El frío de las culpas
El invierno en la ciudad de Madrid era completamente insoportable aquella tarde del mes de diciembre del año 1898. El cielo estaba oscuro y una nieve muy densa, pesada y pastosa caía sin parar sobre el Paseo de Recoletos. Esta nieve cubría todos los adoquines del suelo, apagaba el ruido de las ruedas de los carruajes lejanos y hacía que toda la capital pareciera un lugar desierto, silencioso y triste, casi como un gran cementerio de piedra y hielo. Las pocas farolas de gas de la avenida apenas tenían fuerza para romper la niebla de la tarde, y las casas de la calle proyectaban sombras muy largas, raras y oscuras en las paredes que parecían monstruos escondidos esperando el momento para atacar. Don Aurelio se tapó bien el cuello con su pesado abrigo hecho de tela negra para protegerse, pero el temblor tan fuerte que sentía en todo el cuerpo no era por el clima helado ni por el viento de la tormenta. Tenía miedo. Un miedo terrible y profundo provocado por la mirada fija, extraña y totalmente inhumana de la chica que estaba sentada a unos pocos metros de distancia.
La joven vendedora estaba completamente quieta detrás de una pequeña mesa de madera vieja y rota que crujía por culpa del frío, justo debajo del gran cartel de hierro del famoso Café Gijón. Parecía una estatua de piedra gris vestida con ropa muy vieja, rota, llena de remiendos y cubierta por una fina capa de hielo. Sus ojos eran dos pozos totalmente negros, vacíos, sin nada de brillo, juventud ni compasión. Esos ojos miraban fijamente al anciano mucho antes de que él pudiera cruzar la acera. Parecía que la chica conocía a la perfección todos los secretos ocultos, los pecados y las cosas malas que el hombre rico había cometido en su pasado, y también sabía el número exacto de latidos que le quedaban en el corazón antes de morir.
Con la mano metida en un guante que temblaba muchísimo por culpa del pánico, olvidándose por completo de su orgullo y de su elegancia de hombre millonario, Don Aurelio sacó un papel del bolsillo de su chaleco. Era el billete de lotería que había comprado con desprecio la semana anterior. Pero esa misma mañana, al despertar, vio que los números negros originales del billete habían desaparecido. En su lugar, apareciendo desde el fondo del papel como si fuera una mancha de humedad viva, se podía leer una única frase escrita con una letra de color rojo como la sangre: Esta noche. El aviso era directo, claro y no dejaba espacio para ninguna duda.
Muerto de miedo, el anciano dejó caer una pesada bolsa de tela llena de monedas de oro auténtico sobre la mesa helada. El sonido del metal al golpear la madera fue seco, apagado y muy triste, como el golpe de una pala en la tierra. Con los ojos abiertos por el terror, Don Aurelio le suplicó en silencio a la chica que le cambiara ese papel maldito por cualquier otro billete de lotería normal. Quería comprar un año más, un mes o aunque fuera unas pocas horas de vida para poder arreglar los peores errores de su juventud antes de tener que morir y presentarse ante el juez del más allá.
Mientras esperaba una respuesta que no llegaba, Don Aurelio miró de reojo hacia la gran ventana de cristal del Café Gijón. Al otro lado del grueso vidrio, tres personas extremadamente pálidas, que no tenían cejas ni pestañas y que tenían la piel totalmente estirada sobre los huesos de la cara, estaban pegadas al cristal. Esos seres no parpadeaban ni una sola vez. Su respiración lenta y fría empañaba la superficie del vidrio. Detrás de ellos no se veía el interior del local con sus luces y camareros, sino una niebla negra, vacía y misteriosa que parecía no terminar nunca. Aquellas almas mudas miraban toda la escena con mucha atención, como si tuvieran muchas ganas de ver llegar a su nuevo compañero de celda.
