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La Última Frontera.

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Summary

En un futuro donde la humanidad se ha expandido por el universo conocido, la Federación Terrestre lucha por sobrevivir entre colonias humanas independientes, imperios alienígenas y amenazas desconocidas. Su única defensa: la Flota Estelar Terrestre y los valientes Marines Espaciales, soldados equipados con avanzadas armaduras tácticas y entrenados para misiones imposibles. Entre los sistemas estelares, distintos escuadrones humanos se enfrentan a peligros que van desde guerras interestelares hasta misiones encubiertas en mundos hostiles, mientras interactúan con sus aliados más leales, los Myrmitones, una civilización insectoide organizada como un hormiguero, ferozmente leal y estratégicamente brillante. Cada misión es una historia propia con principio y final, pero todas se entrelazan formando un mosaico épico de honor, sacrificio y camaradería, donde la humanidad y sus aliados deben defender su existencia en un universo implacable.

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4 mins ago
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1
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13+

Capítulo 1.- Los Límites de la Federación.


Parte I - El Borde Exterior.


Había lugares en la galaxia donde la humanidad había construido ciudades capaces de albergar a millones de personas.

Mundos cubiertos de luces.

Planetas atravesados por redes de transporte orbital, ciudades que se extendían durante cientos de kilómetros y estaciones espaciales donde miles de naves entraban y salían cada día.

Y después estaba El Borde Exterior.

El límite.

La última frontera del universo conocido.

Un espacio tan vasto que incluso los mapas oficiales de la Federación Terrestre mostraban enormes regiones en blanco.

Se extendía desde la Oreja de Jenkins, aquella gigantesca formación interestelar que durante generaciones había servido como referencia para los navegantes, hasta las regiones más alejadas cartografiadas por las sondas de exploración.

Más de sesenta y tres colonias humanas reconocidas por la Federación Terrestre se encontraban desperdigadas por aquel inmenso territorio.

Sesenta y tres.

Y eso eran las reconocidas, había muchas más independientes.

Y cada año aparecían nuevas.

Algunas apenas eran poco más que un puñado de módulos habitacionales, una granja hidropónica y una antena de comunicaciones.

Otras habían crecido hasta convertirse en auténticas ciudades.

Iridon, por ejemplo, un planeta principalmente minero, asociado a la Federación era un ejemplo de una colonia pujante de actividad y población. Se había convertido en uno de los principales centros comerciales de la frontera.

Pero entre una colonia y otra podían existir semanas de viaje.

Semanas.

A veces meses.

Distancias que, desde la Tierra, resultaban difíciles incluso de imaginar.

—¿Sabes cuál es el problema del Borde? —había preguntado una vez la sargento de Marines Espaciales Montero.

Thais Montero, «La Loba», era una veterana que ya había sobrepasado la treintena.

Dura, eficiente y educada, ejercía sobre su «Manada» una autoridad firme, pero también maternal y protectora.

De origen caribeño, tenía la tez morena, ojos grises, nariz respingona y labios carnosos.

Su cuerpo estilizado, proporcionado y fibroso delataba años de entrenamiento.

Era una bella guerrera, capaz de pasar de una sonrisa encantadora a una mirada depredadora en cuestión de un segundo.

El capitán de corbeta Miller la había mirado desde el puesto de comandante, sosteniendo su taza con café reciclado.

—¿Cuál?

—Que cuando alguien pide ayuda...

Había señalado el mapa holográfico.

—... Normalmente ya está muerto cuando llegamos.

Miller no había respondido.

El capitán de Elliot Miller era británico de pura cepa: alto, rubio, de ojos azules, tez blanca, nariz recta y finos labios.

Caballeroso, musculoso y atractivo, poseía una valentía que rozaba la temeridad.

Procedía de una de las familias políticas más influyentes de la Federación Terrestre, pero jamás había permitido que su apellido hablara por él.

Con apenas veintitantos años y siendo el primero de su promoción, había sorprendido a propios y extraños al solicitar uno de los destinos más difíciles de la Federación.

