Chapter 1
El pasillo principal de la preparatoria estaba hasta el tope de ruido, casilleros azotándose y el olor a perfume barato combinado con desinfectante de segunda. En medio del caos típico de cada día, Auriel Lovell avanzaba con la misma tranquilidad de siempre.
-¡Hey, Lovell! Buen partido el de ayer, ¿eh? -le gritó uno de los chicos del equipo de básquet, chocándole la mano al pasar.
-Gracias, hermano. ¡Iré a verte en tu partido, buena suerte con las prácticas! -respondió Auriel, devolviéndole una sonrisa brillante que le arrugó sutilmente las pecas de la nariz.
Era inteligente, amable y tenía una energía cálida que hacía imposible que alguien lo odiara; era el chico perfecto a los oídos de muchas chicas en la preparatoria: alto, rubio, pecoso y con unos ojos miel que brillaban de alegría y emoción.
Se detuvo frente al casillero 73, donde Harper Prescott terminaba de retocarse el brillo labial frente al espejo pegado a la puerta. Auriel se recargó contra los casilleros metálicos, cruzando los brazos con una sonrisa.
-Hola, bonita -dijo, bajando un poco la voz para que sonara más suave.
Harper guardó el brillo en su bolso y se giró para mirarlo de arriba abajo, sonriendo dulcemente y con suficiencia. Harper Prescott era el tipo de chica que se aseguraba de que cada mechón de su cabello estuviera en el lugar exacto; la novia perfecta para el chico perfecto. Si le preguntaran a cualquiera en la preparatoria quién es la mejor pareja, no cabría duda de que ellos serían la respuesta.
-Llegas tarde, Lovell -reprochó ella, aunque extendió sus manos para acomodar el cuello movido de la camisa de Auriel por todo el ajetreo-. El profesor de literatura ya va a cerrar la puerta.
-Tuve que ayudar al maestro de química con unos materiales, ya sabes cómo es -mintió él, arrugando la nariz en un gesto divertido y manteniendo la sonrisa-. Además, no podía dejar que caminaras sola al salón.
Harper puso los ojos en blanco con cariño.
-Eres pésimo mintiendo. -Soltó una risita divertida, encantada con el ambiente ligero, y entrelazó sus dedos con los de él. La piel pálida de Auriel contrastaba con el bronceado de la chica.
Caminaron juntos por el pasillo bajo la mirada de varios estudiantes, de los cuales algunos los veían con admiración o ternura y otros con cierta envidia por alguno de los dos.
Al entrar al salón de literatura, el profesor Miller ya estaba acomodando unos cuantos libros empolvados sobre el escritorio de madera. Al ver a la pareja, el hombre de barba algo canosa sonrió, relajando la expresión severa que era usual en él y que solía espantar a cada generación que pisaba la preparatoria.
-Señor Lovell, justo a tiempo -dijo el profesor, acomodándose las gafas-. Supongo que ya tiene listo el ensayo sobre las obras escritas en el periodo romántico que quedó pendiente, ¿no es así?
-Por supuesto, profesor -respondió Auriel con una tranquilidad que contagió al profesor. Soltó suavemente la mano de Harper y abrió su mochila para sacar una carpeta de cuero impecable-. Revisé un par de fuentes adicionales sobre algunos autores y sus biografías, además de una descripción detallada sobre sus obras. Espero que cumpla con sus expectativas, profesor.
-Si viene de usted, Lovell, no cabe duda de que será un trabajo excelente. Por favor, tomen asiento.
Harper avanzó hacia los pupitres del fondo, acomodándose el cabello oscuro, y Auriel la siguió para sentarse a su lado. Durante las siguientes dos horas, la clase fluyó de manera tranquila. Auriel participó con un par de comentarios que hicieron sonreír con orgullo al profesor, sintiendo que sus años de carrera y profesión por fin tenían sentido, aunque sea por unos minutos; le prestó un bolígrafo al chico de la fila de al lado que solía olvidar sus materiales. Para él era lo natural: le gustaba ser útil, ayudar y llevarse bien con las personas si le era posible.
Todo el mundo en la preparatoria sabía que Auriel era el tipo de persona a la que podías acudir si necesitabas ayuda con alguna materia o si simplemente querías pasar un buen rato; él rara vez decía que no. Era tanto un líder natural como una compañía que nadie querría perder.
Cuando el timbre del almuerzo finalmente resonó, el salón se convirtió en un nido de murmullos; algunos aliviados de que por fin las clases habían terminado, otros hambrientos y otros eran una mezcla de ambos.
-¿Vamos a la cafetería exterior? -preguntó Harper, guardando sus cosas en su bolso-. Quedé de ver a las chicas ahí. Vamos a revisar la planeación para la fiesta de graduación; todavía falta bastante tiempo, pero al comité le gusta tener todo cubierto y yo necesito revisar que todo vaya perfecto. No quiero que el comité use esos tonos pastel espantosos, nunca entenderé por qué les gustan tanto.
