatos, uno de los tacones golpeó el borde de una silla. Se quedó muy quieta y miró hacia una de las camas. Suspiró aliviada al ver que su tía seguía roncando, después se dirigió en puntillas hacia la puerta, con los zapatos en la mano. La abrió y dudó por un momento. ¿Y si Conchita no había tomado sus somníferos como todas las noches? Si llegaba a despertarse antes de que volviera, sería una catástrofe; era consciente de que todo podía empeorar, de que el encierro en el hotel, a pesar de ser un castigo insoportable, no era ni de lejos lo peor que le podría pasar. «¡Ay hija, ¿por qué siempre tienes que andar buscándote problemas?!», pensó mientras cerraba la puerta con cuidado y luego, acomodándose el pelo, caminó decidida hacia donde se escuchaba la música.

A un costado de la espectacular piscina rodeada de palmeras iluminadas con luces de colores, vio una Big Band, como las de las películas. Los músicos, enfundados en sus esmóquines blancos, ponían a bailar a las parejas que se dejaban llevar por la sensualidad que traía la cercanía del mar. Era un cuadro de ensueño y Matilde se quedó hechizada con el ondular de las amplias faldas de los vestidos de reloj de arena y las cinturas de avispa de las mujeres. El rojo de los labiales de ellas se mezclaba con el brillo de la gomina de los peinados perfectos de ellos y el olor a Channel 5y L’Air du temps le llegaba a raudales. Era la fiesta en la que siempre soñó estar y no pensaba perdérsela. Cuando intentó mezclarse entre los invitados, lo descubrió bebiendo una copa de champán y tuvo que devolverse hacia los arbustos. Se regañó por ser tan idiota de no calcular que él estaría allí. Era el gerente del hotel, era la fiesta de fin de año, la crema y nata de la ciudad celebraba, por supuesto que no iba a faltar. ¡Maldita sea, con las ganas que tenía de bailar! Pero no se movió de su sitio. «¡Matilde, no tienes arreglo!», le pareció oír la voz de su madre, riñéndole como siempre, a pesar de los ocho mil kilómetros que las separaban. Sí, mamá, tienes razón, y por eso se quedó en su sitio, sin la menor intención de irse.

En el otro extremo, Maximiliano apuró de un trago su copa y caminó decidido hacia la tarima de la orquesta. Su figura destacaba por encima de la multitud. A pesar de que ya estaba en la mitad de sus cuarentas mantenía un aire juvenil que a él le gustaba resaltar con sus trajes cortados a la medida; por algo tenía fama de ser uno de los hombres más elegantes de la ciudad. Cuando llegó a unos pasos del maestro Contreras se detuvo y esperó paciente a que terminara la pieza que este dirigía con virtuosismo, marcando el ritmo con la preciosa batuta de marfil con puntera de oro que el propio Maximiliano le regaló cuando lo contrató para dirigir la orquesta del Perla Celeste.

—Maestro, necesito que en la próxima tanda me haga el favor que le pedí —dijo Maximiliano con autoridad después de que Contreras agradeciera los aplausos que marcaron el final de la primera presentación de la noche de la orquesta.

—Max, querido, creo que fui lo bastante claro contigo —dijo el maestro con voz untuosa y se secó con su pañuelo la amplia frente que le dejaba al descubierto su incipiente calvicie; que todavía guardaba la esperanza de ocultar con los cuatro mechones que le quedaban—. Mientras yo sea el director de esta orquesta y los socios me respalden, jamás, ¿me entiendes?, jamás se tocará esa «música de negros» en las fiestas del hotel.

Luego, muy digno, fue hacia la mesa que tenía reservada para los intermedios, sin darle a Maximiliano la oportunidad de replicar. ¡Música de negros!, repitió Maximiliano para sus adentros, furioso. Odiaba ese prejuicio tan extendido entre las élites cartageneras de considerar los ritmos tropicales como música no digna de los grandes salones, que era justo a donde él la quería llevar. Desde que tuvo la idea de construir el hotel juró que en sus fiestas se tocarían rumbas, chachachás, mambos, cumbias y guarachas, como lo había visto en los hoteles de La Habana, que fueron su inspiración.

Pero ya arreglaría después las cuentas con el pretencioso de Contreras, ahora debía ver cómo se salía con la suya. Como siempre. Fue resuelto hacia la cabina de sonido, donde Jaimito, el viejo mulato encargado de la parte técnica, amenizaba el intermedio con temas de Big Bands norteamericanas, para no desentonar.

—Jaimito quita eso —dijo Maximiliano.

—¿Qué pasó, don Máximo? —replicó Jaimito, asustado—. ¿Tiene algo malo la canción?