Allí, lejos de los despachos y de las comodidades que su apellido podía proporcionarle, se había ganado algo mucho más valioso: el respeto, la confianza y la lealtad de todos sus hombres, tanto tripulantes como Marines Espaciales.

Miller sabía que Montero tenía razón.

La 2.ª Flota Estelar era responsable de aquella inmensa región.

Sobre el papel, aquello podía parecer impresionante.

En la práctica...

Era una broma.

Una flota concebida para proteger una frontera que se extendía durante miles de años luz.

Decenas de colonias.

Cientos de rutas comerciales.

Sistemas sin explorar.

Estaciones mineras.

Granjas.

Astilleros.

Naves mercantes.

Y millones de civiles.

Todo ello bajo la protección de unos recursos que jamás eran suficientes.

Por eso, en El Borde Exterior, la palabra moderno tenía un significado muy particular.

Una corbeta con cincuenta años de servicio podía seguir siendo considerada una nave de primera línea.

Una nave como la Absolución.

Una vieja corbeta clase Olimpo.

Una nave que había sobrevivido a más batallas de las que algunos de sus tripulantes llevaban años vivos.

Pero también existían jóvenes oficiales.

Marines recién salidos de las academias.

Ingenieros que todavía tenían que consultar manuales para reparar sistemas antiguos.

Pilotos que habían aprendido a volar en simuladores antes de enfrentarse a las auténticas distancias del espacio.

Jóvenes.

Preparados.

Y condenadamente lejos de casa.

Porque eso era El Borde Exterior.

Una frontera mantenida a fuerza de voluntad.

Y de necesidad.

No todos los mundos pertenecían a la humanidad.

En algunos sistemas vivían especies alienígenas con las que la Federación había establecido relaciones comerciales y diplomáticas.

Los Oorai, por ejemplo, eran conocidos por los humanos por su aspecto peculiar.

Bajos.

Robustos.

Cubiertos de un suave pelaje.

Con grandes ojos oscuros y unas orejas redondeadas que habían provocado innumerables comparaciones con los animales terrestres llamados koalas.

Los Oorai eran, en general, pacíficos.

Amables.

Curiosos.

Buenos comerciantes.

Y tenían la desconcertante costumbre de invitar a los humanos a comer incluso cuando acababan de conocerlos.

—Los Oorai son incapaces de desconfiar de alguien que acepta su comida —decía un viejo comerciante de Iridon.

—Entonces son fáciles de engañar.

—No.

El comerciante sonreía.

—Son fáciles de conocer.

Después estaban los otros.

Especies de las que la Federación apenas sabía nada.

Civilizaciones que no querían saber nada de los humanos.

Pueblos que comerciaban con ellos.

Otros que los toleraban.

Y algunos que los consideraban una molestia.

Y, por supuesto, estaban los Ruthari.

Los carroñeros.

Miller había aprendido a odiar a muerte aquel nombre.

No eran la única amenaza del Borde.

Pero después de Arcadia nadie podía hablar de ellos sin recordar Saint Hélène.

Los Ruthari habían demostrado que una colonia podía desaparecer en cuestión de horas.

Y que la distancia no protegía a nadie.

Pero ni siquiera los Ruthari eran el mayor peligro de aquella frontera.

El espacio podía ser mucho más cruel.

Tormentas solares capaces de inutilizar una flota.

Campos gravitacionales inesperados.

Anomalías que hacían desaparecer señales de navegación.

Nebulosas cuyos gases podían corroer los escudos de una nave.

Lunas que ocultaban volcanes capaces de convertir una colonia minera en un infierno.

Mundos donde una enfermedad desconocida podía acabar con cientos de personas antes de que llegara una nave médica.

Y luego estaban los peligros que no tenían nada de misterioso.

Piratas.

Contrabandistas.

Bandidos.

Compañías sin escrúpulos.

