Capítulo 1
El televisor de cincuenta pulgadas que mi compañera de piso y yo habíamos comprado a cuotas en Black Friday parpadeaba con una luz azulada en mitad del salón a oscuras. Fuera, la lluvia de Londres golpeaba los cristales de nuestro apartamento, pero dentro, el aire olía a pizza fría, cerveza barata de supermercado y una tensión que se podía cortar con un hilo.
—¡Muévete, Cross, por el amor de Dios! —gritó Leo, tirando la cabeza hacia atrás sobre el sofá—. ¡Si fallas esa te juro que quemo tu camiseta!
No iba a quemarla. La camiseta del Blackwood Knights con el número siete impreso en la espalda le había costado medio sueldo de su trabajo a tiempo parcial, pero el fútbol sacaba lo peor de la cordura de la gente. A mí, en cambio, me robaba el aliento por motivos muy diferentes.
En la pantalla, el director de transmisión hizo un primer plano del delantero estrella del equipo. Mi respiración se detuvo en seco. Dominic Cross estaba de pie en mitad del césped empapado del estadio, con los brazos en jarra y el pecho subiendo y bajando con una violencia animal. Su camiseta negra estaba pegada a su torso como una segunda piel, delineando cada uno de los músculos esculpidos que yo me sabía de memoria. El cabello oscuro y liso le goteaba sobre la frente, pero eran sus ojos los que me paralizaban. Ojos de un negro absoluto, fríos, letales. Parecía un depredador atrapado en una jaula de focos led, buscando a quién destrozar.
—Dios, es que es insultantemente guapo —suspiró Chloe desde el suelo, apoyando la barbilla en sus rodillas—. Tiene cara de los que te rompen el corazón, te queman la casa y encima le pides perdón por haber estado en medio.
—Tiene cara de psicópata —corrigió Maya, mi otra mejor amiga, dándole un sorbo a su copa de vino blanco—. Un psicópata millonario que cobra millones a la semana, pero psicópata, al fin y al cabo. Míralo, Adele. Ni siquiera parpadea. ¿Verdad que da vibras raras?
Tragué saliva, sintiendo un calor repentino subiendo por mi cuello. Mis ojos color almendra reflejaban el brillo del televisor.
—Es… fotogénico —mentí, con la voz un poco más aguda de lo normal.
Fotogénico. Qué maldita metáfora. En el disco duro de mi ordenador, escondida bajo tres carpetas con nombres aburridos de la universidad, tenía una biblioteca entera con cientos de fotografías de ese hombre. Fotos que yo misma le había tomado gracias al convenio de prácticas de mi facultad con el club. Lo había enfocado desde la línea de banda, sufriendo el frío londinense con mi cámara en las manos, invisible para él. Para Dominic Cross, yo solo era la pasante silenciosa con sudaderas tres tallas más grandes que estorbaba en el campo de entrenamiento. Una mota de polvo en su universo de modelos de pasarela y contratos de marcas de lujo.
En la televisión, el árbitro hizo sonar el silbato. Dominic ni siquiera celebró el final del partido. Se giró, ignorando las cámaras que buscaban su reacción, y caminó hacia el túnel de vestuarios con esa postura arrogante y posesiva que lo hacía dueño de cada centímetro que pisaba.
—Bueno, ganaron —dijo Leo, apagando el televisor de golpe y sumiendo el salón en una penumbra grisácea—. ¿Ahora qué hacemos? ¿Salimos a tomar algo o nos quedamos a morirnos de asco con la entrega de mañana para la Uni?
Chloe se giró hacia mí con una sonrisa traviesa que no me gustó nada. Entornó los ojos, mirándome de arriba abajo.
—Adele… el Instagram de Cross está que arde con los comentarios post-partido. ¿A que no te atreves a mandarle un mensaje privado a tu crush desde tu cuenta de portafolio? Al fin y al cabo, nunca lo va a leer.