-Claro, vamos -asintió Auriel de inmediato, colgándose la mochila en un hombro con una suave sonrisa-. Te sigo.
En la cafetería exterior, bajo la sombra de unos robles enormes que le daban a la preparatoria un aire antiguo y distinguido, y a la vez fresco y juvenil, el grupo de amigos de Harper ya los esperaba en una de las muchas mesas del lugar. Eran chicos con suéteres de marca y chicas que hablaban demasiado rápido sobre las universidades a las que aplicarían cerca del otoño.
-¡Lovell! -llamó Marcus, uno de los jugadores del equipo, lanzando una manzana que Auriel atrapó en el aire con un reflejo limpio-. Tienes que ayudarnos a convencer al entrenador de cambiar el horario del viernes. Si jugamos a las 8, nos perderemos la fiesta en la casa de los Sterling.
Auriel se sentó a un lado de Harper, dejando la manzana sobre la mesa de madera e inclinando su cabeza hasta apoyarla en el hombro de la chica en un gesto dulce mientras ella hablaba con sus amigas.
-Hablaré con él durante el entrenamiento de la tarde -dijo Auriel, irguiéndose e inclinándose un poco hacia adelante-. Ya saben que se pone un poco difícil con el tema de la resistencia y la disciplina, pero si le propongo que adelantemos la sesión teórica del jueves, cederá. Siempre funciona con él si le haces creer que fue su idea. -Marcus rio ligeramente, divertido por el último comentario.
-No sé cómo le haces para convencerlo, de verdad -soltó un bufido que intentaba parecer exasperado-. Por más que nosotros lo intentemos y le propongamos entrenar hasta la muerte, nunca podemos hacer que el viejo nos haga el más mínimo favor.
Auriel rio, jugando con la manzana que había dejado sobre la mesa para volver su mirada hacia Marcus.
-Qué puedo decirte, amigo. Tengo mis encantos. -Su tono era divertido, con un toque de arrogancia, y su sonrisa era burlona.
Marcus simplemente negó con la cabeza, girando brevemente los ojos.
-Ya entendí que eres el favorito de los maestros, no me lo restriegues en la cara.
Auriel solo rio; era una de esas risas que contagian a los demás, que no te cansarías de escuchar ni en mil años.
Los dos chicos siguieron charlando sobre los entrenamientos y alguna que otra broma. Harper se había enfrascado en una conversación con sus amigas sobre algo del código de vestimenta de la fiesta, y Auriel la escuchó con atención, opinando de vez en cuando y compartiendo el almuerzo de lo más normal con todas las personas en la mesa; le sentaba bien y se sentía bastante a gusto con el ambiente.
El resto del día transcurrió bajo esa misma neblina de calma. Para cuando las clases terminaron y el cielo empezó a teñirse con colores naranjas y rayos brillantes y cálidos a la vez, Auriel condujo de regreso a casa bastante satisfecho con su día.
No fue un día importante o en el que haya sucedido algo para destacar, pero era uno de esos días en los que todo se sentía tan bien y todo encajaba en su lugar; de esos días en los que te sentías cálido sin una razón en especial y en los que podías dormir plácidamente con un suspiro satisfecho al terminar el mismo, esperando que el día siguiente sea igual, sintiéndote en total plenitud.
Su casa era una estructura de ladrillo y molduras blancas, impecable, rodeada por un césped tan perfectamente podado que bien podría ser artificial. Al cruzar el umbral, el olor a cera para muebles y jazmín lo recibió, causando que arrugara un poco la nariz. Era un ambiente silencioso, pulcro y un poco tenso.
-¿Auriel? ¿Eres tú, cariño? -La voz de su madre, Eleanor, llegó desde la sala de estar.
El chico entró a la habitación con su mochila al hombro. Su madre estaba sentada en el sillón de lino, revisando unas muestras nuevas de tela para el comedor.
-Hola, mamá -dijo él, acercándose para darle un beso casto en la mejilla.
-Llegas un poco más tarde de lo habitual -comentó ella, sin levantar realmente la vista de las muestras, solo dándole un vistazo de reojo; su tono estaba entre lo dulce y lo hostil-. Espero que hayas estado en la biblioteca estudiando o con el equipo practicando. La madre de Harper me llamó al mediodía para comentar el asunto de la fiesta de graduación; vaya que son precavidos, aún falta casi un año. Mencionó que debes asegurarte de mantener tu promedio para la postulación de la universidad. Las apariencias en el expediente lo son todo, Auriel, aquí sí importan. No podemos permitirnos un Lovell con una nota mediocre. Los Prescott son muy minuciosos y algo pretenciosos con esas cosas.