Colonias que quebraban después de invertir todos sus recursos en un planeta que no producía lo suficiente.

Familias enteras que habían viajado millones de años luz para empezar una nueva vida y que terminaban descubriendo que aquel sueño tenía un precio demasiado alto.

Porque aquellos mundos no estaban poblados por héroes.

Estaban poblados por pioneros.

Granjeros.

Mineros.

Mecánicos.

Médicos.

Comerciantes.

Maestros.

Adultos.

Niños.

Personas que habían dejado atrás la Federación porque querían algo tan sencillo como una vida mejor.

Un hogar.

Un lugar donde criar a sus hijos.

Una parcela de tierra.

Un negocio.

Una oportunidad.

Miller había visto sus caras.

Las había visto después de una batalla.

Había visto a padres buscando a sus hijos entre los restos de una colonia.

Había visto a mujeres intentando reconstruir una casa que ya no existía.

Había visto hombres sacar herramientas de entre las ruinas para volver a levantar las paredes.

Y había aprendido algo que ninguna academia militar enseñaba.

La gente del Borde no esperaba que alguien viniera a salvarla.

Simplemente esperaba poder sobrevivir hasta mañana.

La Federación Terrestre estaba allí.

En teoría.

Su bandera ondeaba en estaciones orbitales.

Sus leyes llegaban a través de transmisiones oficiales.

Sus impuestos eran cobrados con una precisión admirable.

Pero sus soldados...

Sus soldados eran otra historia.

La presencia militar de la Federación en aquella inmensidad era casi ridícula.

Un puñado de naves.

Algunas estaciones.

Patrullas ocasionales.

Y, en el extremo más atrasado de la frontera, Theros.

El granero de la Federación Terrestre.

El punto donde las responsabilidades de la 2.ª y la 3.ª Flota Estelar prácticamente se daban la mano.

Un mundo convertido en bastión.

En crisol.

En último punto de apoyo antes de adentrarse en regiones donde los mapas dejaban de ser fiables.

Allí permanecían los Marines Espaciales.

Pocos.

Demasiado pocos.

Pero suficientes para recordar a todos que la Federación todavía estaba allí.

Al menos por el momento.

En la sala de operaciones de la Absolución, Miller observaba aquel mapa.

Decenas de sistemas brillaban sobre la representación holográfica.

Algunos tenían nombres.

Otros solamente números.

Y otros ni siquiera eso.

Montero se acercó.

—¿Cuántas colonias hay?

Miller miró el mapa.

—Sesenta y tres registradas.

—¿Y cuántas sin registrar?

El capitán tardó unos segundos en responder.

—Demasiadas.

Montero contempló las estrellas.

—Entonces estamos patrullando un océano con una lancha.

Miller sonrió.

—Una lancha vieja.

—Eso también.

Ambos permanecieron en silencio.

Más allá del cristal del puente, Arcadia flotaba bajo ellos.

Una colonia herida.

Una colonia que volvía a levantarse.

Y alrededor del planeta comenzaban a aparecer nuevas estructuras.

El puerto orbital.

Nuevas defensas.

Nuevas rutas de abastecimiento.

La Federación había comenzado a comprender que El Borde Exterior no podía continuar siendo tratado como una esquina olvidada de la galaxia.

Algo estaba cambiando.

Todavía era pequeño.

Casi imperceptible.

Pero estaba ocurriendo.

Los ingenieros de la Federación trabajaban junto a los myrmitones.

Las naves de guerra empezaban a recibir órdenes que antes habrían sido impensables.

Los diplomáticos comenzaban a mirar hacia aquellos mundos olvidados.

Y los Marines Espaciales...

Los Marines comenzaban a recibir refuerzos.

Miller volvió a mirar el mapa.

Miles de años luz.

Decenas de colonias.

Cientos de mundos.

Millones de personas.

Y demasiadas amenazas.

Durante décadas, la Federación había considerado El Borde Exterior un lugar demasiado lejano para preocuparse por él.

