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Deep Space Isekai (historia isekai de Bolivia)

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Summary

Unos caballeros medievales son abducidos por extraterrestres

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16+

En el campo de batalla

Deep Space Isekai

Capítulo 1: En el campo de batalla

Un zumbido apenas perceptible rompía la monotonía silenciosa de un corredor claustrofóbico. Pequeñas luces que nada iluminaban, salían de las paredes indicando desconocidos datos.

Tal quietud fue profanada con violencia por descargas de metralla, aunque esta era extraña al no ser compuesta por plomo o metal alguno, sino energía destinada a quemar, terminar la vida.

Los disparos se incrementaron, las paredes resintieron los impactos mostrando rosas negras donde antes había una impoluta superficie.

Más figuras se hicieron presentes: soldados de figura extraña o tal vez su bizarra apariencia se debía a las extrañas armaduras que vestían. No se les distinguió el rostro, lo mismo que a sus perseguidores que llevaban esos cascos angulares de protuberante circunferencia craneal.

Las cortas varas de luz declaraban agresión de esas armas ya sea de a dos o una mano. Varios cayeron por ambos lados; el sonido inconfundible de carne viva cauterizada al instante y su fétido olor, precedía siempre a uno de esos pobres diablos cayendo al suelo para no incorporarse, al menos en esta vida.

La persecución, la huida, transcurrió por corredores estrechos y mal iluminados. La muerte con esos colores multicolores que les pasaban rozando fue la única que iluminó ese gigantesco laberinto parecido a una conejera hecha de metal frío en vez de tierra polvorienta.

Pero como todo laberinto, se llega tarde o temprano a un final o en este caso a un corredor sin salida, amplio, pero no vacío por ser extraña maquinaria móvil la estacionada en esa enorme oquedad que antes se asemejó a un mausoleo debido a las sombras y la quietud.

El ruido del caos fue superior a cualquier voz de esos extraños soldados del tamaño de niños pequeños y no se pudo percibir con la claridad suficiente cualquier plegaria o maldición.

Las cámaras trasladaron al instante a monitores semitransparentes que flotaban en el aire, las imágenes de la mortal refriega. Un rostro cubierto se acercó, levantó el visor y gesticuló alguna orden que no fue escuchada por nadie, no importaba, de alguna manera su imperante requerimiento hizo eco.

Luces más fuertes denotaban una situación de alarma, lo mismo que el ruido estrepitoso de una clara advertencia para no estar en ese lugar.

Varios quisieron salir, pero las salidas estaban bloqueadas, golpearon con sus puños y las culatas de sus armas, incluso dispararon en un fútil intento de escapar a la muerte que se reveló como las gigantescas fauces de una pared que se abría.

La enorme compuerta se abrió y el aire fue succionado con fuerza bestial hacia el seno mismo de la vacuidad. No importó cuanto lloraran, no importó cuanto gritaran, tampoco valió algo el esfuerzo de músculos por asirse a algo, todos fueron tragados por el exterior.

Se cerró la compuerta y tanto las luces como los pitidos de emergencia cesaron. Las cámaras mostraron quietud y los monitores se retrajeron hasta formar un pixel indetectable en el aire.

Una mente formada por circuitos integrados en vez de células cerebrales hizo cálculos más rápidos que cualquier sinapsis cerebral. De un colosal gigante salieron paridos huevos metálicos cuya velocidad pronto trajo el calor a esos receptáculos curiosos de tecnología desconocida, la fricción con la atmósfera no hizo eclosionar nada y nada se derritió, tampoco cosa alguna se quebró o rompió al aterrizar esos huevos de metal en la superficie de un planeta primitivo a comparación del que venían las maravillas citadas.

.

.

No sintieron frío pese a la mordedura del sopló otoñal tan temprano en la mañana, pese a que la mayoría vestía prendas de hierro y remaches que invitaban a la quemadura por frío. Nadie tiritó o castañeó los dientes debido al calor de la marcha forzada que tenía un único fin: la guerra.

Filas y filas de siluetas oscuras se asomaron por la cima de la ladera escarchada, sus vestiduras de metal y lo opaco de las telas dio a todo el conjunto un tono monocromático aburrido, solo el estandarte dio un toque de color vivo: una cruz dorada con doble pie sobre un campo rojo sangre.

—El clima es apto para mantener la posición —dijo lo que en apariencia era un hombre mayor que llevaba prendas más abrigadas que el resto, su calva era disimulada por un sombrero raido de ala ancha.

—Eso espero, no quiero que ninguno de los hombres salga herido. ¡Qué frío, siento dolor en el hueso de mi nariz! Maestro Acigol, empiezo a sentir mucho frío en mis rodillas.

—¿Tan pronto? Recién acabamos de llegar, Dadeip; eres una sanadora novata, ¿me equivoco?

—No se equivoca, maestro, me incorporé al templo de sanación apenas unos dos meses.

—¿Qué haces entonces formando parte de esta cruzada?

—Quería visitar a mi hermana menor que vive en Trondill, fui al templo local y me enteré que las otras hermanas sanadoras se contagiaron de viruela amarilla, por eso vine, no pudieron enviar a nadie más de mi orden.

