1. ¿Qué es más oscuro?
Tic, Tac.
Cada golpe del segundero es una gota de locura cayendo sobre mi cordura. Me pregunto cuánto tiempo puede una mente habitar en el vacío antes de que el vacío decida devorarla por completo.
Dicen que el cerebro humano está diseñado para sobrevivir, pero el mío parece haber sido diseñado para registrar cada matiz del gris.
Este lugar huele a muerte higienizada.
Huele a desinfectante barato, a sábanas mohosas que raspan la piel y a esa desesperación sorda que emana de las habitaciones. A veces, en el silencio de la madrugada, no sé si los gritos que escucho vienen del pasillo o de mi propia cabeza. Mi madre dice que son "mis voces". Yo digo que es la verdad que ellos no quieren aceptar.
La puerta se desliza. Es un sonido que ya tengo grabado en mi mente. La enfermera entra con esa elegancia fingida, una mujer que usa su uniforme como una armadura para ocultar que no tiene alma... y como una herramienta para seducir al director de esta pocilga.
—Aquí tienes tu desayuno, Sara... ¿O debería decir; paciente número setenta?—dice ella. Su voz es una caricia con veneno y espinas.—¿Otro día sin saber de tus padres, cariño? ¿Ni una carta? ¿Ni una llamada? Qué triste... parece que se han olvidado que tienen una hija.
Siento el nudo en mi garganta, pero no es de tristeza, es de odio puro. Un odio que quema lo más profundo de mi retorcido ser y me da la fuerza para no derrumbarme frente a esta escoria.
—¿Otro día revolcándote con el director? —suelto y mi voz sale más grave de lo que esperaba. —Ya deberías decirle que te saque de este lugar, ¿no? Ah, claro... se me olvidaba. Eres la amante, el juguete desechable que guarda en secreto en su despacho. ¿Qué se siente saber que nunca ocuparás el lugar de su esposa porque solo eres una más del montón?
El silencio que sigue es denso. Veo cómo la vena en su cuello late. La máscara de enfermera perfecta se agrieta y aparece la víbora que realmente es.
—Solo eres una loca —sisea, inclinándose sobre mi cama para que el olor de su perfume barato me inunde. —Una desquiciada a la que sus padres abandonaron porque dabas asco. ¿Crees que alguien te va a creer algo? Estás aquí porque nadie te quiere fuera. Aquí vas a pudrirte y cuando mueras, nadie vendrá a reclamar tu cuerpo gris.
—Aja, eso ya lo sé —le devuelvo la mirada, sin parpadear. —Pero tal parece que tú no sabes que ese viejo también se folla a mi madre. Estás compitiendo con la mujer que me encerró aquí. Si yo fuera tú, revisaría debajo de su escritorio, quizás encuentres algo de mi madre que se le olvidó en su última "reunión".
—«Ríe mientras puedas, número setenta... porque tu peor pesadilla ha regresado».
Indignada, sale de la habitación. El estruendo de la puerta al cerrarse me hace estremecer.
He ganado.
Otra vez, pero es una victoria amarga.
Miro la bandeja. El sándwich de jamón y queso parece una burla macabra. Saben perfectamente que, según mi propia memoria, mi cuerpo rechaza la lactosa con una violencia mortal. Mis dedos comienzan a trabajar; separo el pan, levanto el jamón con cuidado y empiezo a quitar cada partícula blanca del queso. Es un trabajo quirúrgico, casi obsesivo que realizo cada vez que me traen un sándwich.
A veces escucho a los médicos susurrar detrás de la puerta cuando creen que estoy dormida. Dicen que mi alergia es una construcción somática, otra de mis inventos de atención para obligarlos a mirarme, para sentirme especial en este mar de pacientes grises. Dicen que el hecho de que no me haya muerto todavía después de casi tres años comiendo el residuo de ese queso es la prueba definitiva de que mi asfixia está solo en mi cabeza.
—Es otra de sus mentiras, otra alucinación para manipularnos —escuché decir a la jefa de enfermeras el mes pasado.
¿Y si tienen razón? ¿Y si incluso el dolor que siento en mi garganta es un invento de mi mente desquiciada?