Un territorio donde unos cuantos pioneros podían arreglárselas solos.

Un rincón olvidado de la galaxia.

Pero la Batalla de Arcadia había cambiado las cosas.

“Su batalla” le recordaba Montero con frecuencia.

Después de la batalla, el almirante Philips Williams había protagonizado con él una monumental bronca que todavía resonaba en los pasillos de la Flota.

La orden había sido clara.

No intervenir.

No enfrentarse a la flota Ruthari.

Esperar.

Y ellos no habían esperado.

Habían combatido.

La decisión de Elliot Miller, su tripulación y sus marines había terminado salvando vidas.

Pero también había desobedecido órdenes directas.

Por eso la Absolución debía presentarse en Épsilon Prime.

Y Miller y Montero tendrían que responder ante una comisión de investigación.

El asunto había provocado un auténtico terremoto.

Los medios de comunicación habían convertido Arcadia en la noticia del momento.

Las redes sociales ardían.

Unos los llamaban héroes.

Otros, insubordinados.

Algunos exigían una condecoración.

Otros pedían un consejo de guerra.

Las discusiones habían llegado incluso al Senado Federal.

Y entonces había entrado en escena el padre de Elliot.

El influyente senador Miller había defendido a su hijo a capa y espada.

Y Arthur, el hermano mayor de Elliot, próximo candidato al Senado Federal, había hecho exactamente lo mismo.

Ambos habían movilizado a la opinión pública.

Habían concedido entrevistas.

Habían puesto sobre la mesa informes, testimonios y grabaciones de la batalla.

Y buena parte del Senado Federal había comenzado a exigir explicaciones.

¿Por qué se había ordenado a los marines permanecer al margen?

¿Por qué una colonia de la Federación había quedado prácticamente indefensa?

¿Por qué una flota Ruthari había podido alcanzar Arcadia?

Y, sobre todo…

¿Por qué había tan pocas fuerzas de la Federación en aquella región?

Miller sabía que las respuestas no serían sencillas.

Pero quizá, por primera vez en décadas, alguien estaba mirando hacia el Borde Exterior.

De verdad.

Y aquello era solamente el principio.

Porque algo se estaba moviendo más allá de las rutas conocidas.

Algo que todavía no aparecía en los mapas.

Algo que la Federación todavía no había visto.

Miller apagó lentamente el mapa holográfico.

—Capitán —dijo Montero—. ¿Qué cree que encontraremos ahí fuera?

Miller contempló las estrellas.

—Lo mismo que hemos encontrado siempre.

—¿Qué?

El capitán tardó unos segundos en responder.

—Problemas.

Montero sonrió.

—Entonces estamos en casa.

Miller también sonrió.

Pero ninguno de los dos podía saberlo todavía.

El Borde Exterior estaba a punto de cambiar para siempre.

El espacio era silencioso.

Demasiado silencioso.


El capitán Miller permanecía de pie frente al amplio ventanal del puente de mando de la Absolución, con las manos apoyadas sobre la barandilla metálica.

La maltrecha corbeta clase Olimpo parecía más un cadáver que una nave de guerra.

Placas del blindaje habían desaparecido de su costado de estribor.

Varias secciones del casco habían sido sustituidas provisionalmente por planchas de aleación sin pintar.

Los motores permanecían parcialmente desmontados y una de las baterías principales continuaba fuera de servicio.

Los ingenieros de la 2.ª Flota Estelar llevaban días trabajando en ella junto a su tripulación.

Y no estaban solos.

Un grupo de ingenieros myrmitones se desplazaba por el interior de la nave con una familiaridad que todavía sorprendía a muchos humanos.

Sus herramientas, sus extraños instrumentos de diagnóstico y aquella manera casi obsesiva de revisar cada componente habían permitido acelerar considerablemente las reparaciones.

Miller observó durante unos segundos a dos de ellos trabajando detrás de un mamparo blindado.

—Nunca pensé que vería esto —murmuró.

—¿El qué, capitán?