-Estuve ayudando en el laboratorio de química, mamá -respondió en un tono suave, algo mareado por tanta palabrería (definitivamente se había perdido a la mitad, aunque había captado el punto)-. Pero no te preocupes, mis notas siguen siendo perfectas.
En ese momento, su padre, Jason, entró a la sala con un libro debajo del brazo y una taza de café humeante. Al ver a su hijo, le dedicó una mirada suave y cariñosa, un poco cansada pero comprensiva. Jason Lovell era un hombre tranquilo y respetuoso que pasaba el día leyendo y asintiendo a las quejas de su esposa para evitar tormentas domésticas.
-Déjalo respirar, Eleanor. ¿Cuándo te ha decepcionado? -dijo el hombre con una voz arrastrada y pacífica, dándole una palmada ligera a su hijo en el hombro al pasar junto a él-. El chico es el mejor de su clase. Sé que hace las cosas bien. Buen trabajo con el partido de ayer, por cierto. Vi el reporte del periódico local.
Auriel sonrió dulcemente por los elogios de su padre.
-Gracias, papá. Nos esforzamos mucho.
-Lo sé, tenían totalmente merecido ganar -respondió mientras se sentaba en uno de los sillones y cruzaba una pierna para colocar su libro-. Por cierto, buenas notas o no, sigues siendo un campeón. -Terminó su frase con un pequeño guiño antes de ver de reojo a Eleanor y finalmente comenzar su libro.
La mujer suspiró, apartando la vista de las telas y por fin viendo a su hijo a los ojos con apenas una pequeña sonrisa.
-Solo quiero que estés a la altura, cariño -replicó ella, intentando transmitir algo de cariño en sus palabras-. El mundo exterior no es para nada piadoso con los que se descuidan; no me gustaría que tu vida se volviera un tormento por algo que se pudo evitar.
-Lo sé, mamá. No te preocupes -contestó el chico antes de que se convirtiera en una conversación filosófica para la cual probablemente su atención no estaría disponible-. Voy a subir a cambiarme y arreglar mis cosas para mañana.
Subió las escaleras de dos en dos llegando a su habitación, un espacio cómodo donde tenía sus libros, su guitarra acústica en una esquina y algunas hojas sueltas sobre el escritorio. Dejó la mochila a un lado del mueble y se recostó en su cama.
Se relajó el resto de la tarde, estudiando y tocando un poco la guitarra antes de cenar, bañarse e irse a dormir, dando por finalizado el día.
Al día siguiente, la rutina escolar volvió a empezar con su ritmo caótico habitual. Todo marchaba bien hasta la última hora, de nuevo en el salón de literatura. El aire acondicionado del colegio había estado prendido al máximo todo el día y ni siquiera estaba haciendo calor, y el ambiente seco le había dejado a Auriel una sensación molesta en los labios.
Esperó a que sonara el timbre de salida y el salón comenzara a vaciarse. Harper se había quedado hablando con una compañera cerca de la puerta.
Sin darle la menor importancia, Auriel metió la mano en el bolsillo de su pantalón, sacó un pequeño tubo de bálsamo labial con un ligero y dulce aroma a vainilla que le hizo sonreír sutilmente y se lo aplicó de forma rápida para quitarse la molesta sensación de resequedad.
-¿Qué es eso? -La voz de Harper sonó de golpe, cortando el silencio del salón. Ya se había despedido de su amiga y solo quedaban ellos dos.
Auriel parpadeó, deteniendo la mano a mitad del camino; se giró hacia ella con una sonrisa ligera e inocente. Harper caminaba hacia su banco mirándolo con las cejas sutilmente fruncidas.
-Bálsamo para los labios -respondió él con naturalidad, devolviendo el pequeño tubo a su bolsillo-. El aire acondicionado me dejó los labios terriblemente secos y me incomoda mucho esa sensación. ¿Quieres?
Harper soltó una risita seca y le dedicó una mirada algo incrédula. El tono de su risa era el que solía usar cuando algo le parecía ridículo; negó con la cabeza mientras se colgaba el bolso en el hombro.
-¿Usas brillo de vainilla, Auriel? Qué nena eres a veces, de verdad -dijo en tono de broma, pero con una pizca de condescendencia que a Auriel le resultó extrañamente incómoda en el centro de su pecho. Ella se acercó y le dio un rápido beso en la mejilla-. Anda, vámonos ya. Le dije a mi mamá que iríamos a la cafetería del centro antes de ir a mi cita en el salón.
El chico se quedó un segundo estático, sintiendo el bolsillo donde había guardado el bálsamo; algo se retorcía levemente en su estómago de una forma desagradable. Sin embargo, no le dio demasiada importancia, pero esa sensación de incomodidad seguía ahí. Se sacudió el pensamiento con rapidez, esbozó su habitual sonrisa y tomó su mochila.