—¿Por qué perder el tiempo enviando un mensaje a ese tipo? — repuso Maya. Chloe puso los ojos en blanco.
—Es que no sabes cómo divertirte— se quejó —. Vamos…— continuó apretándose contra mi cuerpo en el sofá y metiendo su cabezota por delante de la pantalla de mi móvil.
—¿Qué? No. Te has vuelto loca— respondí intentando quitármela de encima.
Mis amigos no eran ajenos a mi amor platónico por Dominic Cross. Es que no era extraño que una chica estuviese obsesionada con la estrella de los Knights, ¿a quién no le gustaba ese hombre? La diferencia principal era que el resto posiblemente no tuviese una colección de figuritas suyas mientras que yo… bueno, solo se trataba de un pasatiempo que no hacía daño a nadie. Lo cierto es que mi grupo de amigos y yo nos considerábamos bastante aficionados del fútbol, especialmente con el equipo Blackwood Knights, como la mayoría de los londinenses. Solíamos reunirnos en casa cuando había partidos importantes y no podíamos concurrir o costear las entradas. Era una tradición.
—Oye dámelo— dije estirando el brazo cuando la rubia me quitó el móvil de las manos entre risas.
—¿Quieren ver una peli? — dijo Leo totalmente ajeno a lo que estaba ocurriendo.
—Me apunto— repuso Maya.
—Chloe, maldita sea…— me quejé. Se puso de pie en la sala con el rostro enfocado en mi móvil mientras sus dedos se movían con agilidad —. No te atrevas…
—Listo— dijo con una sonrisa de satisfacción devolviéndomelo.
Diablos. No me creía que de verdad lo hubiese hecho. No debía tener mi Instagram abierto. ¡Es que no esperaba que una de mis mejores amigas me lo quitara de las manos para cometer una estupidez! Tomé el aparato temblando y con el corazón en la garganta. La muy zorra había enviado un mensaje privado al Instagram de Dominic con una fotografía donde se veía parte de mi cuello y hombro y clavícula… una que tomé para poder observar los contrastes de luz para un trabajo de la Universidad. Bajo la foto el mensaje decía:
almond_shadows : “Para que dejes de mirar tanto a las cámaras de la televisión y empieces a apreciar el arte de verdad. Felicidades por el partido, Cross.”
La miré con la boca abierta y los ojos como platos.
—No puedo creer lo que hiciste— dije atónita.
—Relájate, solo será un mensaje más dentro de los miles y miles que tiene. Ni siquiera es tu insta personal— respondió despreocupada.
No lo era. Pero igual. Tenía dos cuentas. Una de ellas era privada y no tenía seguidores ni seguía a nadie. La utilizaba únicamente para subir pruebas de fotografía para mis cursos y aquellas que me gustaban lo suficiente para ir armando un portafolio que luego enviaría a diferentes empresas. ¡Pero ella había enviado una maldita fotografía de parte de mi cuerpo a Cross! Tomé una bocanada de aire para tranquilizarme. Todo estaría bien. Nada vinculaba esa cuenta conmigo y, además, me gustara o no, ella tenía razón: Dominic Cross era una inminencia dentro del fútbol, debía tener millones de mensajes a los que no prestaba atención.
Quince minutos después me entretuve con la película de Drácula que Leo colocó. En realidad, no tenía motivos para preocuparme. Estaba muy lejos del foco de atención de chicos como él.
El Blackwood Knights FC era uno de los clubes más ricos de la Premier League inglesa. Mi convenio de prácticas de la universidad me daba acceso a su Ciudad Deportiva en Surrey, un complejo privado enorme con seguridad en la entrada donde el primer equipo entrenaba de lunes a viernes. Mi trabajo consistía en moverme por los campos de entrenamiento, el gimnasio de última generación y los pasillos internos del edificio principal para tomar fotos espontáneas de la rutina del equipo para el fotolibro institucional. Estar allí implicaba ver de cerca cómo funcionaba un negocio de millones, desde los campos de césped natural perfectos hasta el vestuario donde Dominic Cross y las demás estrellas se cambiaban cada mañana.