Miller no se volvió.

Reconoció inmediatamente la voz.

—Alienígenas reparando una nave de la Federación.

Montero apareció detrás de él.

—Myrmitones —corrigió.

Miller sonrió ligeramente.

—Ya sé que son myrmitones.

—Entonces no los llame alienígenas.

—¿Por qué?

Montero se encogió de hombros.

—Porque después de Arcadia me parece un poco injusto.

Miller dejó escapar una breve risa.

—Tienes razón, han demostrado ser buenos aliados.

—Y buenos amigos — apuntaló Montero.

Volvió la mirada hacia el ventanal.

Más allá del cristal, Arcadia comenzaba lentamente a recuperar su aspecto.

Aunque todavía resultaba difícil reconocerla.

La colonia de Saint Hélène había sufrido una devastación terrible durante el ataque Ruthari.

Grandes sectores de las instalaciones agrícolas habían quedado reducidos a cenizas.

Torres de comunicaciones destruidas.

Viviendas arrasadas.

Campos contaminados.

Pero los supervivientes habían vuelto.

Y estaban reconstruyendo.

Grúas, vehículos de carga y enormes máquinas de construcción trabajaban día y noche.

Sobre la superficie comenzaban a levantarse de nuevo los primeros módulos habitacionales.

Y en órbita...

Miller observó una gigantesca estructura metálica que crecía lentamente alrededor del planeta.

Había al menos tres colosales naves Myrmitón en orbita.

La 2ª Flota Estelar había desplegado un crucero pesado, dos destructores, tres fragatas y dos corbetas, todas de la clase Olimpo.

El Grupo de Combate Prometheus de la 2a Fota Estelar al mando del contralmirante Park.

Por fin había una imponente potencia de fuego terrestre en El Borde Estelar.

Observó la inmensa estructura espacial en la orbita de Arcadia.

—El puerto orbital —dijo Montero.

—Sí.

—Será enorme.

Miller asintió.

—Tiene que serlo.

La Federación había aprendido una lección en Arcadia.

Una que probablemente habría preferido no aprender de aquella manera.

Durante demasiado tiempo, el Borde Exterior había sido considerado un lugar secundario.

Un territorio demasiado lejano, demasiado caro y demasiado complicado para mantener una presencia militar permanente.

Hasta que los Ruthari demostraron que aquella distancia no significaba seguridad.

Miller permaneció callado.

Había pensado muchas veces en aquella batalla.

Demasiadas.

Recordaba las comunicaciones.

Los gritos.

Las explosiones.

Los informes contradictorios.

Los civiles intentando llegar a los refugios mientras las defensas de Saint Hélène comenzaban a caer.

Recordaba haber pensado que no sobrevivirían.

Y entonces...

Los Ruthari.

Aquellas criaturas carroñeras habían llegado como una plaga.

Una oleada tras otra.

Sin miedo.

Sin piedad.

Sin intención alguna de detenerse.

Miller cerró los ojos durante un instante.

Todavía podía escuchar los cañones.

Todavía podía sentir las vibraciones de la cubierta bajo sus botas.

Todavía podía recordar el rostro de su contramaestre.

El de su artillero de la Raptor.

Y el Marine Espacial.

Tres hombres.

Tres soldados.

Tres nombres que ya no responderían cuando volviera a llamarlos.

Abrió los ojos.

—¿Los echarás de menos? —preguntó Montero.

Miller tardó unos segundos en contestar.

—Todos los días.

Montero guardó silencio.

Miller cerró los ojos durante un instante.

Nunca había perdido un tripulante bajo su mando.

Nunca.

Había visto morir soldados.

Había asistido a funerales.

Había enviado hombres a lugares de los que sabía que quizá no regresarían.

Pero aquellos tres.

Eran su responsabilidad.

Y no habían regresado.

Todavía podía recordar la última transmisión del contramaestre Beaumont.

La voz entrecortada.

Las alarmas.

Los disparos.

Y después, silencio.