-Vamos entonces. Yo manejo -dijo él, recuperando el control de la situación y animándose a sí mismo a olvidar lo anterior.
El trayecto en el auto de Auriel fue como cualquier otro. Harper iba cambiando las estaciones de radio, quejándose de lo tediosa que había estado la clase de historia y revisando el teléfono cada dos minutos para ver las historias de Instagram de sus amigas.
Auriel conducía con una mano en el volante, respondiendo con comentarios oportunos que complacieron a la chica y riendo cuando ella imitaba a alguno de los profesores de forma graciosa. Para él todo seguía su curso normal y estaba feliz por ello.
Aparcaron cerca de la plaza central, un lugar bastante bonito con calles empedradas y cafeterías con mesas al aire libre que le daban al pueblo un aire muy europeo y pintoresco. El clima estaba fresco, ideal para caminar y disfrutar un rato del día.
Mientras esperaban sus postres en una de las mesas exteriores de la cafetería, el ambiente era perfecto.
Harper estaba concentrada tomándole fotos a su taza de matcha con la lengua ligeramente de fuera, provocando una pequeña risa de ternura genuina en el chico al verla.
Auriel, por su parte, miraba alrededor, disfrutando del descanso de la jornada escolar.
Ciertamente siempre disfrutaba de ir ahí. Le encantaba el ambiente del lugar: era tranquilo, alegre y colorido. Le traía cierta paz que hacía que le dieran ganas de quedarse ahí para siempre.
Fue en ese momento cuando un chico de unos veintitantos años se acomodó cerca de la fuente de la pequeña plaza, cargando una guitarra electroacústica algo gastada, un micrófono y un pequeño amplificador. Auriel, que amaba la música con el corazón, se enderezó de inmediato sobre el asiento.
El músico callejero probó el micrófono y el amplificador; tras un par de acordes, comenzó a tocar una versión acústica de una canción clásica de los 80, una de esas melodías tan rítmicas y versátiles que Auriel solía intentar sacar en su propia guitarra cuando estaba a solas en su habitación.
El sonido de la guitarra llenó el espacio abierto. El chico sintió un chispazo de entusiasmo genuino en el pecho. Se olvidó completamente de la escuela, la postulación a la universidad y de las apariencias; sus ojos miel brillaron, una sonrisa ancha arrugó las pequeñas pecas de su nariz y sus ojos se cerraron sutilmente en una especie de lunas brillantes.
-¡Vaya, es buenísimo! -exclamó Auriel, girándose hacia Harper con los ojos iluminados y señalando sutilmente al músico-. Escucha cómo hace los arpegios en el puente de la canción, tiene una técnica increíble. Deberíamos ir a dejarle algo en la funda de la guitarra cuando terminemos, toca con mucha pasión... o incluso podríamos invitarle un café, parece ser agradable.
El chico estaba genuinamente feliz y encantado, compartiendo algo que de verdad le tocaba el corazón, esperando que su novia compartiera al menos un poco de su mismo entusiasmo.
Pero Harper ni siquiera miró al músico. Despegó los ojos de la pantalla de su teléfono y miró a su novio de arriba abajo, con una expresión de absoluta incredulidad y desdén.
-¿Es en serio, Auriel? -soltó ella, dejando el teléfono sobre la mesa con un golpe seco. La risita condescendiente volvió, pero esta vez no estaba bromeando-. Dios, te emocionas por las cosas más tontas. Es solo un tipo cualquiera pidiendo dinero en la calle, ni siquiera lo conoces; qué vergüenza que te quedes viéndolo así, como un niño chiquito en una juguetería.
La sonrisa de Auriel se desvaneció al instante, cayendo como un castillo de naipes. El entusiasmo quedó totalmente de lado, congelado en su garganta.
-Solo... decía que toca muy bien, Harper. No es para tanto -murmuró, sintiendo cómo un calor incómodo le subía por el cuello, pintándole las mejillas de un rojo vergonzoso-. No tiene nada de malo apreciar la música, no importa realmente de dónde o de quién venga.
-Ay, por favor, madura un poco -replicó ella, cruzándose de brazos y recargándose en el respaldo de la silla amplia mientras lo miraba de forma fría y vacía-. A veces me desesperas, ¿sabes? Mira a Marcus, por ejemplo. Él no se queda embobado con músicos callejeros ni es tan delicado como para tener que usar un bálsamo dulce. El viernes pasado en los entrenamientos, Marcus confrontó directamente al director por el presupuesto del equipo; él sí sabe cómo imponerse. Marcus es mucho más hombre, tiene presencia, no es un niño mimado que se emociona por cualquier tontería, Lovell.
Cada palabra de Harper cayó como un yunque sobre el pecho de Auriel. Marcus. El delantero del equipo, el tipo rudo, ruidoso y de hombros anchos y, supuestamente, su amigo.