Cuando me avisaron, a principios de año que había quedado dentro de la pasantía sentí que me desmayaría. Había aplicado a sabiendas de que era muy poco probable ese cupo. Sobre todo, cuando muchas de las personas de la clase tenían contactos con autoridades universitarias que podían asegurarle un lugar allí. Así que fue una sorpresa salir elegida. Hacía cerca de tres meses que concurría y aún continuaba maravillada con los alrededores. Y no solo con eso. La primera vez que vi a Cross tan cerca creí que me meaba encima. Él no tenía idea sobre mi existencia; siempre estaba rodeado por personas, equipo, entrenadores y muchas veces camarógrafos y chicas. Era el jugador por el que el club pagó una millonada el verano pasado. En Londres era una celebridad absoluta, su cara estaba en las vallas publicitarias y representaba a varias marcas deportivas.
Yo, por el contrario, era una chica caótica de clase social media, cursando el último año de mi carrera universitaria en artes y sosteniendo un trabajo de medio tiempo para costear los gastos. Cuando llegué a la ciudad encontré un folleto en un comercio cercano al campus donde una chica buscaba compañera de piso. Nos llevamos bien desde el comienzo, aunque éramos completamente diferentes. Chloe destilaba confianza por cada poro de su curvilíneo cuerpo. Era extrovertida, carismática y siempre tenía chicos detrás intentando conquistarla. Justamente por ese motivo, su vida era un constante drama de relaciones fallidas, pañuelos para las lágrimas luego de romper con alguien y películas románticas. Pero se reponía con facilidad.
Yo por el contrario, no tenía ninguna larga lista de chicos sino una de tareas pendientes. Mi mente era un agujero negro de desorganización y torpezas. Hablaba demasiado cuando algo me apasionaba y perdía completamente el foco de concentración por otros. Podía concentrarme en una actividad durante más horas de las saludables para cualquier ser humano o pasar horas buscando las llaves en el caos de mi habitación. A pesar de nuestras diferencias, disfrutaba mucho compartir tiempo con ella, así como con Maya y Leonardo a quienes conocí en la Universidad cuando llegué.
Durante algunas tardes, trabajaba en el Bar Mirrow. Sito al que ingresé gracias a Chloe que estaba allí desde antes. Era relativamente sencillo: atender mesas, más que nada población universitaria que concurría durante las tardes y las noches. No era bien pago, pero alcanzaba para costear lo necesario. La beca ayudaba con el resto de los gastos.
Esa mañana llegué nuevamente tarde a mi clase de expresión libre. No me costaba levantarme temprano si me dormía a una hora prudente, pero calculaba mal los tiempos. Los profesores sabían que ponía toda mi voluntad en mejorar e incluso cinco alarmas que me indicaban que se acercaba la hora de tomar el metro. Sin embargo, siempre me distraía haciendo alguna cosa en el apartamento y cuando quería acodar el tiempo se iba. Me diagnosticaron con trastorno por déficit de atención del subtipo inatento (TDAH) cuando tenía siete años. Por ese entonces solía sumirme en mis mundos de fantasía durante las clases al punto de que la distracción comenzó a afectar mi rendimiento. Mi padre me llevó a terapia durante varios años y con el tiempo me convertí en un ser humano relativamente funcional en la sociedad con buenas herramientas de regulación. Los profesores estaban al tanto de esto, aunque no todos se mostraban tan flexibles después de miles de llegadas tarde.
Dejé mi bolso sobre la mesa y me saqué la chaqueta de cuero dos tallas más grandes de la mía. La ropa holgada me daba la sensación de resguardo del mundo externo. No solo se trataba de una forma cómoda de vestir, sino que compensaba con mis torpezas y desajustes haciéndome pasar desapercibida y por tanto, no juzgada. Me acomodé algunos mechones del cabello que llevaba sujeto en un rodete desprolijo y saqué el cuaderno de notas.
