Capítulo 1 - El Encuentro
Lina se miraba en el espejo. Una imagen borrosa. Sus ojos seguían clavados en aquel rostro que ya casi no reconocía como suyo.
No tenía tiempo para pensar, y menos aún para dudar. Demasiadas cosas que resolver, un futuro que construir, sueños que aún se aferraban a algún rincón.
Y sin embargo, aquella voz, en lo más hondo de ella, no la soltaba.
«Es él… es él…».
Esa vocecita que susurraba sus miedos, justo los que se negaba a escuchar.
—¡NO! ¡No es él! ¡Jamás! —gritó de pronto.
Lina respiró hondo, intentó ordenar sus pensamientos, no dejarse arrastrar.
Su teléfono vibró. Se sobresaltó. Esta vez, Lina lo sabía. Ya no podría huir de aquella verdad.
Todo lo que había logrado construir acababa de derrumbarse. ¿Cómo había podido llegar hasta ahí?
Con los ojos cerrados, Lina desanduvo, muy a su pesar, el hilo de todo lo que se había puesto en juego desde el principio…
El crepúsculo se extendía lentamente sobre la ciudad, envolviendo las calles en una luz dorada. Dentro del hotel Hilton, el ambiente vibraba con una efervescencia elegante. Las lámparas de araña de cristal proyectaban un resplandor cálido que se reflejaba en las paredes doradas y en las mesas primorosamente decoradas. Las risas y las conversaciones animadas se entremezclaban con la suave melodía de un cuarteto de cuerda.
Los camareros, impecablemente vestidos, se deslizaban entre los invitados con una precisión casi coreográfica, equilibrando bandejas cargadas de copas de champán y canapés refinados. Vestidos elegantes. Trajes a medida. Susurros discretos. El lujo se imponía en cada detalle.
Lina Cap se ajustó el delantal de forma maquinal. Un metro sesenta. Algunas curvas que siempre prometía perder... en vano. Su vida no tenía nada de cuento de hadas, pero era feliz. Sin ahorros, sin grandes proyectos. Solo las ganas de disfrutar de la vida.
Su mayor orgullo era ese pequeño estudio que acababa de comprar. Un refugio perfecto... al menos en apariencia. Porque, detrás del encanto, no tardó en descubrir las alegrías de ser propietaria: paredes que se desconchan, una tubería que amenaza con dar el alma... Estaba claro, unos ingresos extra nunca venían mal.
Una voz la sacó de sus pensamientos.
—¿Has visto lo que sirven?
Éloïse, impecable como siempre. Su larga melena pelirroja enmarcaba su rostro fino. Lina, en cambio, libraba una batalla diaria contra sus rebeldes rizos castaños. Un detalle insignificante que, a veces, la ponía un poco celosa.
Éloïse desprendía esa seguridad natural que tanto le faltaba a Lina. Nunca dudaba. Reflexiva, ambiciosa, era la más realista de las dos.
Ella también había encadenado trabajitos precarios, pero esta vez era distinto: acababa de conseguir un puesto en una agencia de comunicación. El sueldo no era gran cosa, pero era una puerta abierta al mundo que ansiaba.
El único inconveniente: la agencia se trasladaría a Portugal en las próximas semanas.
Había aceptado esa condición sin dudarlo. Para Éloïse era una oportunidad, sin importar la distancia. Y además, después de haber vivido siempre en casa de sus padres, el reto tenía sabor a libertad.
Para Lina era distinto. Imaginar a Éloïse lejos le encogía el corazón, pero evitaba pensar en ello. No quería aguar el entusiasmo de su amiga.
—Ya probé en la cocina. No es para tanto.
Éloïse arqueó una ceja, entre divertida y realista.
—Déjate de tonterías, Linou. Acuérdate de por qué estamos aquí.
Lina asintió y volvió a concentrarse en su tarea. Esa noche, el jefe de sala, un tal Monsieur Hocq, estaba especialmente quisquilloso. Cada detalle contaba.
Un político charlaba con una actriz muy conocida, mientras un magnate de las finanzas soltaba una carcajada por la broma de otro invitado. Lina no podía evitar sentirse impresionada, aunque una parte de ella se mantenía al margen.