Auriel sintió un vacío de repente; sintió cómo esa sensación en su estómago volvía, pero mil veces peor. De pronto, el brillo que era habitual en él se volvió opaco. Intentó recuperar su sonrisa, respirar y dejar pasar el momento tenso, pero los músculos de su cara no le respondieron; en su lugar, un nudo se instalaba lentamente en su garganta. La taza de café frente a él, que apenas si había tocado, de pronto pareció perder todo encanto.
-Solo fue un comentario, Harp -alcanzó a decir, bajando en gran medida el tono de su voz mientras sentía cómo su pecho se apretaba-. Aparte, en ese entrenamiento Marcus solo le gritó al director y armó un escándalo. Al final fui yo quien arregló lo del presupuesto.
Auriel dirigió su mirada a la de su novia con la cabeza gacha, viéndola bajo sus pestañas. Su estómago estaba haciendo un desastre nervioso con él; sentía que podía vomitar en cualquier momento. Las palabras de Harper flotaban entre ellos densas y pesadas, arruinando por completo el eco de la guitarra que seguía sonando de fondo en la plaza.
Procesó las palabras lentamente. Su mente, acostumbrada a buscar siempre el lado positivo y a solucionar los problemas con una sonrisa, se trabó en un punto en específico. Se aclaró la garganta, intentando desaparecer el nudo que lo amenazaba, y habló:
-Perdón, pero ¿qué tiene que ver todo esto con Marcus? -cuestionó con cierto tono de incertidumbre.
Harper simplemente soltó un suspiro dramático, rodando los ojos, esta vez sin rastro de cariño, como si tener que explicar algo tan obvio (que no lo era) fuera una total pérdida de tiempo. Tomó un sorbo de su matcha con indiferencia antes de responder.
-Marcus no es el punto -su voz salió fría y plana-. La cuestión es la madurez, Auriel, él no se anda con estas cosas. Por favor, ¿te emocionas con un pobretón y quieres ir a entablar amistad con él como si nada importara? -Su tono era totalmente condescendiente e hiriente-. Solo digo que él jamás se quedaría embobado viendo a un vagabundo tocar la guitarra. Marcus tiene metas, habla de negocios con su papá, se impone. El otro día en la escuela me estuvo contando sobre sus planes para la universidad y cómo piensa manejar las empresas de su familia. Es maduro.
Auriel sintió cómo el aire de la tarde se volvía más frío. No era del tipo de frío agradable que refrescaba la piel y recibías con gusto. No, era de ese tipo de frío que te calaba los huesos y te hacía sudar de una forma incómoda que daba ganas de arrancarte la piel de una vez por todas.
Marcus era su amigo, o al menos el tipo ruidoso y agradable con el que compartía la mesa del almuerzo y que atrapaba las manzanas que le lanzaba al aire cuando llegaba. Sabía que era buen jugador en la cancha, pero también sabía que Marcus apenas si lograba pasar las materias con la nota mínima y que solía copiar las tareas a sus amigos.
Sin embargo, escuchar a Harper ponerlo de ejemplo y en una vara tan alta, comparar la hombría de ambos y rebajarlo a él como un "niño mimado" abrió una interrogante incómoda en su cabeza. ¿Por qué Harper sabía tanto sobre Marcus? ¿Desde cuándo hablaban de sus planes a futuro a solas? Sabía que eran amigos, pero también sabía que usualmente no eran tan cercanos ni pasaban mucho tiempo juntos como para saber tanto.
Pero, por el momento, su inocente forma de ser lo llevó a defender al chico de la guitarra antes que a sí mismo.
-No puedes saber cuál es su situación con solo verlo, Harp -dijo, manteniendo ese tono de voz suave, aunque esta vez estaba lleno de pequeñas motas de miedo-. Ese tipo de guitarra requiere un equipo que...
-¡Eso es a lo que me refiero, Dios mío, Auriel! -interrumpió la chica con un tono intimidante en su voz-. ¿Estas son tus prioridades? ¿Un chico que ni siquiera conoces? ¿Tu miserable propósito es defenderlo? -cuestionó Harper, recordando sus palabras anteriores.
El chico se encogió en su asiento, clavando su mirada en algún lugar profundo de su café que comenzaba a enfriarse.
-No... No, yo -tomó un momento para respirar y aclarar su garganta antes de entrar en pánico; se sentía atacado de una forma totalmente injustificada-. Yo también tengo metas, Harper, incluso te he hablado de ellas muchas veces -su mirada hacia ella se volvió triste; ni siquiera entendía realmente el porqué de la discusión que estaban teniendo-. Mi promedio es el más alto de la clase, podría decir que el más alto de la preparatoria, y el maestro Miller me felicitó hoy por el ensayo. Estoy haciendo todo lo que se supone que debo hacer. Me esfuerzo todos los días, lidero un equipo y tengo bastantes planes a futuro. Lo sabes, te lo he contado muchas veces -intentó defenderse, tratando de evitar sonar herido.
