Prólogo
—No tengo hermanos, no tengo amigos, ¿te gustaría a ti jugar conmigo? Soy un poco callado, un poco aburrido, pero si te quedas a mi lado, prometo darte todo mi cariño…
El corazón me retumbó con fuerza contra las costillas, con tanta que de pronto mi visión también tembló, poco a poco, comencé a ver borrosa la hoja de papel, no sabía si era porque mis manos se sacudían en pequeños temblores o porque mis ojos oscilaban de un lado a otro.
—Continúa.
—Me gustaría s-ser distinto, ser menos t-tonto, un mejor niño… p-porque a veces me da miedo perder lo que más he querido —una lágrima avergonzada se escapó de mi ojo y mi voz se volvió cada vez más débil, mi rostro ardía de nervios, de pena y de algo más—. Y si… u-un día ya no me buscas, o si cambia nuestra v-vida, aunque me ponga triste… t-te escribiré más poesía.
Antes de que los aplausos inundaran mis oídos, lo hizo primero mi llanto, aquel que adivinaba la vergüenza y sensibilidad de mi persona. No había necesidad de que algo malo sucediera en mi vida, yo siempre lloraría con cualquier ridícula dicha.
Los brazos de mi primo me rodearon en un tibio y acogedor abrazo al mismo tiempo que pequeñas risas escapaban de su boca. Fue el primer poema que escribí para alguien, con el corazón completamente seguro de que él era merecedor de todo el cariño que mi pequeño cerebro podría ofrecer a través de una hoja de papel.
Aunque lloré de vergüenza por mi desafortunada personalidad tímida, y por más que mi cabeza se llenaba de pensamientos negativos por verme como un estúpido llorón, lo único a lo que pude prestar atención, fue a todo el cariño que se me transmitía a través de ese simple abrazo, era pesado, tibio.
Sucedió ahí, en medio de un diminuto patio, entre juguetes desgastados y crayolas repartidas, donde me sentí extraño, cercano, como si por primera vez, perteneciera a un lugar y todos mis complejos dejaban de ser tan importantes para mí. Ese era nuestro propio planeta, un pasto amarillo y seco en la parte trasera de mi casa, pequeño y helado, sitio en el que no aún no éramos conscientes de las dolencias del mundo.
—Ahora me tendrás que escribir poesía para siempre, lo prometiste —murmuró contra mi cabello, balanceándose de un lado a otro como quien mecía a un pequeño bebé—. Llorón.
Me separé de su abrazo enojado, con el ceño fruncido y sollozando por lo bajo, lo único que recibí como respuesta fueron las carcajadas de Almiro, claro, porque el mejor chiste del mundo para él, era verme llorar, siempre era lo mismo. Tiré la hoja con la poesía al pasto y comencé a guardar mis crayolas en mi mochila, escuchándolo reírse de mí cara roja, arrugada y llena de mocos.
—¡Pero no te vayas! ¡Estaba jugando!
Antes de que yo pudiera escaparme con furia e indignación, Almiro me tacleó contra el blando suelo, colocando todo su peso sobre mi cuerpo y haciéndome cosquillas con sus frías manos en el cuello y estómago. Grité enfurecido, pataleé, lo insulté: ¡Vete! ¡Déjame tranquilo! y luego se me escapó una risa, que dio paso a otra, y a otra, y a más risas.
Con él, dejé de sentirme como un tonto, callado y aburrido, comencé a sentirme como un mejor niño, podía escribirle cuando quisiera, sin miedo, ni mi característica cobardía, porque yo sabía que de él nunca recibiría una respuesta vacía.
Me abrazó con fuerza en el suelo, me dijo que enmarcaría mi poema y lo colgaría en la pared de su cuarto, le dije era un exagerado, pero siguió hablando sobre memorizar las estrofas de mi creación y presumirlas ante todos sus amigos del colegio, yo por otro lado, memorizaba todo ese momento, el segundo exacto, en el que mi pecho se sintió lleno.