—¿Otra vez su cerradura se rompió, Señorita Barrett? — preguntó el hombre.
—No. Mi amiga inundó el baño. No podía irme y dejarla sola con eso, ¿O, sí?
—Me resulta curioso que siempre ocurra algo cinematográfico en su casa.
Me encogí de hombros.
—Estamos comenzando el segundo trimestre. Cuide los horarios— dijo con seriedad.
—Lo sé. Lo siento.
Me hubiera gustado prometerle que no ocurriría de nuevo, pero teniendo en cuenta mi desorganización, era probable que pasara. Tampoco podía darme el lujo de que se transformara en un hábito pues tenía que mantener mi escolaridad para mantener mi beca. Pero las llegadas tardes eran compensadas con mis buenas calificaciones. No podía quejarme. Me gustaba lo que hacía y no se me daba nada mal. Sabía que tenía mucho por mejorar, pero contaba con buenas devoluciones por parte de los profesores. Y eso, teniendo en cuenta que era el último año, resultaba alentador.
Mis días nunca eran relativamente tranquilos sino más bien, apresurados y caóticos. Tenía clases durante toda la semana desde la mañana hasta pasado el mediodía. Pero lunes, miércoles, viernes y a algún sábado, concurría al club por la pasantía y eso podía extenderse desde la mañana hasta quién sabe qué hora. Trabajaba por las tardes, tres veces en la semana en el bar y durante las noches me dividía entre el estudio y el tiempo con mis amigos. Así que era habitual verme corriendo de un lado a otro; sobre todo ese año pues los traslados hasta el club eran bastante largos. Pero valían absolutamente la pena.
Por las mañanas mientras desayunaba hablaba un rato con mi padre quién resultaba bastante insistente si no respondía. Aunque ya hacía unos años me había ido de casa, aún le costaba mi ausencia. Siempre fuimos nosotros dos. Era esperable que se sintiera un poco solo. Por eso me sentí aliviada cuando supe que estaba saliendo con la Anette Starling; era dueña de la floristería del pueblo e iba tras él desde hacía mucho tiempo. Pero Albert, solía refugiarse en su trabajo y olvidaba que tenía una vida que debía ser vivida. Mi ausencia hizo que comenzara a moverse al respecto. Iba poco de visita, sobre todo durante los últimos dos años cuando las exigencias académicas aumentaron así que lo compensaba con charlas telefónicas.
Esa noche, sin Chloe en el apartamento, todo se sentía más silencioso de lo normal. Ambas éramos revoltosas y ruidosas. Pero había quedado con un chico, no sé cuál de todos los que iba ya nombrando ese año y posiblemente no regresara hasta la mañana. Dejé las cosas sobre el sofá, me di un baño y me metí en la cama a editar algunas fotografías para un trabajo que llevaba atrasado. Sobre mi mesa de noche reposaba un paquete de patatas y un refresco de cola junto a una taza con café a medio terminar que dejé por la mañana.
Observé la fotografía del bosque que tomé hace unos días cerca del campus: el verde resaltaba entre la densa neblina. Tenía una atmósfera oscura, misteriosa, propia de un espacio que podía utilizarse para alguna película de suspenso. O al menos, eso fue lo que quise capturar. Usaría esa junto a otras similares que tomé tiempo atrás. Abrí mi insta para poder subirla y dejarla en la colección, pero el pequeño número rojo en los mensajes me hizo fruncir el ceño.
Al principio intenté entender cómo podía llegar un mensaje a mi Instagram privado cuando solo yo lo conocía. Cuando abrí los mensajes mi mente entró en cortocircuito. Me quedé viendo el chat sin abrirlo mientras buscaba darle algún tipo de sentido a aquello. ¿Qué yo tenía un mensaje sin leer de Dominic Cross? No. Definitivamente no podía ser. Tenía que ser un error.