-Ay, no empieces de sensible y soñador -lo cortó ella, haciendo un ademán con la mano mientras revisaba de reojo si le había llegado una notificación nueva, restándole importancia.
Durante toda la plática ella se había estado comportando dolorosamente indiferente; era como si Auriel estuviera hablando con una pared: no importaba lo que decía, pues parecía que sus palabras no tenían valor y no significaban nada. Por más que intentara defenderse o hacer que el ambiente se tornara menos hostil, sus esfuerzos no valían la pena; se sentía totalmente indefenso, como un ciervo ante el rifle de un cazador.
-No te estoy diciendo que seas un vago. Eres inteligente, eres lindo y a mis papás les encanta que seas tan educado. Solo digo que te falta... no sé, carácter. Un poquito más de rudeza. A veces eres tan blando que parece que estoy saliendo con un amigo más que con un novio -volvió a hablar para reafirmar su punto. Las palabras le salían como si fueran nada.
Sin embargo, cada palabra se le clavó con dolorosa profundidad en algún rincón de su corazón. Un amigo más.
Nuevamente, su instinto para evitar el conflicto se activó. No quería llorar en medio de la plaza, no quería que las mesas contiguas se dieran cuenta de la pequeña discusión que se desarrollaba entre ellos, o simplemente no quería escuchar más de esas palabras. Así que, tragándose el nudo que llevaba rato amenazándole en la garganta, Auriel forzó sus labios a curvarse hacia arriba en una mueca que intentaba imitar su sonrisa habitual.
-Lo entiendo -mintió de forma sutil, acomodándose un mechón de su cabello detrás de la oreja-. Quizás solo estoy un poco cansado por la escuela, ya sabes. No pasa nada.
Harper pareció conforme con esa respuesta. La sumisión del chico siempre le devolvía el control de la situación.
-Qué bueno que lo entiendas. Bueno, ya es tarde, mi mamá debe de estar por llegar al salón de belleza y quedamos de vernos ahí. ¿Me llevas al auto? -pidió ella, cambiando el tono a uno mucho más ligero, como si no acabara de pisotear y degradar el orgullo y la seguridad de su novio en unos minutos por la cosa más insignificante y sin sentido posible.
-Claro -asintió él, poniéndose de pie de inmediato, recogiendo el pequeño molde con la rebanada de pay que había pedido (y no se había dado cuenta de cuándo llegó); dejó un billete sobre la mesa para pagar la cuenta antes de irse.
Mientras caminaban de regreso al estacionamiento, Auriel dejó que Harper entrelazara sus dedos con los de él. La mano de la chica se sintió fría a pesar de conservar su mismo calor corporal; quizás solo era él quien se estaba congelando por dentro con un sentimiento amargo.
Miró de reojo las tiendas del centro, los autos pasar y las personas que lo saludaban con la cabeza al reconocerlo. Les devolvió el saludo de forma automática. No estaba muy presente ahora mismo.
Por fuera intentaba mantener una fachada para convencerse de que no le afectó para nada esa conversación. Pero por dentro, la pregunta seguía atormentando su cabeza de forma molesta. ¿Marcus? ¿Por qué Marcus? Y otras mil inseguridades que habían salido a flote por tan solo una conversación de unos minutos.
El viaje de regreso en el auto se sintió eterno para el chico, aunque para Harper pareció un martes cualquiera; ella seguía con la rutina habitual, cambiando las estaciones en el estéreo del auto y hablando de cómo le iban a arreglar el cabello y las uñas que quería pedir.
Cuando Auriel detuvo el vehículo frente a la fachada de cristal del salón de belleza, ella se limitó a inclinarse para dejarle un beso casto en la mejilla, dejando el rastro de su labial como solía hacer, marcando la mejilla clara y pecosa de su novio.
-Gracias por traerme, Lovell. Nos vemos mañana en la escuela -dijo con ligereza antes de bajarse y cerrar la puerta con cuidado.
Auriel manejó de vuelta a su casa en absoluto silencio, sin encender la radio. Al cruzar el umbral, el peso de las palabras de Harper se asentaba profundamente en su mente. Escuchó la voz de su madre desde el comedor, probablemente llamándolo para cenar o para interrogarlo sobre sus calificaciones, pero Auriel no se sentía bien para ello; no al menos hoy.
-Perdón, mamá. No tengo hambre, voy a estar en mi habitación, tengo mucho que estudiar -anunció en voz alta mientras subía las escaleras a toda prisa, evitando el encuentro y un probable interrogatorio por sus bajos ánimos.