Me obligo a tragar el pan, sintiendo cada migaja como una amenaza, debatiéndome entre la verdad de mis recuerdos y la cordura de sus diagnósticos. En este lugar, ya no sé qué es más real, si el veneno que me dan o la locura que me atribuyen.
Dos años de análisis, buscando una falla que explicara por qué puedo oír lo que otros callan. Mi madre no quería una hija que "oyera cosas". Quería una muñeca perfecta para sus eventos benéficos. Cuando empecé a hablar de las voces, del ruido constante de los pensamientos ajenos, me etiquetaron como una loca y me borraron del mapa.
Me prohibieron ver a mi amiga.
Me prohibieron la luz.
A veces provoco a los guardias solo para que me inyecten ese líquido espeso que me borra del mundo. Pero mi cuerpo ya se acostumbró. Ahora, la droga solo me deja atrapada en mi mente, consciente de cada minuto de mi encarcelamiento.
La puerta se desliza con una aterradora delicadeza.
Y entonces, el aire cambia. El aire de la habitación se vuelve pesado, eléctrico, casi náuseabundo.
—Mi querida Sara... estás más delgada. Pero aún sigues hermosa.
El corazón se me detiene. Esa voz. Dulce como la miel podrida... Asher.
—Han pasado seis meses desde que me trasladaron, pero finalmente logré regresar —dice y escucho el roce de su bata médica contra sus piernas.
Lo veo. Está allí, con esa sonrisa de médico ejemplar que esconde a un monstruo. Se empieza a desabrochar el cinturón. El sonido del cuero deslizándose por las hebillas es el preámbulo de mi peor pesadilla.
—¡Aléjate de mí! ¡Asqueroso! —grito, pero mi voz suena como un susurro en un tormentoso infierno.
—Siempre es lo mismo —dice él, con una calma que me hace querer vomitar. —Al final terminas disfrutándolo. No puedes negarlo. De prisa, desvístete. Las cámaras estarán muertas por unos minutos.
El pánico es una marea negra que me impide moverme. Recuerdo los golpes. Recuerdo la última vez que le dije que no, me dejó marcas en las costillas que tardaron semanas en sanar.
—Si no obedezco, dolerá más. Si no obedezco, no me dejará respirar —murmuro, busco con la mirada una salida, pero... no hay lugar a donde pueda huir.
—¿Qué tanto balbuceas? ¿Acaso no vas a darme la bienvenida? —me toma del mentón, apretando con fuerza, siento que va a romperse. —¿O es qué acaso lo haces para otros ahora? ¿Te has vuelto la puta del hospital en mi ausencia? -su mirada se oscurece y eso solo significa una cosa...
—¡Suéltame! —intento empujarlo, pero él es un muro de carne y maldad.
Saca la píldora. Esa pequeña y maldita píldora.
Cierro los labios, apretando los dientes hasta que me duele la mandíbula. No voy a tomarla. No hoy. Pero Asher conoce mis debilidades. Su mano baja con rapidez y presiona un punto en mi vientre con una fuerza brutal. El dolor me atraviesa como un fierro al rojo vivo. Abro la boca para gritar y él introduce la pastilla.
Sus dedos me tapan la nariz. Siento que me asfixio. Mi cuerpo reacciona por instinto y trago. El sabor químico inunda mi garganta.
—Sé buena. No era difícil, ¿verdad? —susurra contra mis labios, el asco surge en mi interior.
Me quedo inmóvil. La droga empieza a hacer efecto.
No me quita el dolor, solo me quita la capacidad de pelear. Mis extremidades pesan. Soy un objeto. Un mueble. Algo que él puede usar a su antojo.
Cierro los ojos, pero no puedo apagar mis oídos. Escucho sus gemidos de placer y sus pensamientos. Es lo peor de todo. No es solo el abuso físico, es la violación de mi mente por sus ideas. Lo escucho imaginar cómo sería llevarme a una cabaña en el bosque y satisfacerse con mi cuerpo inerte. Escucho cómo disfruta de mi miedo, cómo mi terror lo excita más que mi propio cuerpo. Siento su peso sobre mí, la brusquedad de sus movimientos que me lastiman, que me hacen sentir que me estoy partiendo en dos.
Muerde mi piel, mis pechos con una ansiedad animal. Sus gemidos cerca de mi oído se convertirán en los fantasmas que me perseguirán esta noche.