Había pasado más de una semana y me olvidé de la tontería del mensaje de Chloe. Incluso pensé que tal vez era ella desde una cuenta falsa para molestarme. Aferrada a ese pensamiento y ya elaborando mentalmente lo que iba a responderle, abrí el chat:
Dominic Cross: “Sé reconocer el arte cuando lo veo, y lo que me has mandado es una provocación. Las cámaras de televisión me graban porque tienen permiso para hacerlo. Tú, en cambio, te escondes detrás de una pantalla. Quítate la ropa, mándame una foto de verdad y entonces decidiré si vale la pena apreciarte.”
Cerré la pantalla de la laptop de golpe como si alguien pudiese verme desde el otro lado. El corazón me latió deprisa y por un momento no respiré. Estuve varios minutos con la mente en blanco y el cuerpo en modo alerta extrema. Tenía que haber un error. No era él. Cuando me animé, volví a levantar la pantalla y releí el mensaje dos, tres, cuatro veces. Ingresé en la cuenta de Cross para comprobar si de verdad era su cuenta, pero allí estaba: millones de seguidores, fotografías frecuentes, hileras de infinitos comentarios y corazones. Barajé la idea de que alguien le manejara la cuenta y respondiera, pero el propio Dominic Cross había aclarado que se encargaba de sus redes personales. Cuentas en las que no seguía a más de unas setenta personas de su círculo cercano. Las cuentas comerciales eran manejadas por su agente.
Entonces sentí real paranoia. ¿Y si sabía quién era? ¡Mañana tenía que ir allí y verlo! ¿Y si hablaba en dirección y me suspendían de la práctica? Santa mierda, me metería en un lío terrible, me quedaría sin beca y lo peor de todo, sería el hazme reír de todo Londres. No encontraría jamás trabajo después de eso. ¡Maldita sea con Chloe! Cuando logré tranquilizarme, me repetí que no existía forma de que él supiera quién era yo. En mi cuenta nada me relacionaba con quién era. Solo había muchas fotografías artísticas y algunas pocas de manos, pies, y esa de mi cuello y espalda. Nada más. A no ser que fuese un detective no podría saberlo. Y, además, no creía que alguien como él se tomara el tiempo para averiguar cosas sobre una chica X.
Aunque lo sabía, al día siguiente me sentí en alerta ni bien ingresé en el predio del lujoso club rodeado de campos verdes. Llevaba la tarjeta de pase colgada en el cuello pues todo estaba custodiado por sensores y guardias de seguridad.
Apresuré mis pasos bajo la llovizna constante de la ciudad. El borde de mis pantalones anchos rozaba la humedad del sendero y aunque las zapatillas eran altas, posiblemente se mancharan. Por eso solía usar colores oscuros. Un suéter gris de cuello alto y la campera de cuero negra me acompañaban como base del atuendo y la mochila colgada del hombro con la cámara y demás herramientas necesarias para la jornada. Cuando llegué a la oficina donde dejaba mis pertenencias, tenía el cabello húmedo y los pies helados. El contraste con la calefacción interna fue inmediato, pero no me desabrigué demasiado pues en breve tendría que irme hacia la zona de las canchas y allí el frío pegaría de nuevo.
Gasper Smith, el Director de comunicación del club y mi tutor de pasantía, se encontraba detrás de su escritorio, con el móvil pegado a la oreja y un café humeante entre sus manos. Era un hombre de mediana edad y perfil tosco, con un grado de hiperactividad que a veces me hacía cuestionar si no necesitaría disminuir su consumo de cafeína. Siempre iba impecable. La imagen lo era todo para él y eso implicaba que sus niveles de exigencia conmigo fueran altos… por momentos irreales. Pero me esforzaba por hacer lo mejor. Me gustara o no sería quién me evaluaría durante el año académico y yo necesitaba su aprobación para pasar la práctica. Mi mecanismo defensivo frente a sus constantes pedidos de rendimiento y eficiencia, eran insultarlo de todas las formas posibles dentro de mi mente. No cambiaba la situación, pero ayudaba.
