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Anita, la enanita del paso del elfo de la nariz achatada

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Summary

La historia de una jovencita de la raza de los enanos que busca ser la mejor bailarina del mundo

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
16+

Roquita, el gato de cara chata

Anita, la enanita del paso del elfo de la nariz achatada

Capítulo 1: Roquita, el gato de cara chata

Era un sonido repetitivo como el de un cabestrante antiguo usado en una mina, y era justo ese lugar donde poco a poco la actividad parecía retornar.

Los ambientes se iluminaban poco a poco con las luces provenientes de las velas de los cascos de los mineros: la raza de los enanos.

Los trabajadores subterráneos iban a sus puestos a buscar la riqueza del subsuelo a la vez que saludaban a aquellos pocos que tenían el turno nocturno o bien eran encargados de precautelar la seguridad en los túneles más profundos; nunca se sabía cuándo una alimaña del mal podría acercarse.

Con el paso de quienes retornaban ansiosos por darse un merecido descanso, se pudo observar que pasando los túneles del socavón, se llegaba a una majestuosa cueva interior. No era un sitio oscuro y ófrico, sino que era iluminado mediante magia y hacia ver todo como si uno estuviese allá en la superficie.

Calles, plazoletas, muchas estatuas y fuentes de agua acompañaban la vista de lo que al parecer eran mercados, casas, templos y demás.

Puesto que se trataba de un ambiente subterráneo, ninguna de las plazoletas parecía albergar la figura de árbol alguno o cualquier planta hallada en la superficie, sin embargo, donde se suponían debían estar los jardines, habían multitud de hongos multicolores que parecían lanzar miasma igual de colorida, esta no iba muy lejos, sino que caía apenas un par de centímetros de donde había sido expulsada.

Como todo lo demás, las construcciones eran todas de piedra, la cual estaba muy labrada y daba a todo el conjunto la apariencia de un pueblo enamorado del arte barroco.

Un lugar sobresalía, una casa para ser más precisos, no era porque era la más grande o tenía los bajo relieves más exquisitos en su frontis, tampoco gozaba de los hongos más decorativos en su jardín frontal, no, era un elemento que parecía a simple vista poca cosa,, pero que siempre llamaba la atención a los habitantes del lugar. La entrada principal y los marcos de las ventanas, eran todas de recia madera, algo desgastada por los años.

Unos pocos transeúntes enanos iban por la calle solitaria, entre ellos un gato que al parecer estaba persiguiendo a un diminuto y negro ratón, más rápido y osado que el resto de su clase.

Su osadía le costó caro ya que el felino le atrapó y se lo llevó a las fauces, dispuesto a darse un buen desayuno justo en ese lugar, sin embargo, eso no pudo ser.

La puerta de madera se abrió y por esta salía una jovencita enana, llevaba un faldón largo e intentaba ponerse chancletas a la par que corría, sin preocuparse por los cestos que hacia caer en su rápida carrera.

―Anita! ―le gritaba otra enana por la ventana de la casa―. ¡Al menos toma el desayuno que se va a enfriar!

―¡No te preocupes, hermana, que puedes tomar mi parte!

―¡Vaya, que chica esta! ―exclamó la hermana mayor como enojada, pero luego vio irse a Anita con una sonrisa.

»¡Bueno, que quiero a todas adentro! Que alguna me ayude con el desayuno ―le decía a lo que al parecer eran sus otras hermanas que se asomaron por la puerta para ver a Anita desaparecer por la calle, no obstante, su hermana ya se perdió de vista.

La hermana mayor les metió prisa a sus hermanas y estas cerraron la puerta con celeridad para atender sus labores matutinas.

Un hombre, de seguro un minero que regresaba del horario nocturno, veía a la enana con rostro de sorpresa.

―Esa Anita, siempre tan animada, ¿verdad? ―le dijo riendo y la hermana cerró la ventana mientras se ponía roja de vergüenza.

