Chapter I: Los estudios
Todo comenzó hace demasiados años. Nací en 1995, si le preguntas a mi madre, te dirá que tardé tres años enteros solo en aprender a caminar. De niño apenas hablaba; las palabras se
me tropezaban en la boca y me confundía con una facilidad pasmosa. Supongo que desde ahí ya iba a mi propio ritmo.
Después de eso, mi vida fue el mismo camino plano que recorre cualquiera: inicial, primaria y secundaria. Un tránsmite. El año pasado por fin terminé la secundaria y mi plan era
simple: no hacer nada. No quería estudiar una carrera, no quería encerrarme en una aula. Pero mi familia, con sus discursos sobre el futuro y el éxito, me obligó a matricularme.
Y así es como termine aquí. Ahora mismo, estoy sentado en el salón de clases de la preparatoria. No hago absolutamente nada. El profesor sigue hablando de una materia que me parece
un idioma extragera, y yo solo miro la pizarra con la mente en blanco.
—¡Miller!— el grito del profesor rompió el murmullo.
Había estado murmurando mi vida en voz alta, un hábito estúpido que me atacaba cuando el aburrimiento me superaba. El profesor, un hombre maduro con el rostro permanentemente
fruncido, me clavaba una mirada asesina. Estaba harto de mí, y yo de él. Estaba cansado de que me obligaran a pasar mis días en un lugar que detestaba, pero la impotencia era un
nudo en mi garganta; no podía hacer nada contra las decisiones de mis padres.
—Es la última vez, Miller. No voy a tolerar que uses mi clase para tus cuentitos. ¡Fuera de mi aula!— sentenció, señalando la puerta con el dedo tembloroso de rabia.
No me lo hizo decir dos veces. Agarré mi mochila de mala gana y salí al pasillo vacío. En cuanto la puerta se cerró a mis espaldas, el silencio del pasillo me recibió como
un alivio.
—No puedo creer que el viejo finalmente me sacara de su estúpida clase— refunfuñé para mí mismo, arrastrando los pies—. Mejor para mí. Ahora sí podré estar tranquilo. Por lo menos
puedo sentarme en esta banca a esperar el recreo.
Me dejé caer en una banca de madera gastada frente al aula, estirando las piernas. El instituto en silencio tenía un aire casi pacífico. Sin embargo, la paz duró poco. Apenas unos
minutos después, la cerradura de la puerta vecina se abrió y una silueta cruzó el umbral con el rostro encendido de molestia. Era una chica de mi salón. También la habían expulsado
temporalmente.
—Vaya— murmuré, viéndola acercarse—. Pensé que era el único. Bueno, por lo menos no estaré solo.
La chica mirando al suelo, pero al levantar la vista y verme allí sentado, sus hombros parecieron relajarse notablemente. Saber que no era la única pareció darle cierto consuelo. Se
acercó a la banca a paso lento.
—Hola— dijo, deteniéndose frente a mí—. ¿Tú no eres el genio que ensució toda la carpeta del profesor anterior?
Puse los ojos en blanco y me froté la frente con frustración.
—Por favor, no me hagas recordar eso— respondí con un suspiro—. Por cierto, ¿Para qué te acercaste?, ¿Solo para burlarte?
—Para nada— respondió ella—. Solamente quería hacerte recordar lo mal que te has comportado estos últimos meses. Eres como un imán para los problemas.
—¿Y tú quién te crees para decirme todo esto?— le respondí, apoyándome en la banca con mis brazos.
—Oye, tranquilo. No quería incomodarte— digo ella, suavizando el tono mientras tomaba asiento a mi lado en la banca—. Solo quería… no sé, hacerte reflexionar un poco.
Hubo un momento de silencio en el pasillo. Ella se giro un poco para mirarme defrente con curiosidad.
—Por cierto… ¿Por qué odias tanto los estudios? Te he visto hablando solo en algunos recreos, diciendo cosas horribles de la preparatoria y del estudio en general. Pareces realmente
resentido.
Me reí y le respondí.
—Porque es un desperdicio de tiempo— dije, mirando al techo del pasillo—. Todo esto no es más que una cortina de humo creada por la élite para mantener entretenida a la gente joven,
y hacernos creer que este es el único camino. Es una prisión mental.
Ella parpadeó, sorprendida por la intensidad de mis palabras, pero no se burló.
—¿Y tú por qué estás tan seguro de eso?— preguntó, mirándome con confusión.
—Lo he visto en todos lados, en la historia, en el sistema, en cómo vive la gente… solamente que ustedes están demasiados ciegos para darse cuenta— respondí, dandole la espalda—.
Bueno, no me sigas interrumpiendo. Tengo cosas importantes que hacer.
Ella solto una pequeña carcajada mirando el pasillo vacío.
—¿Qué cosas tienes que hacer aquí afuera?
—Esperar el recreo— respondí muy serio.
—¿Y eso es tan importante?
—Si, lo es. Ahora vete y déjame en paz.
La chica se puso de pie, sacudiéndose el uniforme, pero antes de marcharse, me dedicó unas últimas palabras.
—Bueno, antes de dejarte, me presento. Soy Vera Bennet. Dime simplemente Vera.
— Sí, sí, como quieras— respondí sin mirarla, fingiendo desinterés.
Vera caminó de regreso a la puerta de su aula. Tras tocar tímidamente y pedir disculpas al profesor, volvió a entrar, dejándome solo en el pasillo. El resto del tiempo pasó lento,
como el goteo de un grifo viejo, hasta que sonó el tiempo del recreo y, eventualmente, el del final del día.
Pensé que podría escabullirme a casa sin más contratiempos, pero el destino tenía otros planes. Justo cuando cruzaba la sala principal, la voz de la secretaria detuvo mis pasos.
—Silas Miller. El director Elias lo espera en su oficina. Ahora mismo.
En ese momento me sentí nervioso, pero fingí que no me importaba. Caminé hacia la oficina, empuje la puerta y me encontré al director revisando una pila de papeles con cara de
disgusto.
—Bueno, bueno, ya estoy aquí— dije, mientras apoyaba mi cuerpo sobre la pared—. ¿Para qué me llamo?
El director levantó la vista. Sus ojos reflejaban una mezcla de decepción y cansancio.
—He recibido muchísimos reportes tuyos, Miller. No prestas atención a las clases, desafías a los profesores, muestras un desinterés absoluto por esta institución… ¿Sucede algo
contigo? Respóndeme, porque ya no sé que hacer.
Me acomodé la mochila al hombro y lo miré.
—No voy a darle muchas vueltas, director— dije con voz fría—. Simplifiquemos esto: expulseme de una buena vez para poder estar tranquilo por fin. Es lo que ambos queremos.
El director guardó los papeles y dijo.
—Eres un irrespetuoso, Miller. Más te vale que te vayas antes que te expulse. La conversación acabó, retírate.
Miré al director con felicidad y salí de la institución.