—Quiero todo listo para el sábado. Es el día del partido y lo sabes desde hace tiempo. Si no están organizados me encargaré de que no vuelvan a conseguir trabajo en sus vidas— exclamó y acto seguido, cortó la llamada. Así era Gasper —. Jodidos ineficientes— soltó al aire.
Saqué la cámara del bolso sin decir demasiado. Me vio entrar, pero no siempre saludaba así que prefería esperar su movimiento para responder y no quedar con el saludo en la boca como en tantas otras ocasiones.
—Los chicos estarán entrenando en quince minutos. Necesito que te enfoques en los perfiles durante las jugadas. Las fotos tienen que salir este viernes en la revista— me dijo.
—De acuerdo.
—Y no pierdas el tiempo fotografiando a todo el equipo. Necesitamos focalización, Adele— dijo remarcando la palabra “focalización” —. Céntrate en los importantes: Cross, Hayle, Ferbinson.
El delantero del equipo, el mediocampista y el portero. Y los mejores amigos de Dominic Cross. Era un equipo muy unido, pero ellos venían juntos desde las ligas inferiores. Atlas Hayle era reconocido por sus jugadas, pero también por los bailes que solía hacer para provocar al equipo contrario. Acciones que lo habían dejado en la banca en varias oportunidades. William Ferbinson era el bromista del equipo, capaz de responder de formas muy poco apropiadas a la prensa. Sabía todo eso por las noticias, redes sociales y revistas, porque seguía al equipo de cerca desde hacía años y porque mi pequeña obsesión me había llevado a buscar demasiada información sobre Cross y todo lo que lo rodeaba. Pero, además, los había visto interactuar durante esos pocos meses y no hacían justicia a su fama. Eran mucho peores.
De Dominic se hablaba demasiado, como que odiaba la fama y el circo mediático. En las ruedas de prensa solía responder con monosílabos, miraba a los periodistas con desprecio y nunca sonreía. Había artículos enteros de psicólogos deportivos analizando su ”lenguaje corporal hostil”. Se hablaba de que era hipercompetitivo y temperamental. Los analistas deportivos siempre destacaban que Dominic no toleraba los errores de nadie. Si un compañero le daba un mal pase, le gritaba en mitad del partido, gesticulaba con furia y le exigía máximo nivel. Que era un jugador físico, imponente y que intimidaba a los defensas rivales solo con pararse frente a ellos. Rara vez le sacaban tarjetas rojas porque era muy inteligente, pero jugaba al límite del reglamento, usando su cuerpo y su fuerza para desgastar a los rivales.
A diferencia de otros futbolistas de la Premier League a los que fotografiaban saliendo de discotecas en con modelos e influencers, a Dominic nunca lo habían descubierto en un escándalo amoroso ni enrollándose con nadie. Había salido en listas de “Los solteros más codiciados de Inglaterra”, pero la prensa del corazón lo calificaba “inaccesible” porque si bien se lo veía en eventos sociales, fiestas, compartiendo mesas con amigas o acompañado por chicas, nunca se vinculaba sentimentalmente con nadie. A excepción de su exnovia dos años atrás. La única pareja que se le conoció de forma pública.
Mientras caminaba hacia la zona de las canchas, con la cámara colgada al cuello y mis pasos resonando por los silenciosos pasillos matutinos, volví a recordar el mensaje de insta. Seguía pareciendo un poco surreal y la idea me pinchó con una incomodidad extraña que se mantuvo dentro de mí.
Los chicos ya se encontraban en la cancha trotando y realizando ejercicios de calentamiento. Pasé junto a la mesa techada donde había alimentos, frutas, snacks para los jugadores y me robé un par de almendras.