Renad había caído poco después.

El artillero de la Raptor que había permanecido combatiendo herido en su puesto cuando cualquier otro habría abandonado.

El Marine Espacial de primera Dubois había caído en el asalto de la nave comandante de la flota Ruthari. Con honor, con valor.

Miller apretó lentamente las manos sobre la barandilla.

—Beaumont, Dubois y Renad —dijo en voz baja.

Montero no respondió.

No hacía falta.

Ella también los conocía.

Habían compartido cubierta.

Habían comido juntos.

Habían reído juntos.

Eran Marines.

Eran tripulantes.

Compañeros.

Familia.

Miller abrió los ojos.

—Nunca había perdido a un hombre bajo mi mando.

Montero lo observó.

—Capitán...

—No.

Miller negó suavemente con la cabeza.

—Déjame decirlo.

La sargento guardó silencio.

—Puedes aceptar ganar o perder una batalla —continuó Miller—. Puedes aceptar que una nave quede destrozada. Incluso puedes aceptar que el enemigo sea más fuerte.

Miró Arcadia.

—Pero nunca aceptas que tres de los tuyos no vuelvan a casa vivos.

Montero bajó ligeramente la mirada.

—No fue culpa suya. Eran soldados.

Miller sonrió con tristeza.

—Eso no hace que duela menos.

Durante unos segundos solamente se escucharon los sonidos procedentes de los equipos de reparación.

Un zumbido.

El golpe seco de una herramienta.

Una orden pronunciada en un idioma que Miller todavía no entendía.

Myrmitones.

Una raza insectoide alienígena que recordaban a las hormigas humanas.

No hubo respuesta.

No hacía falta.

Durante unos segundos solamente se escucharon los sonidos procedentes de los equipos de reparación.

Miller cayó entonces en la cuenta de algo.

—Montero... ¿Qué hay de sus hombres?

La sargento lo miró.

—La escuadra Delta de Marines Espaciales está en Saint Hélène. Están colaborando con los técnicos de la Segunda Flota y con las Legiones de la Reina.

Thais hizo una breve pausa antes de añadir:

—Y están avanzando a pasos agigantados con la reconstrucción.

—¿Y Rassel?

Una sonrisa apareció en los labios de la sargento.

—El Marine Espacial de asalto pesado está completamente involucrado. Él y su inseparable amigo.

Miller levantó una ceja.

—¿El Conde Dos Cuchillas?

—El mismo.Aunque nosotros preferimos llamarlo T.B., por aquello de Two Blades en inglés. Ya sabe... es más fácil de pronunciar.

Miller asintió lentamente.

—¿Cuándo volverán?

—Vendrán con nosotros cuando partamos hacia Épsilon Prime.

—Bien.

Thais dudó un instante.

—Hay un pequeño problema.

Miller la miró con desconfianza.

—¿Qué clase de problema?

—La Reina myrmitona ha decidido que la Legión del Conde T.B. nos acompañará como escolta.

Miller permaneció en silencio durante unos segundos.

—¿El Conde T.B. va a escoltarnos?

—Sí.

—¿Con una sus súper mega inmensas naves?

Thais sonrió.

—Evidentemente, toda una Legión, ya tienen permiso de la Presidenta y del Senado Federal.

Miller cerró los ojos un instante.

—¿Y Rassel?

—Está intentando convencer al conde de que, si finalmente nos forman un consejo de guerra, no decapite a todo el tribunal militar.

El capitán abrió los ojos.

—¿Perdón?

—Dice que con sus amigos no se juega.

Miller sonrió, aunque un escalofrío le recorrió lentamente la columna vertebral.

Agradecía sinceramente el aprecio que aquel noble myrmitón sentía por ellos.

De hecho, era reconfortante saber que alguien como el Conde T.B. estaba dispuesto a defender a sus amigos.

El problema era que T.B. tenía una forma... muy particular de demostrarlo.

—Bueno —murmuró Miller—. Al menos tendremos protección.