—Que lamentable, menos mal que hay otras hermanas sanadoras de otros pueblos, las vamos a necesitar.

—¿Por qué dice eso?

—Porque no creo que el general Morgan quiera mantener una posición de defensa.

—Pero atacar sería muy estúpido.

—Con los años que tengo he aprendido algo: los soldados están hechos de una constitución fuerte, más sus cabezas que parecen de piedra.

—Ni que lo digas, anciano, los soldados somos muy fuertes.

—Vaya, capitán Rolav, nos honra con su presencia. ¿Qué acontece para que se digne a hablarle a un triste viejo y a una niña?

—Basta, no sigas, sabes que odio esas insinuaciones.

—¿Usted conoce al capitán Rolav?

—Sí, tenía que ser mi pupilo, me lo encargó su bien estimada madre, pero sin importar cuánto me esforcé, el mozalbete jamás demostró talento o interés. Un día, invité a sus padres a ver sus “progresos” —dijo el mago haciendo comillas con sus dedos, el joven agrió el rostro y se ruborizó al mismo tiempo—. Estaba jugando a la casita con mis amados libros de conjuros. ¡Su padre le dio una paliza ese momento!

—Pobrecito, lo siento tanto, capitán, ¡Disculpe, no me he presentado! Me llamo…

—Es la sanadora Dadeip, lo sé, digo, tengo que estar bien enterado de quienes forman parte del ala derecha de la retaguardia. No estaba jugando a la casita, quería armar una torre de defensa contra los orcos de las montañas nublosas.

—Sí, ya recuerdo, cuando su padre se enteró de la naturaleza de su juego, convenció a su madre de dejar su instrucción al comandante Mayar en el arte de la soldadesca.

—El arte de la guerra, que lo haces sonar como si fuera muy poca cosa.

—¿No lo es? Las personas no deberían hacerse la guerra unas a otras.

—Sabias palabras, maestro, la guerra solo trae desgracias y sufrimiento.

—Deja eso de maestro, llámame por mi nombre. Niña, la guerra es necesaria, solo me muestro disconforme con que haya tantas porque más provecho lograría el hombre al instruirse o poner toda esa energía en construir avenidas, acueductos y demás obras de importancia.

—Esta guerra es de importancia, anciano, los poderes de la oscuridad no deben dejarse libres para tentar la mente de nuestros hombres.

—Por favor, eres digno hijo de tu padre, el General Morgan, comandante que dirige este ejército, deja las barrabasadas de fanático religioso a tipos como Edraboc.

—¿Alguien dijo la palabra barrabasadas?

—Inquisidor Edraboc, muy buenos días tenga usted. Su presencia tan repentina como los cantos de las aves sobre nosotros nos sorprendió.

El hombre frunció el ceño ante el doble significado de las palabras del mago; los cuervos, sabiendo de antemano que habría una matanza, revoloteaban sobre el millar de hombres, graznando con ominoso tono.

—Lamento haberlos sorprendido, tengan fe en Dios, barreremos con los herejes como la edad hace con los que se hacen llamar sabios siendo solo necios.

—Entonces nos quedaremos en este lugar mucho tiempo. Debe ponerle más empeño a zaherir con sus palabras, inquisidor.

—No necesito poner empeño en sarcasmo alguno, logró cualquier confesión con el ardor del amor de Dios —dijo y se fue cabalgando.

—Traduciendo: quema vivos o despelleja con metal al rojo vivo a todo pobre desgraciado que es “interrogado” —recalcó volviendo a hacer comillas con sus dedos. La joven puso cara de miedo y el capitán frunció el ceño.

»Basta de temas tan alegres. Dígame, capitán, ¿mantendremos nuestra ventajosa posición?

—El General ha ordenado avance ante el enemigo, comenzar una carga es muestra de coraje y fe en… Y yo también estoy de acuerdo, Acigol.

Espoleó el caballo y se alejó.

—Te lo dije, son unos cabezas de piedra.

La sanadora no tuvo tiempo de lamentarse, por el horizonte se vislumbró la silueta de millares de hombres, eran muchos más que el ejército sobre la cima de la ladera, pero avanzaban con carencia de orden, también pudo verse que no portaban armaduras elaboradas.

Los malos augurios de Rolav se cumplieron, bajaron la pendiente y fueron directo a la carga.

Si bien al principio las dos fuerzas estaban muy diferenciadas en apariencia, todos se mezclaron dando rienda suelta a la confusión en ese choque que tiñó a todos de sangre. Fue el color rojo de la sangre el que igualó a los hombres sin importar el bando o la fe profesada.

En medio de ese infierno, hizo acto de aparición un portento: huevos gigantes salieron de la tierra y levitaron sobre la muerte y la agonía de los hombres. De cada una de las máquinas salieron rayos hacia la masa ensangrentada que no hizo otra cosa que elevar la mirada en actitud pasmada.

Algunos lanzaron flechas contra los entes desconocidos, pero al ser los rayos incrementados en su potencia y un desconocido zumbido se hizo estruendoso, decidieron huir del campo de batalla.

Fue tal el caos, que nadie reparó en la desaparición de un viejo mago, una joven sanadora, un impetuoso guerrero y un fanático religioso.

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