Se encerró en su cuarto, tiró la mochila al suelo y se sentó en la orilla de la cama mirando su guitarra en la esquina, recordando al chico de la plaza. No la tocó. Se limitó a quedarse ahí, intentando convencerse de que estaba exagerando y que solo estaba sobrepensando las cosas, convencerse de que Harper solo había tenido un mal día y no había querido decir todo eso.
Al día siguiente, el cielo amaneció cubierto de una capa gris de nubes que impedían el usual brillo amarillo del amanecer que solía entrar suavemente por la ventana de Auriel.
El ambiente era frío y espeso a pesar de no estar ni cerca del invierno. Era de esas veces en las que te despertabas con una pequeña, molesta y breve congestión por el cambio drástico de clima, el cual parecía encajar con el humor de Auriel.
Durante las primeras clases, se obligó a mantener la espalda recta, a tomar apuntes pulcros y a sonreír cuando sus compañeros lo saludaban en el pasillo, a pesar de sentir una presión en su pecho que para nada era felicidad. La duda seguía ahí, atormentándolo en el fondo de su mente, y se sentía fatal por desconfiar de Harper.
Por la tarde, el entrenamiento de fútbol se convirtió en su escape. Auriel corrió por la cancha, sudó y bloqueó balones con una intensidad casi desesperada, utilizando el esfuerzo físico para acallar sus propios pensamientos.
Cuando el silbato del entrenador anunció el final de la práctica de los chicos, comenzaron a caminar hacia los vestidores, quejándose del frío que contrastaba con el calor que desprendían sus cuerpos después de todo el esfuerzo y compartiendo bromas ruidosas. Auriel divisó a Marcus cerca de las bancas, pasándose una toalla por el cuello con esa actitud dominante y segura que Harper tanto había alabado el día anterior.
Auriel respiró hondo, acomodó su habitual expresión amigable en el rostro y se acercó a él a pasos tranquilos.
-Buen entrenamiento, Marcus -dijo, extendiendo el puño.
-Lo mismo digo, Lovell. Estuviste más rápido en la banda e hiciste unos pases increíbles; bueno, siempre juegas de forma espectacular, pero ya sabes -respondió Marcus, chocando los puños de forma descuidada mientras buscaba su termo de agua en su maleta.
Auriel se aclaró la garganta, sintiendo una repentina opresión en el pecho. No sabía cómo abordar el tema sin sonar celoso o ridículo. Obviamente no podía decir así como si nada: «Hey, ¿de casualidad no has estado saliendo con mucha más frecuencia con mi novia? Es que ha estado hablando muchísimo sobre ti y creo que algo está pasando entre ustedes», pero necesitaba sacar la incertidumbre de su sistema.
-Oye... por cierto -soltó, intentando que su tono de voz sonara de lo más casual, como si fuera una duda sin importancia-. El otro día... ¿hablaste con Harper? Me comentó algo de que habían estado platicando sobre los planes de la universidad y las empresas de tu familia.
Marcus se tensó apenas un segundo. Fue un movimiento casi imperceptible, pero Auriel, que estaba prestando absoluta atención, lo captó al instante. El delantero dejó la toalla sobre la banca, soltó una risa corta que no llegó a sus ojos y miró al chico frente suyo con una mezcla de incomodidad y suficiencia.
-Ah, sí, algo de eso. Ya sabes cómo es ella, pregunta mucho sobre el futuro de todos. -Marcus le restó importancia con un ademán de la mano, colgándose la maleta al hombro-. Bueno, Lovell, buena práctica. Me tengo que ir ya, se me hace tarde para un compromiso. Nos vemos mañana.
Se dio la vuelta y se alejó a pasos rápidos, dejando a Auriel en los vestidores mientras una sensación aún más incómoda se asentaba en su estómago. La respuesta no había aclarado nada; al contrario, la actitud evasiva solo logró que todo empeorara. Se sentía cada vez más inseguro y más culpable por dudar de la confianza y relación que tenía con Harper.
El resto de las clases de la tarde fueron una tortura. El zumbido de la ansiedad no lo dejaba concentrarse, pero se obligó a participar y a mantener el barniz de perfección frente a los profesores. Sin embargo, al entrar al salón para la última materia del día, notó de inmediato que el asiento asignado a Harper estaba vacío. Ella no se había presentado; ni siquiera la había visto en los pasillos
.
En cuanto sonó el timbre que daba por terminada la jornada escolar, el salón se llenó del ruido de mochilas cerrándose y sillas arrastrándose. Auriel guardó sus libros con movimientos casi mecánicos; estaba cansado y solo quería irse a casa.
Normalmente él y Harper se iban juntos, si no es que salía a buscarla por su casillero si se le había adelantado, así que caminó por los pasillos abarrotados, decidido a encontrarla y terminar con esa insoportable opresión en el pecho.
Buscándola, se desvió hacia el pasillo trasero que conectaba con los laboratorios de ciencias, una zona del edificio que a esa hora solía estar completamente desierta. El silencio de ese sector contrastaba con el bullicio de la entrada principal. Y ahí, a mitad del corredor, el mundo de Auriel se detuvo por completo.