—Y bastante contundente.

—Eso me preocupa más que tranquilizarme.

Thais soltó una pequeña carcajada.

—Afortunadamente, no estará solo. El Chambelán Real viajará con él como embajador y suele controlarlo bastante bien.

Miller respiró algo más tranquilo.

—Menos mal.

Y entonces recordó algo.

El Conde T.B. no era solamente un noble myrmitón.

Era el primo favorito de la Princesa.

Y, además, uno de los principales líderes militares de la Reina. Posiblemente el más influyente.

Miller suspiró.

—Supongo que eso ayuda.

Thais asintió con absoluta seriedad.

—Muchísimo.

El capitán volvió a mirar hacia el espacio.

Por alguna razón, de repente tuvo la desagradable sensación de que el viaje a Épsilon Prime iba a resultar bastante más interesante de lo que había previsto.

Un zumbido.

El golpe seco de una herramienta.

Una orden pronunciada en un idioma que Miller todavía no entendía.

Y, finalmente, la voz del intercomunicador interno de la nave.

Miller se volvió.

—Adelante.

Desde las profundidades de la corbeta llegó la voz de su segunda de a bordo.

—Capitán, vamos al puente de mando.


Parte II - La Vieja Dama.


La teniente Hwan apareció pocos minutos después.

Menuda y atractiva, la joven coreana lucía su característico corte de pelo Bob y unos expresivos ojos almendrados.

Casi siempre mantenía aquel gesto serio y profesional que parecía formar parte del uniforme.

Pero cuando finalmente sonreía, su rostro cambiaba por completo y aparecía una sonrisa capaz de iluminar hasta el puente de aquella maltrecha corbeta.

Tras ella llegó Mendelssohn, el sargento artillero.

Musculoso, rubio, de ojos azules y nariz recta, tenía una sonrisa que Miller había aprendido a reconocer como la de un tiburón: cuanto más peligrosa era la situación, más parecía disfrutarla.

La sargento técnico de sistemas Williams completaba el grupo del punte de mando.

Irlandesa, pelirroja y de cabello rizado, poseía unos enormes ojos azules, una personalidad arrolladora y una simpatía difícil de igualar.

Su carácter alegre contrastaba con una profesionalidad impecable cuando se sentaba ante cualquiera de los sistemas de la nave.

El sargento piloto de la lanzadera Raptor Walker era un estadounidense delgado, rubio, barbudo y de ojos azules.

Un hombre tranquilo, preciso y con la clase de sangre fría que uno agradecía tener cuando varios miles de toneladas de metal dependían de sus manos.

Y cerrando el grupo estaba Vidal, el marinero en prácticas.

Joven latinoamericano, moreno, de ojos oscuros como el carbón y una vitalidad aparentemente inagotable.

Siempre encontraba una razón para sonreír, incluso cuando la Absolución parecía estar a punto de desintegrarse alrededor de ellos.

Miller los contempló durante unos segundos.

Aquellos hombres y mujeres eran su tripulación.

Su gente.

No eran simplemente los oficiales y marineros que figuraban en una lista de servicio.

Habían compartido victorias, miedo, cansancio y demasiadas horas encerrados en aquella vieja corbeta.

En la inmensidad del vacío, donde podían pasar meses sin encontrar otra nave amiga, ellos eran mucho más que una tripulación.

Eran su pequeña familia.

Hwan informó.

—Reparaciones estructurales: cuarenta y dos por ciento completadas. Propulsión principal: sesenta y siete por ciento. Armamento: diecinueve por ciento. Estimación para traslado seguro a Épsilon Prime: Ciento treinta y seis horas.

Miller arqueó una ceja.

—¿Y para volver a combatir?

Hubo una pausa.

Mendelssohn parecía desilusionado mientras informó

—No recomendado, no tenemos potencia de fuego ninguna.

Montero sonrió.

—Me gusta este panorama, es alentador.

Miller soltó una pequeña carcajada.

—A mí también.

