Capítulo 1: El Eco de las Coronas Caídas
El rugido de la arena no era humano; era una amalgama de cantos celestiales distorsionados y vítores ardientes que hacían temblar los cimientos del mismísimo Coliseo de Éter. Era el año 9887. El Decimosexto Torneo de las Coronas alcanzaba su punto de ebullición.
En el centro del ring, el aire se partía en dos.
Elara, la candidata indiscutible a la Corona de Sangre, se movía como una ráfaga de obsidiana y fuego. Sus cuernos, curvados con una elegancia peligrosa, cortaban el viento mientras sus alas de llamas bajas dejaban un rastro de ceniza dorada a cada paso. No peleaba con odio —los demonios modernos habían dejado atrás la barbarie ciega—, peleaba con la fría y calculadora ambición de quien sabe que el destino de su pueblo depende de su victoria. Su espada pesada impactó contra la barrera de luz, provocando una onda de choque que barrió las primeras filas de espectadores.
—¿Eso es todo lo que la pureza del Cielo tiene para ofrecer, Caecius? —provocó Elara, mostrando una sonrisa colmilluda, aunque sus ojos azules destilaban un respeto marcial absoluto.
Frente a ella, suspendido a unos centímetros del suelo calcinado, Caecius no respondió con palabras. El candidato a la Corona de Luz era la definición misma de una deidad imperturbable. Sus enormes alas blancas, entrelazadas con cintas doradas, se batían con una parsimonia divina. Pero lo más imponente era su rostro: completamente cubierto por vendas benditas, salpicadas de decenas de ojos tallados que parpadeaban al unísono, analizando cada milisegundo, cada flujo de energía de su oponente.
Caecius alzó su lanza de luz pura.
—El orden no necesita hablar, Elara. Solo prevalecer —su voz resonó con un eco polifónico que helaba la sangre.
El siguiente choque no se pareció a nada que el torneo hubiera registrado en sus casi diez mil años de historia. Cuando la espada de fuego de Elara y la lanza celestial de Caecius colisionaron en el epicentro del Ring Sagrado, las runas de protección que sostenían las paredes del coliseo comenzaron a parpadear, agrietándose como cristal templado.
Ambos guerreros, cegados por la adrenalina del combate y la presión de ser las futuras cabezas de sus reinos, ignoraron las alarmas mágicas. Elara canalizó todo el calor del abismo en un golpe descendente; Caecius, anticipándolo con los ojos de su venda, desató una ráfaga de presión sagrada inversa para repelerla.
El choque de fuerzas opuestas creó un vacío cuántico. El suelo del ring, que se suponía indestructible, cedió con un crujido ensordecedor.
El coliseo entero se sumió en el pánico cuando el centro del escenario se desmoronó, tragándose a los dos campeones y a sus respectivos equipos hacia una negrura absoluta que la geografía del torneo jamás había registrado.
El dolor del impacto fue amortiguado por la resistencia divina de sus cuerpos, pero la caída pareció durar una eternidad. Cuando Elara finalmente se puso en pie, disipando una pequeña flama en su mano para iluminar el lugar, se dio cuenta de que ya no estaban en los túneles subterráneos del coliseo.
El aire aquí era diferente. Era denso, antiguo, y olía a un tiempo que ya no existía.
—¿Caecius? —llamó Elara, bajando la guardia por primera vez en el día. Sus aliados y los del ángel yacían inconscientes a unos metros, esparcidos entre los escombros.
A unos pasos, el ángel se levantaba, sacudiendo el polvo de sus alas blancas. Los ojos de sus vendas giraban erráticamente, visiblemente perturbados por el entorno.
—Las comunicaciones con el exterior están rotas —dijo Caecius, su tono perdiendo un ápice de su rigidez sagrada—. Mi luz… no se expande adecuadamente aquí. Este lugar está maldito.
Al mirar las paredes, ambos contuvieron el aliento. Toda la cueva estaba tallada con una escritura angular, profunda y alienígena. Una lengua muerta que ni las bibliotecas del Cielo ni los registros del Infierno poseían. Eran las runas primordiales, una advertencia milenaria convertida en polvo por el olvido del tiempo. Ninguno de los dos sabía que esa cueva era el límite prohibido donde la tragedia esperaba.
Sin embargo, lo que llamó su atención no fueron las inscripciones, sino el brillo purpúreo que emanaba del fondo de la cavidad.
Caminaron en silencio, una tregua tácita establecida por la pura intriga. Al doblar la esquina de piedra, el espectáculo los congeló.
En el centro de una fosa natural, flotaba un gigantesco cristal de amatista pura, vibrando con una frecuencia baja que hacía eco en sus pechos. Y dentro del cristal, suspendida en una estasis perfecta, había una joven.
Tenía cabello castaño, ropa de un estilo completamente desconocido, un par de orejeras de un tono morado apagado y facciones suaves.

—Es… imposible —susurró Caecius, dando un paso atrás. Los ojos de su venda se fijaron en la silueta—. Las lecturas biológicas… es una humana.
—Los humanos se extinguieron hace milenios, Caecius —replicó Elara, acercándose al cristal con la mano extendida, fascinada—. Dijeron que su propia codicia y su falta de valor por el planeta los borró de la existencia antes de que nuestras razas tomaran el control. ¿Qué hace una aquí?
—Debemos dejarla y buscar una salida —sentenció el ángel, una extraña e inusual punzada de advertencia instalándose en su pecho—. Esto altera el orden establecido. No pertenece a nuestra era.
—Espera… —Elara se pegó al cristal. Sus ojos se abrieron de par en par al ver cómo una finísima capa de vapor se formaba en la superficie interior del mineral—. Caecius, mira. El cristal se empaña. Ella… ¡ella está respirando! Está viva, maldita sea. No podemos dejarla aquí a que se asfixie si el cristal colapsa.
Elara, movida por un impulso de preservación que ni ella misma entendía, alzó su puño imbuido en fuego oscuro.
—¡No lo hagas, demonio! —advirtió Caecius, extendiendo su mano para detenerla, pero ya era tarde.
El golpe de Elara impactó contra la amatista. Una grieta perfecta cruzó el cristal, y con un sonido similar al llanto de un niño, la estructura se hizo añicos, desatando una ráfaga de viento crepuscular que barrió la cueva, congelando las llamas de Elara y apagando momentáneamente la luz de Caecius.
El cuerpo de la chica cayó hacia el suelo frío. Elara avanzó rápidamente y la atrapó entre sus brazos, sorprendida por lo ligera y frágil que se sentía.
En ese instante, los ojos morados de la chica se abrieron por primera vez en diez mil años. Miró el rostro preocupado de la demonio, luego el rostro vendado y temeroso del ángel. No había miedo en sus ojos, solo una profunda, indescifrable y milenaria curiosidad.
El juego había comenzado.
Fin capítulo 1.