—¡Oye, te vi! — gritó Paul. Terminé de meterme las almendras dentro de la boca y lo miré con una sonrisa de labios apretados. El castaño no aguantó la risa y negó con su cabeza. Paul era uno de los utileros del equipo y con quién compartía parte de mi tiempo en los entrenamientos. Agradable, detallista y bastante obsesivo con su trabajo.
—¿Acaso no desayunas, Adele? — dijo acomodando las botellas de bebida energética.
—Salí justa de tiempo— expliqué.
—Tú y la puntualidad no van de la mano.
—Soy una estudiante en pleno desarrollo, ¿cómo quieres que me centre en los horarios y estudiar a la misma vez? Necesito descanso para eso… y alimentos— dije señalando los snacks saludables. Me giré para dirigirme a la cancha y al hacerlo tropecé con la pata de la mesa haciendo que las botellas perfectamente apiladas se movieran y cayeran hacia un lado.
—Lo siento— me disculpé sin mirar a Paul a quién escuché maldecir detrás de mí. No era fácil concentrarme en la cámara y en mirar por donde iba a la misma vez. Así que siempre tenía algún que otro moretón en el cuerpo que desconocía cómo me había hecho.
Como de costumbre, me mantuve cerca de los perímetros de la ancha. Donde no estorbara. Había probado al principio acercarme un poco más, pero el mismo Dominic me había gritado de mala manera que me “moviera, maldita sea, de allí”. Desde ese momento me limité a acercarme cuando podía hacerlo. Ajustaba el lente de mi cámara con las manos temblorosas, sabiendo que capturaba un mundo prohibido para el resto de los mortales.
En el centro del campo, el segundo entrenador era quien dirigía la sesión. Quien corría con los chicos, colocaba los conos de plástico sobre la hierba y gritaba las instrucciones de los pases de velocidad. A unos metros, el entrenador de porteros se dedicaba exclusivamente a acribillar a balonazos a Cross para poner a prueba sus reflejos.
Mientras el cuerpo técnico se manchaba las botas en el barro, las verdaderas figuras de autoridad vigilaban desde los márgenes, como halcones. El Director Técnico, o “el Míster”, como todos le decían con un respeto casi militar, rara vez pisaba el centro del césped durante estos ejercicios. Se quedaba de pie a un lado, inmóvil, con los brazos en jarra y una libreta negra apretada contra el pecho, analizando cada respiración y cada mal movimiento de Dominic. Y no estaba solo. Junto a él, o a veces observando tras las enormes cristaleras de la planta alta del edificio principal, solían aparecer los altos ejecutivos y el director deportivo del club. Se les reconocía al instante porque no vestían ropa deportiva; llevaban abrigos largos de diseñador para cubrirse del frío londinense y trajes hechos a medida que gritaban dinero. Su sola presencia a pie de campo significaba que el próximo partido era de vida o muerte, lo que habitualmente ponía a Dominic de un humor insoportable.
Los únicos que parecían ajenos a ese estrés corporativo eran los utileros, que se movían de un lado a otro cargando balones inflados y botellas de agua, y el equipo de médicos y fisioterapeutas. Los fisios se sentaban en el banquillo con sus chaquetas oficiales y sus maletines de emergencia, fijos en el juego, listos para saltar a la cancha con el espray frío si alguno de los chicos sufría un tirón.
Tomé las primeras fotografías siguiendo los lineamientos de mi tutor. Apunté a Dominic mientras se detenía para limpiarse el sudor de la frente. El cabello húmedo por la fina llovizna caía sobre su frente mientras esperaba las instrucciones del entrenador. Recordé el mensaje que me envió y las manos me temblaron haciendo que tomara una fotografía terrible. Aparté la vista de allí y me centré en el portero escuchando esa pequeña voz dentro de mí que me recordaba que había dejado en visto nada más ni nada menos que a Dominic Cross.
Tenía que hacer algo al respecto.