Quien no se ruborizaba era Anita, que luego de ponerse las chancletas, fue a una de las fuentes y solo sumergió su cabeza en el agua, todo esto sin detenerse ni un momento.

Se secaba lo mejor que podía y trataba de acomodarse ese cabello color miel que hacía juego con sus ojos cafés y pecas que iban de un lado al otro de su rostro, pasando por el puente de su nariz.

La jovencita empezaba a respirar con dificultad ya que las vías que tomaba ascendían, al final, pudo verlo: Las puertas de la entrada del recinto subterráneo, en este lugar no se necesitaba de antorchas o iluminación mágica debido a la luz natural del día, solo se usaba todo eso cuando llegaba la noche, entonces ni las estrellas podían verse ya que se cerraban las puertas y solo el portero del pueblo las abría a requerimiento de un viajero o una situación excepcional.

La luz del sol, su resplandor para decir mejor, hacía que Anita solo pudiese ver las siluetas de un grupo de mercaderes enanos.

―¡No se vayan que tengo que despedirme! ―gritó Anita mientras agitaba el brazo.

―Anita, no creí que te levantarías tan temprano ―le contestó una mujer enana muy bonita que llevabamuchas cuentas en el cuello así como aretes dorados.

―Quería despedirme y decirles que yo también pienso ser una bailarina de pandereta. Voya viajar por todo el mundo para conocer los demás pueblos y todos los reinos enanos.

―Qué alegría, sé que lo vas a lograr, tienes mucho talento ―le decía la bailarina y las otras integrantes de su grupo se acercaron y le desearon lo mejor a la jovencita.

Como que las bailarinas iban con un grupo de mercaderes y estos no se podían retrasar, la despedida fue breve, pero para alegrar el corazón de quien las viniese a despedir de manera tan efusiva, se quitaron los velos y las mantas y empezaron a bailar al son de las panderetas, así se alejaron de la entrada del pueblo.

Anita se veía muy animada y regresó a las profundidades de la tierra con una amplia sonrisa en el rostro y con unos ojos que parecían iluminar más que todas las antorchas o las velas mágicas del poblado.

Anita Fur, era una joven enana de la casa Fur perteneciente a los Bran Fur, un clan muy respetado y que siempre se caracterizaron por ser buenos mineros, de hecho, la gente decía que los Fur de los Bran Fur, tenían plata en lugar de huesos, por lo buenos mineros que eran.

Solo había una oveja negra en dicha familia y no, no era Anita, sino uno de sus tíos por parte de madre, cuyo nombre era Brandifur Fur.

A diferencia de los demás parientes del clan Fur, Brandifur había rechazado el modo de vida de los Bran Fur.

¿La vida de un minero? Ni hablar, lo que apasionaba a Brandifur era el estar bajo los rayos del sol.

Claro que muchos enanos respetables trabajaban bajo la luz del sol, el caso más emblemático era el de los comerciantes enanos, ya que viajar bajo tierra era muy peligroso y las mercaderías tardaban meses en llegar. Los mercaderes enanos de la superficie y otros eran bien vistos por la comunidad, un oficio extraño, pero necesario para la prosperidad de los enanos, sin embargo, Brandifur escogió una carrera nada ortodoxa: cazador y trampero enano.

Lo suyo no era estar en medio de una caravana de hoscos enanos, sino viajar a la intemperie, atravesar ríos, escalar montañas, acechar y cazar bestias para luego comerciar sus carnes, pieles y demás con las distintas caravanas de enanos que iban de un lugar a otro, inclusive con poblados elfos y sus carretas de aprovisionamiento, que eran versiones más elegantes y sociales que las caravanas de los enanos, pero que carecían de números mayores y guerreros o guardias que hiciesen de escolta de aquellas.

Pese a su mal visto trabajo, después de todo, un enano está hecho para vivir bajo tierra como los dioses mandan, Brandifur recorrió con sus piernas chatas el mundo conocido y vio y oyó maravillas en todas partes de la superficie, por esto mismo la presencia del cazador era estimada, en especial en las tabernas donde el famoso enano, rompía la monotonía de los hoscos parroquianos que se la pasaban bebiendo huraños unos con otros.