Más tarde, antes de irse, me dijo lo siguiente:
—No debes ser distinto, yo adoro al Angelo de ahora y al de siempre.
Decidí que iba a seguirlo para siempre y demostrarle que lo quería, a pesar de mis inseguridades sobre su comodidad a mi lado, él se convirtió en mi tesoro más preciado, lo único a lo que podía aferrarme, porque nadie en mi pequeña familia era completamente estable.
Todo estaba en constante cambio, no existían los días tranquilos, papá cambiaba de trabajo cada mes y siempre tenía que ganar dinero, mamá pasaba más tiempo con unas primas extrañas que solo hablaban de terrenos como herencia en algún lugar del mundo, lo que me parecía pura imaginación de ellas. A veces, mamá se sentaba a mi lado en el mueble y me abraza, susurrándome que algún día, tendríamos una vida mejor, una que valga la pena vivir, “Nuestra propia casa y nuestro propio poder, un día muy cercano, Angelo, seremos más felices.” Yo no entendía, porque ya era feliz, pese a todo.
Dijo la verdad, un día muy cercano, avisó que contábamos con cuatro días para hacer maletas, porque, por fin, por fin tendremos la vida que nos merecemos, ¿Estás feliz, hijo? Lo de la herencia en algún lugar del mundo terminó siendo una realidad, una casa hermosa en un palacio religioso, en un país a miles de kilómetros, al otro lado de la tierra.
Pero mintió al decir que seríamos más felices, para mí, el mundo se derrumbaba y respirar se volvió doloroso.
Mi habitación poco a poco se veía cada vez más vacía, mi pequeña mesa de tareas nunca se vio tan grande como ahora y mi viejo ropero sin ropa evidenciaba sus cicatrices apolilladas. En el suelo yacían las prendas y pertenencias descartadas, las que no serían importantes para continuar con nuestra vida, entre ellas observé por varios segundos mi cuaderno de poemas y una ballena de peluche.
Sentí por ellos un poco de calor y frío, resentimiento y apego, creo que sentí pena.
—¿No puedo llevarlos?
—Estorbarán, debemos llevar solo las cosas importantes.
Esa fue la última palabra de mamá, sin embargo, tuve la rebeldía de mirarlos un poco más y capturar su existencia en mi memoria antes de cargar mi mochila en la espalda y arrastrar una enorme bolsa con mis pertenencias.
Nos íbamos, dejaríamos nuestro hogar para ir a un lugar desconocido, nunca entendería la razón por la que alguien haría eso, dejar todo lo que se conoce solo por… ¿Por qué? No lograba comprender a mis padres, no podía aceptar dejar mis peluches, ni a mi familia, ni mis recuerdos. “Es un lugar mejor” me dijo mamá, pero yo no le creí, y entonces, creo que la odié demasiado por unos segundos, pero nunca lo admitiría en voz alta.
Allá tenemos más familia, personas más conocidas, hay más oportunidades, más trabajo, todo es más barato, hay lindas casas y una iglesia hermosa, esas razones y otras que no me parecían suficientes, miraba las paredes de mi hogar y nunca parecería suficiente ninguna razón para dejarlo todo. Me daba miedo lo desconocido.
—Mira hijo, vino tu primo a despedirse de nosotros, ¿Estás más contento? Uy, estuvo todo el día de mal humor —mamá bromeó y se rió con mis tíos.
Almiro me tomó de la mano y me llevó de vuelta a mi cuarto que nunca más sería mío de nuevo, mientras me mordía los labios y las manos me sudaban, mi cara enrojeció y de pronto la respiración me falló, todo pesaba, pero ya no se sentía como un abrazo; los huesos me pesaban y albergaba en mi pecho un ardiente odio hacia todas las circunstancias que no podía evitar ni modificar. Más adelante entendería que me estaba sintiendo impotente y frustrado.