La chica de la mesa ni siquiera miró la bolsa llena de monedas de oro. En lugar de eso, extendió sus dedos largos y delgados, que tenían unas uñas de un color azul muy oscuro, idéntico al de los cuerpos que ya no tienen vida. Con una lentitud desesperante, deslizó un nuevo papel de lotería hacia el hombre rico. Cuando Don Aurelio tocó el papel con los dedos, una vibración de terror puro le recorrió toda la espalda: el billete no estaba seco ni áspero; se sentía completamente húmedo, pegajoso y extrañamente caliente, exactamente igual que un trozo de piel humana que acaban de arrancar de un cuerpo enfermo.
Asustado y horrorizado por ese contacto tan asqueroso, guardó el billete como pudo dentro de su ropa y se dio la vuelta de inmediato. Empezó a caminar a toda prisa por la acera cubierta de nieve, pero con cada paso que daba hacia adelante, su abrigo de tela se volvía más y más pesado. Parecía que la ropa estaba absorbiendo un líquido denso e invisible que tiraba de él hacia el fondo de la tierra, haciendo que sus piernas se hundieran profundamente en los bloques de hielo y que le costara un esfuerzo enorme poder avanzar un solo metro.
De repente, detrás de él, el sonido de la campana de la puerta del café rompió el silencio de la avenida. Sin embargo, ese ruido no sonó como una campana de bronce normal, sino como un grito metálico, agudo y muy triste, muy parecido al sonido que hacen los clavos cuando se meten a la fuerza para cerrar un ataúd de madera. Los dos hombres que estaban vigilando dentro del café salieron rápidamente a la calle. No caminaban como los seres humanos normales; sus cuerpos rígidos se deslizaban por encima de la nieve sin llegar a hundirse y sin dejar ni una sola huella detrás. Sus largos abrigos negros flotaban en el aire de una forma imposible, imitando el movimiento de las alas de dos buitres gigantes que vuelan sobre un animal muerto. Al pasar bajo la luz amarillenta de una farola de gas, Don Aurelio miró hacia atrás y vio con absoluto terror que los hombres no tenían caras reales: sus rostros eran simples máscaras de cera blanca y medio derretida, con dos agujeros oscuros, profundos y totalmente vacíos en el lugar donde deberían estar los ojos.
A las espaldas de los monstruos, todo el escenario empezó a cambiar y a destruirse. La chica vendedora seguía sentada en su sitio, pero su cuerpo comenzó a borrarse y a desaparecer dentro de una niebla gris muy espesa que olía fuertemente a azufre y a tierra mojada de cementerio. Con un movimiento rápido, sus manos recogieron todos los billetes que quedaban en la mesa, y estos empezaron a arder al instante con una llama de color negro y completamente fría. Era un fuego extraño e inverso que no daba nada de calor ni destruía el papel, sino que parecía absorber y tragarse la poca luz que quedaba en la calle, dejando todo el Paseo de Recoletos sumido en una oscuridad artificial y asfixiante. El pequeño cartel de madera donde estaba escrita la palabra "Lotería" empezó a soltar un líquido negro y espeso que goteaba todo el tiempo, manchando la nieve blanca a sus pies como una enfermedad viva que se extendía por el suelo.
Don Aurelio agarró el bastón de plata con sus dos manos para no caerse de rodillas en el suelo resbaladizo, pero el metal transmitió un frío tan extremo que le congeló los brazos hasta llegar a los hombros, dejándolo sin nada de fuerza ni sensibilidad. El aire se volvió tan denso y pesado que cada vez que intentaba respirar le quemaba los pulmones, trayendo un sabor muy feo a ceniza, a coronas de flores muertas y a la humedad de una tumba cerrada hace muchos años.
Las farolas de gas de la avenida comenzaron a parpadear con mucha violencia antes de explotar una por una a su paso. El anciano se quedó completamente atrapado en un pasillo oscuro hecho de sombras que se volvía cada vez más estrecho, mientras los monstruos sin rostro se deslizaban hacia él cada vez más rápido. Sabía perfectamente, por puro instinto, que si cedía al miedo y se daba la vuelta para mirar a sus perseguidores una sola vez, la poca vida que le quedaba en el cuerpo sería absorbida por completo en ese segundo, y su alma quedaría atrapada para siempre, convertida en otra cara pálida pegada al cristal de la ventana del café.