Anita estuvo fascinada con las historias que Brandifur trajo a su casa, después de todo, el trampero y cazador era pariente suyo, pero lo que más le llamó la atención fue que en el pueblo donde vivía su exótico pariente, había una academia de música y danza. Y este era el interés de la joven enana.

Cerca a su casa, Anita tuvo que desviarse ya que sobre la estatua de un minero que se reía a carcajadas haciendo caso nulo a su mala fortuna y viendo alegre el prospecto de trabajar arduo mañana, estaba Roquita, el gato de Anita.

El felino al escuchar aproximarse a su ama, giró la amplia cabeza de hocico chato y pidió ayuda con una serie de maullidos.

Anita tuvo que subirse a un tonel vacío y luego de rogarle a Roquita para que saltase, el gato se animó y dio un salto de fe con lo que fue a parara los brazos de la joven.

Todos los asentamientos mineros tenían gatos de mascotas, incluyendo los pueblos subterráneos que colindaban con ellos. La razón: los útiles felinos mantenían a rayaa los ratones y las ratas que transmitían montón de enfermedades, casi todas ellas mortales.

Habían algunas otras mascotas, pero eran los menos, y en cuanto a los gatos, es curioso, pero el lugar donde vivía Anita, tenía por mascotas felinas a una única raza de gatos de hocico chato, esto no era una coincidencia, sino que obedecía a la curiosa historia del poblado.

Hace más trescientos años, una partida de guerra elfo atravesó las cercanías a la entrada al pueblo subterráneo, eso no era nada nuevo, ya que en ese tiempo los elfos estaban en guerra tratando de expulsar de sus tierras a un caudillo orco llamado Gunko, el cascarrabias beodo, cuya horda de guerra, había causado más de un problema no solo a los elfos, sino también a uno que otro asentamiento minero de los enanos.

Un día, pasó una caravana compuesta por elfos más arrogantes que la media, los cuales, sin pedir permiso, talaron los árboles en las cercanías de la entrada. Ahora bien, los enanos son una raza que no gusta o disfruta de la naturaleza (al menos la que hay sobre la superficie), sin embargo, estiman a los árboles ya que con estos sacan las vigas necesarias para asegurar que los túneles de sus socavones no colapsen debido al peso.

Lo enanos le reclamaron al líder de la caravana, el cual era un príncipe elfo altanero llamado Jhanaflel, el hermosísimo. Este elfo tuvo la osadía o mejor dicho, la insensatez, de pedirles a los enanos que se cortasen las barbas ya que su visión hería sus bellos ojos y hablando de eso, exigió que las mujeres enanas regresaran bajo tierra ya que mujeres tan bajas, gordas y de rostros redondos ofendían su vista, que lo mejor era que retornasen a sus casas corriendo con sus piernas gruesas y chatas y llevándose sus gruesas posaderas.

Ni que decir que el jefe de los enanos de ese tiempo, un viejo ancestro de Anita, le dio un buen puñetazo al dichoso príncipe.

La relación entre elfos y enanos no se resintió mucho ya que los elfos conocían de los defectos de personalidad de dicho príncipe que ni estaba en el décimo lugar de sucesión al trono con lo que las cosas no pasaron a mayores. Eso sí, el pueblo de Paso del Sur, pasó a llamarse desde entonces: Paso del elfo de la nariz achatada.

Al principio quisieron ponerle Paso del elfo de la nariz machucada, pero el ancestro de Anita consideró que no era buena idea poner más leña al fuego en la ya de por si volátil relación que tenían las dos razas en esa parte del mundo.

En conmemoración a ese feliz acontecimiento (feliz para los enanos claro está), el pueblo en conjunto decidió tener de mascotas a gatos que les recordase como quedó la cara de dicho principito presuntuoso.

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