La velada estaba en su apogeo cuando se permitió una pausa. Discretamente, se escabulló hacia la parte trasera del hotel. El aire fresco de la noche contrastaba de forma agradable con la atmósfera sofocante de la recepción.
Respiró hondo, saboreando ese momento de respiro, aunque su cuerpo le recordaba a cada instante la incomodidad de su regla inminente.
Lina miraba el suelo sin verlo realmente, perdida en sus pensamientos. Su cumpleaños acababa de pasar, pero le costaba alegrarse. Veintinueve años. La edad en la que, según dicen, las cosas empiezan a estabilizarse.
Al parecer, no para todo el mundo: trabajos extra como camarera, una soltería que echaba raíces… A ese paso, solo le faltaba un gato para completar el cliché en su versión más pura.
Los recuerdos de la fiesta le volvían a retazos: risas, un pastel, una... no, más bien una buena docena de copas de más. Y ese maldito «cumpleaños feliz» cantado desafinando. Suspiró.
«Veintinueve años, Lina. Ya sería hora de madurar», resonó la voz familiar de su madre en su cabeza. La última conversación telefónica, bien grabada.
Siempre lista para recordarle que, aun con un buen título, uno puede perfectamente no hacer nada de su vida. Y, claramente, a sus ojos, Lina era la prueba viviente. Un fracaso andante.
¡Y feliz cumpleaños, hija!
Apretó las mandíbulas. No tenía ganas de pensar en eso ahora.
Para acallar esa voz, sacó el móvil y se puso a hacer scroll.
Apoyada en una de las dos puertas de servicio, navegaba con el pulgar, el cigarrillo en la otra mano. Vídeos de ejercicios desfilaban ante sus ojos. Retomar el deporte ya era un comienzo. Bueno… mentalmente. La inscripción al gimnasio estaba hecha; era la prueba de que se planteaba ir.
Solo faltaba cruzar el umbral. Mientras tanto, mirar los ejercicios… o más bien a los deportistas… ya era un primer paso.
Cómo me gustaría dejar de mirar esos abdominales… Estoy demasiado necesitada. ¡Mierda!
Un movimiento le llamó la atención.
Una silueta emergió de la oscuridad. Otro camarero. Alto, atlético... en chándal. Un look completamente fuera de lugar para aquella gala de alto copete. Avanzaba con paso rápido hacia la puerta, lo que le permitió a Lina detallarlo mejor: pelo negro alborotado, respiración entrecortada, como si acabara de correr.
Por una vez, no soy la última en llegar. Y encima no está nada mal...
Exhaló una bocanada de humo, divertida, y soltó con ligereza:
—Llegas súper tarde. Entra por la otra puerta, o Hocq se te va a echar encima.
Con un gesto de la barbilla, le señaló la otra puerta de servicio.
El hombre seguía avanzando en su dirección sin aminorar el paso, como si ni siquiera la hubiera oído. Ni una mirada, ni una señal de interés. Solo indiferencia.
Lina sintió que le subía una punzada de irritación.
Cuando llegó a su altura, ella soltó, mordaz:
—Oye, ¿has visto cómo sudas? Apestas, ¿y en serio crees que estos pijos van a dejar que los sirvas?
Él se detuvo en seco. Un latido. Como si sopesara el peso de sus palabras antes de reaccionar. Luego giró lentamente hacia ella. Su mirada la golpeó de lleno. Directa. Intrusiva. Pero sin desprecio. La evaluaba.
Lina retrocedió un paso. No era la mirada de un hombre hacia una mujer, ni la de un tío ofendido. Era otra cosa.
—No apesto. Y no soy camarero.
Su voz era plana, serena, casi demasiado tranquila.
Ella frunció el ceño.
¿Y tú qué eres, entonces?
¡El Papá Noel!
Ninguna respuesta. Solo un silencio, un poco demasiado largo. Luego apartó la mirada y siguió su camino, como si ella ya no existiera.
¿Va en serio este tío?
Lina apretó los puños.
—Te lo decía para ayudarte, ¿sabes?... ¡Gilipollas!