Épsilon Prime.

La mayor instalación militar de la Federación Terrestre fuera del Sistema Solar.

Allí llevarían a la Absolución para una reparación completa.

Allí, se suponía, volverían a ponerla en condiciones.

Si todo iba según lo previsto.

Miller sabía que en aquella parte de la galaxia pocas cosas salían según lo previsto.

Se acercó de nuevo al ventanal.

Tres cazas myrmitones pasaron lentamente junto a la corbeta.

Sus cascos reflejaron la luz de Arcadia.

Miller las siguió con la mirada.

Aquella alianza habría parecido imposible apenas unas semanas antes.

Humanos y myrmitones.

Antiguos desconocidos.

Ahora compañeros de armas.

Y en el centro de todo aquello estaba una joven.

Nadia Vasseur.

Miller todavía no sabía qué papel terminaría desempeñando aquella muchacha en el futuro.

Pero había visto cómo la Princesa myrmitona hablaba con ella.

Cómo ambas habían comenzado a entenderse por radio, se habían hecho amigas y su amistad había cambiado el curso de la historia de la galaxia.

Cómo una relación que nadie había previsto estaba empezando a cambiar algo mucho más grande que sus propias vidas.

Diplomáticos de la Tierra ya hablaban de ella.

Los oficiales de la Flota también.

Y Miller tenía la sensación de que aquello era solamente el principio.

—Capitán.

Montero volvió a llamar su atención.

—¿Sí?

—¿Qué cree que ocurrirá ahora?

Miller permaneció unos instantes en silencio.

Miró Arcadia.

Después la estructura orbital.

Luego la oscuridad infinita que se extendía más allá del planeta.

El Borde Exterior.

Decenas de colonias.

Sistemas apenas explorados.

Mundos donde cientos de miles de familias habían apostado sus vidas por un futuro mejor.

Y, entre ellos, amenazas que la Federación apenas comenzaba a comprender.

Piratas.

Bandidos.

Fenómenos astronómicos capaces de destruir una nave sin previo aviso.

Enfermedades.

Catástrofes.

Colonias enteras al borde de la bancarrota.

Y criaturas como los Ruthari.

Miller respiró lentamente.

—No lo sé.

Montero lo miró sorprendido.

El capitán sonrió.

—Pero después de Arcadia he aprendido una cosa.

—¿Cuál?

Miller volvió a mirar hacia las estrellas.

—Que cuando crees que has visto lo peor...

Hizo una pausa.

—...es porque todavía no has llegado al siguiente capítulo.

Montero permaneció callado.

Miller observó por última vez la colonia.

Saint Hélène estaba volviendo a levantarse.

Despacio.

Con esfuerzo.

Como tantas otras veces había ocurrido en aquel remoto rincón de la galaxia.

Quizá ese era el verdadero espíritu del Borde Exterior.

No conquistar.

No dominar.

Simplemente sobrevivir.

Construir una casa.

Plantar un campo.

Criar a los hijos.

Abrir una tienda.

Encontrar una pequeña parcela de tierra bajo un sol extraño y llamarla hogar.

Y defenderla cuando alguien intentara arrebatársela.

Miller apartó finalmente la mirada del ventanal.

—Teniente Hwan.

—¿Sí, capitán?

—Que terminen de reparar esta vieja dama, lo suficiente para trasladarnos a Épsilon Prime.

Montero sonrió.

—¿Tiene prisa?

Miller observó el maltrecho interior de la Absolución.

—Siempre.

En algún lugar más allá de las rutas conocidas, las estrellas continuaban ardiendo.

Y mientras Arcadia reconstruía sus heridas, mientras los myrmitones y los humanos comenzaban una alianza que podía cambiar la historia de la Federación...

Algo más se estaba moviendo en la oscuridad.

Miller todavía no podía saberlo.

Pero el Borde Exterior acababa de entrar en una nueva era.

Y la Absolución debería volver a navegar.


Vigilante Nocturno.

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