—Ay… ay, Angelo, no quiero que te vayas —sorprendentemente, Almiro comenzó a llorar—. ¿Qué voy a hacer? ¿Cómo sabré si estás bien o no?
Sin darme cuenta, mi cara estaba completamente mojada mientras jadeaba y sorbía mi nariz, todo lo que presioné en mi interior para que no salga durante días, terminó escapando apenas vio la oportunidad de hacerlo, mi primito me tomó las manos y las apretó tan fuerte que agradecí sentir el dolor, sentirlo todavía aquí, aún presente.
—No quiero irme, no pude decírselo a mi mamá, ni a mi papá, perdóname, ¿Podrás perdonarme? ¿Podré verte de nuevo algún día?
Almiro no me contestó, porque no había respuesta para eso, los adultos lo dijeron, salir del país es para ya no volver nunca más, porque se empieza una nueva vida, todo desde cero. Me llenó de rabia que no me contestara, que le diera la razón a mis padres, y tuve muchas ganas de gritarle que estaba bien, que nunca más nos volveríamos a ver y que empezaría mi vida desde cero sin él en ella, sin mi único amigo en mi cabeza, nunca más me acordaría de su existencia, nunca más.
—Volveremos a vernos —me agarró la cara y me limpió las lágrimas. Yo aproveché ese momento para memorizar su cara.
—Tienes que jurarlo, ¿Sí? Júralo, por favor.
—Lo juro por Dios y por todo el mundo —aseguró rápidamente, algo que tuvo que tranquilizarme, pero no encontraría la calma en mi mente durante mucho tiempo.
Lo abracé con tanta fuerza que mi respiración se cortó por varios segundos, inhalé su perfume tanto como pude para nunca olvidarme de cómo se sentía tenerlo a mi lado y por último, le dije que era mi único amigo en el mundo.
En treinta y cuatro horas, llegamos a Cremona, en Italia, donde nació mamá.
Odié su clima caluroso ya que me hizo sudar, su sol radiante solo resaltó más mis ojos hinchados, todas sus calles llenas de árboles y áreas verdes me ocasionaron alergias, odié la sonrisa de mamá por su nuevo comienzo y me odié a mí mismo por mi egoísmo y el mal hijo que era.
La residencia religiosa donde estaba la nueva casa quedaba a las afueras de la ciudad, en medio de montes y pastos verdes, con personas que siempre vestían ropa formal de colores tierra y rosarios alrededor de sus cuellos, me causó escalofríos darme cuenta que la estructura era la de una pequeña ciudad, con una iglesia, colegio, y al menos siete casas rodeando lo que era una especie de rotonda.
El ambiente era pesado, caliente, el sol lo sentí deprimente, todo en mi panorama era azul y triste, no dije ni una sola palabra para no empeorar las cosas, pero todavía no asimilaba lo lejos que estaba de mi hogar y que mañana no podría ver a Almiro, simplemente no era posible, no podía ser real.
—Que hermosa familia estamos recibiendo el día de hoy —una monja con velo negro se acercó, me ayudó con mi mochila, mientras que en la entrada, nos esperaba una pareja de esposos con su hijo en el medio, todos sonrientes.
No había razón para hacerlo.
—Dicen que mudarse un martes trae mala suerte, pero creo que es todo lo contrario ¿Verdad? —mi mamá sonrió, saludó y se rió de felicidad, así que me forcé a hacerlo también.
Posé mi mirada sobre el niño a unos metros de distancia, su cabello rizado y su piel caramelo brillaba con naturalidad en el día, completamente radiante. Me miró con unos ojos curiosos e indescifrables y de pronto, sin darme tiempo para reaccionar, se acercó corriendo hasta abrazarme con fuerza, robándome todo el aliento.
Mis ojos se humedecieron al percibir en tal abrazo, una calidez que se parecía mucho a la de alguien que dejé atrás. Nada de esto podía ser real.