Él aminoró apenas el paso. Luego continuó, desapareciendo dentro del edificio.
Lina aplastó el cigarrillo de un gesto seco, resoplando de exasperación.
Idiota.
De vuelta en la sala, Lina intentó volver a meterse en el ambiente. El intercambio con aquel tipo la había irritado, pero enseguida apartó ese fastidio para volver a concentrarse. Bandeja en mano, circulaba entre los invitados, deslizándole unas palabras a Éloïse en cada pasada.
—Por cierto, guapa, hoy hay alguien peor que yo —lanzó con una sonrisa ladeada.
—¿Cómo que peor? —respondió Éloïse recogiendo copas vacías.
—Hay otro tío en chándal que acaba de llegar.
Hizo una pausa, saboreando su efecto, antes de añadir:
—El tío aparece hecho un desastre, tres horas tarde, tan pancho. Le dije que evitara a Hocq y me hizo un feo de campeonato.
Éloïse negó con la cabeza, divertida.
—Peor para él. Es su problema si lo echan.
—¡Total! —se entusiasmó Lina, quizá demasiado. Le habría encantado presenciarlo.
La velada seguía en su apogeo. Lina encadenaba idas y venidas, siempre bandeja en mano, con una sonrisa de fachada clavada en el rostro. Sin embargo, su mente vagaba.
Estaba muy bueno, la verdad...
Se mordió el labio, molesta. Aquel tipo era de lo más altivo, con ese aire de superioridad y esa mirada… Esa mirada.
Sacudió la cabeza.
Tonterías.
La animación no decaía, sostenida por el vaivén de los camareros y los estallidos de voz contenidos, hasta que un silencio inesperado se instaló, levantado por un estremecimiento de emoción entre los invitados. Poco a poco, los murmullos se apagaron y todas las miradas convergieron hacia el estrado.
Absorta al principio en su servicio, Lina percibió esa energía nueva y giró discretamente la cabeza. En el estrado, una mujer sublime sostenía un micrófono. Con voz firme, anunció al invitado de honor.
Fue entonces cuando Él entró.
Un hombre, de poco más de treinta años, se erguía en el escenario, el rostro impenetrable. Su mirada permanecía fija, demasiado fija, como si lo analizara todo sin ver realmente a la gente. No sonreía.
Su traje negro, impecable, le confería cierta prestancia, pero no era eso lo que impactaba primero. Era su calma, esa intensidad fría que imponía el silencio sin hacer nada para lograrlo. Sin gestos inútiles, sin esfuerzo por seducir o imponerse. Solo una presencia, pesada, contenida.
Lina lo miró un instante. No tenía el carisma habitual de los tipos que saben gustar, sino otra cosa. Una autoridad extraña, en bruto. Imposible apartar la mirada.
Y hay que ser honesta: era guapo. Muy guapo. Pero de una belleza que parecía ignorar, como si no tuviera importancia.
Una descarga le atravesó la mente. El corazón le dio un vuelco.
Abrió los ojos de par en par.
Era él.
El hombre del chándal.
Lina sintió que la sangre se le retiraba del rostro. Con un movimiento brusco, se giró hacia Éloïse.
—Es él... —murmuró con la voz temblorosa.
—¿Él quién? —preguntó Éloïse, intrigada.
Lina apenas lograba apartar la mirada de la escena.
—El hombre del chándal... —susurró, atónita.
Éloïse la miró, incrédula.
—No, ese es Daniel Beresford.
Lina se encogió de hombros, todavía perdida. Éloïse, en cambio, parecía atar de pronto los cabos que Lina aún no había captado.
—¡Es el CEO de R.B.H.! —añadió Éloïse, con tono incrédulo, como si Lina se hubiera perdido lo evidente.
Lina abrió los ojos como platos. Aunque no sabía exactamente quién era, ese nombre... ese nombre resonaba como una alarma en su cabeza.
—Ay, Dios mío... —murmuró, mientras un frío se le instalaba en el estómago.
¿Qué he hecho ahora? Yo y mi bocaza...
Seguía sin poder apartar la mirada de él, el hombre al que acababa de insultar sin siquiera saber quién era.