Harper estaba recargada contra los casilleros metálicos. Frente a ella, acorralándola contra el metal, estaba Marcus. No estaban hablando de negocios, ni de proyectos universitarios o sueños a futuro.
Marcus la sostenía firmemente por la cintura y ella lo rodeaba con los brazos por el cuello, unidos en un beso profundo, ajenos a cualquier persona que pudiera pasar. Era una escena cargada de confianza entre ellos y una intimidad que se suponía solo le pertenecían a Auriel.
Al chico se le apretó el corazón con tanta intensidad que sintió un dolor físico real dentro de sus costillas. El aire se le escapó de los pulmones en un suspiro ahogado y se quedó congelado, con los ojos abiertos de par en par con lágrimas amenazando con salir, asimilando la imagen que decía más que las palabras de Marcus y llenaba de sentido las de Harper el día anterior.
Justo en ese instante, al separarse del beso, tanto Harper como Marcus giraron la cabeza hacia el extremo del pasillo. Las miradas de los tres se cruzaron en el espacio silencioso y denso. Marcus abrió la boca, completamente sorprendido, y bajó las manos con torpeza, dando un paso hacia atrás. El rostro de Harper pareció sorprendido por un momento, pero no reflejó culpa ni miedo; su expresión se transformó rápidamente en una mueca de absoluto fastidio a pesar de que el corazón le latía con rapidez.
Auriel no gritó, no podía. No arrojó su mochila al suelo, no corrió para empujar a Marcus ni armó el escándalo que cualquier otro chico habría hecho al ver a un tipo con su novia. Fiel a su naturaleza pacífica y a un pánico absoluto a confrontar la situación, su cuerpo actuó por puro instinto. Simplemente dio media vuelta sobre sus talones y empezó a caminar a pasos rápidos en dirección contraria, queriendo huir de ese pasillo y de esa realidad lo más rápido posible.
-¡Auriel! ¡Espera! -El eco de los pasos de Harper resonó con una intensidad molesta para sus oídos.
La chica corrió detrás de él y lo alcanzó justo antes de las escaleras que daban al estacionamiento, sujetándolo fuertemente del brazo para obligarlo a detenerse. Auriel se giró lentamente con el corazón apretado en el pecho, soltándose de su agarre con un movimiento suave pero firme. Su piel estaba completamente pálida y sus ojos miel, que normalmente brillaban y transmitían alegría, ahora reflejaban una profunda y dolorosa desilusión.
-¿Qué vas a hacer, Harper? ¿Vas a negarlo? -preguntó Auriel. Su voz no fue un grito; era un hilo quebrado, un susurro herido que delataba lo roto que estaba por dentro-. De eso se trataba todo... ¿verdad? Te estabas viendo con Marcus mientras estabas conmigo.
Harper se cruzó de brazos, acomodándose la correa del bolso y adoptando una postura defensiva. Al ver que no había forma de ocultarlo o de persuadirlo, dejó caer cualquier amago de disculpa. Su rostro se volvió frío y altanero, y lo miró con una distancia absoluta.
-¿Y qué si sí? -soltó ella, alzando la barbilla con suficiencia-. La verdad es que ya me tenías algo harta, Auriel. Estaba cansada de tu papel de chico perfecto y educado que le pide permiso al mundo para respirar. Marcus no es una nena como tú. Él sí es un hombre de verdad, alguien con quien da gusto estar porque tiene carácter, no un niño mimado que se la pasa complaciendo a sus padres y emocionándose por cualquier tontería. Eres patético, Lovell. Quédate con tu promedio impecable y tus sonrisas falsas, porque como novio de verdad no sirves.
Cada palabra de Harper fue como un golpe directo a su corazón, terminando de romper la poca seguridad que le quedaba.
Su mente estaba tan confundida y afligida; todas esas palabras no sonaban como Harper, nunca en todo su tiempo juntos le había hablado de tal forma y, aun así, esas palabras le dolían en lo más profundo de su ser.
Ella se dio la vuelta y se alejó caminando con paso firme hacia la salida, el sonido de sus zapatos perdiéndose en el corredor sin haberle dado la mínima oportunidad de decir algo.
Él se quedó solo en el descanso de la escalera, con las manos metidas en los bolsillos de su sudadera, temblando notablemente por el frío del día y lo mal que se sentía su cuerpo después de escuchar a la que se suponía era su novia.
Lentamente, bajó los escalones y salió al estacionamiento gris y vacío. El chico más alegre de la preparatoria acababa de ser destruido por completo en pequeños pedazos de filoso cristal, y lo peor es que no tenía idea de cómo iba a recoger cada uno de ellos sin lastimarse en el proceso.