—Nada. No te preocupes. Pero ahora quiero que pongas uno de los discos que mandé traer de Cuba, ¿te acuerdas? Algo de Celia Cruz, o de la Sonora Matancera. —Lo pensó un momento y agregó mientras los ojos le brillaban con picardía—: Pon un mambo de Pérez Prado, el más movido que se te ocurra.

Jaimito parpadeó, desconcertado.

—Señor, usted sabe que… —intentó replicar.

—¡Ponlo, yo asumo las consecuencias!

El pobre técnico asintió. Buscó entre un montón de elepés y sacó uno en el que se veía en la carátula a un hombre de color que llevaba una simpática barbita de candado y vestía un conjunto estrafalario. Lo puso, con manos temblorosas, mientras Maximiliano sonrió satisfecho al anticipar lo que iba a ocurrir. Comenzaron a sonar los primeros acordes voluptuosos y salvajes de la canción y el ambiente se transformó de inmediato. Matilde, desde su escondite, no lo podía creer: ¡un mambo! Ahora sí que quería lanzarse a la pista y que pasara lo que pasara. Pero descubrió con desconcierto que ninguna pareja salía a la pista: los más jóvenes se miraban indecisos por la mueca de asco con la que los mayores cortaban de tajo cualquier intención. ¿Pero esta gente qué tiene en las venas?, alcanzó a pensar en el momento en que la música se cortó yvolvió a sonar una melodía romántica.

—Máximo, Máximo, así no se hacen las cosas —dijo don Antonio mientras movía reprobador la cabeza, como si regañara a un niño travieso.

Maximiliano disimuló lo mejor que pudo la rabia que lo envenenaba, conteniendo las ganas de gritarle lo harto que estaba de aguantarle, a él y al resto de sus obligados socios, sus remilgos y sus prejuicios, para dirigir el hotel como siempre quiso. Pero sabía que este no era el momento y se limitó a sonreír con algo de desdén.

—Toño, sólo quería animar un poco el ambiente —dijo con tono de fingida inocencia.

—Sabes muy bien que a los huéspedes no les gusta esa música… —dijo don Antonio, y se cortó antes de terminar la frase.

—De negros —complementó Maximiliano lo que don Antonio no fue capaz de expresar por cobardía—. Dilo tranquilo, que no me ofende. Pero resulta que a mí sí me gusta esa música. ¿Sabes por qué? Porque es la que oíamos con mi mamá y con los vecinos cuando vivía en el mercado, en Getsemaní. —Agregó, mirándolo altanero—. Algo que tampoco me ha avergonzado nunca.

Don Antonio sonrió nervioso. Siempre le había intimidado esa actitud de chulo barriobajero de Maximiliano cuando tenían un enfrentamiento, algo que, de un tiempo para acá, ocurría casi todos los días. Por eso decidió que lo mejor era dejar las cosas en ese punto y dijo con fingida amabilidad.

—Ahora no vamos a discutir por esa pequeñez. Feliz año. Diviértete.

—Tú también —dijo Maximiliano, hipócrita, dio media vuelta y caminó decidido hacia el otro extremo de la piscina.

Al diablo con todos. Se suponía que, como gerente del Perla Celeste, debía ser el anfitrión de la fiesta y no podía abandonarla. No todavía. Pero no quería estar más allí, los malditos socios habían vuelto a imponer su voluntad pasando por encima de él al obligar a Jaimito a quitar el mambo. Parecía una tontería, pero era otra más de las constantes escaramuzas en las que venían enzarzados desde que inauguraron el Perla Celeste. Maldita la hora en la que debió asociarse con ellos para sacar adelante su sueño.

Cuando Matilde lo vio venir hacia donde estaba se quedó petrificada. Pero él pasó de largo como una exhalación, y por un instante ella alcanzó a ver su expresión de rabia y frustración. Lo siguió con la mirada hasta que se perdió en el interior del edificio principal. ¿Sería posible que pudiera tener tan buena suerte y se hubiera ido del todo? Ahora podría gozar la fiesta con tranquilidad. Pero ¿cuál? La orquesta había vuelto a tocar, y los temas que antes le parecieron tan románticos y encantadores, después del fogoso mambo le sonaban aburridos. «¡Qué demonios, untado un dedo, untada toda la mano!», y se dirigió decidida hacia la salida del hotel. Era fin de año, la fiesta estaba por donde mirara, y desde que llegó al Perla Celeste, dos meses atrás, no había salido de la habitación. De la ciudad solo conocía lo que pudo ver cuando venía del aeropuerto, de modo que este era el momento: si se iba a meter en otro problema —que era lo más probable—, que por lo menos valiera la pena

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