Joder, es él de verdad...
El corazón le latía con fuerza, tamborileando en su pecho, mientras él continuaba su discurso bajo la atenta mirada de los invitados. Lina sentía que se metería con gusto en un agujero.
Éloïse, observando el pánico de Lina, la escrutó un momento, con el ceño fruncido.
—Espera, ¿es con él con quien hablaste? Y... ¿qué le dijiste exactamente para estar en ese estado? —preguntó Éloïse, incrédula.
Lina se mordisqueaba la mejilla, completamente perdida, la mente hecha un torbellino. Habría dado cualquier cosa por retroceder y borrar aquel momento. Pero mintió.
—Nada grave, tranquila.
Su voz delataba la verdad. Éloïse la escrutó, sin creerse una palabra, e insistió con la mirada.
Lina suspiró, sus ojos buscando desesperadamente el suelo, reviviendo el intercambio en su cabeza.
—Solo le dije que apestaba. Y... puede que lo llamara un poco... gilipollas —confesó, tomándose la cabeza entre las manos, horrorizada.
—¿¡PERDONA?! ¿Que dijiste qué? ¿Le dijiste «solo» que apesta y lo llamaste «un poco» gilipollas? —Éloïse abrió los ojos como platos, atónita. Escrutaba a Lina, pero su rostro seguía impasible. Aun así, su mirada decía mucho sobre la gravedad de la situación.
—Pide ir a la cocina —le aconsejó Éloïse, con un tono que oscilaba entre la inquietud y una pizca de firmeza—. Así no corres el riesgo de cruzártelo otra vez.
Lina asintió. Era la mejor solución, estaba convencida. Se dirigió apresuradamente hacia la cocina, con la esperanza de poder refugiarse allí el resto de la velada.
Tras una hora charlando con Noë, un pastelero absorto en los últimos toques de sus creaciones dulces para la noche, Lina consiguió relajarse. Casi olvidó su bochornoso encuentro con Daniel Beresford.
El calor de la cocina, el ajetreo tranquilo de los demás empleados, le daban la impresión de que la velada se volvía casi normal. Esperaba el final de su turno para por fin volver a casa con Éloïse.
Entonces, un murmullo le llamó la atención. Voces susurradas, disimuladas entre el ruido de los utensilios.
—¿Has visto? Daniel Beresford está en la cocina para darle las gracias a todo el mundo.
Un compañero pasó cerca de ella, con la mirada furtiva.
Lina se quedó petrificada.
No. Esperaba haber oído mal. Pero al levantar la vista, lo vio: Daniel Beresford, a la entrada de la cocina, de espaldas, charlando tranquilamente con Monsieur Hocq. El corazón le dio un vuelco.
No, ahora no...
Se deslizó hacia el fondo de la sala, evitando su mirada.
Pero era demasiado tarde.
En un gesto torpe, la bandeja se le escapó de las manos.
Un estruendo metálico estalló en la cocina. Y no acabó ahí. El objeto rebotó una primera vez. Luego una segunda. Una tercera. Como si se empeñara en dar la vuelta completa a su vergüenza.
Cada rebote atraía un poco más las miradas hacia ella.
Silencio. Todos los ojos clavados.
Roja como un tomate, Lina se quedó petrificada, plantada en medio de aquel foco de atención. Tenía la sensación de ser una alarma de incendios viviente.
¿Puedo morirme ahora?
Pero una sola mirada —esa mirada— la petrificó. Aún más que el estrépito. No volvió a moverse. Atrapada.
Se cruzó con los ojos de Daniel.
Un intercambio silencioso. Un instante suspendido.
Volvió a mirarla, con esa misma mirada. Ni hostil, ni tranquilizadora, solo... atenta. Una mirada que la atravesaba, que la dejaba al desnudo.
Luego se apartó de ella, dirigiendo la mirada hacia Monsieur Hocq.
Lina, por su parte, se quedó paralizada, las manos temblorosas, la cabeza llena de mil pensamientos contradictorios.
Se esforzó por recuperar la calma, repitiéndose que la velada por fin llegaba a su fin y que no volvería a verlo jamás en su vida.