—Estás más apretada... eso confirma que me has esperado —jadea, su voz llena de un placer que me da asco. —Abre los ojos. Mírame. Quiero ver el vacío en tus pupilas.
Cuando no respondo, presiona mi cuello. El oxígeno deja de llegar. Mis pulmones arden y me veo obligada a abrir los ojos a verlo a él, el arquitecto de mi ruina, mientras llega a su clímax.
No quiero ver sus ojos, son aterradores. Al principio sonrío, fue amable... pero detrás de esa máscara de gentileza se ocultaba el verdadero monstruo. Uno que te devora lentamente, sus ojos tienen una frialdad que me hiela la sangre. Odio todo esto, pero tengo la estúpida esperanza de que mi madre vendrá por mí e iremos al parque, mientras disfrutamos de un helado.
El monstruo me da un beso en la frente un gesto que me hace sentir más sucia que el acto mismo.
Mis días de "paz" se han terminado.
Asher a vuelto.
El monstruo ha regresado a su nido.
Miro al techo, con la respiración pausada y me pregunto:
¿Es esto una señal para que acabe con todo?
¿Es este el abismo del que me hablaban las voces?
Solo quiero ver el sol una vez más. Solo quiero que el aire no huela a él. Pero aquí... aquí el tiempo no avanza. Aquí, el tiempo solo espera a que el próximo turno de Asher comience.
Asher regresó, me vigilará mientras trago las tres píldoras amarillas. Las llamo "el vacío". No es que me quiten las visiones, es que me quitan a mí misma. Siento cómo mi mente se apaga, como si alguien bajara el interruptor de mi alma y solo quedara un cascarón vacío. Sin ellas, el mundo es demasiado ruidoso; con ellas, el mundo simplemente deja de existir.
A veces el miedo es tan grande que grito sin darme cuenta. Entonces vienen ellos con la aguja. Es "el frío". Siento cómo un líquido helado recorre mis venas y mis músculos se rinden. Odio que me conviertan en piedra, que me dejen ahí tirada viendo cómo el techo se deforma mientras yo no puedo ni mover un dedo para protegerme de lo que sea que me observa desde la oscuridad.
Me dan ese jarabe amargo antes de cada sesión. Lo llamo "la mentira". Me hace sentir que todo está bien, que las paredes no se están cerrando sobre mí y que el Doctor Asher es mi amigo. Me hace sonreír cuando debería estar llorando, me hace confesar cosas que ni siquiera sé si son ciertas.
Asher se abrocha el cinturón con una aterradora calma, que me hiela la sangre. Me deja aquí, tirada como un trapo usado sobre las sábanas que ahora huelen a él, a su victoria y a mi derrota. No me mira al salir, ya no necesita hacerlo. Ha tomado lo que quería y me ha dejado el vacío como única compañía.
Escucho sus pasos alejarse por el pasillo, rítmicos y seguros.
El silencio vuelve a invadir la celda setenta, roto solo por el zumbido de la luz fluorescente y mi respiración entrecortada.
Me obligo a girar la cabeza hacia la pequeña ventanilla. El rayo de sol se ha desplazado, iluminando ahora las marcas de mis dedos en la pared, esos arañazos desesperados de alguien que intenta recordar que todavía existe. Mis ojos arden, pero no lloro. Las lágrimas se quedaron secas hace mucho tiempo, consumidas por los químicos y el miedo.
Miro al techo, contando las grietas del yeso, esperando a que la píldora me suelte del todo, rogando que el olvido venga a buscarme antes de que mi mente empiece a repetir la escena una y otra vez.
En la carpeta que Asher dejó olvidada sobre la mesa de metal, justo al lado de mi merienda intacta, las letras negras parecen burlarse de mí bajo la luz. Es la etiqueta que define quién soy para el resto del mundo. Es la sentencia que justifica mi encierro y el silencio de mis padres.
Cierro los ojos, repitiendo en un susurro las palabras que han grabado a fuego en mi historial médico, la única verdad que me permiten tener en este infierno gris.
—F20.0 —murmuro, sintiendo el sabor amargo de la pastilla todavía en mi lengua. —Esquizofrenia paranoide.








